No hay tema que más me pique y al
que procuro alejar como es el de la religión, lo habrán notado. Pero libro que
leo, libro que de alguna manera me produce la piquiña de la iglesia, lo que me
ha llevado a concluir que se está convirtiendo en obsesión.
Esta vez fue el Vaticano, centro
que consideramos de pureza, de caridad cristiana, de belleza estatal y leyendo La lápida
templaria
fue la que me alborotó la obsesión. Un estado teocrático pequeñito, por no
decir diminuto, pero que concentra un gran poder. Me permito transcribir lo que
decía el autor, que al parecer tiene la misma mala leche que yo tocando este
tema:
El Estado vaticano es el más antiguo
del mundo. Se remonta al siglo III, cuando el emperador Constantino concedió
libertad de culto a los cristianos y reconoció a sus jerarquías. Hasta mediados
del siglo XIX los territorios de la Iglesia se extendían a buena parte de
Italia, pero en 1870 el naciente Estado italiano le arrebató casi todas sus
posesiones, El Vaticano es el Estado más pequeño del mundo, poco más que una
insignificante aldea de dos kilómetros cuadrados y menos de mil habitantes. Sin
embargo continúa siendo un formidable centro de poder. La población católica
del mundo, cuya jefatura espiritual retiene el jefe del Estado vaticano,
asciende a casi novecientos millones de personas, un quinto de la población del
planeta. Un quinto, cabe añadir, cuyo peso específico es mayor que el de los
cuatro quintos restantes porque es mayoría en cinco países europeos y en toda
Sudamérica y puede influir decisivamente en una docena de países igualmente
importantes donde los católicos constituyen minorías significativas; por
ejemplo, en Estados Unidos de América.
Eso otorga al jefe del Estado vaticano un inmenso poder. También una enorme
responsabilidad.
La aldea vaticana se gobierna por una teocracia en la que la autoridad divina
se encarna en un monarca absoluto, el papa, designado con carácter vitalicio
por el Espíritu Santo, es decir, por el propio Dios, entre los miembros del
Colegio Cardenalicio. Los cardenales son los príncipes de la Iglesia, su
aristocracia. No existe un cupo fijo de cardenales, pero su número actual se
aproxima a los ciento once. Ellos son, a un tiempo, electores y elegibles. La
teocracia vaticana se viene manteniendo, no sin altibajos ciertamente, desde
los tiempos de Constantino.
Algunos observadores ingenuos se han admirado de que, siendo la elección del
papa inspirada por el propio Dios, el Espíritu Santo muestre especial
predilección por los miembros de la Curia romana. Hace cuatro siglos que todos
los papas son elegidos entre los treinta y tantos cardenales romanos,
procedentes muchos de ellos de poderosas familias tradicionalmente vinculadas a
la corte pontificia. En realidad, esta camarilla romana constituye el gobierno
efectivo de la Iglesia. No se trata de un grupo uniforme. La Curia romana está
dividida en distintas facciones que luchan solapadamente por el poder y se
disputan el control de la política romana. Sólo forman un bloque monolítico
cuando se trata de defender el interés común y de mantener sus privilegios de
grupo. Al menos esto ocurría hasta muy recientemente. Ahora las cosas tienden a
cambiar, quizá para que todo siga siendo igual.
La
preeminencia histórica de los cardenales romanos resulta, por otra parte,
lógica. Ellos residían en Roma, a la sombra del pontífice, en el mismo
epicentro del poder donde se cocían las decisiones importantes, mientras que
los ochenta y pico cardenales restantes se encontraban desperdigados por el
ancho mundo, a cientos de kilómetros unos de otros, cada uno aislado en su
diócesis. Apenas tenían ocasión de conocerse. Cuando se reunían en Roma,
durante unos días, para la elección de un nuevo pontífice casi no podían hacer
otra cosa que dejarse captar por alguna de las distintas facciones ya
establecidas en la Curia romana. El resultado era que salía elegido un miembro
de esa Curia. Los «vaticanólogos» aseguran que sólo modernamente, cuando las
comunicaciones han permitido que los cardenales del mundo se conozcan y puedan
constituir sus propios grupos, se ha observado cierta tendencia a elegir papa
fuera del reducido círculo de los romanos. Los «vaticanólogos» no han detectado
relación de causa a efecto entre la atípica y sorprendente elección de un papa
procedente del otro lado del telón de acero y la casi inmediata desintegración
de ese telón de acero, con la consiguiente desmembración del bloque comunista.
No es
un secreto que el Estado vaticano era enemigo del comunismo, al que había
anatematizado en múltiples ocasiones. Cabe decir que el odio era mutuo. Desde
su propagación mundial, a finales del siglo XIX, el comunismo ha querido
destruir a la Iglesia o, al menos, ha intentado suplantarla como religión del
pueblo.
Como
todos los servicios secretos, el del Vaticano tiene una tendencia a actuar por
su cuenta en muchos asuntos. Es una medida prudente, cuantos menos lo sepan más
garantías hay de que se mantenga el secreto, Y el secreto es la cualidad
fundamental, porque una indiscreción, por leve que sea, puede dar al traste con
la paciente labor de muchos meses de trabajo. Además, la prudencia tiene otra
ventaja: si la operación se malogra, no hay que informar al jefe. Los que están
arriba rara vez se muestran dispuestos a compartir responsabilidades, prefieren
no enterarse. Así, si salta un escándalo, pueden rasgarse las vestiduras y
asegurar que nunca lo hubieran consentido.
En la
aldea vaticana el servicio secreto ha de mostrarse especialmente cauteloso
porque allí todo el mundo se conoce y todo el mundo habla mal del vecino. Es
natural que cada bando intente atraerse a los servicios secretos. Aunque los
detalles difícilmente trascienden al exterior, cuando escribimos estas líneas,
en Octubre de 1994, no es ningún secreto que dos importantes facciones
vaticanas se encuentran enzarzadas en incruenta guerra por la sucesión del
pontífice, cuyos días en la tierra parecen contados.
«Hay dos cosas difíciles de encontrar en el Vaticano: la honradez y una buena
taza de café».
Los
servicios secretos, y todos los países tienen el suyo, incluso los más pobres,
sin contar los propios de las multinacionales, de las mafias y de las grandes
empresas, tienen por misión informar a sus respectivos gobiernos sobre temas
referentes a otros países con los que están en conflicto o con los que
mantienen pacíficas relaciones de vecindad o alianza. El noventa por ciento de
esa información procede de analistas, simples funcionarios que se pasan el día
en un despacho, detrás de una mesa, criando panza, y se limitan a examinar
críticamente prensa, libros, emisiones radiofónicas e informes confidenciales
generalmente conseguidos mediante soborno (también mediante chantaje), de los
que obtienen gran cantidad de datos que, una vez exprimidos y barajados, pueden
suministrar la información requerida. Esta avidez por la información ha dado
lugar a la estrategia contraria, que consiste en desinformar, es decir,
suministrar información falsa cuyos efectos anulen los de la verdadera. Un buen
analista es el que sabe separar el grano de la cizaña, es decir, el que sabe
distinguir la información falsa de la verdadera.
Qué más se puede agregar, que la
paz que se obtiene en la Plaza de San Pedro y en sus alrededores es una farsa
al ver sólo una capa de lo que realmente entrañan sus profundidades y que
vulneran toda la palabra divina de una manera ostensible.
He dicho.
Corell consultó la paradoja del mentiroso en
la Enciclopedia Británica. No esperaba encontrarles una explicación a las
anotaciones de Rimmer en las actas del interrogatorio ni tampoco aprender nada
del trabajo del matemático muerto (Turing), pero sí pretendía entender mejor
qué era lo que tanto le atraía de esa paradoja.
Leyó que se trataba de una frase que afirma ser falsa y que en consecuencia es
verdadera justo cuando es falsa, y que por su innata contradicción provoca el
derrumbamiento de nuestro concepto de verdad, o, al menos, su suspensión
temporal.
La paradoja se atribuye a un filósofo
cretense, Epiménides, siglos antes de Cristo. En la versión original rezaba
«Todos los cretenses son mentirosos, como me dijo un poeta cretense», pero se
podía formular de otra manera, por ejemplo, de la forma más sencilla: Miento.
Corell no sabía muy bien por qué, pero le parecía que la oración tenía una
suerte de calidad evasiva. No llegaba hasta el extremo de creer las palabras de
Rimmer cuando decía que la frase había provocado una crisis en la ciencia
matemática y que había dado lugar a una nueva máquina, pero le gustaba
reflexionar sobre ella —la frase estimulaba sus pensamientos— e intentó
inventar variantes. Entre otras murmuró No existo, pero reconoció enseguida que
se trataba de otro tipo de contradicción: una oración que debido a las
condiciones vitales no podía pronunciarse sin mentir.