Una frase oída en Netflix (Los renglones torcidos de Dios[1]): Qué Dios ha permitido tanta imperfección.
Se interesaba demasiado por las cosas de este
mundo y demasiado poco por la promesa del más allá.[2]
Los temas de este blog serán tan variados como mi mente, que es una loca, con mil ideas a un mismo tiempo, tratando de emerger al tiempo, lo que naturalmente hace que a ratos mi secuencia lógica no resulte de la misma manera, lógica, es más bien dispersa e ilógica. Podré hablar de todo un poquito y de mi propia locura, de los argumentos que creará. Escribo para mí. De antemano no aspiro a que me excusen por las barbaridades que pueda decir, porque filosofar en voz alta es mi prerrogativa.
Una frase oída en Netflix (Los renglones torcidos de Dios[1]): Qué Dios ha permitido tanta imperfección.
Se interesaba demasiado por las cosas de este
mundo y demasiado poco por la promesa del más allá.[2]
Últimamente he notado la necesidad de estar en medio del silencio, aunque demasiado tiempo también aburre. Pero en uno de esos silencios (exteriores, porque los interiores son más bien escasos al tener una mente en constante movimiento), decía que en uno de sus silencios me dio por pensar en el silencio, en el pacífico aclaro y empecé por el diccionario: 1. m. Abstención de hablar. 2. m. Falta de ruido[1]. El silencio de los bosques, del claustro, de la noche. 3. m. Falta u omisión de algo por escrito. Dice lo que dice pero no lo que quisiéramos que dijera, no lo de estar callados, no la falta de ruido, porque en un lugar tan citadino siempre hay ruido, hasta del vecino que no sé por qué carajos a cierta hora de todos los días le da por abrir un hueco en la pared, taladro incluido. Aunque aclaro que la definición habla de la falta de ruido no la ausencia de sonido, que también es casi imposible de lograr. Como sea, hay momentos en que requerimos silencio, que nadie nos moleste, que sean solo los sonidos de la naturaleza o de la ciudad los que nos arrullen en esa abstinencia de palabras. Hay otros en que necesitamos compartir de viva voz (no de mensajes de WhatsApp a los que les falta sonoridad, cadencia, emoción, a pesar de los emoticones que pongamos), en los que necesitamos música, de la buena, de la que nos gusta, no la de esos reguetoneros desadaptados.
El cuento llegó a que hasta en el silencio hay
variedades, como el silencio elocuente (cuando no queremos o evitamos
contestar, pero la respuesta está dada por la transformación de la cara), del
odioso (cuando no queremos emitir ni el saludo por la situación desagradable en
que nos encontramos), el cómplice (ese que va acompañado de una sutil
sonrisita, buena o mala, según se trate), del incómodo, del compartido, del
retador, el de espera (en que no hay nada qué decir, la situación queda
congelada), el de odio (diferente al odioso aclaro), el angelical y así por
cada emoción que pueda haber, así habrá silencios. Hasta hay silencios
tranquilizadores, en los que la sola presencia basta para sentirse a salvo con
esa sutil tranquilidad que le es propia. El cortante, el despectivo y hasta el
abrazador, cuando no es enigmático. Y no sigo porque terminaría como lo hace el
diccionario, queriendo decir algo pero no diciendo lo que quisiéramos que
dijera.
—Tengo la esperanza de morir pronto. Quiero
marcharme de aquí.
No contesté. Al fin y al cabo, ¿qué podía
decir?[2]
[1] El
ruido se describe comúnmente como sonido sin afinación definida, incontrolado o
desagradable. En un contexto musical, este enfoque busca desafiar la noción de
melodía y armonía convencional.
[2] El poder de las tinieblas. John
Connolly.
No sé por qué diablos terminé pensando si la inteligencia solo radicaba en el cerebro y eso me llevó a pensar que, por ejemplo, la comida cuando llegaba al estómago empezaba una función inimaginable que pareciera hiciera autónomamente al cerebro, él solito se manda, pensé. Y luego, siguiendo la comida en su camino, pensé en ese colador que debe ser el estómago. Usted siga derecho para los riñones, usted se queda aquí quietico, usted siga el túnel que allá se encargarán de darle más instrucciones y así con los demás. Eso pensando en comida. Pensando en bebida, el estómago como director de función dirá a usted lo necesito y usted váyase para los riñones y los riñones, recibido el mensaje, encarrila el líquido por unos tubitos y determinará esto me sirve, esto no, esto es un desecho, siga por aquí, siga por allá. Por no decir de la larga cadena que hay que pasar por el intestino, cada cual se queda con su parte y el resto, para la basura (siendo sutilmente decente). En cada víscera se produce un proceso y cada cual atiende su tema sin necesidad de que el cerebro esté dando órdenes de lo que debe hacer. De allí que llegue a la conclusión, errada o no, que el cuerpo tiene muchas inteligencias, pareciera que autónomas y libres, aunque como sistemas interconectados habrá alguna vía para informarle al cerebro (entiéndase que es para informarle no para pedir permiso ni instrucción) sobre defectos, desperfectos o bienestar, ya que es el cerebro el que supongo debe informar tales efectos a través del dolor o del placer, me digo yo, dentro de mi ignorancia en el tema[1].
Todos se rieron al ver
que era el Trasero. —¿Tú? —se burló el Cerebro—. ¡Si ni siquiera puedes
pensar! El Trasero, ofendido, no dijo nada más y se declaró en huelga. Se
cerró por completo. A los dos días, el Cuerpo empezó a sentirse fatal. A los
cuatro días, el Estómago estaba a punto de estallar. A los seis días, los Ojos
estaban nublados y el Cerebro tenía una migraña insoportable. Finalmente, todos
los órganos se reunieron de urgencia y votaron unánimemente: El Trasero
sería el jefe. Finalmente, todos los órganos se reunieron de urgencia y votaron
unánimemente: El Trasero sería el jefe. Y la moraleja es: a veces, el
trabajo menos glamuroso es el más importante. Efectivamente, este es un
chiste con moraleja, el grosero que me sabía no traía moraleja y parecía que
hacía reír más.
[1] Naturalmente no me quedo con la
ignorancia total, acudo al doctor Google, como siempre que quiero aclarar algo
de lo que no sé, de lo que tengo dudas o de lo que quisiera saber y me dijo: Muchas
partes del cuerpo funcionan con relativa independencia del cerebro. Como ya se
ha mencionado, el corazón tiene su propio marcapasos en el nódulo sinoauricular
(aunque está regulado por el nervio vago, que proviene del cerebro). El tracto
gastrointestinal también es conocido por tener su propio sistema nervioso entérico,
que regula las contracciones, secreciones y otros mensajes. También existen
reflejos espinales (también conocidos como reflejo rotuliano) que son
independientes del cerebro. Además, existen muchas otras funciones metabólicas
o endocrinas que no requieren el cerebro. Por ejemplo, la hipoxia induce a los
riñones a liberar eritropoyetina, lo que aumenta la producción de glóbulos
rojos en la médula ósea.
[2] Cartas a Palacio. Jorge Díaz.
Estaba viendo una buena serie: La vida en nuestro planeta, capítulo VI, De las cenizas, Netflix.
Con todo, sigo sin creerme o entender al detalle del todo la teoría de la evolución y las elucubraciones que a su alrededor recitan con una precisión los sabedores, como si fuera dogma de fe y por eso no lo discuto con los paleontólogos, porque ellos son los que lo se inventaron y ellos también se creen el cuento. Como todo cuento, es bueno en cuanto esté bien contado y haya gente que lo crea.
Hay muchas cosas que no sabemos de nosotros
mismos —continuó Ingerid—. Debemos dar gracias al destino por las pruebas a las
que no nos somete[2].
[1]
Ultima rama de los ovíparos de la familia de los dinosaurios, el aviar,
antepasados de las aves y me pregunto con la extinción de los dinosaurios si los
padres murieron cómo sobrevivieron los huevos después de esa explosión, siendo
tan frágil la cáscara. Y esa no es la única pregunta que tengo, tengo un montón
más, pero lo pregunto como pie de página para no distraerlos ni aburrirlos.
[2] Malas intenciones. Karin Fossum.
Diferentes lecturas de tema religioso me llevaron a pensar aún más en mi escepticismo o en mi parcial ateísmo, dado que me la juego al cincuenta cincuenta, de donde nace el tibio o agnóstico que puedo ser ahora, no sé si mañana tenga otra opinión, uno nunca sabe cuándo se aparece la virgen o la desilusión se hace más profunda.
Eso me hace recordar las intransigencias de los curas, tanto de los que me educaron como sus dirigentes de la época (excluyendo a Juan XXIII que me parecía lleno de bondad, lejos de la pompa de los tiempos papales). Me llevó a recordar que a Roger Bacon estuvo a punto de no realizar sus estudios, ni publicar los resultados de su trabajo, debido a las exigencias de su orden religiosa, los franciscanos. Esto hace que uno se pregunte cuántos Galileos silenciados yacen en los cementerios de los monasterios. O, dados los efectos de las exigencias de la ortodoxia en el pensamiento de todo el mundo, en cualquier cementerio[1]. Y que en efecto ese Galileo Fue obligado a decir «abjuro, maldigo y detesto mis errores» y a negar que la Tierra se moviera[2].
Le miré desconcertado. —¿Una vez al mes… todo el cuerpo? —Así es, muchacho.
Todo el cuerpo. Era un derroche descomunal en los placeres más terrenales que
te puedas imaginar[4].
Antes no estamos más subyugados gracias a la Era de Acuario que hizo,
pareciera, que el mundo se deshiciera del poder terrenal de la madre iglesia.
yo no tengo las respuestas, sino distintas
formas de expresar las mismas preguntas[10].
[1]
La era del
ingenio. Anthony C. Grayling.
[2]
La era del
ingenio. Anthony C. Grayling.
[3] La brisa de Oriente. Paloma
Sánchez-Garnica.
[4] La brisa de Oriente. Paloma
Sánchez-Garnica.
[5] El gran arcano. Paloma Sánchez-Garnica.
[6] La brisa de Oriente. Paloma
Sánchez-Garnica.
[7] La taberna de Silos. Lorenzo G.
Acebedo.
[8] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.
[9] La taberna de Silos. Lorenzo G.
Acebedo.
[10] El poder de las tinieblas. John
Connolly.
Esta frase la oí en la película de Prime, La última sesión de Freud. Llevamos 2.026 años después de Cristo y ni aún sus enseñanzas nos mejoraron. Y si me voy a atrás, dice el doctor Google que el homo sapiens apareció hace 200 o 300.000 años, lo que quiere decir que cuando llegó Cristo y luego Mahoma y otros profetas más, ya deberíamos tener experiencia y aún así pareciera que no es así, no hemos avanzado nada como humanidad.
Jamás, nunca, siempre. Había aprendido a
desconfiar de quienes quieren ponerle límites al tiempo. Los años y los
desengaños me habían ido empujando a los quizá, a menudo y rara vez. No sé si
por prudencia o por resignación.[1]
[1] La taberna de Silos. Lorenzo G.
Acebedo.
La sutileza del tiempo va diluyendo las costumbres, especialmente las sanas costumbres que se tenían en otra época y van desapareciendo de tal manera que uno no se da cuenta porque se van evaporando como el roció en las mañanas ante la salida de un sol que abraza el entorno.
No
sé por qué me di cuenta de la desaparición paulatina de una costumbre
generalizada, solo sé que andaba pensando pendejadas cuando mi recuerdo se
disparó sin razón aparente. Ya nadie ayudaba a subir o bajar de un bus a una
mujer, eso era muy común en mi época y así nos habían enseñado y más si venía
con paquetes o estaba embarazada. Ya nadie lo hacía. Y, creo, que obedece a la
desconfianza que se vino generando con el paso del tiempo. La época de los
caballeros (no los de la edad media) se fue disipando y la costumbre se fue
evaporando, seguramente, me digo, por la desconfianza de ser robado y eso que
vengo de una época en que los raponeros se fijaban en los aretes y los relojes,
que era lo más común, pero curiosamente esa costumbre de robar tales adminículos
hoy también estaba desapareciendo, ya no es común. Curiosa metáfora de la vida.
Son cosas curiosas que pasan desapercibidas y lo curioso es que ni siquiera lo notamos y aunque se me tilde de retrógrado, añoro las costumbres que en su época era de caballeros, de gentileza, de buenas costumbres.
—¿Juegas a las cartas? —preguntó cuando
acabaron de reírse.
—Únicamente al solitario. Me gusta jugar con
alguien en quien pueda confiar[1].
Hace algún tiempo escribí sobre algunos servicios que resultan invisibles para nuestra percepción pero que resultan esenciales y que son notorios cuando no se prestan adecuada y oportunamente. El servicio de alcantarillado, el mantenimiento de los parques y canecas y así un sinfín de actividades a las que no se les presta atención, pero lleguen a faltar y ahí sí comenzamos a criticar, porque para eso sí que somos buenos.
La abuela. Sí, esa abuela que sin ser su responsabilidad terminaba criando nuestros hijos, como fue mi caso, a esa abuela a la que nunca se le preguntó si podía hacerse cargo de ellos, a la que nunca se le preguntó si necesitaba algo, a la que se le delegó esa crianza mientras trabajábamos y a la que nunca se le dio las gracias con el corazón.
Y eso fue así porque no teníamos conciencia de que era una responsabilidad nuestra, porque se dio y así fue asumida por ambas partes y nunca fuimos agradecidos y menos en esa época en que no había un día designado como el día de la abuela criadora, no sé si hoy exista.
Luego de treinta años y ya con la ausencia de esa abuela criadora es que vengo a darme cuenta de la insensibilidad mía, por no decir de la irresponsabilidad de, al menos, darle cada día un gracias sentido, no ese gracias que se da automáticamente, sino del sentido, del abrazo, del beso, del agradecimiento verdadero. Nunca le pregunté si necesitaba una ayuda, si requería algo de mí, si podía yo aportar algo, no como retribución, sino como una forma de que se sintiera apoyada en su labor impuesta.
Ya no puedo darle ese agradecimiento ni ese reconocimiento a esa abuela, materna aclaro o suegra para mayor precisión, que realmente se sacrificó y soportó la crianza de un hijo y que lo asumió como si fuera su responsabilidad y la que nunca se quejó sino que aceptó la situación, a ese ser invisible, para estos menesteres, pero que fue esencial en su momento.
Desde donde esté quiero este homenaje y pedirle perdón por esta inconciencia mía, homenaje que solo puedo hacerle desde mi pensamiento, agradecimiento que solo hoy reconozco desde muy dentro de mi corazón. Hoy, que igualmente es invisible.
No hay nada como
ver las cosas en retrospectiva[1].
Recopilando pensamientos ajenos me vi ante una larga lista y cada uno de ellos llevaba a la reflexión, si es que hay tiempo para ello en estos tiempos modernos o, mejor, si hay reflexión en estos tiempos, pues nos hemos convertido en unos culiprontos que nos limitamos a leer, si nos impacta por ser una verdad, un chisme, una mala mentira. También muchos de ellos, de los pensamientos ajenos, dicen verdades que no queremos aceptar, que nos llevan a pensar que eso ya lo había pensado yo o que simplemente fueron otros tiempos que retornaron sin darnos cuenta.
—Creo
que el mundo al que se refiere ya no existe —repuso Leire casi con tristeza.
—¿No?
—preguntó, con una sonrisa irónica—. Mire a su alrededor. ¿Usted cree que la
gente que va por la calle, la gente normal, sabe toda la verdad? No. Hay cosas
a las que las personas normales, como usted y como yo, no podemos tener acceso.
Es así, siempre lo ha sido, por mucho que ahora se crean con derecho a
saberlas. Si lo lleva a otra escala, más pequeña, verá que también se aplica en
los hogares, en las familias… Cuando tenga a su hijo se dará cuenta de que la
verdad no es importante si choca contra otros valores como la seguridad, la
protección. Y lo quiera o no, tendrá que decidir por él. Para eso es su madre:
para trazarle un camino seguro y evitar que sufra[3].
Después de nuestra escueta pero intensa conversación, ella se marchó igual que había venido, sigilosa, serena y discreta, y yo continué viviendo pausado, apoyando mi mano sobre mi bastón de madera, caminando despacio, mirando al cielo en la soledad acompañada de los que ya partieron precediéndome en el viaje final que anhelaba emprender, sintiendo en el rostro esa brisa que viene de Oriente de mis últimos amaneceres[14].
[1] Los buenos suicidas. Toni Hill
[2] Criminal. Karin Slaugther.
[3] Los buenos suicidas. Toni Hill.
[4] Ciudad Satélite. Toni Hill.
[5] Elogio a la ociosidad. Bertrand
Rusell.
[6] Elogio a la ociosidad. Bertrand
Rusell.
[7] Agatha Raisin y los paseantes de
Dembley. Marion Chesney.
[8] Todo lo que muere. John Connolly.
[9] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.
[10] España, decí alpiste. Hernán Casciari.
[11] España, decí alpiste. Hernán Casciari.
[12] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.
[13] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.
[14] La brisa de Oriente. Paloma
Sánchez-Garnica.