Me dio por la
literatura colombiana actual y buenos libros me he leído, tratando de entender
la idiosincrasia colombiana, teñida naturalmente por una Mezcla única e
inexplicable, la que se da en el carácter y en la forma de actuar de los
conquistadores españoles. Piadosos y creyentes, como por entonces sólo lo eran
los cristianos, invocan a Dios de todo corazón y al mismo tiempo cometen en su
nombre las atrocidades más vergonzosas de la Historia. Capaces de los más
magníficos y heroicos méritos del valor, del sacrificio, y con una gran
resistencia frente a las privaciones, se enfrentan y engañan unos a otros del
modo más escandaloso. Y en mitad de sus bajezas, aún hacen gala de un marcado
sentimiento del honor y de un sentido prodigioso y verdaderamente admirable de
la magnitud histórica de su misión.
Y hasta
me encuentro con una explicación, en política particularmente, que no entendía
bien y Zweig me la explicó: … en contadísimas ocasiones a lo largo de todos
los tiempos, llevado por un peregrino humor (la historia) se echa a los pies de
algún indolente. A veces, y éstos son los momentos más asombrosos en la
historia universal, el hilo de la fatalidad cae durante una fracción de segundo
en unas manos por completo incompetentes.
Esa puede ser la mayor desgracia que le puede pasar a un pueblo, espero no
volverme a encontrar a un indolente como el que está saliendo ya del poder.
Sin embargo, “Creo en el poder liberador de
la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción pues así como hay
palabras liberadoras también las hay destructoras, palabras que yo llamaría
irremediables porque aunque parezca que se las lleva el viento, una vez pronunciadas
ya no hay remedio, como no lo hay cuando le pegan a uno una puñalada en el
corazón buscándole el centro del alma”.
De ahí que a veces, contadas veces, debo moderar mi lenguaje y me toque
recurrir al tan odiado eufemismo, pero es lo que hay.
Lo que me llevó a recordar unas
palabras de Feliza Bursztyn, que en un escape de sabiduría colombiana, de
aquella que es contradictoria pero que no requiere de mayor explicación por lo
inconexa que es de por sí, encontró que le bastó
con cuarenta minutos de una clase de Introducción a la Psicología para ponerse
de pie en medio de una frase del profesor y caminar hacia la puerta, los
cuadernos agarrados contra el pecho y la cartera pequeña bamboleándose entre
los pupitres de los otros. «¿La señorita va a alguna parte?», le dijo el
profesor. «Lo siento», dijo ella, «pero no puedo quedarme en su clase». «¿Y por
qué, si puede saberse?». «Porque todos ustedes tienen un problema». «¿Ah, sí?
¿Y cuál es el problema?». «Ah, eso no lo sé», dijo Feliza. «Pero que lo tienen,
lo tienen. Y están tratando de arreglarlo lidiando con los problemas de los
otros».
… la
gente no entendía, Feliza, aquí los críticos estaban todavía elogiando a Van
Gogh, y eso si hubiera críticos, pero no, Feliza, tampoco hay críticos, porque
no vamos a pisarnos las mangueras. Los bogotanos eran demasiado hipócritas,
demasiado zalameros, demasiado taimados para que el oficio de la crítica echara
raíces aquí. No era tanto que se premiara la mediocridad, le decía, sino que se
castigaba cualquier cuestionamiento, como si los artistas fueran niños
chiquitos y hubiera que protegerles la sensibilidad, no vaya a ser que se
pongan tristes; y cuando se hacía algo que pareciera crítica, generalmente era
para enmascarar otras emociones, la envidia o el resentimiento o la simple
frustración de los mediocres.
Nada
sorprendente, por otra parte, en este país amnésico y obsesionado con el
presente, este país narcisista donde ni siquiera los muertos son capaces de
enterrar a sus muertos. El olvido era lo único democrático en Colombia: los
cubría a todos, a los buenos y a los malos, a los asesinos y a los héroes, como
la nieve en el cuento de Joyce, cayendo sobre todos por igual. Ahora mismo
había gente en toda Colombia trabajando con tesón para que se olvidaran ciertas
cosas —pequeños o grandes crímenes o desfalcos o tortuosas mentiras—, y
Mallarino podía apostar a que todos, sin excepción, tendrían éxito en su
empresa. También a Ricardo Rendón lo habían olvidado. Ni siquiera él había
logrado salvarse. Tal vez también en esto tenía razón Rodrigo Valencia: no
servía de nada. ¿De qué sirve?, había preguntado él, y se refería a otra cosa,
por supuesto, pero había logrado que Mallarino retuviera la pregunta y se la
hiciera ahora, con algo de melancolía: ¿de qué sirve?
Tal vez
porque necesitamos … alguien que les diga qué pensar.» «No seas ingenuo», le
dijo Magdalena. «La gente ya sabe lo que piensa. La gente ya tiene su prejuicio
bien formado. Sólo quiere que alguien con autoridad le confirme el prejuicio,
aunque sea la autoridad de mentiras que tienen los periódicos. Ahí está tu
prestigio, Javier: le das a la gente con qué confirmar lo que ya piensan.»
Aunque
también era cierto que en las redes nada se olvida, y todo esto seguiría
disponible en diez o quince años para que la niña, que para entonces ya no
sería una niña, lo consultara y supiera. Porque las redes no olvidan nada; en
ellas sólo son efímeras las buenas noticias, las satisfacciones y los pequeños
o grandes éxitos, mientras que los errores y las culpas y los diversos traspiés
y las palabras descuidadas, todo aquello que mancha una vida, permanece alerta,
agazapado y listo para saltarnos a la cara. La mancha no se va, no se limpia
nunca por completo, aunque podamos esconderla o disimularla, y basta que entre
en contacto con las sustancias adecuadas para que aparezca de nuevo en la tela
pulcra de nuestra vida.
Es inconcebible, pero sí, hay gente capaz de
creer en mentiras del tamaño de una catedral que no son más que un intento de
capturar mentes ingenuas o de alimentar con odio cerebros ya previamente
lavados por la ideología.
Y nada
más pensar en este vaticinio: … No sé, no sé. Yo no quiero más líos». Marta
(Trava) tenía los ojos llorosos, pero no de miedo, pensó Feliza, sino de rabia.
«No quiero salir a la calle mirando por encima del hombro. Qué locos, qué locos
están todos. Qué gente enferma, te lo digo yo, es como para mandarlo todo a la
mierda. Esto es barbarie, no tiene otro nombre. Aquí no hay ideas, no hay
debate: hay violencia, violencia pura, violencia en todas partes. Y ganaron los
violentos. Nadie me ha hecho nada, Feliza, nadie me ha marcado la cara todavía,
pero ya consiguieron que me callara: ya ganaron los violentos. Y un día te va a
tocar también. Un día te va a tocar lidiar con esto. No sé qué es, no sé de qué
se trata exactamente, pero un día te va a tocar. Vos acordate de mí».
A la mente se le ocurren muchas ideas locas
que son pura basura, tonterías mágicas que hay que desechar, montones de
idioteces con las que uno, que se supone que es el dueño de esa mente, no está
de acuerdo. Sin embargo, las cosas locas que se le ocurren a la mente son
imposibles de controlar porque el cerebro (así como los ojos ven imágenes donde
no las hay) dispara fantasías a toda hora por tratar de entender lo
incomprensible. Y cuanto más se envejece, o más bien, cuanto más uno se permite
envejecer y deja de tener la mente alerta (estar alerta es ser un cazador de
espejismos y mentiras, un escéptico), peor, pues cada vez se le ocurren más
locuras que son mucho más difíciles de descartar, una tras otra, a toda hora. Todos
los viejos corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos
de niños, pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me
ocurría en la infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me
siento amigo de ellos, me gustan, y algo es algo.
De un
tiempo acá se me olvidan los temas de los que hablo. ¡Ni recuerdo cuando
hablaba de corrido! Cada vez me pasa con más frecuencia: por ir tan rápido las
ideas se me desparraman en el cerebro. Como dice un amigo, inhalo pero no
hilvano. Sucede porque mi cerebro anda a mil. ¿Ya se lo dije? ¡Qué importa!
… me la pillé de reojo como queriendo decirle “No alentés a mi bestia interna
que, como la de Adán, fue hecha de barro, así que mi voluntad también se
resquebraja”. …
soy tan astuto que cuando pienso mucho yo mismo me preocupo: me doy cuenta
incluso de lo que no debo.
Y eso
que pensando que el único momento que tiene un hombre para estar consigo
mismo es cuando está cagando.
Eso me lleva a pensamientos profundos, que
naturalmente no he sabido escribir, pero que otros lo han hecho por mí, al ser
mejores escritores y famosos, por demás. Como por ejemplo, la siguiente
muestra:
En todo caso, si existe un único Dios y este
es todopoderoso, infinitamente bueno, y además ama a los seres humanos, ¿por
qué hay tanto sufrimiento en la Tierra? ¿Cómo compaginar las bondades de la
creación y de la providencia con la muerte de tantos inocentes? La alegría de
quienes ganan una batalla se basa en la aniquilación (es decir, en la
desgracia) de sus oponentes. Y si Dios es Dios para todos, ¿cómo se explica que
el alborozo de unos sea la pena de los otros? Según la respuesta que demos a
estas preguntas tendremos una visión del mundo optimista, pesimista o trágica. ...
Si uno considera que la naturaleza no es buena ni mala, sino indiferente (que
al cosmos le tiene sin cuidado el bienestar de las personas).
El problema de la existencia del mal en el
mundo es tan complejo como antiguo. Desde el muy pío Libro de Job, en el
Antiguo Testamento, e incluso antes, siempre ha sido un misterio que haya
tantas enfermedades, accidentes, epidemias, cataclismos, guerras y catástrofes
en la Tierra que habitamos. Si las desgracias se ensañaran con personas malas o
éticamente despreciables, el mal podría interpretarse como justicia divina;
pero que los males se ensañen también con personas que son un ejemplo de bondad
y buen comportamiento produce una especie de estupor universal. ¿De qué nos
sirve ser buenos si la naturaleza, o Dios, no discriminan entre buenos y malos?
Y ¿qué importa ser malos si a veces los malos (los que nos engañan, nos roban,
nos esclavizan, nos humillan, nos usan y abusan o nos exterminan) son quienes
corren con mejor suerte y llevan las de ganar?
De ahí que como repite el dueño del
restaurante chino que visito cuando tengo pa’l almuerzo, “Es muy difícil
encontlal un gato neglo en una habitación oscula, soble todo cuando no está.”
Nunca más volví a saber de él
y me pregunto “¿Cuándo es el último día que vemos a alguien?”, y me pregunto
también si los caminos que se van bifurcando alguna vez se reencuentran, así
sea en el infierno, o si tan sólo quedarán para siempre amarrados en algún
tronco frondoso del pasado. Con los años he confirmado que sólo somos memoria.
¡Pura memoria y nomás que memoria! Por eso, en la medida en que envejecemos el
corazón se va achicando al convertirse en una especie de cementerio de todos
esos recuerdos que, por andar buscando tanto la felicidad, nos hicieron felices
cuando no sabíamos que éramos tan felices.
Por lo que concluyo: ¿Cómo se le vende
esperanza a un fulano que carga como calvario toneladas de mierda?
El ser humano es el único animal que se odia a
sí mismo. KURESHI
“Hagas lo que hagas y pienses lo que pienses de
una cosa puedes estar seguro: siempre estás jodido. Ahora, mañana, la otra
semana y al año siguiente, hasta el fin de los tiempos. Jodido”. JACKY
VANMARSENILLE, Bullhead.
Tomaado de Facebook
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