miércoles, 15 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO III

                Para culminar con el tema[1], vienen unas últimas curiosidades.

 Cuando las campanas repicaron en Europa en los últimos momentos del 4 de octubre de 1582, el calendario hizo algo que no había hecho desde la época de Julio César: se saltó 10 días, al menos en aquellos países que obedecieron la bula papal.

Los que vivían en lo que habría sido el 5 de octubre perdieron de repente diez días de su vida, según el nuevo calendario de Roma. Esto inquietó sinceramente a las personas, que pensaron que, de alguna manera, les habían robado esos días.

 Y ello ocurrió cuando el Papa ya no tenía la última palabra, porque la reforma y la contrarreforma hicieron que perdiera su poder, a pesar de que lo tuvo por algunos siglos más, afortunadamente hoy ya diluido por el tiempo, la historia y el conocimiento. A Dios gracias. Por eso tanta reticencia para adoptarlo, no porque estuviera demostrado que científicamente era así, sino porque protestantes, ortodoxos y demás gamas religiosas solo querían llevarle la contraria al papado. Gran Bretaña no fue el último país europeo que cambió. Suecia cambió el año siguiente, 1753. Luego hay un largo periodo, pues los países balcánicos fuertemente apegados a la ortodoxia griega esperaron hasta principios del siglo XX. Bulgaria hizo el cambio en 1912, 1915 o marzo de 1916, ya que las distintas fuentes de información no están de acuerdo. Letonia, Lituania y Estonia se convirtieron alrededor de 1915, durante la ocupación alemana; Rumania y Yugoslavia hicieron el cambio en 1919. Rusia esperó hasta 1918, después de la Revolución bolchevique, pero tuvo que quitar 13 días (del 1 al 13 de febrero) para saldar los días de diferencia con el calendario juliano que había acumulado 336 años después de la reforma gregoriana. Grecia no reformó su calendario civil hasta 1924. La mayoría de países y pueblos de fuera de Europa no reaccionaron al nuevo calendario en las décadas y siglos que siguieron a 1582, con la única excepción de América, donde España y Portugal impusieron la reforma a los pueblos que habían conquistado, es decir, aztecas, incas y mayas, cuyos progresos en astronomía y en calendarios casi fueron suprimidos por los europeos, aunque en la actualidad hay grupos mayas aislados que siguen utilizando su antiguo calendario. Más tarde, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y otras potencias coloniales impusieron su calendario a los indios de América del Norte. En Asia, los japoneses adoptaron el calendario gregoriano en 1873, durante el periodo de occidentalización de los emperadores Meiji. Muchos países y pueblos de este continente y de África prefirieron mantener su propio calendario tradicional para los acontecimientos religiosos y culturales. China resistió hasta 1912, aunque el calendario gregoriano solo se impuso en el país con la victoria de los comunistas, en 1949. El 1 de octubre de aquel año, el triunfante Mao Zedong se subió a lo alto de la Puerta de la Paz Celeste, la puerta principal del palacio imperial de Pekín. Ordenó entonces que Pekín sería en lo sucesivo la capital de China, que la bandera oficial de China sería la roja con las estrellas doradas, y que el año chino se ajustaría al calendario gregoriano. Pero por entonces, este calendario, impuesto 2000 años antes por Julio César y modificado 1600 años después por un Papa mediocre, se había convertido en el calendario mundial: una clave para medir el tiempo que hoy utiliza todo el mundo, salvo los pueblos más aislados, como unidad cronológica universal. Ello a pesar de sus extrañas peculiaridades y de los giros de la historia que lo produjeron, siguiendo una trayectoria inverosímil, desde Sumer y Babilonia hasta Roma, desde la India gupta y el Oriente islámico hasta la Europa del Renacimiento. La búsqueda continúa actualmente en la edad del tiempo atómico, lo que nos lleva por fin al Edificio 78 del Observatorio de la Marina de Estados Unidos, en Washington, D. C., donde el tiempo se mide hoy, no observando la luna y el sol, ni con un reloj de sol, de agua, de péndulo, de cuerda ni de cristal de cuarzo, sino con una pequeña cantidad de un raro elemento llamado cesio. 

 Con esto en la modernidad se produjo el cambio, cambio del que ni nos dimos cuenta y que, al menos yo, ignoraba en pleno siglo XXI, entramos al calendario atómico sin darnos cuenta y con lo espabilados que nos creemos. Ese laboratorio Se encuentra en una pequeña estructura, de tipo búnker, encima de una loma cubierta de hierba. El dial de los 50 relojes atómicos individuales está conectado con un banco de ordenadores que hay tras un ancho vidrio, en el Observatorio de la Marina estadounidense. En medio de los paneles y luces parpadeantes hay una pantalla digital en la que los brillantes números rojos señalan las horas, los minutos y los segundos. Este es literalmente el pulso de Estados Unidos en esta época del tiempo atómico. Además, alimenta un sistema mayor que señala el tiempo de todo el mundo con un margen de imprecisión de una milmillonésima de segundo por año, es decir, 0,0000000000114079 de año.

 Pero el tiempo oficial ya no se mide de esta forma, utilizando términos anticuados como los segundos y los años. Desde 1972, en que empezó a funcionar la red atómica, se mide el Tiempo Universal Coordinado (TUC), no por el movimiento de la tierra en el espacio, sino por las oscilaciones a nivel atómico de un metal extraño, blando y de color gris azulado que se llama cesio.

Al parecer, todos los átomos oscilan, cosa que yo no sabía antes de visitar este Observatorio Naval. Pero antes de que alguien se alarme, debería saber que toda la materia absorbe y emite cierta cantidad de energía, y que esto sucede en algunos elementos con extraordinaria regularidad: absorbe, emite, absorbe, emite, absorbe, emite, un proceso no muy diferente del vaivén uniforme del péndulo, y que puede registrarse con instrumentos como una frecuencia constante. En 1967 se determinó que la media del movimiento atómico del cesio era de 9 192 631 770 oscilaciones por segundo. Esta es actualmente la medida oficial del tiempo universal, que reemplaza la vieja medida estándar, basada en la rotación y la órbita de la tierra, cuyo número base era 1 segundo igual a 1/31556925,9747 de año. Esto significa que bajo este nuevo régimen del cesio, el año ya no tiene oficialmente 365,242199 días sino 290 091 200 500 000 000 oscilaciones de cesio, oscilación más o menos. Esto significa que hemos hecho realidad el sueño de César, Aryabhata, al-Juarizmí, Bacon, Clavio y muchos otros: la construcción de un aparato que por fin puede medir un año exacto y preciso.

Pero esto, ay, no es el final de nuestra historia. Como sabemos, la tierra tiembla y estos temblores producen variaciones aleatorias en su rotación. Por eso mismo el reloj base es demasiado preciso y debe ajustarse periódicamente.

Para complicar más el tema está el hecho de que nuestro pequeño planeta no tiene uno, sino varios años computables, todos ligeramente diferentes. He mencionado varias veces el año sidéreo: el año que se mide según el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol. Y por supuesto el año trópico, que es el que transcurre entre un equinoccio de primavera y el siguiente, aunque no es totalmente exacto para la astronomía moderna, si hemos de ponemos quisquillosos. Oficialmente, el año trópico es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol utilizando como punto de partida y de llegada el equinoccio vernal. Es ligeramente diferente del año equinoccial, ya que la velocidad de la rotación de la tierra disminuye ligeramente con el paso del tiempo. Esto significa que el punto en que comienza el equinoccio un año dado en relación con el sol no será exactamente el mismo punto un año después, debido a la mencionada disminución y a otras fluctuaciones planetarias.

En este momento, sentado ante mi escritorio, veo un reloj, mi reloj de pulsera, un calendario de pared, un calendario de mesa y un pequeño icono en mi ordenador con la fecha y la hora. En el maletín llevo un ordenador de bolsillo y un programa de partidos de béisbol de los Baltimore Orioles. Y en casa tenemos al menos media docena de calendarios y sabe Dios cuántos relojes; horarios de los partidos de fútbol de mis hijos, horarios escolares, plazos para pagar recibos y fechas por todas partes. Esto pide la siguiente pregunta: ¿Por qué necesitamos medir un picosegundo cuando ni siguiera puedo seguir la pista de lo que hago día a día? Planteo esto al historiador Steve Dick, del Observatorio de la Marina de Estados Unidos. Un hombre afable y tranquilo, de pelo castaño corto y un bigote bien cuidado, que ríe y dice que todos preguntan lo mismo. «Te sorprendería saber cuántos usos hay», dijo, y empezó con la navegación; fue el empujón original que dio comienzo, aquí, en el mismo Observatorio Naval, en el siglo XIX, a nuestro actual sistema de sincronización. Según él, una milmillonésima de segundo se traduce en el espacio lo que viene a ser unos centímetros en navegación, detalle nada despreciable cuando se pilota un avión, de noche, con niebla, y se quiere aterrizar en un aeropuerto o en un portaaviones. Estas divisiones diminutas son decisivas para sincronizar la entrada de las señales televisuales o de los satélites, para calcular transferencias bancarias, para enviar de todo, desde correo electrónico hasta señales de sonar de un submarino, y para que los misiles «inteligentes» sigan su trayectoria y caigan en un complejo enemigo de armas químicas y no en medio de un arrabal popular. Los exploradores utilizan el reloj base para encontrar rastros con unos centímetros de aproximación, utilizando localizadores manuales SPG[*] (Sistema de Posición Global o General). Estos localizadores cuestan unos 250 dólares y funcionan simplemente levantando el chisme hacia el cielo, esperando que conecte con unos cuantos satélites. Una vez establecido el contacto, el localizador indica la situación exacta en grados, minutos y segundos. Pero esperad… Determinar el año exacto es mucho más alucinante. Porque cuando bajamos al mundo de los nanosegundos, el tiempo empieza a cambiar de un modo que tiene que compensarse. El tiempo, de hecho, empieza a deformarse y curvarse notablemente en este nivel de precisión, en ciertas situaciones, como apuntó Albert Einstein. El gran físico teorizó que el tiempo es relativo a la velocidad a la que se viaja por el espacio. Que el tiempo, para quien se moviera a la velocidad de la luz (300 000 km por segundo), iría mucho más despacio que para quien se moviera en la tierra, mientras esta recorre el espacio, alrededor del Sol, a unos 30 kilómetros por segundo.
Se comprobó en 1971, cuando dos científicos tomaron cuatro relojes atómicos del Observatorio Naval y los lanzaron hacia el este y el oeste, alrededor del planeta, en sendos aviones. Comparando los nanosegundos de estos desplazamientos por encima de la superficie del planeta con los relojes atómicos que quedaron en tierra, se demostró que el tiempo de quien viaja en avión a menos de una millonésima de la velocidad de la luz es 59 nanosegundos más lento si va al este y 273 nanosegundos si va al oeste… diferencia debida a que la tierra rota hacia el este. ¿Y qué significa esto para la medición el tiempo? Por ejemplo, significa que cada vez que alguien va en avión, su «año» tiene unas milmillonésimas de segundo más; lo que no sirve absolutamente para nada, ya que las fluctuaciones de la tierra afectan a la duración del año en un margen de una milésima de segundo. Pero, quién sabe, puede que llegue a importar mucho si los humanos aprenden a viajar a grandes velocidades por el espacio, pues un «año» en una nave espacial que se moviera a 297 600 kilómetros por segundo duraría mucho más de 365,242199 días terrestres. 

                Y pensar que Perdido en este universo en expansión de cesio, nanosegundos, curvaturas y recalibraciones está el humilde calendario, con sus doce meses y sus 365 casillas (366 los años bisiestos): un chisme para medir el tiempo que no oscila, ni curva el tiempo, ni tiene nada que ver con el espectro electromagnético. Inventado en su forma actual hace unos dos mil años, y corregido hace solo cuatro siglos, es lo bastante viejo para ser una pieza de museo. Pero sigue siendo vital para todos.

No es que sea casi perfecto. Hay un montón de pequeños defectos que molestan a la gente y que lo único que consiguen es que un reducido pero inquieto grupo de reformadores en ciernes estén a la espera de conseguir un calendario mejorado que lleve su nombre. Precisamente el otro día, un grupo de calendaristas de Internet tuvo una breve discusión que comenzó cuando alguien apuntó que el equinoccio de septiembre de 1997 sería el año 6000 en la cronología del prelado y estudioso irlandés James Ussher (1581-1656). Ussher decía que Dios había creado el mundo el 23 de octubre del año 4004 a. C. Otro participante contestó que según el calendario bizantino (del que no sé nada) acababa de comenzar el año 7506. 

 En el ínterin, mientras oscilan los átomos de cesio del reloj base, y la tierra tiembla y disminuye ligeramente su velocidad, la mayoría de los mortales seguimos viviendo como siempre desde que nos enteramos de que existía el tiempo, tanto si nos regulamos por el calendario gregoriano como si lo hacemos por el holocénico, el zoroástrico, el hebreo, el babilonio, el núer, el islámico o el lunar de las diosas. Nos tomamos del mejor modo posible un calendario utilizado por casi todo el mundo que es defectuoso, pero que dura, sobre todo porque satisface las expectativas de la mayoría y es al que estamos acostumbrados.

Hablaba del tiempo de los relojes, de los interminables ciclos de segundos, minutos y horas que pasan sin cesar. Por el contrario, el tiempo de los calendarios está en esas casillas de días unidos entre sí, encajonados en un tramo de tiempo finito y artificial. Después de todo fuimos nosotros, los humanos, quienes inventamos este objeto que es a la vez una herramienta milagrosa y una jaula de momentos finitos que nos obliga a ir corriendo de un lado para otro, intentando sacar el máximo partido del breve tiempo que nos ha tocado. Hay momentos, cuando llego irremediablemente tarde, o no puedo meter nada más en mi agenda, en que doy un suspiro y me digo que ojalá aquel hombre de Cromagnon del valle del Dordoña, de hace 13 000 años, hubiera tirado a un rincón el hueso de águila y se hubiera puesto a dormir. O se hubiera ido a dar un largo paseo bajo el cielo paleolítico. O se hubiera ido a jugar con sus cromagnoncitos. Por supuesto, esto solo habría retrasado lo inevitable, pues algún otro homínido vestido con pieles se habría encargado de grabar muescas y contar fases de la luna, lanzando a la humanidad a su extraña y épica búsqueda.

                             Para concluir con el tema, se trata de meras curiosidades históricas que al común de la gente ni le va ni le viene, para algunos los caros relojes que lucen sólo sirven para chicanear que su reloj sólo se atrasa una milésima de segundo cada mil años, como si eso fuera el non plus ultra de la sapiencia suma, para el resto de la humanidad lo único cierto es que tenemos un calendario que nos indica la fecha y un reloj que nos avisa la hora para levantarnos o para no llegar demasiado tarde a una cita. Así de simple es la vida. Y cuándo los momentos se convirtieron en minutos y segundos? Supongo que con la invención del reloj mecánico, cuando le pusieron las manecillas que así lo indicaban.

                Pérdida de tiempo? Tal vez, pero aprendí un montón de cosas que desconocía. 

Para los comerciantes, los relojes conectaban el tiempo más que nunca con el trabajo, con el dinero y con sacar el máximo partido del momento presente, ya que el reloj subrayaba con crudeza que solo teníamos una cantidad limitada de horas al día, y de días a la semana o al mes, para resolver los negocios.[2] 

Tomado de Google


[1] Historia del calendario. David Ewing Duncan.

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.


viernes, 10 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO II

                Continuando con curiosidades de la historia del calendario[1], unido íntimamente a las matemáticas, llegamos a la nada, o al cero, si se quiere, que igualmente lleva a las fracciones, que se identificó con un signo ortográfico, la coma, y también a la línea oblicua que identifica la división; asuntos intrascendentes si se mira con la mirada moderna de que todo está hecho ya, pues hasta la inteligencia artificial ya es un hecho y no nos admiramos de ello, pues ya hace parte del paisaje.

                La nada se convirtió en cero y hasta en cero a la izquierda que es lo que le define más, cosa que me llama la atención por la maña, más que costumbre, de poner ceros a la izquierda en un documento, como si uno leyera y pronunciara esos ceros, lo que me lleva a pensar que eso somos los humanos, con estupideces esporádicas sin sentido. Como sea, el cuento viene relatado de manera sencilla, creo:

 Y ese cero condujo a la vez a la fracción, a esa coma que ponemos luego del número entero para darle otra significancia: Esta explicación del cero no finaliza precisamente nuestra historia sobre las matemáticas necesarias para corregir el calendario, ya que el año no tiene 365 días, sino 365,242199, segundo más, segundo menos. En otras palabras, tenemos que contender con esta engorrosa fracción, expresada aquí como fracción decimal. Este concepto (y la facilidad con que podemos representar este valor) tampoco apareció con facilidad ni de repente. Más allá de las divisiones más sencillas de un número entero, las fracciones supusieron un gran problema para la humanidad durante gran parte de la historia. ¿Cómo repartir tres sacos de grano entre cinco personas? ¿Y cómo dividimos un año, un mes, un día, una hora o un minuto en partes más pequeñas? La idea de utilizar fracciones decimales llegó a Europa por los árabes, aunque estos no fueron los primeros en utilizar la notación de posición para escribir y determinar fracciones. De nuevo, esta distinción parece pertenecer a los mesopotámicos, quienes a lo largo del milenio descubrieron un sistema de fracciones basado en su propio sistema de notación de posición, que les dio una precisión y una capacidad de calcular que iba mucho más allá que cualquier otro sistema anterior al Renacimiento europeo. Pero como el sistema mesopotámico estaba basado en el 60 y no en un número más manejable como el 10, su notable descubrimiento quedó limitado por la complejidad de grabar en arcilla y piedra valores de posición en potencias negativas de 60, que no solo son indivisibles por algunas fracciones, sino que rápidamente se convirtieron en símbolos largos y complicados de escribir.  (…) Hacia el siglo III d. C., los chinos también habían descubierto cómo escribir fracciones utilizando la notación de posición, y lo hacían con nuestro conocido sistema de base 10. Pero su descubrimiento no parece haber ido más allá del Lejano Oriente. En cuanto a los hindúes, por alguna razón no desarrollaron los quebrados, a pesar de tener la notación de posición de base 10 para los números enteros. Por el contrario, desarrollaron una temprana versión de poner un número encima de otro para representar fracciones (un numerador encima de un denominador) que al parecer habían tomado de los matemáticos griegos de Alejandría, con una diferencia: que ellos ponían el denominador encima del numerador. La raya de separación fue introducida más tarde por matemáticos árabes. 

… el profesor, teólogo y erudito Rabano Mauro (c. 780-856), estudiante de Alcuino y un prolífico autor que pasó muchos años de su larga vida preocupado por dividir la hora en unidades iguales más pequeñas, una idea útil salvo cuando nos preguntamos para qué necesitaba nadie en el siglo IX los «átomos» de Mauro, que según él eran 1/22 560 de hora. Además, ¿cómo iba a medir nadie con una clepsidra el paso de un momento tan infinitesimal? 

Pero mucha gente seguía viviendo sin herramientas para medir el tiempo en campos y viñedos, arreglando chozas con techo de ramas antes de las primeras tormentas de invierno, cantando a sus hijos para que durmieran, soportando las caries dentales, muriendo de rubéola y simples resfriados… una existencia en la que el calendario todavía no importaba y las estaciones iban y venían en un ciclo interminable que pocos esperaban que cambiase. … permanecían encerrados en la intemporalidad de la Edad Media. 

El progreso era igualmente lento en otros conceptos matemáticos cruciales para fijar el calendario, incluyendo decimales y cero, ninguno de los cuales fue enseñado rutinariamente en las universidades al menos hasta mediados del siglo XIV. El primer tratamiento sistemático de los quebrados en Europa tuvo que esperar hasta 1582, año de la reforma gregoriana del calendario y año en que el matemático holandés Simón Stevin (1548-1620) explicó el sistema en un libro titulado La thiende (La décima). Pero Stevin no utilizó nuestra forma moderna en sus decimales, pues no tenía la coma. … La invención de la coma de los decimales se atribuye indistintamente al cartógrafo y rival de Galileo G. A. Magini(1555-1617), en una obra de 1592, y al principal astrónomo de la comisión de Gregorio XIII para el calendario, Cristóbal Clavio (1537-1612), que la utilizó en una tabla de senos en 1593. En cuanto al cero, su primera aparición significativa en Europa es durante los siglos XI y XII, más o menos al mismo tiempo que los otros nueve números indoárabes comienzan a utilizarse ampliamente, primero como señal de un lugar en las tablas matemáticas de Gerberto y otros, luego como un dígito en la notación de posición. Tardó más tiempo idear el cero como número real en las ecuaciones matemáticas, aunque a principios del siglo XVII, el cero y la notación de posición eran lo bastante conocidos… Esta reticencia sobre algo tan básico como los números empieza a explicar por qué se tardó tanto en reformar el calendario, un proceso mucho más difícil y complicado que decidir si poner 5 en lugar de V, o 365 y no CCCLXV. Pues a diferencia de los números (o del cero o de una fracción decimal), el calendario pertenecía a Dios, y se daba por supuesto que era un horario inmutable de fe y adoración que nadie habría osado poner en duda, ni siquiera los émulos de Beda y Hermann el Cojo. Lo cual volvía cada vez más confusa toda la cuestión del tiempo y del calendario, mientras Europa despertaba y el tiempo dejaba de ser algo que podía pasarse por alto o dejar exclusivamente en manos de Dios. 

                Vea pues cómo la religión y el ser supremo eran los árbitros del conocimiento y lo que lo contradijera era mal visto, pobre Galileo que al menos se atrevió a pensar, luego de su sentencia, que de cualquier manera el mundo seguía girando. ». El 24 de febrero de 1616, los calificadores del Santo Oficio llegaron a la conclusión de que la teoría heliocéntrica era «estúpida y absurda en filosofía y formalmente herética, ya que expresamente contradice las enseñanzas de varios pasajes de las Sagradas Escrituras».  Lo mejor de todo, como todo en este mundo en donde hay abogados e intérpretes, es claro que Dios no habla, pero sus mensajeros lo hacen (sabiendo de antemano que no habla) por Él tergiversando hasta lo más simple y lo más lógico, pero… este mundo sigue girando. 

Tal vez sea más fácil creer en Dios —dijo el de azul—. Dios promete tanto…

—… pero da tan poco —[2] 

Tomado de Google


[1] Historia del calendario. David Ewing Duncan.

[2] El ángel negro.  John Connolly.


miércoles, 8 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO

             A mis manos llegó un libro: La historia del calendario, de David Ewing Duncan. Un curioso libro, lleno de anécdotas, de conocimiento que, visto a la ligera, lleva a pensar en lo intrascendente que puede resultar para nuestras vidas agitadas y lo sé, curiosidades que ni ponen ni quitan para le común de la gente, aunque cada vez más gente pensaba que organizar listas de días, meses y años era irrelevante. Había preocupaciones más urgentes, como encontrar comida e impedir los saqueos de los bárbaros (del latín barbarus y del griego bárbaros, donde significaba «extranjero»). Pero pocos agricultores del Rin o tejedores de Francia se detenían a pensar en tales cosas. Para esta gente, que tenía poco control sobre su entorno o su vida, la sola idea de calcular y medir algo tan inaprehensible y continuo como el tiempo era a la vez blasfema y ridícula

                Curiosidades como por ejemplo, el momento en que se separaron los tiempos, antes y después de Cristo,  Dionisio (el exiguo) fue el primero en utilizar el sistema «a. D». cuando escribió en sus tablas pascuales anni Domini nostri Jesu Christi (532-627)[1].

                Beda. También explica las divisiones del tiempo tal como entonces existían, siguiendo la lista de Isidoro de Sevilla, desde la unidad más pequeña hasta la mayor: momentos, horas, días, meses, años, siglos y edades. En efecto, hubo un momento en que no existían los minutos, eran meros momentos y otro momento en que no había horas, para un campesino las horas las establecían los momentos del día y del cansancio.

                fue Alcuino de York (732-804), (… quien) regularizó un nuevo alfabeto en letras minúsculas, desconocidas en la antigua Roma (y que son las que el lector está leyendo en este momento). Otro dato aparentemente intrascendente, pero curioso.

 En los siglos siguientes a la caída de Roma tendía a ser el modelo romano de calendas, nonas e idus, aunque conforme el imperio se convertía en un lejano recuerdo, los europeos lo sustituyeron por otras alternativas. Como sabemos, Beda y Carlomagno abrazaron nuestro sistema actual de dies mensis, en que los días del mes se cuentan en un simple orden numérico del 1 al 30 o al 31. Y uno siempre ha vivido con el supuesto de que los meses son lo que hemos conocido, cuando es novedad ingeniada hacia el siglo VIII, luego de mil ensayos, con una iglesia que a todo le ponía el palo a la rueda.

                Y eso me lleva al reloj que igualmente suponemos ha existido desde siempre: Porque, aunque para Carlomagno los relojes eran curiosidades, su agudo interés por ellos y la idea de decir la hora causó una duradera impresión en las futuras generaciones. Al mismo tiempo se estaba extendiendo una novedad por Occidente: las campanas, que siempre habían sido un instrumento musical y ahora se empleaban para señalar las horas y otros momentos del día. La palabra «campana» viene del nombre de la región italiana de la Campania, donde se fabricaba un bronce especial. Una leyenda relata que el papa Sabiniano (Papa del 604 al 606) ordenó a las iglesias que señalaran las horas del día tocando las campanas. Probablemente se extendieron primero por los monasterios, donde los monjes utilizaban campanillas para indicar las horas canónicas. Más tarde, las campanas de torre llamarían al pueblo a misa. Las campanas tuvieron probablemente un impacto mínimo en el individuo medio. Aunque fueron los primeros «relojes» mecánicos que gobernaron la vida diaria en Europa, a menudo funcionaban según el tiempo que medía un reloj de agua o de sol. Imaginemos a un agricultor al que desde siempre le han dicho que trabaje hasta que el sol esté en lo más alto y al que ahora le dicen que tiene que arar una fanega de tierra antes de que el campanario señale el medio día. O pensemos en un reloj que señalase el principio de una misa con una exactitud desconocida en tiempos anteriores, cuando las horas se calculaban por la posición del sol en el cielo. Era una forma completamente distinta de concebir el tiempo. … Es una idea tan habitual en nuestro sistema numérico moderno (y en nuestra forma de vida) que apenas pensamos en ella, aunque no ha sido el caso durante gran parte de la historia de la humanidad. Además, la única cultura que inventó un verdadero sistema de notación de posición en los antiguos tiempos preclásicos fue Mesopotamia, cuyos matemáticos dieron con él hace casi cuatro mil años, adelantándose en varios milenios a todas las otras culturas. 

                Y pensemos en el cero, que en teoría no es nada, en la práctica es mucho: Baste decir que estos cómputos se hacen por medio de nueve signos». Pero nueve no son diez, lo que quiere decir que el sistema no estaba completo sin el cero, un concepto básico para entender las matemáticas avanzadas necesaria para crear un calendario exacto. El cero se desarrolló cuando los hindúes que utilizaban los nueve números para sus cálculos se encontraron con que necesitaban tener una columna vacía en las tablas matemáticas para representar «nada», una idea que transfirieron a los números escritos dejando un espacio. Pero esto podía resultar confuso, ya que un espacio en blanco podía significar tanto una posición vacía en un solo número como el espacio natural entre dos números separados. Para evitar la confusión, alguien decidió hacer algo de aquella «nada». Quién fue el primero en garabatear un símbolo para denotar el cero sigue siendo otro misterio. En Mesopotamia aparece un símbolo para indicar la posición vacía, pero al final de esta antigua civilización, sobre la época de la invasión de Alejandro o poco después; el símbolo está representado por dos pequeñas cuñas en oblicuo. Más o menos al mismo tiempo o poco después, los hindúes comenzaron a utilizar un punto, un símbolo que se había extendido de tal manera en el siglo VI que el poeta hindú Subandhu lo utilizó como metáfora en su poema Vásavadattá: Y en el momento en que sale la luna con su oscuridad nocturna, y se inclina en profunda reverencia, con las manos juntas bajo sus vestidos de loto azul, las estrellas se ponen a brillar de pronto, semejantes a puntos de cero […] dispersas por la bóveda celeste como en la alfombra de piel azul del Creador que calcula el total con una rebanada de luna a modo de tiza. Los hindúes se referían a este punto de «nada» con el término sunya, que significaba vacío. Nuestra palabra cero viene de sifr, la versión árabe de sunya, que los europeos medievales convirtieron en la palabra latina ziphirum. Los griegos de la época clásica no tenían símbolo para el cero, porque su sistema numérico no requería un lugar cero. Pero eran conscientes de la idea de un número que diera cuenta de la nada. Aristóteles lo rechazó como un no-número que tenía que olvidarse, ya que no se podía ni dividir por cero ni dividir el cero por sí mismo. A pesar de todo, los estudiosos de Europa Central supusieron durante mucho tiempo que el símbolo de cero había sido inventado por los griegos, sin ninguna prueba en absoluto, especulando que venía de la letra griega ómicron (la o breve), primera letra de la palabra griega ouden, que quería decir «vacío». Pero esta injustificada convicción de que los hindúes no habían podido inventar un concepto tan básico ha permitido reconocer que los antiguos griegos en realidad no utilizaron semejante símbolo de cero, y que los matemáticos hindúes, independientemente al parecer, inventaron el punto y luego el redondo símbolo en forma de huevo de codorniz. La primera muestra hindú de este símbolo de cero aparece en el año 876, en una inscripción descubierta en la zona de Gwalior, al sur de Delhi, y que contiene dos números con ceros: 50:  270: Han transcurrido dos siglos desde que Severo Sebojt hablara de los nueve números hindúes, aunque los arqueólogos han descubierto el símbolo redondo del cero en Malasia, en dos números de una inscripción (los números 60 y 606 como  y  que data del 684 d. C.). La península malaya estaba entonces bajo influencia de la India. Algunos historiadores creen que un tratado de matemáticas conocido como Manuscrito Bajshali podía haberse escrito ya en el siglo III de nuestra era. Contiene números con ceros y un sistema decimal de valores de posición totalmente desarrollado. Los números son: 330:  846,720: La primera utilización del cero como número totalmente formado parece haberse dado alrededor de la época de Brahmagupta, en el siglo VII, cuando este gran matemático quiso explicar, aunque en vano, que el cero podía dividirse por sí mismo. Los mayas también inventaron un auténtico cero alrededor del siglo III d. C., utilizando varios símbolos, entre ellos un ojo entornado ——, para indicar posiciones perdidas mientras se servían de números para representar intervalos de tiempo en su calendario.

                Y esto sólo fue un abrebocas, pensando en tanto científico desconocido y olvidado así como tanto saber perdido en el tiempo.

 

Nuestra obsesión por medir el tiempo es intemporal. Después de la conciencia, debe de ser nuestro rasgo más característico como especie, ya que una de las primeras cosas de las que fuimos conscientes fue, sin duda alguna, nuestra mortalidad… el hecho de que vivimos y morimos en un tiempo dado.[2] 

Tomado de Google


[1] Por desgracia, es casi seguro que Dionisio dio unas fechas erróneas. El momento exacto del nacimiento de Cristo no se conoce y es motivo de grandes polémicas incluso en la actualidad, dada la vaga y contradictoria información disponible sobre los primeros días de la vida de Cristo. El Evangelio de Mateo asegura que había nacido en la época de Herodes el Grande, que murió en el año 4 a. C. Esto significa que el nacimiento tuvo que ocurrir antes de esta fecha. Otros evangelios y fuentes históricas sugieren fechas que van desde 6 o 7 a. C. hasta 7 d. C., aunque muchos historiadores se inclinan por 4 o 5 a. C. Esto significa que el año 1996 o 1997 fue probablemente el auténtico año 2000 en el calendario a. D., si en las cuentas se prescinde del año 0. 

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.


lunes, 6 de abril de 2026

NO HACER NADA

            Leí dos artículos en el que los columnistas[1] hacían referencia a que durante las vacaciones de semana santa no había hecho nada y concluían que habían hecho mucho. Eso me llevó a pensar en qué significaba el no hacer nada. En principio uno piensa que es el sinónimo más acertado de ser vago, pero en su contenido es mucho más que eso, puede pensarse en momentos de introspección sin actividad alguna, dejarse llevar y no importarle a uno estar haciendo nada.

             Eso me llevó a una definición que da el doctor Google, que todo lo sabe y ahora más que se ayuda con la IA y dice: "No hacer nada" es la práctica consciente de abstenerse de actividades productivas, entretenimiento o planificación, permitiendo que la mente descanse y vague libremente. Similar a conceptos como el niksen (neerlandés) o dolce far niente (italiano), este estado busca combatir el agotamiento por hiperactividad y fomentar la creatividad, sin sentirse culpable. Y parece que allí está el secreto, en hacer algo que aparentemente no sirve para nada pero da descanso mental y, lo más importante, sin sentirse culpable, sin sentir que se perdió el tiempo haciéndolo.

             Para un pensionado el no hacer nada es parte de su rutina, en cuanto sea consciente de estar haciéndolo, si se piensa que las preocupaciones han bajado a su mayor nivel[2]. Como sea, cuando uno se dedica a no hacer nada termina haciendo muchas cosas más que si estuviera haciendo algo, realizando una actividad, ejecutando una labor. Y así es, para la actividad mental lo mejor que uno puede hacer es no hacer nada, dejar que las cosas se sucedan a su ritmo, el no hacer nada es el ser vago para con uno mismo, sin sentimiento de culpabilidad, con el goce de estar haciendo nada a pesar de estar haciendo algo más que el concepto mismo. Entonces todo se reduce a la culpabilidad, a ese sentimiento que nos han reforzado desde niños y en el que caemos tan fácilmente. La cuestión, al parecer, es liberarse de él y gozar haciendo nada, porque ese nada involucra mucho más, que se convierte en un todo estando en la nada.

             Ese no hacer nada se puede convertir en la bendición de un pensionado, porque ya nada ha de preocuparle, demasiado y puede, sin resquemores ni resentimientos, dedicarse a no hacer nada, porque seguro mucho habrá hecho. 

… en todos los ámbitos del arte y de la vida, los momentos sublimes, inolvidables, son raros.[3]

Tomado de Google


[1] https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/sara-jaramillo-klinkert-ser-uno-con-todo-CE35207674. El otro artículo, que creo se llamaba como el título de este blog no lo encontré, por el despiste de no haber tomado nota en su momento oportuno.

[2] Bajado a su mayor nivel, suena contradictorio. En mi defensa me refiero a llegar al mayor nivel más bajo, aunque siga sonando contradictorio.

[3] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.


viernes, 3 de abril de 2026

UN ETERNO SÁBADO

 Nunca había vivido una intemporalidad tan rara y curiosa. La de un eterno sábado, aunque es bien sabido que para un pensionado da lo mismo que sea jueves o lunes. Eso es cierto, pero no tanto, porque aún pensionado los días se hacen distinguir, o al menos eso creo. Cada día tiene su personalidad, un identificador que le es propio que hace que él sea él y no otro.

 Pero bueno, como sea, la intemporabilidad vivida fue curiosa y arrancó un sábado, el anterior al domingo de ramos. Era sábado, eso lo tenía claro, porque el día se comportó como sábado, de eso no hay duda, pero lo que sí resultaba cierto era que ese sábado daba comienzo a la semana santa, pero seguía siendo sábado, apacible, como todos los sábados en que se ralentizan todas las actividades, hay menos gente, aparentemente, movimiento vehicular de sábado, por demás familiar y así, como es un sábado corriente.

 Lo curioso del asunto es que el día siguiente, lo percibí como sábado y no como domingo, pues el domingo es domingo y tiene su propia personalidad, de domingo, creo que queda claro.  Pero ese domingo y de ramos, para mayor detalle, siguió comportándose como sábado, sin personalidad de domingo y eso me llamó la atención, aunque lo dejé pasar.  Y llegó el lunes y cuando tomo conciencia del tiempo, me doy cuenta que seguía siendo sábado, a pesar de ser lunes, santo. Es como si le hubieran quitado la personalidad al lunes. Y vino el martes santo, y el miércoles y el jueves y el viernes y todos ellos parecían sábados, sentí una larga semana, de un largo e intenso perecedero sábado, mientras los demás días habían perdido su propia personalidad y todo ello en una semana que de cualquier manera era de descanso, pero ya no de recogimiento. Quién lo iba a imaginar, un viernes santo con cara de sábado, una semana transcurrida pensando que toda ella fue un eterno sábado, esperando que mañana sábado vuelva a corregir el rumbo y comience la pascua como ha de ser, con cada día con su propia personalidad, porque me sentí perdido ante un sábado eterno, en un abril en que perdí una semana, sin darme cuenta. 

¿No conoce usted la vieja leyenda —un campesino me la contó en una ocasión— de cómo Cristo retiró a los hombres el conocimiento de la muerte? En otro tiempo, cada uno sabía de antemano la hora de su muerte. Y cuando Jesucristo vino a la Tierra, se dio cuenta de que algunos campesinos no cultivaban sus tierras y vivían como pecadores. Entonces recriminó a uno de ellos por su desidia, pero el hombre sólo refunfuñó. Que para quién iba a echar la semilla en la tierra, si para la cosecha él ya no estaría vivo. Entonces Jesucristo se dio cuenta de que no era bueno que los hombres supieran de antemano la hora de su muerte y les quitó ese conocimiento. Desde entonces, los campesinos tienen que labrar los campos hasta el último día, como si fueran a vivir eternamente. Y eso está bien, pues sólo a través del trabajo participa uno de la eternidad. Del mismo modo, yo quiero cultivar hoy mi pedazo de tierra de cada día.[1] 

Tomado de Facebook
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[1] La huida hacia Dios. Finales de octubre de 1910. Epílogo al drama inacabado de Lev Tolstói: Y la luz brilla en las tinieblas. Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig

miércoles, 1 de abril de 2026

MISERABLE

             Una cosa es ser miserable y otra bien diferente es sentirse miserable, pienso ahora que comienzo a escribir. El primero es una persona ruin, canalla, tacaña, demasiado pobre, insignificante y cosa curiosa, también puede ser desdichada, abatida, infeliz. Una palabra, diferentes variantes, varias vertientes; eso me sigue llamando la atención del idioma, tal vez sea esa también una de las causas por las que no podamos entendernos entre nosotros mismos.

             Como sea, tuve un momento en que me sentí miserable, entendido claro está en la última acepción, pues de las primeras mi ego impide reconocer abiertamente. Me refiero entonces al estado en que el hombre es verdaderamente miserable y es en la enfermedad y peor cuando los médicos no dan con el chiste y como hace el cerebro humano, cuando no tiene todos los datos, inventa, improvisa. Una enfermedad abate y hace infeliz, lo hace a uno desdichado ante la imposibilidad, no tanto de saber qué tiene, sino de no mejorar.

             Esta vez, una tos de perro llevaba a cuestas durante cerca de dos meses, yendo a médicos y urgencias, con el resultado final de que es una bronquitis aguda, creo que fue el resultado final que aparecía en la epicrisis de urgencias. Eso dice y se supone que ellos tienen la razón; para mí, lo importante era que me quitaran el dolor y el malestar, con eso bastaba, ya estaba cansado de inhaladores, pepas, exámenes, jarabes.

             Desazón, estado febril (dicen los médicos), tos persistente, atacado cada vez que le daba la gana, con ese dolor de cabeza que solo da cuando viene el ataque y que le obliga a uno a cogerse la cabeza con las dos manos para aminorar el dolor, el eterno escalofrío, viene una mejoría que uno supone supera el mal al haberse superado la prueba, cuando mentiras, llega la noche y comienzan los ataques de tos, a horas inesperadas, rompiendo la paz de la noche. Ataques de tos, dolor de cabeza, escalofrío, somnolencia, tomar agüita, tratar de dormir luego del cansancio que deja tanta tosedera, con el consabido sudor, por el esfuerzo realizado y ya entrando en el sueño, sentir que todo vuelve a empezar. A eso le llamo sentirse miserable, sentirse inútil y tener la conciencia de que no puede hacer nada, absolutamente nada, como si fuera castigo divino, pero vaya castigo.

             En medio de la noche, incapaz de dormir, pero con suficiente fuerza para hacer algo para pasar la noche, como distracción nocturna, leer y hoy, la Historia del calendario, lo que me lleva a pensar cómo de un solo tema puede salir todo un tratado, por demás interesante, profundo, variado y vano, si se quiere. Una forma de matar el tiempo.

             Al rato, pesadez de ojos, lo que preludia el sueño y hacerle caso, es lo mejor. Posición de descanso, ruego de tranquilidad, adormecimiento paulatino y cuando uno cree que ya va a entrar en brazos de Morfeo, tómelas con un nuevo ataque de tos, profundo, con levantada automática para tomarse la cabeza con las manos para amortiguar el dolor y tos, tos, tos, un ataque sin contemplación. Qué miserable se siente uno, pensando a ratos que el pulmón va a explotar o a ser escupido, por cosas que se han visto en televisión. Pasada la crisis, el cansancio corporal, la sudoración por el esfuerzo, la maldición en camino y la desazón espiritual.

 Y en el día, tras un nuevo ataque de tos, la mirada perdida en algún punto, buscando explicación, el pensamiento dando órdenes: levántese, tome agua, acuéstese, haga, haga pero haga y el cuerpo encogido sin escuchar razones, maldiciendo la situación, aletargado, desorientado, mirando a ningún lado, achicándose en él mismo como abrazando el escalofrío siguiente, buscando un calor que al menos amortigüe la situación. En esos momentos se es un ser perdido, pensando únicamente en cuándo acabará esta joda de una vez para todas o al menos morir tranquilo y en ese aletargamiento, los ojos comienzan a cerrarse, ya es tarde, es hora de dormir. El pensamiento se entromete: no se duerma que esta noche no duerme, se oye decir en algún lado y solo se puede responder, no me jodan, déjenme descansar. Se lo dije, replica y con torpeza se le hace caso, abrir los ojos a regañadientes y decirle: está bien, está bien, tiene razón, pero la inacción es la dominante, cosa tan jodida.

 Menos mal que estos estados no duran demasiado, a pesar de la eternidad que aparentan y lo dice como si fuera lo máximo, cómo él no es el que lo está sufriendo, me digo. Como si no fueran momentos de impotencia, inactividad, de nada, nada… Y saber que no hay ni fuerzas para poner la televisión ni para oír música porque todo molesta, solo se aspira a dormir, dormir y dormir al no poder dejarse morir, en búsqueda de la paz celestial y sabiendo que es castigo divino un nuevo ataque de tos, del violento, de cogerse la cabeza con las manos para amortiguar el golpe que se siente en el choque entre cerebro y cráneo y toser, toser, toser hasta sentir que las flemas han aflorado un poco, y tos, tos, tos hasta quedar agotado, cansancio y dolor en cada movimiento y uno rogando que todo acabe, todo, incluida la vida si eso es liberación, porque se hace insoportable, insostenible, trágicamente vergonzante y, miserable, totalmente miserable. Luego solo cansancio y sudor, calor ardoroso, desazón, algún dolor en alguna parte indefinible y concluyo, todo esto es sentirse uno miserable y nada qué hacer. 

Uno no puede ser infeliz para siempre.[1] 

Tomada de Google



[1] Cartas a Palacio. Jorge Díaz.

lunes, 30 de marzo de 2026

SECRETOS

               Estaba en mi consabida lectura y una frase atribuida a Franklin me hizo ir a la reflexión sobre los secretos, que naturalmente cada uno de nosotros tiene. Tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos[1]. Por algo lo dijo Benjamín, que era bien despabilado.

                Y a quién se le puede confiar, me pregunto ahora. Aunque los de las personas corrientes como uno no son tan, como decirlo, inconfesables como para que no broten algún día, no tenemos, supongo, secretos de enterrados en la pared o cosas igualmente fatales, pero alguno se colará y a alguien se dirá.

                Y una vez confiado, debe recordarse que Todo el que tenga ojos para ver y oídos para oír se convencerá de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Si sus labios callan, habla por las puntas de los dedos; hasta el último de sus poros lo delata.[2]

                Por eso me digo yo que es mejor no tener secretos para no tener la tentación de confiárselo a alguien, porque deja de ser secreto, según leí en alguna parte y lo mejor, para guardar un secreto es mejor hacerlo público, un secreto a voces, dicho a título de chisme, que seguro nadie lo creerá y bien guardado quedará, a pesar de ser de público conocimiento, supongo porque Todos mostramos una cara al mundo y mantenemos otra oculta. No podríamos sobrevivir de otra manera[3].   

               Aunque no hay como el secreto compartido, como el de la canción: Secreto de amor[4]. 

Salí huyendo de mí mismo… o de mi propio miedo…, no sé.[5]

Tomado de Google


[1] BENJAMIN FRANKLIN (1706-1790), Almanaque del pobre Richard. Los amantes. John Connolly.

[2] SIGMUND FREUD, Introducción al psicoanálisis. La paciente silenciosa. Alex Michaelides.

[3] Los amantes. John Connolly.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=PiL5TOpp-A0. Te voy a cambiar el nombre Para guardar el secreto. … Y puedo cambiarte el nombre Pero no cambio la historia Te llames como te llames Para mí tú eres la Gloria…

[5] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.



lunes, 23 de marzo de 2026

CIUDADES

 Es muy común encontrarme con frases en Facebook de lo bella que era mi ciudad hace cincuenta, sesenta años, para el caso de Bogotá. Es una constante que se lee en redes cuando se ven fotos viejas de Bogotá. Y se pavonean diciéndolo. Y es más, parecen comentarios de personas que no parecen tan viejas y, por ende, que no la conocieron como era.

Yo, por mi parte, la conocí conscientemente desde los sesenta. Bogotá, en mi recuerdo, específicamente del centro de la ciudad, siempre fue gris, siempre con lluvia, lo que implicaba calles encharcadas, mal alcantarillado, calles estrechas, exceso de gente, todas bien abrigadas, hasta con sombrero y sombrilla, gabán, chaleco y corbata, eran escasos los días de sol, más los días de lluvia que la hacían gris y en todo caso era mejor ir bien preparado. Además, todos pendientes por donde caminaban porque eran muy normales los raponeros y qué decir de mendigos y gamines o pelafustanes, que también abundaban.

 Qué linda mi ciudad, seguirán diciendo los que no quieren ver la verdad o quienes ni siquiera la avistaron. Y qué frío el que hacía.

 Había zonas intransitables, por lo angostas, por la inseguridad. Las Cruces, la Caracas, la 13, la 10ª, la 6ª por citar algunas; pero qué bonita era mi ciudad, seguirán diciendo.

 El centro colmado de iglesias y pasar por sus laterales era pasar por el hedor de orina y mierda debidamente mezcladas. La Catedral y las Nieves, por citar algunas y eso que en casi cada cuadra había una (Santa Bárbara, San Agustín, Santa Clara, San Ignacio, la Bordadita, San Francisco, la Tercera, Veracruz, por citar las más conocidas, sin olvidar Monserrate, Guadalupe, la Peña, las Aguas, Egipto y otras más). En su época mal mantenidas, su recuperación creo que se inició luego de los ochenta, cuando se tomó, supongo, conciencia de la conservación de monumentos y para hacerla parecer menos parroquial. Eran lúgubres, lo recuerdo; oliendo a incienso y vela y otros olores menos recomendables, aunque tampoco eran tan lúgubres como pinto la ciudad. Se me viene a la memoria San Victorino, la Estanzuela, el Voto Nacional, Medicina legal, zonas igualmente poco recomendables para las personas de bien, como se nos conocía.

 Todo eso lo conocí bien, desde 1969 estudié en el centro, en la Plaza de Bolívar y cada día lo viví, tanto que me volví experto en esquivar carros y buses, en la 10ª, la Caracas, la 13, la Jiménez, entre otras. Uno pasaba las calles grandes, porque aún no tenían la denominación de avenidas, como podía, como dije, haciéndole el quite a buses y carros, camiones, zorras (vehículos de tracción animal, se diría hoy), cada cual iba a su antojo porque no había cebras para pasar y la escasez de semáforos era notoria. Pero qué tan bonita ciudad era, seguirán diciendo algunos. Y eso que no menciono lo que era la ciudad antes del cincuenta, por lo que oí contar, porque ese es otro cuento, se llamaba ciudad pero no pasaba de ser un pueblo grande que comenzaba a tener conciencia de lo que era una ciudad.

 Pero tenía su encanto, he de reconocerlo y viví su transformación. Hoy ya es una ciudad, hoy ya puedo decir qué bonita es mi ciudad y es una ciudad capital con todo lo que puede ofrecer en casi todos los aspectos, aunque sigan existiendo, como en toda ciudad, zonas poco recomendables y lo digo con conocimiento de causa. Mis últimos años laborables los viví en la 19 con Caracas, quienes sepan del lugar sabrán de qué hablo y desde mi oficina me entretenía viendo desde la comodidad de mi oficina todo lo peor que puede haber en una ciudad, prostitución, locos, mendigos y hampones. Me quedé con un buen registro fotográfico de la zona.

 Pero esta es Bogotá, mi ciudad, de patito feo que se convirtió en cisne, aunque algo desplumado en ciertos lugares. Qué se le va a hacer. 

Al fin y al cabo hay cosas que es mejor no decir.[1] 

 

(Fotos tomadas de Facebook, dicientes de lo que digo)



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.