lunes, 27 de abril de 2026

SIMILITUDES

                A mis manos cayó un libro escrito antes de los cuarentas del siglo pasado, antes de la segunda guerra mundial. Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia.[1] Por demás interesante en el que se muestran las personalidades de personajes que quisiéramos no haber conocido, pero lo curioso es que a través de la historia se vuelven repetitivos.

                Veamos por ejemplo a Hitler: Antes de las diez no ve a nadie. Los ministros esperan con frecuencia hasta mediodía. Habla continuamente, y rara vez escucha; con frecuencia charla hora y media sobre un mismo asunto, de modo que el despacho de las otras cosas tiene que quedar pendiente. Me hizo pensar en Petro.

 Ni Alemania es la única nación, ni Hitler el único hombre de Estado que hayan quebrado tratados, pisoteado la moral y oprimido pueblos, ni siquiera en la época actual. Pero es el único que ha hecho un principio de la amoralidad, y una religión de la perfidia. Nadie antes que él ha hecho proclamar por su ministro de Justicia: «Es Derecho lo que es útil a Alemania». Con él cesa, no sólo el Estado de Derecho, sino hasta la voluntad de vivir en un Estado de Derecho. Y además: Todo lo que se le repite constantemente a una multitud, escribe él también (Hitler), «lo mismo si es verdad que si es mentira», estará dispuesta a creerlo; sólo hay que repetir lo mismo siempre.

                Y me encontré en mi ignorancia el saber que en Nuremberg Hitler fue también un acusado, a pesar de su suicidio (afortunado para la humanidad) y curiosamente estas son palabras del fiscal del proceso: Por lo que acusamos a este hombre en nombre de la Historia es por la vacuidad de su ser, el nihilismo de su espíritu, la oquedad de sus discursos, la insensatez de sus ideales. Lo que le echamos en cara hoy es la mentira inmensa con que ha querido engañar a hombres y mujeres, familias y estirpes de un gran pueblo hondamente agitado en lo espiritual, sólo para superar el sentimiento de su propia inferioridad y para encontrar en el aplauso de millones de personas engañadas un sustitutivo de aquello que a su ser pequeño-burgués se le había cerrado para siempre. Nada de lo que acaba de exponer su defensor acerca de sus motivos es cierto; son pretextos fríos y meditados. Tenemos ante nosotros al más consumado farsante de la Historia moderna, y sólo un pueblo tan paciente y tan dócil a la voz de mando como el alemán ha podido dejarse engañar por él durante largos años. Mediante la astucia y la trampa, mediante una ilimitada capacidad de hablar y de mentir, consiguió el acusado, en un pueblo sin oradores y sin educación política, ser, primero, nombrado tambor mayor de un grupo de aventureros sedientos de poder, y elevarse finalmente a héroe nacional, con todos los trucos de la guardarropía. El pueblo más paciente y menos ejercitado en los negocios de Estado del mundo entero se sintió feliz de ver en la cúspide a un hombre que osaba armarle de nuevo, que le libraba de una breve e incómoda libertad y de una responsabilidad a la que no estaba habituado, y que volvía a darle banderas y música, ordenación y jerarquías, sin lo que la mayoría de los alemanes no encuentran sal a la vida. Mientras que todo esto lo lanzaba envuelto en un manto de mística nebulosa, encontró a la multitud. Quizá su mayor promesa consistió en que habría de fundar la dominación de un caudillo de vándalos con ideas de pensadores. El hombre que se encuentra aquí ante vosotros, señores jueces, no ha sido nunca salvador ni libertador de su pueblo. Hay un tremendo engaño en el fondo de sus actos que han conmovido al mundo. Le acusamos porque la suma de miseria que ha concitado, no ha reconocido el servicio de ninguna idea, de ningún espíritu ni genio alguno, sino el servicio de un alma estrecha, insegura, que busca masas gigantescas para olvidar su limitación. Le acusamos porque ha asfixiado los talentos de su pueblo para hacerse empujar hacia arriba por sus debilidades. Le acusamos en nombre de la Humanidad porque él, que produjo este mar de lágrimas, no deja tras de sí otra cosa que la figura y el rostro de un Cagliostro, quien, por otra parte sólo movió a los hombres por su dinero.

El acusado, al contrario, ha robado a hombres innumerables todos aquellos bienes que significan la felicidad. No ha considerado en nada la vida humana, y sólo se ha cuidado de proteger la suya. Ha reducido la propiedad de todos, y sólo la suya y la de sus amigos ha aumentado. De todas las libertades, sólo ha guardado y aumentado la suya propia. Para crear la sugestión de un Emperador medieval, ha arruinado a un pueblo. Si inclinándose en su favor se le considera un enfermo mental, habría que castigar entonces a todos los cuerdos que le han obedecido, y ello sería absurdo. La lógica y la astucia que transparece en el fondo de sus fingidos éxtasis, demuestra que no lo es. Pues, como todos los histéricos, fue frío y claro, siempre que así le convenía. Por eso su engaño terminaba al llegar a su conciencia, y él no sucumbía a sus humores salvajes, a los que sucumbían los demás. Pues como en lugar de una gran ambición le impulsaba sólo la vanidad quejosa, permaneció siempre dentro del camino de su «yo», sin ponerlo nunca en peligro. Al emplear la mentira no simplemente como medio de lucha, sino elevándola, según sus palabras, a dogma de la influencia sobre la opinión, ha educado en la mentira a un pueblo que no es peor que los otros; lo ha inducido a martirizar y matar a ciudadanos inocentes a causa de su fe. Sigo pensando en Petro, qué similitud.

 Si alguna vez la Humanidad ha tenido derecho a pedir todo el castigo para un solo individuo; si alguna vez la Historia se ha alzado reclamando una alta justicia, es en este caso. Señores jueces: el acusado de la Humanidad se encuentra ante vosotros.  Y curiosamente Petro viene a mi memoria, ojalá que luego de que deje el poder sea sometido a un verdadero juicio, por... tantas cosas que se le podrían endilgar.

 Como dijo Cicerón: Como es natural, ninguno de estos grandes héroes militares confía en los otros. Demasiado a menudo se han llamado unos a otros en sus proclamas mentiroso, canalla, usurpador, enemigo del Estado, bandido y ladrón, como para no estar al corriente del cinismo de los otros. Pero a quien está hambriento de poder sólo le importa ejercerlo y no la opinión de los demás, únicamente el botín y no el honor.[2]

 Naturalmente todos somos responsables, por activa o por pasiva, y aún seguiremos repitiendo la historia: Todas estas pesquisas, búsquedas y revelaciones podían llevarnos de nuevo en esa dirección, hacernos regresar a la evidencia de que ningún ser humano está del todo bien. Nuestros corazones y nuestras mentes no sólo están cubiertos porque son frágiles, sino también porque albergan a veces un horror y una depravación que nadie soportaría contemplar.[3] 

                Todo eso se aplica a Petro, a Stalin, a Mussolini y a tantos dictadores depravados que la historia nos ha traído y de los que no podremos huir, porque siempre la estupidez humana hará que sean seguidos como ciegos en rebaño. 

Pero en la Historia, como en la vida del hombre, el lamentarse no devuelve una ocasión perdida. En miles de años no se repone lo que se pierde en una sola hora.[4] 

Tomado de Google
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[2] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.

[3] Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia. Emil Ludwig.

[4] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.

viernes, 24 de abril de 2026

PREGUNTAS

                Me ha llamado la atención las preguntas finales que se le hacen a los escritores cuando son entrevistados. Qué libro te ha marcado. Qué persona o personaje ha influido en ti. Cuál es el libro que recomiendas o que ha ejercido mayor influencia en ti. (Ahora las entrevistas se hacen tuteando).

                Si yo fuera un famoso escritor, no tendría respuesta alguna. He leído tanto que cada libro me ha dado una respuesta, me ha generado una inquietud o ha pasado intrascendente. He releído unos cuantos libros, es verdad, pero que me haya marcado, creo que ninguno, ni aún habiendo leído todas las obras de Saramago, de la Allende, Verne, Coelho, por citar algunos. Y ni qué decir de los autores de novela negra, a lo que ahora me dedico. Marcado… más bien he sido yo el que ha marcado los libros leídos, con las subrayadas de frases que me llegan a gustar o me invitan a reflexionar, pero en concreto, nadie.

                Y qué personaje o persona ha influido en mi vida… Otras pregunta siniestra. En concreto, ninguno, muchos me han enseñado, me habrán guiado por el lento trasegar de la vida. La influencia ha sido social, laboral, familiar, pero determinante como para que yo sea yo, no lo veo claro como para poder contestar acertadamente una pregunta que realmente termina incomodando o cuya respuesta se improvisa en el momento, pienso ahora.

                Y qué libro me ha influido, es otra pregunta que no tiene respuesta, al menos para mí. Y podría citar muchos para demostrar que he leído bastante y he releído algunos más, pero eso no puede responder a uno en particular que haya sido el determinante.

                Tal vez por eso no sea escritor ni famoso y lo curioso es que muchas veces se oyen discursos rimbombantes al responder y pocos los que pueden reconocer una respuesta negativa, como la que expreso. 

 

La mayoría de los hombres y las mujeres pasan desapercibidos durante su estancia en la Tierra. Sus vidas están marcadas por una callada desesperación. Nacen, existen durante un tiempo, con sus particulares pasiones, amores, sueños y desgracias, y luego se mueren. Sin que casi nadie se dé por aludido. Patrick, hay billones de gente así a lo largo de la historia, gente que ha vivido sin dejar la menor huella, gente que tanto daba que naciera o no.[1] 

 

Tomado de Facebook
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[1] Abrázame, oscuridad. Dennis Lehane.

miércoles, 22 de abril de 2026

MURPHY

                Como en alguna oportunidad mencioné, en mis ratos de ocio laborales, con la reciente aparición del Internet, me dediqué a coleccionar las llamadas leyes de Murphy, escrito al que en algún momento le dedicaré más atención para ver si sale de él un libro, es un principio del desocupado, me digo, si sigo la línea que vengo tratando. 

               Y quién era ese Murphy y cómo se dedicó a sacar tantas leyes aplicables a todos los campos? Lo que tenía en la cabeza no era nada de lo que pensaba, el señor Edward Aloysius Murphy era un ingeniero espacial que en una prueba, siendo especialista en sistemas de seguridad críticos dijo: "Si hay varias maneras de hacer una tarea, y uno de estos caminos conduce al desastre, entonces alguien utilizará ese camino", que luego se tradujo popularmente en: Algo que pueda ir mal, irá mal en el peor momento posible[1]. Y en cuanto que Edward Murphy hubiera sido el autor del resto de leyes, nada qué ver, sólo hizo esa apuntación transcrita y a partir de allí surgieron la infinidad de leyes a él atribuida[2]. Y aunque no lo quisiera le concedieron, a título póstumo, el Premio Ig Nobel de Ingeniería en 2003. Otro producto del ingenio humano es ese premio IG: Los Premios Ig Nobel son una parodia estadounidense del Premio Nobel. Se entregan cada año a principios de octubre para reconocer los logros de diez grupos de científicos que «primero hacen reír a la gente, y luego la hacen pensar». Organizado por la revista de humor científico Annals of Improbable Research (AIR), los premios son presentados por una serie de colaboradores que incluye a auténticos Premios Nobel, en una ceremonia organizada en el Sanders Theatre, de la Universidad de Harvard. «Los premios pretenden celebrar lo inusual, honrar lo imaginativo y estimular el interés de todos por la ciencia, la medicina, y la tecnología»[3]. Vea pues lo que uno viene aprendiendo y de las curiosidades de las que uno viene averiguando. 

               Pero bueno, lo que hay se conoce como leyes de Murphy no son producto de su ingenio, salvo la primera citada … él no pronunció todas las frases, leyes y corolarios que hoy se conocen bajo ese nombre. (…) Con el tiempo, la frase se transformó y popularizó en la cultura popular como "Si algo puede salir mal, saldrá mal". Las otras frases: La inmensa mayoría de las "leyes de Murphy" graciosas o cotidianas (ej: "la tostada siempre cae del lado de la mantequilla") son corolarios, máximas y principios añadidos posteriormente por otras personas y recopilados en libros o humor popular, no por el propio Murphy[4]. En resumen, Edward Murphy sentó la base lógica de la ley, pero el folclore popular ha creado cientos de variaciones que él nunca dijo. 

               Qué tan ignorante me ha hecho ver el tema, pero me consuela con saber que no hay edad en la que no se aprenda, si se quiere. 

               Y a partir de esa idea original a su alrededor se fue creando una serie de ingeniosas sentencias, cortas, jocosas pero que llevan a la reflexión. Y de la ley empezaron a surgir corolarios, teoremas, reglas, hipótesis, observaciones, variantes y definiciones alrededor de un mismo tema, cada cual más jocoso, más venenoso pero más preciso con las verdades que les rodean.

                Para la muestra un botón y que sólo hacen referencia a la actividad laboral, unas pocas porque el ingenio humano ha generado muchas más y cada cual curiosa en su respectiva medida.

 Es imposible hacer algo a prueba de idiotas, porque los idiotas resultan siendo muy inteligentes[5].

 Errar es humano. Echarle la culpa a otro es más humano todavía[6].

 Cuando un subordinado tuyo te plantee una cuestión pertinente y difícil, mírale a los ojos como si hubiera perdido la razón; en cuanto baje la mirada, repítele la pregunta como si fuera tuya.

 Si hay alguna vía para demorar una decisión importante, la burocracia dará con ella.

 Las comisiones: a) No hables hasta pasado un buen rato, esto te hará adquirir fama de sabio. b) Procura ser lo más impreciso posible, así evitarás irritar a los demás. c) Si dudas qué decisión adoptar, apresúrate a proponer que se nombre a una comisión. d) Sé el primero en sugerir que se levante la sesión. Es lo que todos están esperando.

 Cuando todo falle, intente lo que sugirió el jefe[7].

 En el trabajo, cuando vayas a preguntar qué persona ha hecho un cosa, esa persona estará de vacaciones.

 Si llevas toda la mañana sentada en tu mesa y decides dedicarte cinco minutos para ir al water porque ya no puedes aguantar más, cuando hayas vuelto te habrán dejado tres recados en el contestador, tu jefe se habrá enterado por las quejas de los que han llamado y te echará una bronca de campeonato.

 En los trabajos en grupo siempre algo irá mal y, por supuesto, la culpa ha sido tuya.

 

La última persona que se marchó o despidieron de la empresa, será la que tenga la culpa de que todo vaya mal... hasta que despidan a otra[8].

 Nunca seas el primero.  Nunca seas el último. Nunca te presentes voluntario[9]

 Cada organización incluye un determinado número de puestos a ocupar por incompetentes[10].

Corolario: Cuando un incompetente se marcha reclutarán a otro.

                A pesar de lo jocosas que suenen las frases, muchas de ellas las viví en su momento, una razón de más para poder decir qué tan ciertas son. 

Como te ves, me vi;

como me ves, te verás.

Att. Ex-burócrata

Tomado de Google


[1] Ley de Finagle sobre la Negatividad Dinámica (también conocida como Corolario de Finagle a la Ley de Murphy)

[2] Murphy era infeliz con la interpretación banal que se hacía de su ley, que es vista como capturando "el espíritu de contradicción" esencial de objetos inanimados. Murphy consideraba a la ley como la cristalización de un principio clave de diseño defensivo, en el cual siempre se debe considerar el peor de los escenarios posibles. Murphy, según relatos de su hijo, consideraba a muchas versiones jocosas de la ley como "ridículas, triviales y erróneas". Sus tentativas fracasadas de hacer que la ley fuera tomada más en serio sólo lograron convertirlo en una víctima de su propia ley. Wikipedia.

[3] Wikipedia.

[4] Visión general creada por IA.

[5] Cuarto Corolario de la Ley de Murphy:

[6] Ley de Jacob:

[7][7] Ley de Strano:

[8] Sexta ley de Murphy sobre la oficina.

[9] (Ley del señor Caqui)

[10] Ley de la desviación organizativa


viernes, 17 de abril de 2026

IMÁGENES PASADAS

                Un nuevo libro cae en mis manos: Burócrata imperfecto de Wilson Orozco[1], que me llevó a mis años laborales y ver cómo se movía esa rueda que llamamos trabajo, que no es el rudimentario, que mucho esfuerzo conlleva, ni el intelectual que lleva a la profundidad, sino del trabajo de empleado de escritorio, en donde vi y viví multitud de experiencias y vi cantidad de inútiles y de trámites inútiles, claro está. Como se ve, siempre me han molestado los ignorantes y más los que se creen inteligentes, pero eso ya es otra cosa. El libro lo resume de manera sencilla:  Eso sí, siempre simulando que estás trabajando. Recuerda que quien es bueno para engañar ya no necesita ser bueno para nada más. Recuérdalo solamente. No lo digas. Eso es de mal gusto y caería muy mal entre quienes sí creen en el trabajo duro y esforzado. O que por lo menos simulan creerlo. 

                Y me llevó al recuerdo de los comités, en los que de una u otra manera con el tiempo lo van a uno involucrando sin ninguna querencia. Esos comités los supe odiar, horas para no decidir nada y darle vueltas a un asunto que se resuelve con la sola palabra de quien es el jefe. Algo que puede ser decidido en unos minutos se transforma en horas de indecisión, el mal sabor del tiempo perdido.

                Sinceramente cómo los odié, muy pocos a los que asistí merecían la asistencia. Otra curiosidad de los comités, nunca empezaban a tiempo, quien lo presidía nunca era cumplido, llegaba con demora, afanado y excusándose porque había alguna cosa urgente que le retuvo, como si fuera verdad y dicho como si todos le creyeran. La calidad del jefe definitivamente se define por la puntualidad y la concreción, muy pocos de esos tuve. Lo otro, los citados van llegando a cuentagotas y mientras se inicia hay como media hora para las trivialidades, de cómo le fue el fin de semana, qué hizo y los chismes del día. Y luego, luego empezar a perder el tiempo teniendo uno mejores cosas qué hacer, como sentarse en la oficina a leer. Eso me recuerda unos grafitis, de los que recopilé en mis momentos de ocio, que terminaban siendo muchos, como el que decía:

 Muchos funcionarios públicos descansan en jornada continua. Y de allí a que: Una burocracia le resulta finalmente al pueblo siempre más costosa que una clase alta. O estos otros: Experiencia es lo que conseguimos cuando no conseguimos lo que queremos. Experiencia es el nombre que le damos a nuestras equivocaciones. Y con los comités: Si algo parece fácil, es difícil; y si parece difícil, es imposible.

 Y de estos grafitis me llevaron a las leyes de Murphy y sus diferentes variantes, generalmente sabias y olvidadas (colección que igualmente recopilé en mis ratos de ocio laboral, he de confesar sin rubor) y que condensan claramente a lo que me refiero.

 La persona más poderosa de una organización tiene tendencia a emplear su tiempo en asistir a reuniones y firmar cartas[2].

Una reunión es un acontecimiento en el que se cuentan los minutos y se pierden las horas[3].

Cualquier problema sencillo se convierte en insalvable si se hacen las suficientes reuniones para discutirlo[4].

Cualquier problema sencillo se convierte en insalvable, si se hacen las suficientes reuniones para discutirlo[5].

          Cierra siempre la puerta del despacho. Esto coloca las visitas a la defensiva y hace que siempre parezca que estés en una reunión importante[6].

S        Si haces alguna cosa convencido de que todos lo agradecerán, habrá alguien que lo encontrará mal hecho[7]. O su variante: Si explicas una cosa con toda claridad para que todos lo entiendan habrá alguien que no lo entenderá. De allí la Paradoja de Murphy: Hacerlo del modo más difícil siempre resulta más fácil. Porque No hay ningún trabajo tan sencillo que no pueda hacerse mal[8].

 Y tratando de comités, comisiones y demás inventos gerenciales tenemos por ejemplo, las siguientes verdades: El número de gente que forma cualquier grupo de trabajo tiende a aumentar, al margen de la cantidad de trabajo que se haga[9].

                Y qué decir sobre los seminarios a que me mandaban, para actualizaciones, inútiles, por demás, o de esas a las que había que mandar a alguien y uno era el elegido. Otro mal que soporté, aunque lo supe hacer. Me sentaba en los últimos asientos, cerca de la puerta, dejaba que el expositor iniciara su charla y al cuarto de hora ya lo tenía calibrado y sabía si era o no pérdida de tiempo quedarme. Si lo era, al primer descuido partía en huida a hacer cualquier cosa menos perder el tiempo oyendo babosadas y lo digo sin rubor, pero logré huir de muchos; si expedían certificados pues volvía a en la tarde para reclamarlo y listo el paseo.

                Es que el ser empleado requiere de mucha maña y saber hacerlo. Por eso logré subsistir en la burocracia por cerca de treinta y pico de años. Y eso que no me consideré un inepto, hacía lo que tenía que hacer y procuraba hacerlo bien, es mi consuelo. 

El trabajo en equipo es esencial, te permitirá echarle la culpa a otro.[10]

Tomado de Google


[1] He de ser sincero, no logré pasar del cuarto o quinto capítulo. Uno de esos libros en los que uno termina con el mal sabor de haber perdido el tiempo leyéndolo y eso que dice ser profesor en la Universidad de Antioquia.

[2] Ley de Oeser.

[3] Axioma de Gourd.

[4] Ley de Mitchell sobre las comisiones:

[5] (Ley de Mitchell sobre las comisiones)

[6] (Quinta regla de Spark para los ejecutivos)

[7] (Primer corolario de Chislom)

[8] Ley de Perrusel.

[9] Cuarta ley de Parkinson.

[10] Ley de los Grandes Grupos de Repoort (Anexo II)


miércoles, 15 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO III

                Para culminar con el tema[1], vienen unas últimas curiosidades.

 Cuando las campanas repicaron en Europa en los últimos momentos del 4 de octubre de 1582, el calendario hizo algo que no había hecho desde la época de Julio César: se saltó 10 días, al menos en aquellos países que obedecieron la bula papal.

Los que vivían en lo que habría sido el 5 de octubre perdieron de repente diez días de su vida, según el nuevo calendario de Roma. Esto inquietó sinceramente a las personas, que pensaron que, de alguna manera, les habían robado esos días.

 Y ello ocurrió cuando el Papa ya no tenía la última palabra, porque la reforma y la contrarreforma hicieron que perdiera su poder, a pesar de que lo tuvo por algunos siglos más, afortunadamente hoy ya diluido por el tiempo, la historia y el conocimiento. A Dios gracias. Por eso tanta reticencia para adoptarlo, no porque estuviera demostrado que científicamente era así, sino porque protestantes, ortodoxos y demás gamas religiosas solo querían llevarle la contraria al papado. Gran Bretaña no fue el último país europeo que cambió. Suecia cambió el año siguiente, 1753. Luego hay un largo periodo, pues los países balcánicos fuertemente apegados a la ortodoxia griega esperaron hasta principios del siglo XX. Bulgaria hizo el cambio en 1912, 1915 o marzo de 1916, ya que las distintas fuentes de información no están de acuerdo. Letonia, Lituania y Estonia se convirtieron alrededor de 1915, durante la ocupación alemana; Rumania y Yugoslavia hicieron el cambio en 1919. Rusia esperó hasta 1918, después de la Revolución bolchevique, pero tuvo que quitar 13 días (del 1 al 13 de febrero) para saldar los días de diferencia con el calendario juliano que había acumulado 336 años después de la reforma gregoriana. Grecia no reformó su calendario civil hasta 1924. La mayoría de países y pueblos de fuera de Europa no reaccionaron al nuevo calendario en las décadas y siglos que siguieron a 1582, con la única excepción de América, donde España y Portugal impusieron la reforma a los pueblos que habían conquistado, es decir, aztecas, incas y mayas, cuyos progresos en astronomía y en calendarios casi fueron suprimidos por los europeos, aunque en la actualidad hay grupos mayas aislados que siguen utilizando su antiguo calendario. Más tarde, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y otras potencias coloniales impusieron su calendario a los indios de América del Norte. En Asia, los japoneses adoptaron el calendario gregoriano en 1873, durante el periodo de occidentalización de los emperadores Meiji. Muchos países y pueblos de este continente y de África prefirieron mantener su propio calendario tradicional para los acontecimientos religiosos y culturales. China resistió hasta 1912, aunque el calendario gregoriano solo se impuso en el país con la victoria de los comunistas, en 1949. El 1 de octubre de aquel año, el triunfante Mao Zedong se subió a lo alto de la Puerta de la Paz Celeste, la puerta principal del palacio imperial de Pekín. Ordenó entonces que Pekín sería en lo sucesivo la capital de China, que la bandera oficial de China sería la roja con las estrellas doradas, y que el año chino se ajustaría al calendario gregoriano. Pero por entonces, este calendario, impuesto 2000 años antes por Julio César y modificado 1600 años después por un Papa mediocre, se había convertido en el calendario mundial: una clave para medir el tiempo que hoy utiliza todo el mundo, salvo los pueblos más aislados, como unidad cronológica universal. Ello a pesar de sus extrañas peculiaridades y de los giros de la historia que lo produjeron, siguiendo una trayectoria inverosímil, desde Sumer y Babilonia hasta Roma, desde la India gupta y el Oriente islámico hasta la Europa del Renacimiento. La búsqueda continúa actualmente en la edad del tiempo atómico, lo que nos lleva por fin al Edificio 78 del Observatorio de la Marina de Estados Unidos, en Washington, D. C., donde el tiempo se mide hoy, no observando la luna y el sol, ni con un reloj de sol, de agua, de péndulo, de cuerda ni de cristal de cuarzo, sino con una pequeña cantidad de un raro elemento llamado cesio. 

 Con esto en la modernidad se produjo el cambio, cambio del que ni nos dimos cuenta y que, al menos yo, ignoraba en pleno siglo XXI, entramos al calendario atómico sin darnos cuenta y con lo espabilados que nos creemos. Ese laboratorio Se encuentra en una pequeña estructura, de tipo búnker, encima de una loma cubierta de hierba. El dial de los 50 relojes atómicos individuales está conectado con un banco de ordenadores que hay tras un ancho vidrio, en el Observatorio de la Marina estadounidense. En medio de los paneles y luces parpadeantes hay una pantalla digital en la que los brillantes números rojos señalan las horas, los minutos y los segundos. Este es literalmente el pulso de Estados Unidos en esta época del tiempo atómico. Además, alimenta un sistema mayor que señala el tiempo de todo el mundo con un margen de imprecisión de una milmillonésima de segundo por año, es decir, 0,0000000000114079 de año.

 Pero el tiempo oficial ya no se mide de esta forma, utilizando términos anticuados como los segundos y los años. Desde 1972, en que empezó a funcionar la red atómica, se mide el Tiempo Universal Coordinado (TUC), no por el movimiento de la tierra en el espacio, sino por las oscilaciones a nivel atómico de un metal extraño, blando y de color gris azulado que se llama cesio.

Al parecer, todos los átomos oscilan, cosa que yo no sabía antes de visitar este Observatorio Naval. Pero antes de que alguien se alarme, debería saber que toda la materia absorbe y emite cierta cantidad de energía, y que esto sucede en algunos elementos con extraordinaria regularidad: absorbe, emite, absorbe, emite, absorbe, emite, un proceso no muy diferente del vaivén uniforme del péndulo, y que puede registrarse con instrumentos como una frecuencia constante. En 1967 se determinó que la media del movimiento atómico del cesio era de 9 192 631 770 oscilaciones por segundo. Esta es actualmente la medida oficial del tiempo universal, que reemplaza la vieja medida estándar, basada en la rotación y la órbita de la tierra, cuyo número base era 1 segundo igual a 1/31556925,9747 de año. Esto significa que bajo este nuevo régimen del cesio, el año ya no tiene oficialmente 365,242199 días sino 290 091 200 500 000 000 oscilaciones de cesio, oscilación más o menos. Esto significa que hemos hecho realidad el sueño de César, Aryabhata, al-Juarizmí, Bacon, Clavio y muchos otros: la construcción de un aparato que por fin puede medir un año exacto y preciso.

Pero esto, ay, no es el final de nuestra historia. Como sabemos, la tierra tiembla y estos temblores producen variaciones aleatorias en su rotación. Por eso mismo el reloj base es demasiado preciso y debe ajustarse periódicamente.

Para complicar más el tema está el hecho de que nuestro pequeño planeta no tiene uno, sino varios años computables, todos ligeramente diferentes. He mencionado varias veces el año sidéreo: el año que se mide según el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol. Y por supuesto el año trópico, que es el que transcurre entre un equinoccio de primavera y el siguiente, aunque no es totalmente exacto para la astronomía moderna, si hemos de ponemos quisquillosos. Oficialmente, el año trópico es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol utilizando como punto de partida y de llegada el equinoccio vernal. Es ligeramente diferente del año equinoccial, ya que la velocidad de la rotación de la tierra disminuye ligeramente con el paso del tiempo. Esto significa que el punto en que comienza el equinoccio un año dado en relación con el sol no será exactamente el mismo punto un año después, debido a la mencionada disminución y a otras fluctuaciones planetarias.

En este momento, sentado ante mi escritorio, veo un reloj, mi reloj de pulsera, un calendario de pared, un calendario de mesa y un pequeño icono en mi ordenador con la fecha y la hora. En el maletín llevo un ordenador de bolsillo y un programa de partidos de béisbol de los Baltimore Orioles. Y en casa tenemos al menos media docena de calendarios y sabe Dios cuántos relojes; horarios de los partidos de fútbol de mis hijos, horarios escolares, plazos para pagar recibos y fechas por todas partes. Esto pide la siguiente pregunta: ¿Por qué necesitamos medir un picosegundo cuando ni siguiera puedo seguir la pista de lo que hago día a día? Planteo esto al historiador Steve Dick, del Observatorio de la Marina de Estados Unidos. Un hombre afable y tranquilo, de pelo castaño corto y un bigote bien cuidado, que ríe y dice que todos preguntan lo mismo. «Te sorprendería saber cuántos usos hay», dijo, y empezó con la navegación; fue el empujón original que dio comienzo, aquí, en el mismo Observatorio Naval, en el siglo XIX, a nuestro actual sistema de sincronización. Según él, una milmillonésima de segundo se traduce en el espacio lo que viene a ser unos centímetros en navegación, detalle nada despreciable cuando se pilota un avión, de noche, con niebla, y se quiere aterrizar en un aeropuerto o en un portaaviones. Estas divisiones diminutas son decisivas para sincronizar la entrada de las señales televisuales o de los satélites, para calcular transferencias bancarias, para enviar de todo, desde correo electrónico hasta señales de sonar de un submarino, y para que los misiles «inteligentes» sigan su trayectoria y caigan en un complejo enemigo de armas químicas y no en medio de un arrabal popular. Los exploradores utilizan el reloj base para encontrar rastros con unos centímetros de aproximación, utilizando localizadores manuales SPG[*] (Sistema de Posición Global o General). Estos localizadores cuestan unos 250 dólares y funcionan simplemente levantando el chisme hacia el cielo, esperando que conecte con unos cuantos satélites. Una vez establecido el contacto, el localizador indica la situación exacta en grados, minutos y segundos. Pero esperad… Determinar el año exacto es mucho más alucinante. Porque cuando bajamos al mundo de los nanosegundos, el tiempo empieza a cambiar de un modo que tiene que compensarse. El tiempo, de hecho, empieza a deformarse y curvarse notablemente en este nivel de precisión, en ciertas situaciones, como apuntó Albert Einstein. El gran físico teorizó que el tiempo es relativo a la velocidad a la que se viaja por el espacio. Que el tiempo, para quien se moviera a la velocidad de la luz (300 000 km por segundo), iría mucho más despacio que para quien se moviera en la tierra, mientras esta recorre el espacio, alrededor del Sol, a unos 30 kilómetros por segundo.
Se comprobó en 1971, cuando dos científicos tomaron cuatro relojes atómicos del Observatorio Naval y los lanzaron hacia el este y el oeste, alrededor del planeta, en sendos aviones. Comparando los nanosegundos de estos desplazamientos por encima de la superficie del planeta con los relojes atómicos que quedaron en tierra, se demostró que el tiempo de quien viaja en avión a menos de una millonésima de la velocidad de la luz es 59 nanosegundos más lento si va al este y 273 nanosegundos si va al oeste… diferencia debida a que la tierra rota hacia el este. ¿Y qué significa esto para la medición el tiempo? Por ejemplo, significa que cada vez que alguien va en avión, su «año» tiene unas milmillonésimas de segundo más; lo que no sirve absolutamente para nada, ya que las fluctuaciones de la tierra afectan a la duración del año en un margen de una milésima de segundo. Pero, quién sabe, puede que llegue a importar mucho si los humanos aprenden a viajar a grandes velocidades por el espacio, pues un «año» en una nave espacial que se moviera a 297 600 kilómetros por segundo duraría mucho más de 365,242199 días terrestres. 

                Y pensar que Perdido en este universo en expansión de cesio, nanosegundos, curvaturas y recalibraciones está el humilde calendario, con sus doce meses y sus 365 casillas (366 los años bisiestos): un chisme para medir el tiempo que no oscila, ni curva el tiempo, ni tiene nada que ver con el espectro electromagnético. Inventado en su forma actual hace unos dos mil años, y corregido hace solo cuatro siglos, es lo bastante viejo para ser una pieza de museo. Pero sigue siendo vital para todos.

No es que sea casi perfecto. Hay un montón de pequeños defectos que molestan a la gente y que lo único que consiguen es que un reducido pero inquieto grupo de reformadores en ciernes estén a la espera de conseguir un calendario mejorado que lleve su nombre. Precisamente el otro día, un grupo de calendaristas de Internet tuvo una breve discusión que comenzó cuando alguien apuntó que el equinoccio de septiembre de 1997 sería el año 6000 en la cronología del prelado y estudioso irlandés James Ussher (1581-1656). Ussher decía que Dios había creado el mundo el 23 de octubre del año 4004 a. C. Otro participante contestó que según el calendario bizantino (del que no sé nada) acababa de comenzar el año 7506. 

 En el ínterin, mientras oscilan los átomos de cesio del reloj base, y la tierra tiembla y disminuye ligeramente su velocidad, la mayoría de los mortales seguimos viviendo como siempre desde que nos enteramos de que existía el tiempo, tanto si nos regulamos por el calendario gregoriano como si lo hacemos por el holocénico, el zoroástrico, el hebreo, el babilonio, el núer, el islámico o el lunar de las diosas. Nos tomamos del mejor modo posible un calendario utilizado por casi todo el mundo que es defectuoso, pero que dura, sobre todo porque satisface las expectativas de la mayoría y es al que estamos acostumbrados.

Hablaba del tiempo de los relojes, de los interminables ciclos de segundos, minutos y horas que pasan sin cesar. Por el contrario, el tiempo de los calendarios está en esas casillas de días unidos entre sí, encajonados en un tramo de tiempo finito y artificial. Después de todo fuimos nosotros, los humanos, quienes inventamos este objeto que es a la vez una herramienta milagrosa y una jaula de momentos finitos que nos obliga a ir corriendo de un lado para otro, intentando sacar el máximo partido del breve tiempo que nos ha tocado. Hay momentos, cuando llego irremediablemente tarde, o no puedo meter nada más en mi agenda, en que doy un suspiro y me digo que ojalá aquel hombre de Cromagnon del valle del Dordoña, de hace 13 000 años, hubiera tirado a un rincón el hueso de águila y se hubiera puesto a dormir. O se hubiera ido a dar un largo paseo bajo el cielo paleolítico. O se hubiera ido a jugar con sus cromagnoncitos. Por supuesto, esto solo habría retrasado lo inevitable, pues algún otro homínido vestido con pieles se habría encargado de grabar muescas y contar fases de la luna, lanzando a la humanidad a su extraña y épica búsqueda.

                             Para concluir con el tema, se trata de meras curiosidades históricas que al común de la gente ni le va ni le viene, para algunos los caros relojes que lucen sólo sirven para chicanear que su reloj sólo se atrasa una milésima de segundo cada mil años, como si eso fuera el non plus ultra de la sapiencia suma, para el resto de la humanidad lo único cierto es que tenemos un calendario que nos indica la fecha y un reloj que nos avisa la hora para levantarnos o para no llegar demasiado tarde a una cita. Así de simple es la vida. Y cuándo los momentos se convirtieron en minutos y segundos? Supongo que con la invención del reloj mecánico, cuando le pusieron las manecillas que así lo indicaban.

                Pérdida de tiempo? Tal vez, pero aprendí un montón de cosas que desconocía. 

Para los comerciantes, los relojes conectaban el tiempo más que nunca con el trabajo, con el dinero y con sacar el máximo partido del momento presente, ya que el reloj subrayaba con crudeza que solo teníamos una cantidad limitada de horas al día, y de días a la semana o al mes, para resolver los negocios.[2] 

Tomado de Google


[1] Historia del calendario. David Ewing Duncan.

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.