Algún día me dio por recordar la historia de mi vida, tratando de reconstruir cronológicamente al menos los sesenta años anteriores, ya que setenta no era posible, por la imposibilidad o la inexistencia del recuerdo de mis primeros años de vida, además de que deben estar contaminados por recuerdos ajenos de quienes pudieron haberme conocido en su momento y de los que pude oír en el tiempo, por lo que no sería fehaciente entrar en ellos.
Pues bien, no me fue ni me salió bien el experimento. Las imágenes secuenciales no me llegaron, saltaban imágenes difusas, de niño, de estudiante, de niño, de adulto, de viejo, de niño, de trabajador, de universitario, de joven. Nada más baste con que cada cual haga un ejercicio mental de rememorar el entretiempo entre los quince y los dieciséis años de edad y verán que todo se distorsiona y aparecen lo que parece que es pero que en realidad no es, pues se confunden épocas y hechos, es decir, todo un caos mental. Todo es imprecisión, difusión, incongruencia, como cualquier sueño sin razón.
Traté de enfocarme entonces en una sola época, la de infancia entre los siete años, edad que me enseñaron que uno adquiría el uso de razón, vaya uno a saber qué querían decir. Pero nada, a pesar de ser un período de aproximadamente cuatro años, solo retazos inconexos, en los que no distinguí si eran ciertos, si al menos no eran producto de mi imaginación. Intuí la juventud, más trazos, más disparidades, menos coherencia. En mi terquedad traté de rememorar los años universitarios, más cercanos a los anteriores y más inolvidables, pareciera, pero solo logré traer a la mente los salones, sillas, atril sin ocupante determinado, una lista de materias, pero nada concreto que me diera una iluminación del recuerdo de toda esa etapa, cinco años para precisión. Pensamientos saltarines creo que atiné a pensar.
Me dije que sería porque eso aconteció hace más de cuarenta años. Entonces me enfoqué en el recuerdo de mi vida laboral, de treinta y pico de años, hechos que deberían estar más frescos. Pero nada de nada. Sí recuerdo que al menos pensé en cada entidad en la que había trabajado, la mayoría hoy extintas, y logré sí, recordar su ubicación, el piso y zona en donde estuve y hasta el diseño del cubículo en donde estuve, pero ninguna historia salió a flote, solo retazos, vagos recuerdos, equívocos como ubicar personajes que no eran de esa historia sino de otra, en una mezcla que me impidió fijar una historia concreta.
Ante esta situación decidí fijarme en los últimos años laborables, en este siglo y los de prepensionado, que uno supone que al ser más recientes están más frescos dentro del recuerdo. Supe qué hice, como una marco general y genérico, pero sin ninguna especificidad, tanto que era difícil recordar el año en que cada cosa pudo ocurrir.
Con todo esto, no me quedó más remedio que concentrarme en mi vida de pensionado. A duras penas recuerdo los viajes realizados en este tiempo, con imprecisión de fechas. Recuerdo rutinas, que por ser tales, difícil de olvidarlas por lo repetitivas que han sido, pero en que se presenta la imposibilidad de concretar fechas y lugares, pues a la rutina no le interesan esos detalles.
Ante todo esto, no me quedó más remedio que rendirme y reconocer que si la policía me pregunta qué estaba haciendo, por ejemplo el 24 de junio de 1999 (o de 2006, o de 1984 o simplemente de ayer), me veré en la obligación de decir, bajo la gravedad del juramento, que NPI[1] y que por eso soy mal testigo, pues no he podido ser testigo ni siquiera de mi propia vida.
… dejando
que los hechos comprobados se confundieran con imágenes que mi cabeza
construía, esos recuerdos imaginarios que son con frecuencia la única manera
que tenemos de visitar el pasado.[2]




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