Un sueño que no he podido desentrañar. De pronto se encontró en un lugar a la vez extraño y familiar[1]. La casa estaba regida por la monotonía y la precisión: las horas, los días, los años pasaban lentos y sin ningún atractivo[2].
Estar acostado soñando y soñaba que estaba acostado soñando mi propio sueño, qué locura.
Y viene la siguiente fase. Estando en el sueño verdadero recuerdo que en el segundo sueño me despertaba, que esa era mi realidad en el momento y entreabriendo los ojos miraba a la ventana que iluminaba el cuarto en donde estaba durmiendo (en el segundo sueño, un lugar que me era cómodo, conocido, pero que luego no supe cuál era, pero que sentía como mi hogar, aún no sé en dónde era a pesar de haberle reconocido como un lugar que en algún lejano tiempo conocí, pero en otro sueño) y sentí la realidad del segundo sueño, en la distancia alguien lavando con cepillo una zona comunal, con movimientos rítmicos y arrulladores, una ventana que reflejaba un cálido sol de medio día, que transparentaba los rayos a través de esa ventana, dando un especial calor al cuarto. Y la pesadez del sueño me impedía abrir totalmente los ojos lo que me obligaba a cerrarlos para seguir durmiendo, hasta oí decirme que estaba muy rico y que lo mejor era seguir durmiendo, quedando entonces dormido en el segundo sueño, continuando con el sueño que traía, que no era otro que el ver la realidad de estar soñando dos veces, el real y el irreal que a la vez era real. Por eso creo que era un buen sueño surrealista, porque ese cuento no se lo come nadie. Pero así fue. Y al despertar, en uno y otro sueño, supongo, la natural reacción de preguntarme en dónde estoy, y qué hora es, aterrizar poco a poco, al no saber si me había despertado por segunda vez en el segundo sueño o ya era el definitivo.
Definitivamente un sueño de locos, pero una experiencia, agradable, por cierto, que me permitió sentir dos realidades al mismo tiempo, a pesar de que no lo fueran, aunque todo es posible, me digo. Una realidad dentro de otra realidad, pues ambas lo son, a pesar de lo onírico que fueron, así fuera a través del sueño, pues acaso los sueños no son una forma de realidad, al menos para el que sueña, me pregunto ahora.
Se
acordaría de esa despedida como tratamos de iluminar en la memoria las escenas
pasadas que de repente se han vuelto importantes, y nos preguntamos por qué no
supimos entonces reconocer su importancia; y nos decimos enseguida que nadie lo
sabe nunca, y que no podemos vivir cada momento como si después fuera a
resultar que allí nos cambió la vida.[3]
[1] El círculo oscuro. Lincoln Child, Douglas Preston.
[2] La reina Victoria. Lytton Strachey.
[3] Los
nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.


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