Llegó una carta.
Ya casi nadie sabrá
lo que eso significa en estos tiempos, ni la significancia que ayer tuvo, ni
las emociones que ello conllevaba.
Un sobre, cerrado y
el sobre podría decirlo todo.
Uno totalmente
blanco, entregado a la mano, con un determinado destinatario, acompañado luego
de el consabido E.S.M.,
era una invitación, generalmente a un matrimonio, especialmente si las letras
estaban escritas en caligrafía palmer fina, de plumilla y tinta china, de
especial estilo. No contenían remitente, se consideraba una falta de respeto,
supongo.
Y ya que lo
menciono, las cartas, las otras, debían tener un remitente y un destinatario.
Lo menciono porque creo que nadie sabe que los sobres tenían su etiqueta.
Y en cuanto a los
sobres, éstos también se distinguían además de los en blanco, pues había correo
terrestre (que a su vez podía ser correo urbano, nacional o internacional) y
correo aéreo -nunca supe si hubo alguna particularidad en correo marítimo o si
este fue usado en los últimos cien años, porque antes, está claro que era el
único medio de comunicación-. Y a la vez, el correo podía ser urgente u
ordinario (de entrega corriente, para ser más explícito) y de él dependía
también el importe de
la estampilla eligiendo la rapidez de la entrega.
Del sobre, dije que
también podía ser aéreo y era particular porque en los costados había una
impresión de gruesas líneas de color azul o éste con rojo. A propósito, en esa
época era común, además de guardar las cartas, era coleccionar las estampillas,
cosas de viejo se dirá, pero era la costumbre.
Y ahora recuerdo
que había dicho que el correo podía ser urbano o nacional y cada uno podía
identificarse por el sobre, por la estampilla o el matasellos que se colocaba
encima de la estampilla, generalmente. Y todos ellos requerían de un remitente
(con nombre, dirección y ciudad y el prefijo Rte/), por si no se encontraba la
dirección del destinatario era la forma de poder devolver la carta (con un
sello que indicaba la razón de la imposibilidad de entrega, recordando entre
otras: No se encuentra el destinatario; Dirección errónea; Dirección
inexistente; Dirección es un lote).
Y era emocionante
ver llegar el cartero, sobre todo cuando se esperaba respuesta, qué noticias
traería, de dónde escribirían, a quién se dirigía.
Ahora que me
acuerdo casi todas las cartas se escribían a mano, en hoja tamaño carta (de ahí
su nombre, supongo), pero también se acostumbraba, al menos en la generación de
mi papá, escribirlas en máquina con una copia al carbón (sí, para quienes no lo
sabían, existía un papel que se llamaba papel carbón). Y recuerdo también que
se solía poner luego de la despedida el nombre manuscrito (época en que se
escribía y siempre se tenía a la mano el estilógrafo, ya casi extinto). Y antes
de ella se usaba el lenguaje clásico de despedida, de extrema cortesía a
fórmulas sacramentales, según el destinatario, como S.s.s. (su seguro
servidor), Aftisimo (afectísimo) y otras siglas que solo los viejos recordarán.
Y pensar que ya han
desaparecido la cortesía y las costumbres de antaño. Y pensar también que fue
sucedido por el correo electrónico, que hoy, igualmente está en vías de
extinción porque el WhatsApp y las video llamadas han venido ocupando su
espacio.
Y a propósito, se
preguntarán, qué decía la carta con que inicié y eso me hace acordar que en
aquellas lejanas épocas también había hackers que revisaban el correo. Para la
época era muy sencillo, se ponía a calentar agua y con el vapor se pasaba el
sobre en la zona del pegante y voilá se abría, se leía y se procedía a pegarla
nuevamente, porque la goma de la época permitía esas intromisiones, lo que me
hace pensar que en eso no ha cambiado la humanidad.
… un ejemplo tangible de la naturaleza efímera
del mundo: sic transit gloria mundi.
Tomado de Google