Me dio por la literatura colombiana actual y buenos libros me he leído, tratando de entender la idiosincrasia colombiana, teñida naturalmente por una Mezcla única e inexplicable, la que se da en el carácter y en la forma de actuar de los conquistadores españoles. Piadosos y creyentes, como por entonces sólo lo eran los cristianos, invocan a Dios de todo corazón y al mismo tiempo cometen en su nombre las atrocidades más vergonzosas de la Historia. Capaces de los más magníficos y heroicos méritos del valor, del sacrificio, y con una gran resistencia frente a las privaciones, se enfrentan y engañan unos a otros del modo más escandaloso. Y en mitad de sus bajezas, aún hacen gala de un marcado sentimiento del honor y de un sentido prodigioso y verdaderamente admirable de la magnitud histórica de su misión.[1]
Y hasta me encuentro con una explicación, en política particularmente, que no entendía bien y Zweig me la explicó: … en contadísimas ocasiones a lo largo de todos los tiempos, llevado por un peregrino humor (la historia) se echa a los pies de algún indolente. A veces, y éstos son los momentos más asombrosos en la historia universal, el hilo de la fatalidad cae durante una fracción de segundo en unas manos por completo incompetentes[2]. Esa puede ser la mayor desgracia que le puede pasar a un pueblo, espero no volverme a encontrar a un indolente como el que está saliendo ya del poder.
Sin embargo, “Creo en el poder liberador de la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción pues así como hay palabras liberadoras también las hay destructoras, palabras que yo llamaría irremediables porque aunque parezca que se las lleva el viento, una vez pronunciadas ya no hay remedio, como no lo hay cuando le pegan a uno una puñalada en el corazón buscándole el centro del alma”.[3] De ahí que a veces, contadas veces, debo moderar mi lenguaje y me toque recurrir al tan odiado eufemismo, pero es lo que hay.
Lo que me llevó a recordar unas palabras de Feliza Bursztyn, que en un escape de sabiduría colombiana, de aquella que es contradictoria pero que no requiere de mayor explicación por lo inconexa que es de por sí, encontró que le bastó con cuarenta minutos de una clase de Introducción a la Psicología para ponerse de pie en medio de una frase del profesor y caminar hacia la puerta, los cuadernos agarrados contra el pecho y la cartera pequeña bamboleándose entre los pupitres de los otros. «¿La señorita va a alguna parte?», le dijo el profesor. «Lo siento», dijo ella, «pero no puedo quedarme en su clase». «¿Y por qué, si puede saberse?». «Porque todos ustedes tienen un problema». «¿Ah, sí? ¿Y cuál es el problema?». «Ah, eso no lo sé», dijo Feliza. «Pero que lo tienen, lo tienen. Y están tratando de arreglarlo lidiando con los problemas de los otros».[4]
… la gente no entendía, Feliza, aquí los críticos estaban todavía elogiando a Van Gogh, y eso si hubiera críticos, pero no, Feliza, tampoco hay críticos, porque no vamos a pisarnos las mangueras. Los bogotanos eran demasiado hipócritas, demasiado zalameros, demasiado taimados para que el oficio de la crítica echara raíces aquí. No era tanto que se premiara la mediocridad, le decía, sino que se castigaba cualquier cuestionamiento, como si los artistas fueran niños chiquitos y hubiera que protegerles la sensibilidad, no vaya a ser que se pongan tristes; y cuando se hacía algo que pareciera crítica, generalmente era para enmascarar otras emociones, la envidia o el resentimiento o la simple frustración de los mediocres. [5]
Nada sorprendente, por otra parte, en este país amnésico y obsesionado con el presente, este país narcisista donde ni siquiera los muertos son capaces de enterrar a sus muertos. El olvido era lo único democrático en Colombia: los cubría a todos, a los buenos y a los malos, a los asesinos y a los héroes, como la nieve en el cuento de Joyce, cayendo sobre todos por igual. Ahora mismo había gente en toda Colombia trabajando con tesón para que se olvidaran ciertas cosas —pequeños o grandes crímenes o desfalcos o tortuosas mentiras—, y Mallarino podía apostar a que todos, sin excepción, tendrían éxito en su empresa. También a Ricardo Rendón lo habían olvidado. Ni siquiera él había logrado salvarse. Tal vez también en esto tenía razón Rodrigo Valencia: no servía de nada. ¿De qué sirve?, había preguntado él, y se refería a otra cosa, por supuesto, pero había logrado que Mallarino retuviera la pregunta y se la hiciera ahora, con algo de melancolía: ¿de qué sirve? [6]
Tal vez porque necesitamos … alguien que les diga qué pensar.» «No seas ingenuo», le dijo Magdalena. «La gente ya sabe lo que piensa. La gente ya tiene su prejuicio bien formado. Sólo quiere que alguien con autoridad le confirme el prejuicio, aunque sea la autoridad de mentiras que tienen los periódicos. Ahí está tu prestigio, Javier: le das a la gente con qué confirmar lo que ya piensan.»[7]
Aunque también era cierto que en las redes nada se olvida, y todo esto seguiría disponible en diez o quince años para que la niña, que para entonces ya no sería una niña, lo consultara y supiera. Porque las redes no olvidan nada; en ellas sólo son efímeras las buenas noticias, las satisfacciones y los pequeños o grandes éxitos, mientras que los errores y las culpas y los diversos traspiés y las palabras descuidadas, todo aquello que mancha una vida, permanece alerta, agazapado y listo para saltarnos a la cara. La mancha no se va, no se limpia nunca por completo, aunque podamos esconderla o disimularla, y basta que entre en contacto con las sustancias adecuadas para que aparezca de nuevo en la tela pulcra de nuestra vida.[8]
Es inconcebible, pero sí, hay gente capaz de creer en mentiras del tamaño de una catedral que no son más que un intento de capturar mentes ingenuas o de alimentar con odio cerebros ya previamente lavados por la ideología.[9]
Y nada más pensar en este vaticinio: … No sé, no sé. Yo no quiero más líos». Marta (Trava) tenía los ojos llorosos, pero no de miedo, pensó Feliza, sino de rabia. «No quiero salir a la calle mirando por encima del hombro. Qué locos, qué locos están todos. Qué gente enferma, te lo digo yo, es como para mandarlo todo a la mierda. Esto es barbarie, no tiene otro nombre. Aquí no hay ideas, no hay debate: hay violencia, violencia pura, violencia en todas partes. Y ganaron los violentos. Nadie me ha hecho nada, Feliza, nadie me ha marcado la cara todavía, pero ya consiguieron que me callara: ya ganaron los violentos. Y un día te va a tocar también. Un día te va a tocar lidiar con esto. No sé qué es, no sé de qué se trata exactamente, pero un día te va a tocar. Vos acordate de mí»[10].
A la mente se le ocurren muchas ideas locas que son pura basura, tonterías mágicas que hay que desechar, montones de idioteces con las que uno, que se supone que es el dueño de esa mente, no está de acuerdo. Sin embargo, las cosas locas que se le ocurren a la mente son imposibles de controlar porque el cerebro (así como los ojos ven imágenes donde no las hay) dispara fantasías a toda hora por tratar de entender lo incomprensible. Y cuanto más se envejece, o más bien, cuanto más uno se permite envejecer y deja de tener la mente alerta (estar alerta es ser un cazador de espejismos y mentiras, un escéptico), peor, pues cada vez se le ocurren más locuras que son mucho más difíciles de descartar, una tras otra, a toda hora. Todos los viejos corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos de niños, pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me ocurría en la infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me siento amigo de ellos, me gustan, y algo es algo.[11]
De un
tiempo acá se me olvidan los temas de los que hablo. ¡Ni recuerdo cuando
hablaba de corrido! Cada vez me pasa con más frecuencia: por ir tan rápido las
ideas se me desparraman en el cerebro. Como dice un amigo, inhalo pero no
hilvano. Sucede porque mi cerebro anda a mil. ¿Ya se lo dije? ¡Qué importa![12]
… me la pillé de reojo como queriendo decirle “No alentés a mi bestia interna
que, como la de Adán, fue hecha de barro, así que mi voluntad también se
resquebraja”[13]. …
soy tan astuto que cuando pienso mucho yo mismo me preocupo: me doy cuenta
incluso de lo que no debo[14].
Y eso
que pensando que el único momento que tiene un hombre para estar consigo
mismo es cuando está cagando[15].
Eso me lleva a pensamientos profundos, que naturalmente no he sabido escribir, pero que otros lo han hecho por mí, al ser mejores escritores y famosos, por demás. Como por ejemplo, la siguiente muestra:
En todo caso, si existe un único Dios y este
es todopoderoso, infinitamente bueno, y además ama a los seres humanos, ¿por
qué hay tanto sufrimiento en la Tierra? ¿Cómo compaginar las bondades de la
creación y de la providencia con la muerte de tantos inocentes? La alegría de
quienes ganan una batalla se basa en la aniquilación (es decir, en la
desgracia) de sus oponentes. Y si Dios es Dios para todos, ¿cómo se explica que
el alborozo de unos sea la pena de los otros? Según la respuesta que demos a
estas preguntas tendremos una visión del mundo optimista, pesimista o trágica. ...
Si uno considera que la naturaleza no es buena ni mala, sino indiferente (que
al cosmos le tiene sin cuidado el bienestar de las personas)[16].
El problema de la existencia del mal en el mundo es tan complejo como antiguo. Desde el muy pío Libro de Job, en el Antiguo Testamento, e incluso antes, siempre ha sido un misterio que haya tantas enfermedades, accidentes, epidemias, cataclismos, guerras y catástrofes en la Tierra que habitamos. Si las desgracias se ensañaran con personas malas o éticamente despreciables, el mal podría interpretarse como justicia divina; pero que los males se ensañen también con personas que son un ejemplo de bondad y buen comportamiento produce una especie de estupor universal. ¿De qué nos sirve ser buenos si la naturaleza, o Dios, no discriminan entre buenos y malos? Y ¿qué importa ser malos si a veces los malos (los que nos engañan, nos roban, nos esclavizan, nos humillan, nos usan y abusan o nos exterminan) son quienes corren con mejor suerte y llevan las de ganar?[17]
De ahí que como repite el dueño del
restaurante chino que visito cuando tengo pa’l almuerzo, “Es muy difícil
encontlal un gato neglo en una habitación oscula, soble todo cuando no está.”[18]
Nunca más volví a saber de él y me pregunto “¿Cuándo es el último día que vemos a alguien?”, y me pregunto también si los caminos que se van bifurcando alguna vez se reencuentran, así sea en el infierno, o si tan sólo quedarán para siempre amarrados en algún tronco frondoso del pasado. Con los años he confirmado que sólo somos memoria. ¡Pura memoria y nomás que memoria! Por eso, en la medida en que envejecemos el corazón se va achicando al convertirse en una especie de cementerio de todos esos recuerdos que, por andar buscando tanto la felicidad, nos hicieron felices cuando no sabíamos que éramos tan felices[19].
Por lo que concluyo: ¿Cómo se le vende
esperanza a un fulano que carga como calvario toneladas de mierda?[20]
El ser humano es el único animal que se odia a
sí mismo. KURESHI
“Hagas lo que hagas y pienses lo que pienses de
una cosa puedes estar seguro: siempre estás jodido. Ahora, mañana, la otra
semana y al año siguiente, hasta el fin de los tiempos. Jodido”. JACKY
VANMARSENILLE, Bullhead[21].
[1] Momentos estelares de la humanidad.
Stefan Zweig.
[2] Momentos estelares de la humanidad.
Stefan Zweig.
[3]
Palabras de Fernando Vallejo,
El desbarrancadero. Cita de De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez
Baute.
[4] Los
nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.
[5] Los
nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.
[6] Las
reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.
[7] Las
reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.
[8] Canciones
para el incendio. Juan Gabriel Vásquez.
[9] Ahora y en la hora. Héctor Abad
Faciolince.
[10] Los
nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.
[11] Ahora y en la hora. Héctor Abad
Faciolince.
[12] De dónde flores, si no hay jardín.
Alfonso Sánchez Baute.
[13] De dónde flores, si no hay jardín.
Alfonso Sánchez Baute.
[14] De dónde flores, si no hay jardín.
Alfonso Sánchez Baute.
[15] De dónde flores, si no hay jardín.
Alfonso Sánchez Baute.
[16] Ahora y en la hora. Héctor Abad
Faciolince.
[17] Ahora y en la hora. Héctor Abad
Faciolince.
[18] De dónde flores, si no hay jardín.
Alfonso Sánchez Baute.
[19] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso
Sánchez Baute.
[20] De dónde flores, si no hay jardín. Sánchez
Baute.
[21] Citas de De dónde flores, si no hay
jardín. Alfonso Sánchez Baute.





