miércoles, 8 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO

             A mis manos llegó un libro: La historia del calendario, de David Ewing Duncan. Un curioso libro, lleno de anécdotas, de conocimiento que, visto a la ligera, lleva a pensar en lo intrascendente que puede resultar para nuestras vidas agitadas y lo sé, curiosidades que ni ponen ni quitan para le común de la gente, aunque cada vez más gente pensaba que organizar listas de días, meses y años era irrelevante. Había preocupaciones más urgentes, como encontrar comida e impedir los saqueos de los bárbaros (del latín barbarus y del griego bárbaros, donde significaba «extranjero»). Pero pocos agricultores del Rin o tejedores de Francia se detenían a pensar en tales cosas. Para esta gente, que tenía poco control sobre su entorno o su vida, la sola idea de calcular y medir algo tan inaprehensible y continuo como el tiempo era a la vez blasfema y ridícula

                Curiosidades como por ejemplo, el momento en que se separaron los tiempos, antes y después de Cristo,  Dionisio (el exiguo) fue el primero en utilizar el sistema «a. D». cuando escribió en sus tablas pascuales anni Domini nostri Jesu Christi (532-627)[1].

                Beda. También explica las divisiones del tiempo tal como entonces existían, siguiendo la lista de Isidoro de Sevilla, desde la unidad más pequeña hasta la mayor: momentos, horas, días, meses, años, siglos y edades. En efecto, hubo un momento en que no existían los minutos, eran meros momentos y otro momento en que no había horas, para un campesino las horas las establecían los momentos del día y del cansancio.

                fue Alcuino de York (732-804), (… quien) regularizó un nuevo alfabeto en letras minúsculas, desconocidas en la antigua Roma (y que son las que el lector está leyendo en este momento). Otro dato aparentemente intrascendente, pero curioso.

 En los siglos siguientes a la caída de Roma tendía a ser el modelo romano de calendas, nonas e idus, aunque conforme el imperio se convertía en un lejano recuerdo, los europeos lo sustituyeron por otras alternativas. Como sabemos, Beda y Carlomagno abrazaron nuestro sistema actual de dies mensis, en que los días del mes se cuentan en un simple orden numérico del 1 al 30 o al 31. Y uno siempre ha vivido con el supuesto de que los meses son lo que hemos conocido, cuando es novedad ingeniada hacia el siglo VIII, luego de mil ensayos, con una iglesia que a todo le ponía el palo a la rueda.

                Y eso me lleva al reloj que igualmente suponemos ha existido desde siempre: Porque, aunque para Carlomagno los relojes eran curiosidades, su agudo interés por ellos y la idea de decir la hora causó una duradera impresión en las futuras generaciones. Al mismo tiempo se estaba extendiendo una novedad por Occidente: las campanas, que siempre habían sido un instrumento musical y ahora se empleaban para señalar las horas y otros momentos del día. La palabra «campana» viene del nombre de la región italiana de la Campania, donde se fabricaba un bronce especial. Una leyenda relata que el papa Sabiniano (Papa del 604 al 606) ordenó a las iglesias que señalaran las horas del día tocando las campanas. Probablemente se extendieron primero por los monasterios, donde los monjes utilizaban campanillas para indicar las horas canónicas. Más tarde, las campanas de torre llamarían al pueblo a misa. Las campanas tuvieron probablemente un impacto mínimo en el individuo medio. Aunque fueron los primeros «relojes» mecánicos que gobernaron la vida diaria en Europa, a menudo funcionaban según el tiempo que medía un reloj de agua o de sol. Imaginemos a un agricultor al que desde siempre le han dicho que trabaje hasta que el sol esté en lo más alto y al que ahora le dicen que tiene que arar una fanega de tierra antes de que el campanario señale el medio día. O pensemos en un reloj que señalase el principio de una misa con una exactitud desconocida en tiempos anteriores, cuando las horas se calculaban por la posición del sol en el cielo. Era una forma completamente distinta de concebir el tiempo. … Es una idea tan habitual en nuestro sistema numérico moderno (y en nuestra forma de vida) que apenas pensamos en ella, aunque no ha sido el caso durante gran parte de la historia de la humanidad. Además, la única cultura que inventó un verdadero sistema de notación de posición en los antiguos tiempos preclásicos fue Mesopotamia, cuyos matemáticos dieron con él hace casi cuatro mil años, adelantándose en varios milenios a todas las otras culturas. 

                Y pensemos en el cero, que en teoría no es nada, en la práctica es mucho: Baste decir que estos cómputos se hacen por medio de nueve signos». Pero nueve no son diez, lo que quiere decir que el sistema no estaba completo sin el cero, un concepto básico para entender las matemáticas avanzadas necesaria para crear un calendario exacto. El cero se desarrolló cuando los hindúes que utilizaban los nueve números para sus cálculos se encontraron con que necesitaban tener una columna vacía en las tablas matemáticas para representar «nada», una idea que transfirieron a los números escritos dejando un espacio. Pero esto podía resultar confuso, ya que un espacio en blanco podía significar tanto una posición vacía en un solo número como el espacio natural entre dos números separados. Para evitar la confusión, alguien decidió hacer algo de aquella «nada». Quién fue el primero en garabatear un símbolo para denotar el cero sigue siendo otro misterio. En Mesopotamia aparece un símbolo para indicar la posición vacía, pero al final de esta antigua civilización, sobre la época de la invasión de Alejandro o poco después; el símbolo está representado por dos pequeñas cuñas en oblicuo. Más o menos al mismo tiempo o poco después, los hindúes comenzaron a utilizar un punto, un símbolo que se había extendido de tal manera en el siglo VI que el poeta hindú Subandhu lo utilizó como metáfora en su poema Vásavadattá: Y en el momento en que sale la luna con su oscuridad nocturna, y se inclina en profunda reverencia, con las manos juntas bajo sus vestidos de loto azul, las estrellas se ponen a brillar de pronto, semejantes a puntos de cero […] dispersas por la bóveda celeste como en la alfombra de piel azul del Creador que calcula el total con una rebanada de luna a modo de tiza. Los hindúes se referían a este punto de «nada» con el término sunya, que significaba vacío. Nuestra palabra cero viene de sifr, la versión árabe de sunya, que los europeos medievales convirtieron en la palabra latina ziphirum. Los griegos de la época clásica no tenían símbolo para el cero, porque su sistema numérico no requería un lugar cero. Pero eran conscientes de la idea de un número que diera cuenta de la nada. Aristóteles lo rechazó como un no-número que tenía que olvidarse, ya que no se podía ni dividir por cero ni dividir el cero por sí mismo. A pesar de todo, los estudiosos de Europa Central supusieron durante mucho tiempo que el símbolo de cero había sido inventado por los griegos, sin ninguna prueba en absoluto, especulando que venía de la letra griega ómicron (la o breve), primera letra de la palabra griega ouden, que quería decir «vacío». Pero esta injustificada convicción de que los hindúes no habían podido inventar un concepto tan básico ha permitido reconocer que los antiguos griegos en realidad no utilizaron semejante símbolo de cero, y que los matemáticos hindúes, independientemente al parecer, inventaron el punto y luego el redondo símbolo en forma de huevo de codorniz. La primera muestra hindú de este símbolo de cero aparece en el año 876, en una inscripción descubierta en la zona de Gwalior, al sur de Delhi, y que contiene dos números con ceros: 50:  270: Han transcurrido dos siglos desde que Severo Sebojt hablara de los nueve números hindúes, aunque los arqueólogos han descubierto el símbolo redondo del cero en Malasia, en dos números de una inscripción (los números 60 y 606 como  y  que data del 684 d. C.). La península malaya estaba entonces bajo influencia de la India. Algunos historiadores creen que un tratado de matemáticas conocido como Manuscrito Bajshali podía haberse escrito ya en el siglo III de nuestra era. Contiene números con ceros y un sistema decimal de valores de posición totalmente desarrollado. Los números son: 330:  846,720: La primera utilización del cero como número totalmente formado parece haberse dado alrededor de la época de Brahmagupta, en el siglo VII, cuando este gran matemático quiso explicar, aunque en vano, que el cero podía dividirse por sí mismo. Los mayas también inventaron un auténtico cero alrededor del siglo III d. C., utilizando varios símbolos, entre ellos un ojo entornado ——, para indicar posiciones perdidas mientras se servían de números para representar intervalos de tiempo en su calendario.

                Y esto sólo fue un abrebocas, pensando en tanto científico desconocido y olvidado así como tanto saber perdido en el tiempo.

 

Nuestra obsesión por medir el tiempo es intemporal. Después de la conciencia, debe de ser nuestro rasgo más característico como especie, ya que una de las primeras cosas de las que fuimos conscientes fue, sin duda alguna, nuestra mortalidad… el hecho de que vivimos y morimos en un tiempo dado.[2] 

Tomado de Google


[1] Por desgracia, es casi seguro que Dionisio dio unas fechas erróneas. El momento exacto del nacimiento de Cristo no se conoce y es motivo de grandes polémicas incluso en la actualidad, dada la vaga y contradictoria información disponible sobre los primeros días de la vida de Cristo. El Evangelio de Mateo asegura que había nacido en la época de Herodes el Grande, que murió en el año 4 a. C. Esto significa que el nacimiento tuvo que ocurrir antes de esta fecha. Otros evangelios y fuentes históricas sugieren fechas que van desde 6 o 7 a. C. hasta 7 d. C., aunque muchos historiadores se inclinan por 4 o 5 a. C. Esto significa que el año 1996 o 1997 fue probablemente el auténtico año 2000 en el calendario a. D., si en las cuentas se prescinde del año 0. 

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.


lunes, 6 de abril de 2026

NO HACER NADA

            Leí dos artículos en el que los columnistas[1] hacían referencia a que durante las vacaciones de semana santa no había hecho nada y concluían que habían hecho mucho. Eso me llevó a pensar en qué significaba el no hacer nada. En principio uno piensa que es el sinónimo más acertado de ser vago, pero en su contenido es mucho más que eso, puede pensarse en momentos de introspección sin actividad alguna, dejarse llevar y no importarle a uno estar haciendo nada.

             Eso me llevó a una definición que da el doctor Google, que todo lo sabe y ahora más que se ayuda con la IA y dice: "No hacer nada" es la práctica consciente de abstenerse de actividades productivas, entretenimiento o planificación, permitiendo que la mente descanse y vague libremente. Similar a conceptos como el niksen (neerlandés) o dolce far niente (italiano), este estado busca combatir el agotamiento por hiperactividad y fomentar la creatividad, sin sentirse culpable. Y parece que allí está el secreto, en hacer algo que aparentemente no sirve para nada pero da descanso mental y, lo más importante, sin sentirse culpable, sin sentir que se perdió el tiempo haciéndolo.

             Para un pensionado el no hacer nada es parte de su rutina, en cuanto sea consciente de estar haciéndolo, si se piensa que las preocupaciones han bajado a su mayor nivel[2]. Como sea, cuando uno se dedica a no hacer nada termina haciendo muchas cosas más que si estuviera haciendo algo, realizando una actividad, ejecutando una labor. Y así es, para la actividad mental lo mejor que uno puede hacer es no hacer nada, dejar que las cosas se sucedan a su ritmo, el no hacer nada es el ser vago para con uno mismo, sin sentimiento de culpabilidad, con el goce de estar haciendo nada a pesar de estar haciendo algo más que el concepto mismo. Entonces todo se reduce a la culpabilidad, a ese sentimiento que nos han reforzado desde niños y en el que caemos tan fácilmente. La cuestión, al parecer, es liberarse de él y gozar haciendo nada, porque ese nada involucra mucho más, que se convierte en un todo estando en la nada.

             Ese no hacer nada se puede convertir en la bendición de un pensionado, porque ya nada ha de preocuparle, demasiado y puede, sin resquemores ni resentimientos, dedicarse a no hacer nada, porque seguro mucho habrá hecho. 

… en todos los ámbitos del arte y de la vida, los momentos sublimes, inolvidables, son raros.[3]

Tomado de Google


[1] https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/sara-jaramillo-klinkert-ser-uno-con-todo-CE35207674. El otro artículo, que creo se llamaba como el título de este blog no lo encontré, por el despiste de no haber tomado nota en su momento oportuno.

[2] Bajado a su mayor nivel, suena contradictorio. En mi defensa me refiero a llegar al mayor nivel más bajo, aunque siga sonando contradictorio.

[3] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.


viernes, 3 de abril de 2026

UN ETERNO SÁBADO

 Nunca había vivido una intemporalidad tan rara y curiosa. La de un eterno sábado, aunque es bien sabido que para un pensionado da lo mismo que sea jueves o lunes. Eso es cierto, pero no tanto, porque aún pensionado los días se hacen distinguir, o al menos eso creo. Cada día tiene su personalidad, un identificador que le es propio que hace que él sea él y no otro.

 Pero bueno, como sea, la intemporabilidad vivida fue curiosa y arrancó un sábado, el anterior al domingo de ramos. Era sábado, eso lo tenía claro, porque el día se comportó como sábado, de eso no hay duda, pero lo que sí resultaba cierto era que ese sábado daba comienzo a la semana santa, pero seguía siendo sábado, apacible, como todos los sábados en que se ralentizan todas las actividades, hay menos gente, aparentemente, movimiento vehicular de sábado, por demás familiar y así, como es un sábado corriente.

 Lo curioso del asunto es que el día siguiente, lo percibí como sábado y no como domingo, pues el domingo es domingo y tiene su propia personalidad, de domingo, creo que queda claro.  Pero ese domingo y de ramos, para mayor detalle, siguió comportándose como sábado, sin personalidad de domingo y eso me llamó la atención, aunque lo dejé pasar.  Y llegó el lunes y cuando tomo conciencia del tiempo, me doy cuenta que seguía siendo sábado, a pesar de ser lunes, santo. Es como si le hubieran quitado la personalidad al lunes. Y vino el martes santo, y el miércoles y el jueves y el viernes y todos ellos parecían sábados, sentí una larga semana, de un largo e intenso perecedero sábado, mientras los demás días habían perdido su propia personalidad y todo ello en una semana que de cualquier manera era de descanso, pero ya no de recogimiento. Quién lo iba a imaginar, un viernes santo con cara de sábado, una semana transcurrida pensando que toda ella fue un eterno sábado, esperando que mañana sábado vuelva a corregir el rumbo y comience la pascua como ha de ser, con cada día con su propia personalidad, porque me sentí perdido ante un sábado eterno, en un abril en que perdí una semana, sin darme cuenta. 

¿No conoce usted la vieja leyenda —un campesino me la contó en una ocasión— de cómo Cristo retiró a los hombres el conocimiento de la muerte? En otro tiempo, cada uno sabía de antemano la hora de su muerte. Y cuando Jesucristo vino a la Tierra, se dio cuenta de que algunos campesinos no cultivaban sus tierras y vivían como pecadores. Entonces recriminó a uno de ellos por su desidia, pero el hombre sólo refunfuñó. Que para quién iba a echar la semilla en la tierra, si para la cosecha él ya no estaría vivo. Entonces Jesucristo se dio cuenta de que no era bueno que los hombres supieran de antemano la hora de su muerte y les quitó ese conocimiento. Desde entonces, los campesinos tienen que labrar los campos hasta el último día, como si fueran a vivir eternamente. Y eso está bien, pues sólo a través del trabajo participa uno de la eternidad. Del mismo modo, yo quiero cultivar hoy mi pedazo de tierra de cada día.[1] 

Tomado de Facebook
474620515_122149641002363325_1804037256818855507_n



[1] La huida hacia Dios. Finales de octubre de 1910. Epílogo al drama inacabado de Lev Tolstói: Y la luz brilla en las tinieblas. Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig

miércoles, 1 de abril de 2026

MISERABLE

             Una cosa es ser miserable y otra bien diferente es sentirse miserable, pienso ahora que comienzo a escribir. El primero es una persona ruin, canalla, tacaña, demasiado pobre, insignificante y cosa curiosa, también puede ser desdichada, abatida, infeliz. Una palabra, diferentes variantes, varias vertientes; eso me sigue llamando la atención del idioma, tal vez sea esa también una de las causas por las que no podamos entendernos entre nosotros mismos.

             Como sea, tuve un momento en que me sentí miserable, entendido claro está en la última acepción, pues de las primeras mi ego impide reconocer abiertamente. Me refiero entonces al estado en que el hombre es verdaderamente miserable y es en la enfermedad y peor cuando los médicos no dan con el chiste y como hace el cerebro humano, cuando no tiene todos los datos, inventa, improvisa. Una enfermedad abate y hace infeliz, lo hace a uno desdichado ante la imposibilidad, no tanto de saber qué tiene, sino de no mejorar.

             Esta vez, una tos de perro llevaba a cuestas durante cerca de dos meses, yendo a médicos y urgencias, con el resultado final de que es una bronquitis aguda, creo que fue el resultado final que aparecía en la epicrisis de urgencias. Eso dice y se supone que ellos tienen la razón; para mí, lo importante era que me quitaran el dolor y el malestar, con eso bastaba, ya estaba cansado de inhaladores, pepas, exámenes, jarabes.

             Desazón, estado febril (dicen los médicos), tos persistente, atacado cada vez que le daba la gana, con ese dolor de cabeza que solo da cuando viene el ataque y que le obliga a uno a cogerse la cabeza con las dos manos para aminorar el dolor, el eterno escalofrío, viene una mejoría que uno supone supera el mal al haberse superado la prueba, cuando mentiras, llega la noche y comienzan los ataques de tos, a horas inesperadas, rompiendo la paz de la noche. Ataques de tos, dolor de cabeza, escalofrío, somnolencia, tomar agüita, tratar de dormir luego del cansancio que deja tanta tosedera, con el consabido sudor, por el esfuerzo realizado y ya entrando en el sueño, sentir que todo vuelve a empezar. A eso le llamo sentirse miserable, sentirse inútil y tener la conciencia de que no puede hacer nada, absolutamente nada, como si fuera castigo divino, pero vaya castigo.

             En medio de la noche, incapaz de dormir, pero con suficiente fuerza para hacer algo para pasar la noche, como distracción nocturna, leer y hoy, la Historia del calendario, lo que me lleva a pensar cómo de un solo tema puede salir todo un tratado, por demás interesante, profundo, variado y vano, si se quiere. Una forma de matar el tiempo.

             Al rato, pesadez de ojos, lo que preludia el sueño y hacerle caso, es lo mejor. Posición de descanso, ruego de tranquilidad, adormecimiento paulatino y cuando uno cree que ya va a entrar en brazos de Morfeo, tómelas con un nuevo ataque de tos, profundo, con levantada automática para tomarse la cabeza con las manos para amortiguar el dolor y tos, tos, tos, un ataque sin contemplación. Qué miserable se siente uno, pensando a ratos que el pulmón va a explotar o a ser escupido, por cosas que se han visto en televisión. Pasada la crisis, el cansancio corporal, la sudoración por el esfuerzo, la maldición en camino y la desazón espiritual.

 Y en el día, tras un nuevo ataque de tos, la mirada perdida en algún punto, buscando explicación, el pensamiento dando órdenes: levántese, tome agua, acuéstese, haga, haga pero haga y el cuerpo encogido sin escuchar razones, maldiciendo la situación, aletargado, desorientado, mirando a ningún lado, achicándose en él mismo como abrazando el escalofrío siguiente, buscando un calor que al menos amortigüe la situación. En esos momentos se es un ser perdido, pensando únicamente en cuándo acabará esta joda de una vez para todas o al menos morir tranquilo y en ese aletargamiento, los ojos comienzan a cerrarse, ya es tarde, es hora de dormir. El pensamiento se entromete: no se duerma que esta noche no duerme, se oye decir en algún lado y solo se puede responder, no me jodan, déjenme descansar. Se lo dije, replica y con torpeza se le hace caso, abrir los ojos a regañadientes y decirle: está bien, está bien, tiene razón, pero la inacción es la dominante, cosa tan jodida.

 Menos mal que estos estados no duran demasiado, a pesar de la eternidad que aparentan y lo dice como si fuera lo máximo, cómo él no es el que lo está sufriendo, me digo. Como si no fueran momentos de impotencia, inactividad, de nada, nada… Y saber que no hay ni fuerzas para poner la televisión ni para oír música porque todo molesta, solo se aspira a dormir, dormir y dormir al no poder dejarse morir, en búsqueda de la paz celestial y sabiendo que es castigo divino un nuevo ataque de tos, del violento, de cogerse la cabeza con las manos para amortiguar el golpe que se siente en el choque entre cerebro y cráneo y toser, toser, toser hasta sentir que las flemas han aflorado un poco, y tos, tos, tos hasta quedar agotado, cansancio y dolor en cada movimiento y uno rogando que todo acabe, todo, incluida la vida si eso es liberación, porque se hace insoportable, insostenible, trágicamente vergonzante y, miserable, totalmente miserable. Luego solo cansancio y sudor, calor ardoroso, desazón, algún dolor en alguna parte indefinible y concluyo, todo esto es sentirse uno miserable y nada qué hacer. 

Uno no puede ser infeliz para siempre.[1] 

Tomada de Google



[1] Cartas a Palacio. Jorge Díaz.

lunes, 30 de marzo de 2026

SECRETOS

               Estaba en mi consabida lectura y una frase atribuida a Franklin me hizo ir a la reflexión sobre los secretos, que naturalmente cada uno de nosotros tiene. Tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos[1]. Por algo lo dijo Benjamín, que era bien despabilado.

                Y a quién se le puede confiar, me pregunto ahora. Aunque los de las personas corrientes como uno no son tan, como decirlo, inconfesables como para que no broten algún día, no tenemos, supongo, secretos de enterrados en la pared o cosas igualmente fatales, pero alguno se colará y a alguien se dirá.

                Y una vez confiado, debe recordarse que Todo el que tenga ojos para ver y oídos para oír se convencerá de que ningún mortal es capaz de guardar un secreto. Si sus labios callan, habla por las puntas de los dedos; hasta el último de sus poros lo delata.[2]

                Por eso me digo yo que es mejor no tener secretos para no tener la tentación de confiárselo a alguien, porque deja de ser secreto, según leí en alguna parte y lo mejor, para guardar un secreto es mejor hacerlo público, un secreto a voces, dicho a título de chisme, que seguro nadie lo creerá y bien guardado quedará, a pesar de ser de público conocimiento, supongo porque Todos mostramos una cara al mundo y mantenemos otra oculta. No podríamos sobrevivir de otra manera[3].   

               Aunque no hay como el secreto compartido, como el de la canción: Secreto de amor[4]. 

Salí huyendo de mí mismo… o de mi propio miedo…, no sé.[5]

Tomado de Google


[1] BENJAMIN FRANKLIN (1706-1790), Almanaque del pobre Richard. Los amantes. John Connolly.

[2] SIGMUND FREUD, Introducción al psicoanálisis. La paciente silenciosa. Alex Michaelides.

[3] Los amantes. John Connolly.

[4] https://www.youtube.com/watch?v=PiL5TOpp-A0. Te voy a cambiar el nombre Para guardar el secreto. … Y puedo cambiarte el nombre Pero no cambio la historia Te llames como te llames Para mí tú eres la Gloria…

[5] La brisa de Oriente. Paloma Sánchez-Garnica.



lunes, 23 de marzo de 2026

CIUDADES

 Es muy común encontrarme con frases en Facebook de lo bella que era mi ciudad hace cincuenta, sesenta años, para el caso de Bogotá. Es una constante que se lee en redes cuando se ven fotos viejas de Bogotá. Y se pavonean diciéndolo. Y es más, parecen comentarios de personas que no parecen tan viejas y, por ende, que no la conocieron como era.

Yo, por mi parte, la conocí conscientemente desde los sesenta. Bogotá, en mi recuerdo, específicamente del centro de la ciudad, siempre fue gris, siempre con lluvia, lo que implicaba calles encharcadas, mal alcantarillado, calles estrechas, exceso de gente, todas bien abrigadas, hasta con sombrero y sombrilla, gabán, chaleco y corbata, eran escasos los días de sol, más los días de lluvia que la hacían gris y en todo caso era mejor ir bien preparado. Además, todos pendientes por donde caminaban porque eran muy normales los raponeros y qué decir de mendigos y gamines o pelafustanes, que también abundaban.

 Qué linda mi ciudad, seguirán diciendo los que no quieren ver la verdad o quienes ni siquiera la avistaron. Y qué frío el que hacía.

 Había zonas intransitables, por lo angostas, por la inseguridad. Las Cruces, la Caracas, la 13, la 10ª, la 6ª por citar algunas; pero qué bonita era mi ciudad, seguirán diciendo.

 El centro colmado de iglesias y pasar por sus laterales era pasar por el hedor de orina y mierda debidamente mezcladas. La Catedral y las Nieves, por citar algunas y eso que en casi cada cuadra había una (Santa Bárbara, San Agustín, Santa Clara, San Ignacio, la Bordadita, San Francisco, la Tercera, Veracruz, por citar las más conocidas, sin olvidar Monserrate, Guadalupe, la Peña, las Aguas, Egipto y otras más). En su época mal mantenidas, su recuperación creo que se inició luego de los ochenta, cuando se tomó, supongo, conciencia de la conservación de monumentos y para hacerla parecer menos parroquial. Eran lúgubres, lo recuerdo; oliendo a incienso y vela y otros olores menos recomendables, aunque tampoco eran tan lúgubres como pinto la ciudad. Se me viene a la memoria San Victorino, la Estanzuela, el Voto Nacional, Medicina legal, zonas igualmente poco recomendables para las personas de bien, como se nos conocía.

 Todo eso lo conocí bien, desde 1969 estudié en el centro, en la Plaza de Bolívar y cada día lo viví, tanto que me volví experto en esquivar carros y buses, en la 10ª, la Caracas, la 13, la Jiménez, entre otras. Uno pasaba las calles grandes, porque aún no tenían la denominación de avenidas, como podía, como dije, haciéndole el quite a buses y carros, camiones, zorras (vehículos de tracción animal, se diría hoy), cada cual iba a su antojo porque no había cebras para pasar y la escasez de semáforos era notoria. Pero qué tan bonita ciudad era, seguirán diciendo algunos. Y eso que no menciono lo que era la ciudad antes del cincuenta, por lo que oí contar, porque ese es otro cuento, se llamaba ciudad pero no pasaba de ser un pueblo grande que comenzaba a tener conciencia de lo que era una ciudad.

 Pero tenía su encanto, he de reconocerlo y viví su transformación. Hoy ya es una ciudad, hoy ya puedo decir qué bonita es mi ciudad y es una ciudad capital con todo lo que puede ofrecer en casi todos los aspectos, aunque sigan existiendo, como en toda ciudad, zonas poco recomendables y lo digo con conocimiento de causa. Mis últimos años laborables los viví en la 19 con Caracas, quienes sepan del lugar sabrán de qué hablo y desde mi oficina me entretenía viendo desde la comodidad de mi oficina todo lo peor que puede haber en una ciudad, prostitución, locos, mendigos y hampones. Me quedé con un buen registro fotográfico de la zona.

 Pero esta es Bogotá, mi ciudad, de patito feo que se convirtió en cisne, aunque algo desplumado en ciertos lugares. Qué se le va a hacer. 

Al fin y al cabo hay cosas que es mejor no decir.[1] 

 

(Fotos tomadas de Facebook, dicientes de lo que digo)



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.








viernes, 20 de marzo de 2026

DIVERSIDAD

             Caras largas, oblongas, rectas, redondas, abultadas, estiradas, con botox bastante notorias. Cutis con exceso de maquillaje, caras lavadas. Ojos verdes, negros, azules, cafés, con vida, con expectación, apagados, dejados, iluminados, tardíos, melancólicos. Bocas rectas, labios abultados o simplemente rectos que no se dejan percibir. Cuellos abultados, traslucidos, con inicios de bocio, arrugados, levemente estriados, lavados, estirados, pegados a los hombros, largos y sílfides. Pelo chuto, ralo, liso, embadurnado, largo, de virgen de pueblo, corto, masculino, calvo, corto militar, tuso, incipiente calvicie tratada de ocultar, por cuestiones de vanidad, vaya cosa ser calvo, teñidos la gran mayoría, escasos los naturales, barbas, bigotes, lampiños, ni lo uno ni lo otro, así hayan tratado de no afeitarse ese día. Altos, medianos, bajos. Chiquitines, adolescentes, unos deseando subir al siguiente peldaño, otros olvidando que lo fueron. Gordos, flacos, ni lo uno ni lo otro, obesos y escuálidos. Morenos, negros, blancos a los que les faltó sol, variedad de colores, unos más oscuros que otros, unos más blancos que los oscuros.

             Eso vi mientras esperaba en un centro comercial. Ver, lo que nunca había notado, cómo una cara en una conversación ajena hace una cantidad de gestos acompañando las gesticulaciones verbales, cosa curiosa. Las ropas igualmente son delatoras, la mayoría, intrascendentes, pocas las elegantes, porque hasta las de marca se han rebajado.

             Niños, jóvenes, adultos, viejos. Mujeres que no parecen mujeres, hombres que parecen mujeres, personas que no tienen definición, hombres que no son tan hombres, toda una gama de diversidad, vaya variedad, mis antepasados se escandalizarían, pero yo ya no, con todo lo que he visto, ya ni para qué. Cada cual con sus gustos y aficiones.

             Y pasó una muchacha con un trasero bastante grande, supuse que debido al exceso de silicona y otra que estaba en el pasillo se quedó mirando ese trasero, primero con admiración, con envidia y luego con dejadez, con inquina, miradas delatoras.

             A eso llamo diversidad cotidiana, siempre desapercibida, pero presente y con todo no tenemos la suficiente humanidad para reconocernos como iguales a pesar de tal divergencia, de tanta amalgama, a simple vista todos iguales a pesar de tales diferencias, sin conocer de intimidades. Diversidad que nos hace rechazar a los feos, a los mal arreglados, a los que no cuadran en nuestra visión de lo que creemos que somos. Y eso somos, una diversidad que no hemos podido ver y mucho menos aceptar, al no poder reconocernos, al sentirnos superiores o mejores. Diversidad en una misma ciudad, en un mismo centro comercial, pero nos falta humanidad para reconocer al resto de humanidad y por eso estamos donde estamos, al rechazar de entrada al extranjero, como si fuera diferente.

                      A eso llamo diversidad con perversidad.

 

—Y a mí que empezaba a gustarme la vida tranquila.

—Sí, pero necesitas el ruido para valorar el silencio.[1]

Foto JHB



[1] Los hombres de la guadaña. John Connolly.  


miércoles, 18 de marzo de 2026

HAY QUE AMASAR EL PAN

             Leyla Guerriero, periodista argentina, en un podcast de la BBVA una panadera mencionó en ese artículo, lo que me hizo recordar Como agua para el chocolate de Laura Esquivel, que le había oído y siempre le recordaba el artículo cuando amasaba el pan. Confieso que el artículo que citó de Leyla no lo leí, porque quería hacer mi propia composición de un título oído.

             Me llevó a mi niñez, en la panadería del barrio, viendo, mientras lo compraba, cómo el panadero que había madrugado como a las cuatro de la mañana, amasaba ese pan a mano limpia, porque no se solía usar amasadora mecánica, no sé si no existía o solo era para grandes panaderías, la cosa es que lo veía repartir harina, amasar y amasar, con su uniforme blanco y su gorrito de igual color, aunque no era ya blanco, su uso ya lo había perfilado como un veterano.

             En alguna oportunidad hice mis pinitos, cuando me dedicaba a cocinar, y decidí hacer pan, tratando de mejorar el que mi mamá, aventurera, hizo en alguna oportunidad. Y no era fácil y trataré de recordarlo a mano alzada, lo que me hace reír ahora cómo toda la cocina quedaba embadurnada de harina, con los consiguientes reclamos, pero era parte de la experiencia.

             Agua, harina, levadura, huevo dependiendo del tipo de pan que se quisiera hacer. Pero eran los ingredientes básicos. Ah y la sal. Agua y harina era el comienzo y aglutinar, más que amasar inicialmente, y calcular si estaba poco o muy húmeda esa amalgama. No tenía noción de medidas, de cantidades, de forma de amasar, no sabía que había que airear la masa, que había que dejarla reposar, que se debía consentir. Hoy tal vez domine la teoría pero queda mucho para que pueda resultar, en mi caso, un buen pan.

             Como sea, con el mazacote inicial de agua y harina, un poco de sal, qué tanta, vaya uno a saber y levadura, ignorando igualmente su cantidad. Hasta que ese mazacote toma consistencia de masa y de allí en adelante es amasar, amasar y amasar y he de reconocer que es una actividad para sacar músculos. Y la masa, para que no se pegue, rodearla constantemente de harina, solo harina, hasta que toma su forma definitiva.

             Unir elementos para hacer una creación, amasar para que haya consistencia, para que se airee, levadura para que crezca, amasar y amasar para que surja la esperanza de un buen pan, esponjoso, aireado, consistente.

             Y entre el amasar, amasar y amasar, dejar volar el pensamiento, rodearse de todas esas preocupaciones, de esos antojos, de esos deseos, de esas esperanzas. Airear para tomar nuevos aires, nuevas fuerzas. La levadura para ayudar al crecimiento, para el esponjamiento adecuado. Unir elementos para formar un prospecto y ver el paso del tiempo entre el inicio y el final, incluida la horneada que es la labor definitiva, cuando se cuece esa masa, cuando desprende su aroma, ese aroma tan especial del pan horneándose. Todo esto me llevó a pensar que en esto se resumía la vida, cuando se llegaba a un buen aroma, aroma de infancia, aroma que toda la vida lo acompañaría al hacerse inolvidable.

             Y ahora, justo el reconocimiento para la autora original, que en sus palabras decía:

 Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan.

Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después.

Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie.

Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa.

Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.
 

La naturaleza en sí no cambia: lo que cambia es nuestra manera de verla.[1] 



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.

lunes, 16 de marzo de 2026

VOLVER AL PASADO

             Algo, una lectura, una película, una canción, no sé qué me hizo pensar en si valdría la pena volver al pasado, no al de cualquiera sino al mío, manteniendo mi edad actual, ser un espectador de lo que fue mi vida antaño.

             El pensamiento se detuvo pensando un buen rato en la posibilidad y a su vez me hizo pensar en si valdría la pena volver a revivirlo. El pensar en que el retorno no sería de un momento en especial o en específico sino a todo el recorrido, me fue frenando de entrada, advirtiendo que en conjunto mi vida ha sido buena, más de uno podría envidiarla, pero sí, con todos los ires y venires ha sido una buena vida. 

Pero aún así valdría la pena retomarla, me pregunto ahora. El ir del hoy al ayer me da como cosa. Pensar en que mis niñitos cada uno tiene unos cincuenta carritos y verme ante la diferencia de niñez de ayer, la mía y la de hoy, la de ellos, debe causar algo de trauma, me digo, al no haber tenido tal cantidad de juguetes, por ejemplo. El enfrentar mi pasado con el transcurso del tiempo al mismo tiempo, verme sin teléfono y luego con celular, de la manualidad a la tecnología, de no tener, por no existir el computador, a tenerlo y haber vivido todas sus transformaciones hasta ahora, eso ha de ser traumático, tanto como un nieto preguntando que cómo fue posible que uno creciera sin internet. Tan traumático como el encontrarse con compañeros de colegio cincuenta y pico de años después de haberles perdido la pista. 

Porque pensaba que ese volver al pasado ha de hacerse teniendo conciencia de los años transcurridos y de los momentos vividos y de uno viendo un retrovisor en donde no se reconoce, porque ya ni se acuerda de cómo era uno de niño, de joven o de padre, solo se ve como se es actualmente, lleno de recuerdos y de vejez, entre otras cosas. 

Por eso no me gustaría volver al pasado. Me basta con el recuerdo. 

—La foto es antigua —dijo.

—Muchas cosas son antiguas —repliqué—. Uno no puede permanecer joven y guapo eternamente.[1] 

 

Hay entusiasmos que resultan patéticos a partir de cierta edad.[2] 





[1] Los atormentados. John Connolly.

[2] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo


viernes, 13 de marzo de 2026

PALABRAS

             El paso de los años creo que ya ha hecho mella en mí. Las palabras que antaño conocía se han ido evaporando de mi léxico, me han ido abandonando y de las posibles mil que conocía, hoy con cincuenta se bandea mi día. Cada vez más la lectura me lleva a acudir al diccionario para refrescar el viejo conocimiento, sean palabras como ignominia o enclave, solo quedaban un lejano recuerdo de lo que podían significar. A Dios gracias la tecnología y los libros electrónicos permiten acudir al diccionario con solo hacer un clic y luego volver a la lectura en donde se estaba. Y esto me llevó a pensar que hoy ya ni diccionario tengo, como en el pasado su permanencia me acompañaba y de enciclopedias ni hablar, todo gracias a la tecnología. Sin motivo de queja.

             Pero sí, las palabras elocuentes, las que demostraban un poco de cultura me han ido abandonando, hasta que supongo llegue el momento en que bastará un sí o un no, un sí me la tomé o se me olvidó tomarla. Frases concretas a eso llegaré, supongo.

             Y en dónde habrán terminado todas esas palabras, viejas conocidas. Al parecer con todos aquellos nombres que en una época aprendí y que hoy, a más de innecesarios, quedaron en el olvido, por ejemplo el Neftalí Ricardo Reyes Basoalto[1] o Lucila de María Godoy Alcayaga[2]. El pluscuamperfecto, la copulativa y la disonancia se fueron disolviendo y ya a nadie le importa, con memes, smiles y emotics hoy todo se soluciona, pues hasta la ortografía más básica poco importa, pareciera que estamos condenados a volver a la era de los jeroglíficos y yo, llegaré a los concretos y me sobrarán las palabras.

             Vaina tan ruin, me conduelo. 

Y un náufrago siempre es un hombre alegre, al menos hasta que se detiene a pensar.[3]

Tomado de Facebook
521352029_732475626234602_3621430291001559269_n


[1] Logré recordar que así se llamaba Pablo Neruda.

[2] Gabriela Mistral. Ambos chilenos y, cosas curiosas, poetas.

[3] El silbido del arquero. Irene Vallejo.