lunes, 23 de marzo de 2026

CIUDADES

 Es muy común encontrarme con frases en Facebook de lo bella que era mi ciudad hace cincuenta, sesenta años, para el caso de Bogotá. Es una constante que se lee en redes cuando se ven fotos viejas de Bogotá. Y se pavonean diciéndolo. Y es más, parecen comentarios de personas que no parecen tan viejas y, por ende, que no la conocieron como era.

Yo, por mi parte, la conocí conscientemente desde los sesenta. Bogotá, en mi recuerdo, específicamente del centro de la ciudad, siempre fue gris, siempre con lluvia, lo que implicaba calles encharcadas, mal alcantarillado, calles estrechas, exceso de gente, todas bien abrigadas, hasta con sombrero y sombrilla, gabán, chaleco y corbata, eran escasos los días de sol, más los días de lluvia que la hacían gris y en todo caso era mejor ir bien preparado. Además, todos pendientes por donde caminaban porque eran muy normales los raponeros y qué decir de mendigos y gamines o pelafustanes, que también abundaban.

 Qué linda mi ciudad, seguirán diciendo los que no quieren ver la verdad o quienes ni siquiera la avistaron. Y qué frío el que hacía.

 Había zonas intransitables, por lo angostas, por la inseguridad. Las Cruces, la Caracas, la 13, la 10ª, la 6ª por citar algunas; pero qué bonita era mi ciudad, seguirán diciendo.

 El centro colmado de iglesias y pasar por sus laterales era pasar por el hedor de orina y mierda debidamente mezcladas. La Catedral y las Nieves, por citar algunas y eso que en casi cada cuadra había una (Santa Bárbara, San Agustín, Santa Clara, San Ignacio, la Bordadita, San Francisco, la Tercera, Veracruz, por citar las más conocidas, sin olvidar Monserrate, Guadalupe, la Peña, las Aguas, Egipto y otras más). En su época mal mantenidas, su recuperación creo que se inició luego de los ochenta, cuando se tomó, supongo, conciencia de la conservación de monumentos y para hacerla parecer menos parroquial. Eran lúgubres, lo recuerdo; oliendo a incienso y vela y otros olores menos recomendables, aunque tampoco eran tan lúgubres como pinto la ciudad. Se me viene a la memoria San Victorino, la Estanzuela, el Voto Nacional, Medicina legal, zonas igualmente poco recomendables para las personas de bien, como se nos conocía.

 Todo eso lo conocí bien, desde 1969 estudié en el centro, en la Plaza de Bolívar y cada día lo viví, tanto que me volví experto en esquivar carros y buses, en la 10ª, la Caracas, la 13, la Jiménez, entre otras. Uno pasaba las calles grandes, porque aún no tenían la denominación de avenidas, como podía, como dije, haciéndole el quite a buses y carros, camiones, zorras (vehículos de tracción animal, se diría hoy), cada cual iba a su antojo porque no había cebras para pasar y la escasez de semáforos era notoria. Pero qué tan bonita ciudad era, seguirán diciendo algunos. Y eso que no menciono lo que era la ciudad antes del cincuenta, por lo que oí contar, porque ese es otro cuento, se llamaba ciudad pero no pasaba de ser un pueblo grande que comenzaba a tener conciencia de lo que era una ciudad.

 Pero tenía su encanto, he de reconocerlo y viví su transformación. Hoy ya es una ciudad, hoy ya puedo decir qué bonita es mi ciudad y es una ciudad capital con todo lo que puede ofrecer en casi todos los aspectos, aunque sigan existiendo, como en toda ciudad, zonas poco recomendables y lo digo con conocimiento de causa. Mis últimos años laborables los viví en la 19 con Caracas, quienes sepan del lugar sabrán de qué hablo y desde mi oficina me entretenía viendo desde la comodidad de mi oficina todo lo peor que puede haber en una ciudad, prostitución, locos, mendigos y hampones. Me quedé con un buen registro fotográfico de la zona.

 Pero esta es Bogotá, mi ciudad, de patito feo que se convirtió en cisne, aunque algo desplumado en ciertos lugares. Qué se le va a hacer. 

Al fin y al cabo hay cosas que es mejor no decir.[1] 

 

(Fotos tomadas de Facebook, dicientes de lo que digo)



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.








viernes, 20 de marzo de 2026

DIVERSIDAD

             Caras largas, oblongas, rectas, redondas, abultadas, estiradas, con botox bastante notorias. Cutis con exceso de maquillaje, caras lavadas. Ojos verdes, negros, azules, cafés, con vida, con expectación, apagados, dejados, iluminados, tardíos, melancólicos. Bocas rectas, labios abultados o simplemente rectos que no se dejan percibir. Cuellos abultados, traslucidos, con inicios de bocio, arrugados, levemente estriados, lavados, estirados, pegados a los hombros, largos y sílfides. Pelo chuto, ralo, liso, embadurnado, largo, de virgen de pueblo, corto, masculino, calvo, corto militar, tuso, incipiente calvicie tratada de ocultar, por cuestiones de vanidad, vaya cosa ser calvo, teñidos la gran mayoría, escasos los naturales, barbas, bigotes, lampiños, ni lo uno ni lo otro, así hayan tratado de no afeitarse ese día. Altos, medianos, bajos. Chiquitines, adolescentes, unos deseando subir al siguiente peldaño, otros olvidando que lo fueron. Gordos, flacos, ni lo uno ni lo otro, obesos y escuálidos. Morenos, negros, blancos a los que les faltó sol, variedad de colores, unos más oscuros que otros, unos más blancos que los oscuros.

             Eso vi mientras esperaba en un centro comercial. Ver, lo que nunca había notado, cómo una cara en una conversación ajena hace una cantidad de gestos acompañando las gesticulaciones verbales, cosa curiosa. Las ropas igualmente son delatoras, la mayoría, intrascendentes, pocas las elegantes, porque hasta las de marca se han rebajado.

             Niños, jóvenes, adultos, viejos. Mujeres que no parecen mujeres, hombres que parecen mujeres, personas que no tienen definición, hombres que no son tan hombres, toda una gama de diversidad, vaya variedad, mis antepasados se escandalizarían, pero yo ya no, con todo lo que he visto, ya ni para qué. Cada cual con sus gustos y aficiones.

             Y pasó una muchacha con un trasero bastante grande, supuse que debido al exceso de silicona y otra que estaba en el pasillo se quedó mirando ese trasero, primero con admiración, con envidia y luego con dejadez, con inquina, miradas delatoras.

             A eso llamo diversidad cotidiana, siempre desapercibida, pero presente y con todo no tenemos la suficiente humanidad para reconocernos como iguales a pesar de tal divergencia, de tanta amalgama, a simple vista todos iguales a pesar de tales diferencias, sin conocer de intimidades. Diversidad que nos hace rechazar a los feos, a los mal arreglados, a los que no cuadran en nuestra visión de lo que creemos que somos. Y eso somos, una diversidad que no hemos podido ver y mucho menos aceptar, al no poder reconocernos, al sentirnos superiores o mejores. Diversidad en una misma ciudad, en un mismo centro comercial, pero nos falta humanidad para reconocer al resto de humanidad y por eso estamos donde estamos, al rechazar de entrada al extranjero, como si fuera diferente.

                      A eso llamo diversidad con perversidad.

 

—Y a mí que empezaba a gustarme la vida tranquila.

—Sí, pero necesitas el ruido para valorar el silencio.[1]

Foto JHB



[1] Los hombres de la guadaña. John Connolly.  


miércoles, 18 de marzo de 2026

HAY QUE AMASAR EL PAN

             Leyla Guerriero, periodista argentina, en un podcast de la BBVA una panadera mencionó en ese artículo, lo que me hizo recordar Como agua para el chocolate de Laura Esquivel, que le había oído y siempre le recordaba el artículo cuando amasaba el pan. Confieso que el artículo que citó de Leyla no lo leí, porque quería hacer mi propia composición de un título oído.

             Me llevó a mi niñez, en la panadería del barrio, viendo, mientras lo compraba, cómo el panadero que había madrugado como a las cuatro de la mañana, amasaba ese pan a mano limpia, porque no se solía usar amasadora mecánica, no sé si no existía o solo era para grandes panaderías, la cosa es que lo veía repartir harina, amasar y amasar, con su uniforme blanco y su gorrito de igual color, aunque no era ya blanco, su uso ya lo había perfilado como un veterano.

             En alguna oportunidad hice mis pinitos, cuando me dedicaba a cocinar, y decidí hacer pan, tratando de mejorar el que mi mamá, aventurera, hizo en alguna oportunidad. Y no era fácil y trataré de recordarlo a mano alzada, lo que me hace reír ahora cómo toda la cocina quedaba embadurnada de harina, con los consiguientes reclamos, pero era parte de la experiencia.

             Agua, harina, levadura, huevo dependiendo del tipo de pan que se quisiera hacer. Pero eran los ingredientes básicos. Ah y la sal. Agua y harina era el comienzo y aglutinar, más que amasar inicialmente, y calcular si estaba poco o muy húmeda esa amalgama. No tenía noción de medidas, de cantidades, de forma de amasar, no sabía que había que airear la masa, que había que dejarla reposar, que se debía consentir. Hoy tal vez domine la teoría pero queda mucho para que pueda resultar, en mi caso, un buen pan.

             Como sea, con el mazacote inicial de agua y harina, un poco de sal, qué tanta, vaya uno a saber y levadura, ignorando igualmente su cantidad. Hasta que ese mazacote toma consistencia de masa y de allí en adelante es amasar, amasar y amasar y he de reconocer que es una actividad para sacar músculos. Y la masa, para que no se pegue, rodearla constantemente de harina, solo harina, hasta que toma su forma definitiva.

             Unir elementos para hacer una creación, amasar para que haya consistencia, para que se airee, levadura para que crezca, amasar y amasar para que surja la esperanza de un buen pan, esponjoso, aireado, consistente.

             Y entre el amasar, amasar y amasar, dejar volar el pensamiento, rodearse de todas esas preocupaciones, de esos antojos, de esos deseos, de esas esperanzas. Airear para tomar nuevos aires, nuevas fuerzas. La levadura para ayudar al crecimiento, para el esponjamiento adecuado. Unir elementos para formar un prospecto y ver el paso del tiempo entre el inicio y el final, incluida la horneada que es la labor definitiva, cuando se cuece esa masa, cuando desprende su aroma, ese aroma tan especial del pan horneándose. Todo esto me llevó a pensar que en esto se resumía la vida, cuando se llegaba a un buen aroma, aroma de infancia, aroma que toda la vida lo acompañaría al hacerse inolvidable.

             Y ahora, justo el reconocimiento para la autora original, que en sus palabras decía:

 Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan.

Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después.

Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie.

Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa.

Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.
 

La naturaleza en sí no cambia: lo que cambia es nuestra manera de verla.[1] 



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.

lunes, 16 de marzo de 2026

VOLVER AL PASADO

             Algo, una lectura, una película, una canción, no sé qué me hizo pensar en si valdría la pena volver al pasado, no al de cualquiera sino al mío, manteniendo mi edad actual, ser un espectador de lo que fue mi vida antaño.

             El pensamiento se detuvo pensando un buen rato en la posibilidad y a su vez me hizo pensar en si valdría la pena volver a revivirlo. El pensar en que el retorno no sería de un momento en especial o en específico sino a todo el recorrido, me fue frenando de entrada, advirtiendo que en conjunto mi vida ha sido buena, más de uno podría envidiarla, pero sí, con todos los ires y venires ha sido una buena vida. 

Pero aún así valdría la pena retomarla, me pregunto ahora. El ir del hoy al ayer me da como cosa. Pensar en que mis niñitos cada uno tiene unos cincuenta carritos y verme ante la diferencia de niñez de ayer, la mía y la de hoy, la de ellos, debe causar algo de trauma, me digo, al no haber tenido tal cantidad de juguetes, por ejemplo. El enfrentar mi pasado con el transcurso del tiempo al mismo tiempo, verme sin teléfono y luego con celular, de la manualidad a la tecnología, de no tener, por no existir el computador, a tenerlo y haber vivido todas sus transformaciones hasta ahora, eso ha de ser traumático, tanto como un nieto preguntando que cómo fue posible que uno creciera sin internet. Tan traumático como el encontrarse con compañeros de colegio cincuenta y pico de años después de haberles perdido la pista. 

Porque pensaba que ese volver al pasado ha de hacerse teniendo conciencia de los años transcurridos y de los momentos vividos y de uno viendo un retrovisor en donde no se reconoce, porque ya ni se acuerda de cómo era uno de niño, de joven o de padre, solo se ve como se es actualmente, lleno de recuerdos y de vejez, entre otras cosas. 

Por eso no me gustaría volver al pasado. Me basta con el recuerdo. 

—La foto es antigua —dijo.

—Muchas cosas son antiguas —repliqué—. Uno no puede permanecer joven y guapo eternamente.[1] 

 

Hay entusiasmos que resultan patéticos a partir de cierta edad.[2] 





[1] Los atormentados. John Connolly.

[2] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo


viernes, 13 de marzo de 2026

PALABRAS

             El paso de los años creo que ya ha hecho mella en mí. Las palabras que antaño conocía se han ido evaporando de mi léxico, me han ido abandonando y de las posibles mil que conocía, hoy con cincuenta se bandea mi día. Cada vez más la lectura me lleva a acudir al diccionario para refrescar el viejo conocimiento, sean palabras como ignominia o enclave, solo quedaban un lejano recuerdo de lo que podían significar. A Dios gracias la tecnología y los libros electrónicos permiten acudir al diccionario con solo hacer un clic y luego volver a la lectura en donde se estaba. Y esto me llevó a pensar que hoy ya ni diccionario tengo, como en el pasado su permanencia me acompañaba y de enciclopedias ni hablar, todo gracias a la tecnología. Sin motivo de queja.

             Pero sí, las palabras elocuentes, las que demostraban un poco de cultura me han ido abandonando, hasta que supongo llegue el momento en que bastará un sí o un no, un sí me la tomé o se me olvidó tomarla. Frases concretas a eso llegaré, supongo.

             Y en dónde habrán terminado todas esas palabras, viejas conocidas. Al parecer con todos aquellos nombres que en una época aprendí y que hoy, a más de innecesarios, quedaron en el olvido, por ejemplo el Neftalí Ricardo Reyes Basoalto[1] o Lucila de María Godoy Alcayaga[2]. El pluscuamperfecto, la copulativa y la disonancia se fueron disolviendo y ya a nadie le importa, con memes, smiles y emotics hoy todo se soluciona, pues hasta la ortografía más básica poco importa, pareciera que estamos condenados a volver a la era de los jeroglíficos y yo, llegaré a los concretos y me sobrarán las palabras.

             Vaina tan ruin, me conduelo. 

Y un náufrago siempre es un hombre alegre, al menos hasta que se detiene a pensar.[3]

Tomado de Facebook
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[1] Logré recordar que así se llamaba Pablo Neruda.

[2] Gabriela Mistral. Ambos chilenos y, cosas curiosas, poetas.

[3] El silbido del arquero. Irene Vallejo.


miércoles, 11 de marzo de 2026

             ¿Y qué vas a hacer después de que mueras?

             Una lágrima asomó y no era de tristeza, simplemente era una lágrima. 

Podía parecer una pregunta impertinente, pero no lo era. Era una cuestión de vida. Nunca lo había pensado. Qué sería de mi vida después de que muriera, resonó en mi pensamiento esa pregunta. Me gustaría saberlo, pero me era imposible imaginarlo. ¿Acaso uno podía elegir? ¿O acaso el destino ya había elegido, como eligió lo que había sido esta vida que se iba? Allí surgió la inquietud, qué iba a hacer después de morir. No era una decisión que se pudiera tomar a la ligera, porque era una decisión definitiva. Aunque también podía ser que no fuera una decisión que uno pudiera tomar, no de antemano, supondría uno o, tal vez, con lo irresponsable que uno podía llegar a ser dejaría que el destino jugara o que fuera Dios el que tirara los dados, simplemente dejar que fuera lo que fuera o lo que debería ser. Aún agotando la vida, agotada ya, de cansancio y de vigencia, no era para tomarse la pregunta tan a la ligera, pues podía estar en manos de uno decidir sobre la continuación y la continuidad de la vida en otra vida. Si dependiera de uno… si dependiera de uno tal vez no estaría interesado en repetir la historia y de ser posible quién no la mejoraría, claro está. Aunque surgiría la duda, pues se trataría de otra vida, en otro plano, sin saberse si era igual que el de acá, del que se estaba acabando.

 Es angustiante la pregunta.

             Tan angustiante que otra lágrima hizo su aparición, sin saberse si era por la pregunta angustiosa o por la misma incertidumbre de lo que le esperaba. Repetir la historia no valía la pena y no creía en los karmas pendientes. Las lágrimas afloraron, lágrimas de impotencia, lágrimas de tristeza, aunque daba lo mismo porque era el tiempo el que se acababa, sin saber realmente si había un tiempo en que reiniciara todo nuevamente. 

¿Adónde puede ir un muerto? Una pregunta cuya respuesta solo los muertos conocen.[1] 

Joven, no voy a ninguna parte.[2] 

Foto JHB



[1] Nickel Creek, When in Rome (Citado en Los atormentados. John Connolly.)

[2] El poder de las tinieblas.  John Connolly.

lunes, 9 de marzo de 2026

DE VITA

             Hasta quedar en deuda conmigo mismo. Oí a Franco De Vita (Tú de qué vas). La letra la tomo fuera del contexto de la canción, porque me hizo pensar si estoy en deuda conmigo mismo.

             Estar en deuda es deber, más que obligación, aunque el deber es obligación, obligación de pagar algo que le fue prestado, pero no es ese deber precisamente al que me refiero. Me hace pensar en el uso de las palabras y en sus diferentes variaciones y acepciones, pues el deber es una obligación que se tiene por algo que le fue prestado, como dije, pero que no cuadra con lo que quiero significar, aunque en últimas sí.

             Con esta disquisición demuestro la existencia de la galimatías[1], es decir el enredo que formé. Y así es, si partimos de la definición de la IA de Google: Un galimatías es un lenguaje oscuro, confuso o incomprensible, ya sea por el uso incorrecto de palabras o por el desorden en las ideas. Se refiere a un discurso o escrito que parece no tener sentido, un "jerigonza" o un enredo que dificulta la comprensión. También se utiliza coloquialmente para describir una situación caótica, un lío o un gran desorden. Vaya qué desorden de ideas y así sucede cuando uno pretende explicar algo, debido al desorden de ideas y el uso incorrecto de la palabra.

             De allí que quedé en deuda conmigo mismo, al no poderme explicar, ni quererlo hacer después, porque la confusión quedó y el tratar de desembarrarla lo lleva a uno a enredar más de lo que está. Será el principio de mi senilidad, me pregunto.

             Mejor dejar así y pensar que no estoy en deuda conmigo mismo, aunque sea cuestión De Vita. 

El problema es que no hay males menores.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] Y me tocó usarla en plural, porque es una palabra así escrita, que no acepta el singular que sería galimatía, cosas que hay que ver y uno no sabe en dónde ponen las gallinas, pero se aprende algo.

[2] El ángel negro. John Connolly.


viernes, 6 de marzo de 2026

EFÍMEROS MODERNOS

             Recordé, no sé por qué, o tal vez porque noté su ausencia, que en menos de diez años, supongo (ante mi imposibilidad de ubicarme temporalmente), decía que noté la desaparición de algunas cosas que habían nacido con la modernidad, nada más pensar en los armatostes que teníamos de computador, en los inicios de nuestros tiempos, los cuales engallábamos a medida que surgían novedades y ver cómo eran enterrados y surgían portátiles y tabletas. Y qué decir de los celulares, mucha tela para recortar. Anuncios de novedades de celulares que hoy cuestan entre siete y diez millones y que tendrán una vida útil calculada de tres años, si les va bien y sin acabar de pagarlos hay que reponerlos por otros más costosos; ver gente que no tiene en dónde caerse muerta y se matan por comprar uno de esos, empeñando su futuro. Y así puedo seguir criticando, porque vos sos muy criticón me recordaría mi mamá. Pero allá ellos. Aunque curiosamente un me encontré hoy un artículo que predecía ya la desaparición de la USB, vea pues. (https://www.infobae.com/tecno/2026/03/05/fin-de-las-usb-en-2026-las-formas-de-reemplazar-este-formato-de-almacenamiento-retro/)

             Lo que noté fue la ausencia de puestos que había para hacer una llamada, en todas las esquinas había alguien ofreciendo el servicio, a cien pesos el minuto, si mal no recuerdo, y el consabido afán de quien llamaba para que el costo no subiera demasiado (rápido que se me acabó el minuto) y así como nació el negocio, el negocio desapareció y en cosa de menos de diez años. Esa es la modernidad, me digo, en la que hay de todo pero ya no eterno, ahora las cosas las construyen con una aspiración de vida no mayor de tres años, he ahí el negocio, desechables, para botar y comprar uno más nuevo, que hace lo mismo que el anterior, pero más costoso y de allí que hasta hayan desaparecido el todero, el que arreglaba todo, porque hoy resulta más rentable comprar uno nuevo que mandar arreglar uno viejo, que todavía está siendo pagado, pero que ya es viejo, caduco e inútil, como yo mismo.

             Qué ironía de vida. 

Siempre que contamos con el tiempo cambia la naturaleza de cualquier relación. Así nos sucede en el amor también. Al cabo de años de convivencia, una parte aumenta su deuda y la otra se vuelve más acreedora.[1]

Tomada de Google



[1] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

miércoles, 4 de marzo de 2026

CIFRAS

 

            Durante, diría los últimos veinte años, he venido notando la dificultad que se viene presentando al leer números. Nada más recordar la diferencia entre el billón gringo y el billón en habla hispana, la diferencia son tres ceros. El gringo tiene nueve ceros, mientras que el nuestro viene a ser de doce, es decir el uno quiere expresar mil millones y el otro un millón de millones. Pero bueno, creo que esa confusión ya nadie la arregla, salvo cuando se va a prestar o se va a cobrar y a quién le importa si no tenemos disponibles ni el millón.

Pero bueno, el asunto viene a la lectura de números, de cifras. En estos días me llamó la atención de una locutora, avezada en su campo, que tenía que citar una cifra semejante a 859.347, se pegó un enredo empezando a leerlo, porque lo leía como cifra y no como palabra y patinó diciendo ochocientos y comenzó a dudar con el resto de guarismos; me tocó ayudarle mentalmente soplándole que era ochocientos cincuenta y nueve mil trescientos cuarenta y siete. A su vez, me hizo recordar que hay países, creo que Chile o Argentina, o ambos, en donde no dicen mil novecientos noventa y nueve sino mil nueve noventa y nueve, o algo parecido, ya ni recuerdo. Y otro ejemplo, creo que copia de los gringos es que el año dos mil veinte es veinte veinte, maña que las nuevas generaciones han adoptado. Me hace recordar a mi mamá y a mi papá que cuando les pedían el número de cédula la recitaban con millones y miles.

 Nada más cierto que hacer el experimento con un joven (menor de cuarenta, diría yo a mi edad) y decirle que lea un número que contenga seis cifras, para que no se enreden demasiado, y ahí notará uno la diferencia de generaciones.

 A eso se llama modernidad, me digo con preocupación. Y eso que estamos en el veinte veintiséis. 

¿Podemos estar de acuerdo en que no estamos de acuerdo?[1]

Tomado de Google


[1] Agatha Raisin y la boda sangrienta. Marion Chesney.


lunes, 2 de marzo de 2026

ANCESTROS

 

Más allá, vi el resplandor de los canales en las marismas, convergiendo en algunos sitios al abrirse paso entre los juncos, las aguas de uno entremezclándose con las de otro, cada uno cambiado irreversiblemente al confluir. Así eran las vidas: cuando sus caminos se cruzaban, quedaban alteradas para siempre por el encuentro, unas veces de una manera leve, casi invisible, y otras de forma tan profunda que ya nada podía ser después igual. El residuo de otras vidas nos contagia, y nosotros a nuestra vez lo transmitimos a quienes encontramos más adelante.[1]

             Ya había hablado del desconocimiento de nuestros ancestros, de los cuales solo llegábamos a conocer algo, bastante poco a medida que se retrocedía en el tiempo en el cual se iba diluyendo la memoria familiar.

             Pues bien, oyendo un podcast, Ecos del Olimpo[2], hablaba de la progresión geométrica que existe en uno relacionada a la casi imposible tarea de poder determinar la rama común del ADN que hoy nos acompaña, gracias a las sucesivas procreaciones que se han sucedido desde quién sabe cuándo.

             Eso me hizo pensar ahora en dos aspectos más.

             El primero, si partimos como ejemplo de mi caso, mi papá insistía en que era indígena, particularmente chibcha, y que sus ancestros lo eran; vaya uno a saber. Mi mamá, por su parte, muy engreída se regodeaba de ancestros italianos, al haber sido su abuelo uno de ellos; su mamá, nortesantandereana y si se sigue la línea ancestral procedería de los guanes, cosa que ella no aceptaría ni por el chiras. Vaya uno a saber. Lo que es cierto es que… no sabemos nada de nada. Lo cierto es que con la fusión indígena propia de tiempos inmemoriales se llegó a una fusión entre indígenas de diferentes tribus, y a su vez, con la conquista hubo fusión de fusión, con la española, por citar la predominante, pues hubo conquistadores alemanes y más adelantico franceses e ingleses, por citar algo más. Con el esclavismo pues llegaron los negros africanos. Es decir, sin saberlo, somos la amalgama directa o indirecta de todas esas razas, tenemos una mezcla bastante curiosa y nada más ver un examen de ADN le dice a uno los porcentajes que tiene de indígena, de africano, de europeo y qué tanto de asiáticos. En consecuencia, no somos nada y somos todo, pero odiamos a unos extranjeros y admiramos a otros, que es la curiosidad que me nació, cada día nos parecemos más a Trump, hijo de inmigrantes europeos, pero que se cree más gringo que los realmente autóctonos y por ello tiene derecho a perseguir a otros inmigrantes. Vea pues.

             La otra duda que me surgió, teniendo en cuenta todo lo dicho, es el ADN. Se sabe que se trasmite de generación en generación, de donde deduzco que tengo que tener una parte de ADN originario[3], sin saber de hace cuántos miles de años. Sin embargo, siguiendo el mismo pensamiento del punto anterior, me preguntaba qué tanto se diluye el ADN al mezclarse con el de la pareja y así progresivamente en cada generación. Eso ocupó mi cabeza, saltarina como siempre, pensando en que sabemos (creo) que somos todos, pero somos únicos (pensando genéticamente). Cómo saber si el genio que tengo (entendido como carácter más que como intelecto, vaya uno a presumir), decía que cómo puedo saber si el carácter que me prima no se parece al de algún ancestro de por allá la Edad Media, o de la era anterior a Cristo o que resulte semejante al de Calígula, Nerón o Stalin, con la esperanza de que hubiera también parte angelical, pues hubo una época en que los papas eran muy fértiles y algunos santos igualmente, lo que me hace acordar de las veces en que he oído que algún rasgo o gesto era el propio del tatarabuelo, al que nunca conocería y del que poco se sabría, salvo si hubiera sido adinerado o hubiera tenido poder. Vaya uno a saber.

             Si somos la suma de todos (al menos de toda una familia que viene de muchísimos siglos atrás, así la ignoremos, sea por desprecio o por verdadera ignorancia) cómo en pleno siglo XXI seguimos rechazando al inmigrante que, en algún momento pudo hacer parte de esa familia ignorada.

             La retórica me sigue rondando (no el arte sino las preguntas inconclusas con respuestas igualmente inconclusas). 

… porque no te queda más remedio, porque no existen otras alternativas.
—Eso tampoco lo entiendo. Todo el mundo tiene alternativas, ¿no?[4] 




[1] El ángel negro. John Connolly.

[2] Alex Rovira.

[3] La IA me dice que se mantienen para dar Estabilidad Genética: La Especie: La estructura de doble hélice y la secuencia general del ADN humano se mantienen, garantizando que un humano produzca un humano. La Mayoría del Genoma: Más del 99% de la secuencia de bases de ADN es igual entre todas las personas, manteniendo la funcionalidad biológica. Instrucciones Proteicas: Los genes, que son segmentos de ADN, mantienen las instrucciones para construir y mantener el organismo (ej. grupo sanguíneo, estructura ósea). Y faltaría la atávica, me atrevería a incluir dentro de mi propia ignorancia.

[4] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1) Karin Fossum.

viernes, 27 de febrero de 2026

DESAPERCIBIDOS

                La historia tiene historias que pasan desapercibidas pero que pueden decir mucho de su actor. Así como hay historias que no deberían pasar, pero como todo en la vida depende de la visión del historiador. Oyendo en BBVA un podcast de un director de cine español[1], relacionada con los cinco años que estuvo preso Cervantes en Argel, mencionaba que curiosamente todo el mundo había leído el Quijote, todos mencionábamos tanto al Quijote como a Cervantes como buenos conocedores, pero que en la práctica se sabía más del primero que del segundo. Igual que con Pío XII que dicen que era pronazi mientras otros afirman que hizo lo posible para la liberación de judíos, vaya a saber uno cuál es la verdadera historia.

                Como sea, leí una novela Cartas a Palacio de Jorge Díaz. Cuenta una de esas historias desapercibidas, en este caso de Alfonso XIII, rey de España durante la primera guerra mundial (acoto que no soy monarquista, ni la figura me gusta, creo por demás que la monarquía hoy debería desaparecer al tener un costo innecesario y una función netamente figurativa, pero allá ellos).

                La misma novela resume esa parte de la historia totalmente desconocida: Ahora que la guerra ya es historia, ha llegado el momento de cerrar la Oficina Pro-Cautivos, aquella iniciativa del rey de España, don Alfonso XIII, para demostrar que su país podía ser neutral pero no indiferente al sufrimiento de Europa. Cuando hayan pasado los años, es posible que nadie recuerde que esa modesta oficina que empezó en un desván de palacio llegó a tener cincuenta y cuatro empleados a su servicio, que contó con la colaboración de sesenta agregados militares y más de trescientos diplomáticos, y que este pequeño grupo de personas consiguieron algo tan grande como la atención de doscientos mil prisioneros, la repatriación de más de veinte mil soldados heridos, y de setenta mil civiles desplazados por el conflicto.

 Y como colofón añade: crear la oficina y dedicarla a ayudar a los prisioneros, sin importar nacionalidad, graduación o religión, fue uno de los grandes aciertos de la vida de Alfonso XIII. Supongo que con eso su majestad se habría ya ganado su pase en la historia, a pesar de la otra cara de la historia que ya los españoles sabrán contar, según lo cuente cada lado.

 Concluyo pensando que son estos pequeños detalles históricos lo que nos podrían alimentar en los momentos más cruciales de la misma historia. 

… lo que ocurre es que nunca pensarán lo mismo, ni siquiera en los temas en los que están de acuerdo.[2]

Tomada de Google



[1] El Cautivo, película de Alejandro Amenábar.

[2] Cartas a Palacio. Jorge Díaz.

miércoles, 25 de febrero de 2026

TRISTEZAS DEL ALMA

             Una frase oída en Netflix (Los renglones torcidos de Dios[1]): Qué Dios ha permitido tanta imperfección.

             Cada día encuentro más incongruencias bíblicas. Es asunto que me persigue, sin quererlo, sin buscarlo, que me pican como tábanos al ganado y eso que me he prometido una y otra vez no escribir sobre religión, pero aquí estamos.

             Desde asesinos a inocentes sonámbulos por la vida, creados a su imagen y semejanza. No hay un hombre igual, ni a Dios ni a otro semejante, pero semejante afirmación al ser considerada como que el creador nos hizo semejantes, pone en duda la perfección divina. En algo debió equivocarse y me pregunto en qué. Tal vez en creerse perfecto o en haberse creído que El lo era.

             Somos perfectos por la gracia de Dios, creo recordar de alguna clase de religión escuchada en mi niñez, o fue mal enseñada o fue mal aprendida, pero que refuerza la noción de imperfección.

             Eso me lleva a pensar en tanto incapacitado inocente y pienso en que Dios no tiene piedad, pienso en las personas que las tienen a su cargo, rogándole al mismo Dios que les mantenga con vida, a ellos, para que sus pupilos inocentes no queden desamparados, incapaces e inocentes, por la gracia de Dios.

             Cuidadores que tratan de prolongar su vida lo más posible, a toda costa, con el fin de no dejar abandonado a ese inocente incapaz, repito. Incapaces que no logran entender el sentido de lo que es vivir a plenitud, que no comprenden las causas de su incapacidad y las limitantes que le ha impuesto la vida.

             Y solo me puedo preguntar cómo ha permitido Dios, si es que existe, tanta imperfección, salvo que él mismo fuera un esquizofrénico y de alguna manera nos transmitió sus genes corruptos.

             Pobres aquellos incapaces inocentes, al saber que Dios no tiene misericordia con ellos. Me gustaría saber si Dios diría que todo esto es evolución, que todo esto es por su bien.

             Parece que todo esto es parte de los renglones torcidos de Dios. 


Se interesaba demasiado por las cosas de este mundo y demasiado poco por la promesa del más allá.[2]  

Foto JHB


[1] Basado en la novela del mismo nombre de Torcuato Luca de Tena.

[2] Perfil asesino. John Connolly