viernes, 13 de febrero de 2026

LECTURAS

 Diferentes lecturas de tema religioso me llevaron a pensar aún más en mi escepticismo o en mi parcial ateísmo, dado que me la juego al cincuenta cincuenta, de donde nace el tibio o agnóstico que puedo ser ahora, no sé si mañana tenga otra opinión, uno nunca sabe cuándo se aparece la virgen o la desilusión se hace más profunda.

Eso me hace recordar las intransigencias de los curas, tanto de los que me educaron como sus dirigentes de la época (excluyendo a Juan XXIII que me parecía lleno de bondad, lejos de la pompa de los tiempos papales). Me llevó a recordar que a Roger Bacon estuvo a punto de no realizar sus estudios, ni publicar los resultados de su trabajo, debido a las exigencias de su orden religiosa, los franciscanos. Esto hace que uno se pregunte cuántos Galileos silenciados yacen en los cementerios de los monasterios. O, dados los efectos de las exigencias de la ortodoxia en el pensamiento de todo el mundo, en cualquier cementerio[1]. Y que en efecto ese Galileo Fue obligado a decir «abjuro, maldigo y detesto mis errores» y a negar que la Tierra se moviera[2]. 

                Y recordaba que no se admitían preguntas que ellos consideraban impertinentes. Tú no tienes que entenderlo —añadió con tono algo exasperado—, tan sólo tienes que actuar de acuerdo a lo que la Iglesia te imponga. No te corresponde a ti preguntar cuál es la voluntad de Dios[3]

 —Pues basta ya de disquisiciones absurdas. La fe es la virtud más apreciada que un hombre puede tener. Ten fe y concéntrate en servir a nuestro Señor Jesucristo. Todo lo demás sobra. Nadie te pide que pienses, aprende de una vez que la necesaria humildad te debe llevar sólo a obedecer lo que te manda tu superior. Los oficios se cumplen a rajatabla, la comida es frugal y escasa, el silencio es casi absoluto y los baños del cuerpo entero han vuelto a restablecerse tan sólo una vez al año, por Pascua. Hasta en esto intervenía la honorable iglesia: Llegó incluso a instaurarse la posibilidad de un baño para todo el cuerpo una vez al mes.

Le miré desconcertado. —¿Una vez al mes… todo el cuerpo? —Así es, muchacho. Todo el cuerpo. Era un derroche descomunal en los placeres más terrenales que te puedas imaginar[4]Antes no estamos más subyugados gracias a la Era de Acuario que hizo, pareciera, que el mundo se deshiciera del poder terrenal de la madre iglesia.

 Era en que la expresión se pudo hacer más expresiva, aparecen textos escondidos e ignorados. —¡Qué ingenua eres, Laura! —Me sonrió con indulgencia—. No te das cuenta de lo que supondría para la Iglesia semejante hallazgo; toda su estructura se vendría abajo, todos sus dogmas, basados en la divinización de Jesús que se iniciaron con san Pablo quedarían sin sentido, sin contenido. Los cristianos parece que no os queréis dar cuenta de que vuestras creencias rayan el politeísmo, veneráis a Dios, a Cristo, a la Virgen, a los santos, tenéis varios dioses y los adoráis a todos, incluso algunas veces con mayor vehemencia y sentimiento que al propio Dios[5]

 Y ante tantas barbaridades dichas, me parece oír al cura que me hubiera de confesar: Espero que la oración y la penitencia hayan aclarado tu conciencia para responder en este capítulo a las graves acusaciones que recaen sobre ti, y que tengas la humildad suficiente para reconocer tu grave pecado, asumir tu penitencia y castigo y enmendar la terrible falta con la que cargarás toda tu vida. Que Dios se apiade de ti, muchacho[6]. Pero como decía san Agustín, «el que canta bien ora dos veces». Arrullado por ese oleaje monódico y a capela di una breve cabezada que me transportó a mi niñez. (…) Y también puedo cantar sin desafinar, con voz cristalina, pero solo en el interior de mi cabeza. En cuanto intervienen las cuerdas vocales, lo que se oye desde el exterior recuerda a lo que suele escucharse al encerrar a un gato en un saco[7]. Por eso la penitencia no haría mella en mí, con esta voz de tarro que me cargo.

  Y mientras, yo pensando para mis adentros: A menudo pienso que el dinero acabará siendo la nueva religión, y la moneda sustituirá a la cruz. Al Crucificado le debemos nuestra salvación, pero al dinero le debemos el cumplimiento de nuestros deseos[8].

 Y para terminar por ahora, el colofón de todo este pensamiento poco clerical me lleva a un chiste, que en últimas no lo es tanto: «¿De verdad quieres ser cura?», me preguntó mi padre. Le dije que sí y añadí que con toda mi alma. «Tendrás que estudiar mucho», me advirtió. «Si estudias mucho, podrás llegar a obispo». Admití que me encantaría ser obispo. «Si estudias más todavía, te harán cardenal». No oculté mis ganas de ser cardenal. «Si sigues estudiando y no crees en Dios, entonces podrás ser hasta papa»[9]

             Amén. 

yo no tengo las respuestas, sino distintas formas de expresar las mismas preguntas[10].

Tomado de Facebook
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[1] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.

[2] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.

[3] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.

[4] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.

[5] El gran arcano. Paloma Sánchez-Garnica.

[6] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.

[7] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[8] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[9] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[10] El poder de las tinieblas.  John Connolly.

lunes, 9 de febrero de 2026

NO HEMOS MEJORADO COMO HUMANIDAD

             Esta frase la oí en la película de Prime, La última sesión de Freud. Llevamos 2.026 años después de Cristo y ni aún sus enseñanzas nos mejoraron. Y si me voy a atrás, dice el doctor Google que el homo sapiens apareció hace 200 o 300.000 años, lo que quiere decir que cuando llegó Cristo y luego Mahoma y otros profetas más, ya deberíamos tener experiencia y aún así pareciera que no es así, no hemos avanzado nada como humanidad.

             Humanidad, humanitas, naturaleza humana, bondad, sentimiento amable que los seres humanos a menudo tienen entre sí, o en su 4ª acepción de la RAE sensibilidad, compasión de la desgracia de otras personas.

             Como sea, entendamos como humanidad al grupo humano (1ª acepción). Grupo que debería tener en la mira al menos el bienestar colectivo y colectivo no son algunos, ni muchos, sino todos.

             Sin embargo, han pasado miles de años o miles de siglos si se quiere y como humanidad, como se puede observar, no hemos adelantado mayor cosa en esta materia desde que se encontró el fuego o se inventó la rueda y eso que cada época ha tenido su desarrollo y sus invenciones, sus avances y como no, el cerebro se ha desarrollado hasta el homus modernus (si existe la palabreja), todo eso es innegable, pero a su vez cada siglo se ha visto envuelto en guerra, aquí o allá, interna o externa, sin que haya habido un período grande de estabilidad no guerrera, o en otras palabras, sin paz, siendo el común denominador la guerra, de poder, de subyugación, con sus correlativas causas, la mayoría por razones estúpidas, como el poder, la subyugación o cualquier mirada que no le gustó a tal o cual dictador.

             Basta con ver la historia, no aprendemos, tantos siglos y no hemos madurado, por el contrario, cada vez pareciera que nos alejamos más de lo que significa la humanidad y siendo así, al menos en los próximos siglos tampoco aparecerá su significación, viendo como vamos.

             No tenemos humanidad, en el concepto más amplio y creo que nunca la tendremos, así como nunca lo seremos a pesar de las excepciones (de personas buenas, no de sociedades) que esporádicamente se presentan; en una palabra nunca habrá un mundo perfecto, porque esa es la misma imperfección de la humanidad y así ha de aceptarse.

             Qué pesimista estoy, pero así es, así será, a pesar de mi opinión. 

Jamás, nunca, siempre. Había aprendido a desconfiar de quienes quieren ponerle límites al tiempo. Los años y los desengaños me habían ido empujando a los quizá, a menudo y rara vez. No sé si por prudencia o por resignación.[1] 

Tomada de Facebook
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[1] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

viernes, 6 de febrero de 2026

VIEJAS COSTUMBRES

             La sutileza del tiempo va diluyendo las costumbres, especialmente las sanas costumbres que se tenían en otra época y van desapareciendo de tal manera que uno no se da cuenta porque se van evaporando como el roció en las mañanas ante la salida de un sol que abraza el entorno. 

            No sé por qué me di cuenta de la desaparición paulatina de una costumbre generalizada, solo sé que andaba pensando pendejadas cuando mi recuerdo se disparó sin razón aparente. Ya nadie ayudaba a subir o bajar de un bus a una mujer, eso era muy común en mi época y así nos habían enseñado y más si venía con paquetes o estaba embarazada. Ya nadie lo hacía. Y, creo, que obedece a la desconfianza que se vino generando con el paso del tiempo. La época de los caballeros (no los de la edad media) se fue disipando y la costumbre se fue evaporando, seguramente, me digo, por la desconfianza de ser robado y eso que vengo de una época en que los raponeros se fijaban en los aretes y los relojes, que era lo más común, pero curiosamente esa costumbre de robar tales adminículos hoy también estaba desapareciendo, ya no es común. Curiosa metáfora de la vida.

             Y la gentileza, caballerosidad o como quiera llamársele se ha ido evaporando, sutilmente, como he dicho; nada más entrar al conjunto residencial u oficina que se quiera, limitadas por una puerta de acceso, nadie se toma la molestia de mantenerla abierta mientras que el que va detrás pasa, simplemente se pasa y el problema es del siguiente, con lo difícil que es tener la puerta mientras el otro pasa. Primero eran las damas o los mayores, se decía, como una forma de respeto y de gentileza. 

            Son cosas curiosas que pasan desapercibidas y lo curioso es que ni siquiera lo notamos y aunque se me tilde de retrógrado, añoro las costumbres que en su época era de caballeros, de gentileza, de buenas costumbres. 

—¿Juegas a las cartas? —preguntó cuando acabaron de reírse.

—Únicamente al solitario. Me gusta jugar con alguien en quien pueda confiar[1]

Tomado de Google


[1] El poder de las tinieblas.  John Connolly.


miércoles, 4 de febrero de 2026

INVISIBLES PERO ESENCIALES

             Hace algún tiempo escribí sobre algunos servicios que resultan invisibles para nuestra percepción pero que resultan esenciales y que son notorios cuando no se prestan adecuada y oportunamente. El servicio de alcantarillado, el mantenimiento de los parques y canecas y así un sinfín de actividades a las que no se les presta atención, pero lleguen a faltar y ahí sí comenzamos a criticar, porque para eso sí que somos buenos.

             Hay una, a la cual me quiero referir, muy común en mis tiempos y hoy, mucho más, por aquello de la modernidad. 

La abuela. Sí, esa abuela que sin ser su responsabilidad terminaba criando nuestros hijos, como fue mi caso, a esa abuela a la que nunca se le preguntó si podía hacerse cargo de ellos, a la que nunca se le preguntó si necesitaba algo, a la que se le delegó esa crianza mientras trabajábamos y a la que nunca se le dio las gracias con el corazón. 

Y eso fue así porque no teníamos conciencia de que era una responsabilidad nuestra, porque se dio y así fue asumida por ambas partes y nunca fuimos agradecidos y menos en esa época en que no había un día designado como el día de la abuela criadora, no sé si hoy exista. 

Luego de treinta años y ya con la ausencia de esa abuela criadora es que vengo a darme cuenta de la insensibilidad mía, por no decir de la irresponsabilidad de, al menos, darle cada día un gracias sentido, no ese gracias que se da automáticamente, sino del sentido, del abrazo, del beso, del agradecimiento verdadero. Nunca le pregunté si necesitaba una ayuda, si requería algo de mí, si podía yo aportar algo, no como retribución, sino como una forma de que se sintiera apoyada en su labor impuesta. 

Ya no puedo darle ese agradecimiento ni ese reconocimiento a esa abuela, materna aclaro o suegra para mayor precisión, que realmente se sacrificó y soportó la crianza de un hijo y que lo asumió como si fuera su responsabilidad y la que nunca se quejó sino que aceptó la situación, a ese ser invisible, para estos menesteres, pero que fue esencial en su momento. 

Desde donde esté quiero este homenaje y pedirle perdón por esta inconciencia mía, homenaje que solo puedo hacerle desde mi pensamiento, agradecimiento que solo hoy reconozco desde muy dentro de mi corazón. Hoy, que igualmente es invisible. 

No hay nada como ver las cosas en retrospectiva[1].





[1] El poder de las tinieblas.  John Connolly.


lunes, 2 de febrero de 2026

REFLEXIONES AJENAS

 Recopilando pensamientos ajenos me vi ante una larga lista y cada uno de ellos llevaba a la reflexión, si es que hay tiempo para ello en estos tiempos modernos o, mejor, si hay reflexión en estos tiempos, pues nos hemos convertido en unos culiprontos que nos limitamos a leer, si nos impacta por ser una verdad, un chisme, una mala mentira. También muchos de ellos, de los pensamientos ajenos, dicen verdades que no queremos aceptar, que nos llevan a pensar que eso ya lo había pensado yo o que simplemente fueron otros tiempos que retornaron sin darnos cuenta.

 Para la muestra un botón:

 —Las normas… Los buenos tenemos demasiadas y los malos casi ninguna[1]. Cuánta razón, cuántas veces no hemos visto la injusticia presente y nos sentimos impunemente desamparados, sin lograr entender la verdad de la frase. Nunca he comprendido que dejen en libertad a alguien por buen comportamiento. Si estás en prisión, ¿no debes comportarte bien todo el tiempo?[2] Igualmente deprimente.

 La verdad! —Montserrat Martorell hizo un gesto que casi podía ser de fastidio—. Los jóvenes tienen una obsesión por ella que resulta casi ingenua. ¿Usted cree que el mundo podría funcionar a base de verdades? Le diré una cosa, agente Castro: la sinceridad es un concepto sobrevalorado en nuestros días. Y hay otros que lamentablemente han perdido su vigor, como la lealtad, la obediencia. El respeto a unas normas que llevan años funcionando mejor o peor. No, agente Castro, no es la verdad lo que sostiene el mundo. Piénselo.

—Creo que el mundo al que se refiere ya no existe —repuso Leire casi con tristeza.

—¿No? —preguntó, con una sonrisa irónica—. Mire a su alrededor. ¿Usted cree que la gente que va por la calle, la gente normal, sabe toda la verdad? No. Hay cosas a las que las personas normales, como usted y como yo, no podemos tener acceso. Es así, siempre lo ha sido, por mucho que ahora se crean con derecho a saberlas. Si lo lleva a otra escala, más pequeña, verá que también se aplica en los hogares, en las familias… Cuando tenga a su hijo se dará cuenta de que la verdad no es importante si choca contra otros valores como la seguridad, la protección. Y lo quiera o no, tendrá que decidir por él. Para eso es su madre: para trazarle un camino seguro y evitar que sufra[3].

                Por eso había roto su mutismo, porque como la abuela le decía a veces: «Mejor que una se arrepienta de lo que ha hecho que de lo que no se ha atrevido a realizar». Violeta no era cobarde, de eso estaba segura; sólo era prudente[4].

                Y cambiando de tema: Podemos aprender a prolongar la vida de los hombres mucho más de lo que hoy parece posible; pero si hay alguna verdad en la física moderna, y más particularmente en la segunda ley de la termodinámica, no podemos esperar que la especie humana dure eternamente. Algunas personas podrán encontrar lúgubre esta conclusión, pero si somos honrados con nosotros mismos, tendremos que admitir que lo que suceda dentro de muchos millones de años no tiene mayor interés emocional para nosotros ahora. Y la ciencia, mientras reduce nuestras pretensiones cósmicas, aumenta nuestra comodidad terrena. Es por esto que, a pesar del horror de los teólogos, la ciencia en general haya sido tolerada.[5] 

 Pensando en la modernidad y en lo solos que nos vamos sintiendo, resulta que Mientras la fábrica representa la organización económica determinada por el industrialismo, las pequeñas casitas representan el aislamiento social a que aspira una población individualista. Donde el alto valor del suelo hace deseable la construcción de grandes edificios, éstos tienen una unidad meramente arquitectónica, no social; son bloques de oficinas, casas de apartamentos u hoteles cuyos ocupantes no forman una comunidad, como los monjes en un monasterio, sino que tratan, en todo lo posible, de permanecer ignorantes de la existencia de los demás[6]

 Y con ello llegó hasta el cambio de la forma de hablar, porque no sé por qué ni cuando el idioma se volvió ofensivo, naturalmente para aquellos idiotas que no entendieron. Aunque hoy día ya nadie decía «barriada pobre», claro. Ahora lo llamaban Zona Céntrica Desfavorecida, como si el eufemismo pudiera borrar la mugre, la violencia y la desesperación. Los fariseos hablaban sin parar de pobreza, pero nadie se moría de hambre, a excepción de los pensionistas ancianos que no eran lo bastante duros para exigir los subsidios que les correspondían. Era una pobreza del alma, en la que la imaginación se alimentaba con vídeos violentos, bebida y drogas[7]

                Y de esa forma también nos enseñó a convivir con el otro mal de la humanidad, la corrupción. El periódico rebosaba tal grado de corrupción que era extraño que el papel no se pudriera: dos policías detenidos por tráfico de drogas, una investigación federal sobre el procedimiento de las últimas elecciones al Senado, sospechas sobre un exgobernador[8]. A los idiotas de la prensa no les importa que algo sea verdad, pero necesitan que sea posible. Vivimos de eso. Crecimos gracias a la idiotez ajena, ¡no la nuestra![9] 

 Desafortunadamente Lo que nos diferencia del mono es una guerra interna, secreta y despiadada. Por un lado sabemos que todo lo que hagamos en la vida será en vano. Por otro lado, somos conscientes de que no podríamos vivir sin hacer algo. ¿Paradoja? Nada de eso. La fuerza que nos mueve, la pasión, vive gracias a estos dos ejércitos en lucha constante[10]. Por eso, tal vez  La transmisión del fútbol en diferido debería incluirse como materia en la Universidad de Filosofía y Letras de cada ciudad del mundo. Y es que esta práctica muestra —como ninguna otra— la textura del alma humana: una mitad de nosotros es crédula y tiene esperanzas (el alma), mientras que la otra desconfía, se encierra y quiere encontrar las verdades concretas del mundo (la razón)[11].

                Viendo este mundo tan traslocado vengo a entender que Suicidarse es un derecho humano. —¿Un derecho humano? ¿Eso opina? La doctora se miró las manos. —No me gustan nada esos terapeutas que dicen al paciente: Has de entender que la muerte no es la solución. Claro que es la solución para la persona en cuestión. El que algunos elijan la muerte es una consecuencia lógica y clarísima de nuestra capacidad de elección, y una solución que el ser humano ha conocido y algunos han elegido en todos los tiempos[12].  Antes, a toda esta gente le quedaba únicamente la opción de matarse. Era imposible para ellos pensar que encontrarían, en su barrio, en su ciudad, a otros con las mismas aficiones descarriadas. La gente, cara a cara, no es muy dada a hablar sobre sus patologías. Lo que propicia Internet no es sólo una comunicación global en donde todos los locos pueden encontrarse buscándose en Google, sino también la oportunidad de hablar sin los velos que existen en el mundo real[13]

 Después de nuestra escueta pero intensa conversación, ella se marchó igual que había venido, sigilosa, serena y discreta, y yo continué viviendo pausado, apoyando mi mano sobre mi bastón de madera, caminando despacio, mirando al cielo en la soledad acompañada de los que ya partieron precediéndome en el viaje final que anhelaba emprender, sintiendo en el rostro esa brisa que viene de Oriente de mis últimos amaneceres[14].

Tomado de Facebook
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[1] Los buenos suicidas. Toni Hill

[2] Criminal. Karin Slaugther.

[3] Los buenos suicidas. Toni Hill.

[4] Ciudad Satélite. Toni Hill.

[5] Elogio a la ociosidad. Bertrand Rusell.

[6] Elogio a la ociosidad. Bertrand Rusell.

[7] Agatha Raisin y los paseantes de Dembley. Marion Chesney.

[8] Todo lo que muere. John Connolly.

[9] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.

[10] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[11] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[12] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.

[13] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.

[14] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.


viernes, 30 de enero de 2026

IMPOSTOR

                Oyendo en el podcast de la BBVA[1], de la cual no me separo, he de confesar, hablaba de su carrera de actor y de los personajes que ha representado. Y entre las cosas contaba de su experiencia por la vida, mencionando algo relacionado con el impostor que ha de ser cuando actúa y también de cómo tenía que llegar a conocer al personaje y luego desprenderse de él.

                Pues bien, trajo a mi mente algo que en algún momento escribí sobre la percepción que tiene la gente sobre uno a medida que le va conociendo. Que no nos conoce y que no nos conocemos, como en alguna oportunidad también escribí, si mis recuerdos son fieles.

                Trajo a mi pensamiento la frase de cuánto me conozco, cuánto me conocen.

                Sobre la primera, cuánto me conozco, creo que dije en su oportunidad que uno no podía ser objetivo consigo mismo, porque como en cualquier entrevista laboral, uno solo señalaba los puntos positivos o favorables de su propia personalidad y escondía, bien profundo, sus debilidades y sus secretos, tan los escondía que pretendía no tenerlos, porque quién soy yo para criticarme a mí mismo.

                Sobre la segunda, cuánto me conocen, la respuesta fue relativamente vaga porque visto desde otra perspectiva era yo mismo quien me ponía en lugar de quien me conocía para responder a la pregunta, la cual también quedaba inconclusa porque era una percepción que me hacía y que se supone hacía quien me conocía. Y como nadie conocía mi historia completa y menos la parte oculta, solo podían conocer una parte de ella, no la totalidad.

                Impostor es una persona que finge ser alguien que no es. La sociedad o el grupo social, si se quiere, a lo largo del tiempo nos va exigiendo ciertos comportamientos y a ellos nos vamos acomodando, para poder hacer parte de él, para que nos acepten, no tal cual somos, está claro. Tanto que la impostura está definida como un engaño con apariencia de verdad. Y lo mejor es que todos somos conscientes de este comportamiento, porque los impostores son (somos) generalmente conscientes de no ser quién dicen que son[2]. Es un camuflaje de sobrevivencia, ante la imposibilidad de ser objetivos en nuestras apreciaciones. Cómo me veo, pues rodeado de un halo angelical; cómo me ven, como una buena persona, dirán los que mejor opinión tienen de mí y, por falta de objetividad, no puedo expresar lo que pueden pensar los que no la tienen muy favorable.

                En consecuencia, vivimos como impostores, tratando de reflejar lo que no somos en la totalidad, solo en la parcialidad y no nos criticamos porque, además de no ser objetivos, va y nos asustamos si reconocemos todo lo que pretendemos ocultar. Esta es la raza humana. 

… sabía de mi existencia de oídas y por rumores, que es la peor manera de saber sobre la vida de nadie.[3]

Tomado de Facebook
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[1] Las raíces bajo la alfombra. Enzo Vogrincic Roldán, actor urguayo.

[2] Wikipedia.

[3] El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari. 

miércoles, 28 de enero de 2026

LA ERA DE LA DESCONFIANZA

                Viendo un programa de avances tecnológicos comenzaron haciendo precisión sobre las estafas a que estamos sometidos diariamente, indicando que cualquiera, y cualquiera es cualquiera, puede caer, por más inteligente que se crea. Es decir, invitaba a la desconfianza, como si no fuera una parte arcaica de nuestro cerebro, esa que nos indica que debemos desconfiar de todo y sobre todo de lo que es novedoso. Y más cuando estamos rodeados constantemente de estafas, mentiras, noticias falsas.

                Y se acrecienta la desconfianza, ahora que hasta la IA imita la voz, las gesticulaciones y las declinaciones verbales, como si fueran las originales.

                Eso de que algo tan bueno no dan tanto, a pesar de la advertencia, la gente sigue cayendo, por ignorancia, por temor, por avaricia, por susto, por miedo.

                El punto es que esta era de adelantos ha llegado a crear una era de desconfianza mayor, porque ya no se puede creer en nada, porque hasta el más inteligente cae en la trampa y lo curioso es que siendo desconfiados, la confianza nos lleva a creer y somos tan culiprontos que hasta las replicamos sin preguntarnos nada.

                Somos tan vivos que para unas cosas somos desconfiados y para otras, igualmente peligrosas, nos volvemos confiados. No es cuestión de inteligencia, es que estamos sometidos a un caos en información y desinformación en la que ya no reconocemos la verdad y menos, la mentira.

                Eso nos lleva actualmente a desconfiar hasta de la mamá, es decir, de una llamada materna, porque ya no sabemos distinguir ni siquiera las voces, hasta allá hemos llegado.

                Y de allí la contradicción, desconfiamos de todo pero caemos como idiotas por confiar en lo falso, lo mentiroso, lo manipulador, en la trampa.

                Es que somos tan vivos… 

Porque los humanos son seres inconstantes, establecen principios con los que rompen constantemente, y siguen impulsos que luego nunca son capaces de justificar.[1] 

Tomado de Facebook
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[1] Al final de la orilla. Karin Fossum.

lunes, 26 de enero de 2026

SONRISAS

                A veces, ante la amarga realidad lo mejor es un poco de diversión, así sea a costa de las relaciones interpersonales y como ya lo he venido practicando, quién mejor que Tute, con su Maribel y Rubén para hacerlo, en donde se dicen cosas sin decirlo, insinuando lo que no hay que hacer, pero siendo directos sin vergüenza, como debería decirse, qué contradicción tan berraca, pero para sonreír sobran los comentarios, bastan las sonrisas que se dibujan.

 


               Sincronía, eso es lo que se necesita en la vida.

 


               Aunque lo mejor es callar y así se evita lo que puede llegar inesperadamente.

 


Ojalá se pudiera, porque a veces podemos terminar siendo insoportables nosotros mismos, pero no es bueno reconocerlo, porque puede ser usado mañana en nuestra contra.

 


Una de las ironías de la convivencia.

 


Eso sería tener un buen alter ego.

 


Sin comentarios…

 




               Ante este dilema, ni modo. Hacerse el pendejo, no hay de otra.

 

El amor al igual que los sueños y las viejas creencias, se extingue con dificultad.[1]



[1] Casos de archivo. Bill Pronzini.