Continuando con curiosidades de la historia del calendario[1], unido íntimamente a las matemáticas, llegamos a la nada, o al cero, si se quiere, que igualmente lleva a las fracciones, que se identificó con un signo ortográfico, la coma, y también a la línea oblicua que identifica la división; asuntos intrascendentes si se mira con la mirada moderna de que todo está hecho ya, pues hasta la inteligencia artificial ya es un hecho y no nos admiramos de ello, pues ya hace parte del paisaje.
… el profesor, teólogo y erudito Rabano Mauro
(c. 780-856), estudiante de Alcuino y un prolífico autor que pasó muchos años
de su larga vida preocupado por dividir la hora en unidades iguales más
pequeñas, una idea útil salvo cuando nos preguntamos para qué necesitaba nadie
en el siglo IX los «átomos» de Mauro, que según él eran 1/22 560 de hora.
Además, ¿cómo iba a medir nadie con una clepsidra el paso de un momento tan
infinitesimal?
Pero mucha gente seguía viviendo sin
herramientas para medir el tiempo en campos y viñedos, arreglando chozas con
techo de ramas antes de las primeras tormentas de invierno, cantando a sus
hijos para que durmieran, soportando las caries dentales, muriendo de rubéola y
simples resfriados… una existencia en la que el calendario todavía no importaba
y las estaciones iban y venían en un ciclo interminable que pocos esperaban que
cambiase. … permanecían encerrados en la intemporalidad de la Edad Media.
El progreso era igualmente lento en otros
conceptos matemáticos cruciales para fijar el calendario, incluyendo decimales
y cero, ninguno de los cuales fue enseñado rutinariamente en las universidades
al menos hasta mediados del siglo XIV. El primer tratamiento sistemático de los
quebrados en Europa tuvo que esperar hasta 1582, año de la reforma gregoriana
del calendario y año en que el matemático holandés Simón Stevin (1548-1620)
explicó el sistema en un libro titulado La thiende (La décima). Pero Stevin no
utilizó nuestra forma moderna en sus decimales, pues no tenía la coma. … La
invención de la coma de los decimales se atribuye indistintamente al cartógrafo
y rival de Galileo G. A. Magini(1555-1617), en una obra de 1592, y al principal
astrónomo de la comisión de Gregorio XIII para el calendario, Cristóbal Clavio
(1537-1612), que la utilizó en una tabla de senos en 1593. En cuanto al cero,
su primera aparición significativa en Europa es durante los siglos XI y XII,
más o menos al mismo tiempo que los otros nueve números indoárabes comienzan a
utilizarse ampliamente, primero como señal de un lugar en las tablas
matemáticas de Gerberto y otros, luego como un dígito en la notación de
posición. Tardó más tiempo idear el cero como número real en las ecuaciones
matemáticas, aunque a principios del siglo XVII, el cero y la notación de
posición eran lo bastante conocidos… Esta reticencia sobre algo tan básico como
los números empieza a explicar por qué se tardó tanto en reformar el
calendario, un proceso mucho más difícil y complicado que decidir si poner 5 en
lugar de V, o 365 y no CCCLXV. Pues a diferencia de los números (o del cero o
de una fracción decimal), el calendario pertenecía a Dios, y se daba por
supuesto que era un horario inmutable de fe y adoración que nadie habría osado
poner en duda, ni siquiera los émulos de Beda y Hermann el Cojo. Lo cual volvía
cada vez más confusa toda la cuestión del tiempo y del calendario, mientras
Europa despertaba y el tiempo dejaba de ser algo que podía pasarse por alto o
dejar exclusivamente en manos de Dios.
Tal vez sea más fácil creer en Dios —dijo el
de azul—. Dios promete tanto…
—… pero da tan poco —[2]
[1] Historia del calendario. David
Ewing Duncan.
[2] El ángel negro. John
Connolly.
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