Una cosa es ser miserable y otra
bien diferente es sentirse miserable, pienso ahora que comienzo a escribir. El
primero es una persona ruin, canalla, tacaña, demasiado pobre, insignificante y
cosa curiosa, también puede ser desdichada, abatida, infeliz. Una palabra,
diferentes variantes, varias vertientes; eso me sigue llamando la atención del
idioma, tal vez sea esa también una de las causas por las que no podamos
entendernos entre nosotros mismos.
Como sea, tuve un momento en que me
sentí miserable, entendido claro está en la última acepción, pues de las
primeras mi ego impide reconocer abiertamente. Me refiero entonces al estado en
que el hombre es verdaderamente miserable y es en la enfermedad y peor cuando
los médicos no dan con el chiste y como hace el cerebro humano, cuando no tiene
todos los datos, inventa, improvisa. Una enfermedad abate y hace infeliz, lo
hace a uno desdichado ante la imposibilidad, no tanto de saber qué tiene, sino
de no mejorar.
Esta vez, una tos de perro llevaba a
cuestas durante cerca de dos meses, yendo a médicos y urgencias, con el
resultado final de que es una bronquitis aguda, creo que fue el resultado final
que aparecía en la epicrisis de urgencias. Eso dice y se supone que ellos
tienen la razón; para mí, lo importante era que me quitaran el dolor y el
malestar, con eso bastaba, ya estaba cansado de inhaladores, pepas, exámenes,
jarabes.
Desazón, estado febril (dicen los
médicos), tos persistente, atacado cada vez que le daba la gana, con ese dolor
de cabeza que solo da cuando viene el ataque y que le obliga a uno a cogerse la
cabeza con las dos manos para aminorar el dolor, el eterno escalofrío, viene
una mejoría que uno supone supera el mal al haberse superado la prueba, cuando
mentiras, llega la noche y comienzan los ataques de tos, a horas inesperadas,
rompiendo la paz de la noche. Ataques de tos, dolor de cabeza, escalofrío,
somnolencia, tomar agüita, tratar de dormir luego del cansancio que deja tanta tosedera,
con el consabido sudor, por el esfuerzo realizado y ya entrando en el sueño,
sentir que todo vuelve a empezar. A eso le llamo sentirse miserable, sentirse inútil
y tener la conciencia de que no puede hacer nada, absolutamente nada, como si
fuera castigo divino, pero vaya castigo.
En medio de la noche, incapaz de
dormir, pero con suficiente fuerza para hacer algo para pasar la noche, como
distracción nocturna, leer y hoy, la Historia del calendario, lo que me lleva a
pensar cómo de un solo
tema puede salir todo un tratado, por demás interesante, profundo, variado y
vano, si se quiere. Una forma de matar el tiempo.
Al rato, pesadez de ojos, lo que
preludia el sueño y hacerle caso, es lo mejor. Posición de descanso, ruego de
tranquilidad, adormecimiento paulatino y cuando uno cree que ya va a entrar en
brazos de Morfeo, tómelas con un nuevo ataque de tos, profundo, con levantada
automática para tomarse la cabeza con las manos para amortiguar el dolor y tos,
tos, tos, un ataque sin contemplación. Qué miserable se siente uno, pensando a
ratos que el pulmón va a explotar o a ser escupido, por cosas que se han visto
en televisión. Pasada la crisis, el cansancio corporal, la sudoración por el
esfuerzo, la maldición en camino y la desazón espiritual.
Y en el día, tras un nuevo ataque de tos, la
mirada perdida en algún punto, buscando explicación, el pensamiento dando
órdenes: levántese, tome agua, acuéstese, haga, haga pero haga y el cuerpo
encogido sin escuchar razones, maldiciendo la situación, aletargado,
desorientado, mirando a ningún lado, achicándose en él mismo como abrazando el
escalofrío siguiente, buscando un calor que al menos amortigüe la situación. En
esos momentos se es un ser perdido, pensando únicamente en cuándo acabará esta
joda de una vez para todas o al menos morir tranquilo y en ese aletargamiento,
los ojos comienzan a cerrarse, ya es tarde, es hora de dormir. El pensamiento
se entromete: no se duerma que esta noche no duerme, se oye decir en algún lado
y solo se puede responder, no me jodan, déjenme descansar. Se lo dije, replica
y con torpeza se le hace caso, abrir los ojos a regañadientes y decirle: está
bien, está bien, tiene razón, pero la inacción es la dominante, cosa tan
jodida.
Menos mal que estos estados no duran demasiado,
a pesar de la eternidad que aparentan y lo dice como si fuera lo máximo, cómo
él no es el que lo está sufriendo, me digo. Como si no fueran momentos de
impotencia, inactividad, de nada, nada… Y saber que no hay ni fuerzas para
poner la televisión ni para oír música porque todo molesta, solo se aspira a
dormir, dormir y dormir al no poder dejarse morir, en búsqueda de la paz
celestial y sabiendo que es castigo divino un nuevo ataque de tos, del
violento, de cogerse la cabeza con las manos para amortiguar el golpe que se
siente en el choque entre cerebro y cráneo y toser, toser, toser hasta sentir
que las flemas han aflorado un poco, y tos, tos, tos hasta quedar agotado,
cansancio y dolor en cada movimiento y uno rogando que todo acabe, todo,
incluida la vida si eso es liberación, porque se hace insoportable,
insostenible, trágicamente vergonzante y, miserable, totalmente miserable.
Luego solo cansancio y sudor, calor ardoroso, desazón, algún dolor en alguna
parte indefinible y concluyo, todo esto es sentirse uno miserable y nada qué
hacer.
Uno no puede ser infeliz para siempre.