Es
una versión que se ha ido imponiendo, al menos en algunas lecturas que he hecho
a lo largo de los años y que ya se vuelven coincidentes. Una historia que la
iglesia prefiere ignorar, pero que puede ser tan cierta como la que ellos han
impuesto igualmente a lo largo de los años. Es decir que transcribiré palabras
ajenas ya que a mí nadie me cree, tanto que ni siquiera la iglesia se ha tomado
la molestia de excomulgarme. Ya cada cual decidirá, no es mi problema, solo
quería exponerla porque me resultó bastante resumida e interesante. Si el tema
no les gusta y más por la larga transcripción, bien puede dejar de leer, aquí
no se excomulga por leer.
Intentaré darte mi opinión sobre eso: Jesús de
Nazaret nunca quiso crear una nueva religión, nunca renegó de ser judío; tan
sólo criticó algunos aspectos de la aplicación de la ley mosaica y la forma de
actuar de una parte de la jerarquía sacerdotal. Lo que sí quería era establecer
un modo de vida, una filosofía simple y comprensible para todos, adaptable a la
gente desde el más ignorante hasta el más sabio, desde el niño hasta el
anciano.
»Esto lo dicen los Evangelios. —Se levantó y
se dirigió hacia su bolsa de viaje, sacó una Biblia pequeña y se volvió a
sentar, buscando una página concreta—. En Mateo capítulo 5 versículo 17, dice:
“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a
abolirla, sino a perfeccionarla. Porque en verdad os digo que, mientras no
pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni una tilde pasará de la ley hasta
que todo se cumpla”. Si todavía no han desaparecido la tierra y el cielo,
quiere decir que Jesús proclamó que la ley se debía seguir cumpliendo
íntegramente.»Más adelante, en el capítulo 22, versículos 36 al 40, el mismo
Jesús responde a la pregunta de un saduceo perito en la ley sobre cuál es para
Él el mandamiento mayor de la ley diciendo: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo
tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y primer
mandamiento. El segundo es semejante a éste: amarás al prójimo como a ti mismo.
En estos dos mandamientos se funda la Ley de todos los Profetas”. (…) Esto me
ha llevado a pensar en lo que os decía antes: Jesús de Nazaret no quiso cambiar
de religión, sólo quiso perfeccionar la ley que ya existía. ¿Se puede objetar
algo a lo que Él proclama como el fundamento de todo, el amor a Dios y al
prójimo? ¿No es eso aplicable a todo el mundo? ¿A todas las creencias? ¿A todos
los tiempos? De nuevo se hizo un silencio. Suspiró profundamente y continuó.
—Pensemos una cosa: en la actualidad existen
tres religiones monoteístas: el judaísmo, el cristianismo y el islam; las tres
creen en un mismo Dios, al que se dirigen con distinto nombre: Yahvé, Cristo y
Alá; recordad que Alá viene de al-Ila término que significa «el Dios». Abraham
fue el primero que pensó en una religión monoteísta, es decir, en la veneración
a un solo dios. A partir de ahí se desarrolla la primera de ellas, que es el
judaísmo, una religión necesaria para unificar las diferentes tribus dispersas
por el territorio palestino, que necesitaban un elemento identitario común que
las fortaleciese para luchar contra las constantes invasiones de otros pueblos
que las conquistaban y sometían periódicamente. La unidad de las doce tribus de
Israel fue esporádica, pero la idea monoteísta arraigó firmemente entre sus
gentes.” En el siglo I antes de nuestra era, los romanos convirtieron el reino
aliado de Judea en una provincia romana. En ese marco político nació y vivió
Jesús de Nazaret, pero su vida pública se limita a los tres años escasos antes
de su muerte, a excepción de algunas apariciones esporádicas durante su niñez y
juventud. La sociedad en la que vivió conoció la injusticia, la opresión, la
marginación y el desamparo del débil, mientras que la ley judaica se aplicaba
de forma tiránica e incluso obsesiva y el invasor reprimía los deseos de
libertad de muchos judíos para practicar su religión y desarrollar su proyecto
político.»
A mi modesto entender, esta situación fue la
que quiso cambiar Jesús de Nazaret. Su mensaje era claro y sencillo: quería
conseguir una sociedad justa y equitativa en la que se tuviera en cuenta a
todos sin excepción, en la que se atendiera a los enfermos y a los pobres, en
la que se diera cobijo a los marginados. Mantuvo un trato de igualdad hacia la
mujer, a la que en la sociedad judía de la época se consideraba un ser inferior
a disposición del hombre. Él, sin embargo, se rodeó de mujeres con total normalidad,
desoyendo las prohibiciones. Se acercó a los que eran rechazados por la ley,
los tocó y compartió con ellos comida y conversación, todo ello a pesar del
escándalo que eso provocó incluso entre sus propios discípulos, según nos
cuentan los Evangelios.» Los judíos en los tiempos de Jesús estaban atenazados
por una religión opresora, llena de sacrificios, persecuciones, humillaciones,
pecados y castigos. Todo giraba alrededor del cumplimiento de la ley, de un
dios vengativo y, a veces, cruel. (…)
—Todo lo que dices es cierto, Giuliano —dijo
Rachid con voz pausada dirigiendo su mirada hacia él—; pero ¿adónde quieres
llegar?
—La actitud de Jesús de Nazaret, un judío como
tú, Rachid, fue la de romper con esa represión absurda. Se presenta como un
libertador, no quiere cadenas, no soporta el dolor y por eso cura a los
enfermos, y quiere acabar con el sentimiento de culpa del pueblo. Todos sus
mensajes están llenos de vida, de esperanza, en ningún momento enaltece la
muerte o el dolor. Enseñó que se podía ser feliz con cosas sencillas y sobre
todo era un hombre muy positivo frente al carácter agorero que mantuvo
omnipresente la Iglesia, sobre todo, durante la Edad Media.” Él sabía que la vida era lo suficientemente
dura como para imponer más dificultades y penas en aras a la complacencia de un
dios. ¿Cómo un dios bueno podía pedir a los que le veneran que le demuestren su
amor por medio de la humillación, del suplicio voluntario o a través de
tormentos?” Sin embargo, fue muy duro
contra quienes pretendían someter al hombre con cargas demasiado insoportables
y todas ellas inútiles.» Para Jesús de Nazaret, la felicidad consistía en no
desear más que aquello que se pudiera compartir con los demás. La paz y el
bienestar general eran sus divisas. Exactamente igual que lo que pretendió
Mahoma seis siglos después: la sociedad tribal de su tiempo estaba en peligro;
las riquezas y el bienestar habían quebrado los valores básicos de la
existencia porque se había olvidado a los más necesitados y la marginación
crecía desesperadamente; era necesario hacer algo, y Mahoma pensó que el
sistema religioso de los judíos y cristianos que pasaban por La Meca llevando
sus productos comerciales era el idóneo para que el pueblo árabe pudiera
encontrar su salvación y evitar que su sociedad llegase a sucumbir, como les
había ocurrido a otras comunidades.
»¿Y cuál creéis que era el objetivo que quería
conseguir a través de esa religión monoteísta? —Quedó un instante en silencio y
continuó, sin dejarnos tiempo siquiera para abrir la boca—. Pues en el fondo,
lo mismo que buscaba Jesús de Nazaret: el bienestar de la umma, es decir, de la
comunidad islámica que él creó en Yatrib, la ciudad que luego se llamaría
Medina; la justicia, la paz y la felicidad eran las bases fundamentales para
que la sociedad funcionase, y esto lo consideró un sacramento. Sólo si se conseguía
ese bienestar social el mundo islámico estaría en paz con Dios.” Mahoma
consiguió ese objetivo: en el 630, dos años antes de su muerte, todas las
tribus de Arabia convivían en paz bajo el manto del islam. Luego ya sabemos
todos lo que pasó: al igual que ocurrió con el cristianismo primitivo, todo se
tergiversó, se estropeó y se llegaron a hacer verdaderas barbaridades en el
nombre de Dios o de Alá. (…)
—Me has preguntado por la divinidad de Jesús;
era necesario conseguir esa imagen divina del hombre, porque el mensaje, sobre
todo a partir de la diáspora de los judíos de Jerusalén que se produjo en el
año 70, iba dirigido hacia una población romanizada, muy acostumbrada a
divinizar a hombres importantes para rodear de un halo de misterio inalcanzable
su poder y su grandeza, fuera del alcance de las miradas del resto de los
mortales.” En muchas civilizaciones antiguas de cultura pagana, los
emperadores, faraones o reyes eran considerados como semidioses; su divinidad
se mantenía después de su muerte y se creía en la resurrección, es decir, en el
triunfo del hombre-dios sobre la muerte. No fue difícil aplicar esa idea a una
sociedad helenizada con una mentalidad preparada y sobre todo habituada a este
tipo de hechos y creencias.” Jesús de Nazaret se hizo muy popular durante los
años de su vida pública, excesivamente popular para lo que muchos hubieran
deseado; tenía una capacidad de convocatoria extraordinaria. Esta situación
continuó después de su muerte a través de sus seguidores, que mantuvieron y
fomentaron su mensaje. Primero caló en la gente más sencilla, en los pobres, en
los desarraigados; pero pronto empezó a prender también en las capas más
acomodadas, en los nobles y gente de posición.” Las masas que arrastraba su
mensaje crecieron tanto en los años posteriores a su muerte que surgieron los
oportunistas. La población romanizada gustaba escuchar el mensaje de Jesús de
Nazaret. Pero esa población romanizada necesitaba un hombre superior, reclamaba
que ese mensaje procediera de un ser divino, acostumbrados ellos a venerar a
mil dioses. No se podía presentar al portavoz de aquellas palabras como un
hombre normal, y se empezó a tergiversar lo fundamental en toda esta farsa: la
resurrección de Jesús de Nazaret en cuerpo y alma, su divinización llevada al
extremo equiparándolo con el mismo Dios, cuando Él en ningún momento dijo que
era Dios. —Hizo una pausa y me miró, primero a mí y después a Rachid—. Eso se puede
comprobar en los Evangelios: ninguno de los cuatro evangelistas pone en boca de
Jesús su identificación con Dios; cuando se le pregunta quién es, responde que
es el “hijo del hombre”, dando a entender que era un hombre sin más adjetivos,
y eso ya se podía considerar como la más alta dignidad.” En las Epístolas de
Pablo fue donde apareció la expresión “Hijo de Dios” y precisamente a Pablo se
le atribuyó el origen de esta idea de la resurrección y la divinización del
hombre.” Así comenzó todo. A partir de entonces hubo multitud de ideas y líneas
de pensamiento; las luchas y enfrentamientos fueron numerosos, hasta que ganó
una de dichas corrientes; la que inició Pablo y continuó la corriente griega
fue la que triunfó y se impuso al resto; estableció su poder definitivamente en
el concilio de Nicea de 325 y alejó, destruyó, persiguió o consideró como
hereje a todo el que no estuviera de acuerdo con ellos. Los textos originales
de los Evangelios fueron alterados porque era necesario adaptarlos a la población
a la que iban dirigidos, una población no judía sino romana, helenizada y con
una mentalidad distinta a los judíos a los que Jesús se había dirigido; su
verdadero mensaje quedó en un segundo plano; todo valía para aumentar el número
de seguidores de la nueva religión.” A partir de ese momento, o se estaba con
la Iglesia o contra ella. En pocos años, los perseguidos pasaron a ser
perseguidores; así llevamos dos mil años.
»A poco que se indague en la historia del
cristianismo, la Iglesia primitiva, la fundada en el mismo Jerusalén por
Santiago en compañía de Juan, Pedro y los demás inmediatamente después de la
muerte de Jesús, nada tiene que ver con la Iglesia de hoy. Toda esta
parafernalia, todo este derroche, la riqueza de que ha hecho gala a lo largo de
los siglos, el poder casi absoluto, todo está en contradicción con aquella
primitiva Iglesia, en la que todo era fraternidad y transparencia. En aquellos
primeros años, todos eran iguales, no existían jerarquías, su organización era
concéntrica, mediante la cual cada uno aportaba a la comunidad lo que sabía
hacer o podía ofrecer, sin que la actividad de uno le pusiera por encima de los
demás. Sin embargo, en la Iglesia que surge triunfante a partir del siglo IV se
opta por el sistema de jerarquía piramidal; existe la obediencia ciega, el
superior jerárquico siempre tiene razón. Y no hablemos de la infalibilidad del
Papa. ¿Cómo se puede explicar que se atribuya a un hombre la imposibilidad de
equivocarse? —Apretó los labios en un gesto de reflexión.
»La Iglesia defiende que el dogma en el que se
basó la divinidad de Jesucristo es un dogma ontológico; no puede considerarse
como algo temporal, o como algo que pueda ser entendible por el ser humano, se
trata de la Eternidad de Dios. Puede llegar a convencer a los teólogos o puede
que no, pero lo que sí es cierto es que nada se explica sobre ello. Al final…
¡es una cuestión de fe! (…)
—Yo tengo una duda que me ronda desde hace
mucho tiempo, Giuliano —Rachid se incorporó y se sentó en el borde de su
asiento—, y de la que nunca he conseguido obtener una respuesta convincente.
—Por unos instantes, su mirada se quedó perdida como si estuviera buscando las
palabras exactas para expresarse—. Es sobre judaísmo y lo que la Iglesia piensa
de Dios y de Jesús de Nazaret: como tú has apuntado, Jesús fue judío y murió
sin renegar de esa condición; entonces, ¿es que Dios se equivocó de religión y sólo
después de la muerte de ese hombre extraordinario que vino a redimir al mundo
rectificó y se creó el cristianismo? ¿Es Dios el que estaba equivocado o es la
Iglesia la que ha manipulado esta historia en los últimos dos mil años?
—No soy capaz de responderte a esa pregunta,
Rachid, no me atrevería. ¿Quién soy yo para contestar a eso?
—Pero usted ha dicho que… —intervine.
Giuliano me interrumpió de inmediato. —No te
equivoques, Laura, yo no intento convencer a nadie. Me han preguntado y yo
contesto lo que pienso. No trato de imponer mi verdad a nadie. Cada uno puede
seguir el camino de la vida como quiera. Ésa es la grandeza del hombre y de sus
creencias: la libertad y la tolerancia. Volvió a hacerse un silencio largo y
tenso. Me quedé pensando en lo que había dicho Rachid y en las palabras de
Giuliano.
—Rachid, de lo que estoy completamente
convencido es de que Jesús de Nazaret no sólo no quiso dejar de ser judío, sino
que, como ya te he dicho, nunca pretendió fundar una nueva religión tal y como
entendemos hoy ese concepto. Por tanto, está claro que el cristianismo es una
doctrina creada después de la muerte del que llamaron Cristo; en los primeros
tiempos, los seguidores de Jesús se centraron en el contenido de su mensaje,
pero después las ideas se manipularon y todo se tergiversó hasta los extremos
que hoy conocemos. Es algo similar a lo que ocurrió siglos después con Mahoma,
que buscó con el islam una forma de vida para llegar a conseguir que la
comunidad fuese más justa, sobre todo para atender y dar solución a las
necesidades más acuciantes de sus miembros más vulnerables y desamparados. (…)»
Creo que Jesús de Nazaret vino a revelar una nueva forma de vivir basada en el
amor y la bondad, en el equilibrio entre todos, en la equidad, la tolerancia y
el respeto, una sociedad en la que no habría opresores ni oprimidos, donde no
habría maldad ni intransigencia.» No creo que viniera para redimir a nadie.
Parece poco lógico que un hombre pase por lo que Jesús pasó para redimir
nuestros pecados. ¿Qué pecados? ¿Los de la humanidad? Y si fuera así, ¿de qué
le ha servido? Redimir significa salvar, liberar, ¿es que acaso aquella muerte
tan cruel nos ha librado de nuestros pecados y de nuestras miserias humanas?
¿Es que acaso ha cambiado algo el hombre desde entonces? ¿Es que no sigue
habiendo maldad, miseria, injusticias, guerras? No hay más que echar un vistazo
a la historia de la alta jerarquía de la Iglesia: papas crueles, mezquinos y
llenos de avaricia, y no hablemos de cardenales, obispos… —Hizo un silencio y
entrelazó las manos dando un profundo suspiro—. Sí, es cierto que hubo y hay
personas de buen corazón, siempre las ha habido, no pretendo meter a todos en
el mismo saco. Pero sigo pensando que Jesús de Nazaret no vino a morir para
salvarnos; simplemente quería cambiar las cosas, y molestó a algunos de los sectores
más influyentes de la sociedad: por un lado, a los romanos, porque eran los
ocupantes y temían cualquier cambio y por otro, a algunos de los altos jerarcas
del sacerdocio judío porque vieron que, con las palabras y actitudes de Jesús,
podían peligrar sus posiciones de privilegio. Entre ambos provocaron el final
de aquel hombre extraordinario de linaje real, elegido para dar el mensaje de
un Dios bueno y justo.» Después de su muerte sus más allegados intentaron
continuar su labor, pero los problemas políticos y la diáspora los dispersaron.
Entonces Pablo, que ni siquiera llegó a conocer a Jesús, estableció una nueva
forma de ver las cosas. Empezó a crearse un mito sobre la persona de Jesús,
querida y admirada por muchos; su mensaje se difundía con rapidez y hubo
algunos que se aprovecharon.» Como consecuencia de la dispersión de la Iglesia
de Jerusalén fundada por Santiago, el hermano de Jesús, con la ayuda de Pedro,
el mensaje verdadero del Maestro se difuminó. Ellos murieron y, poco a poco, se
fue tergiversando su mensaje hasta que, en el siglo IV, se consolidó “esa nueva
realidad”.» Ésa es para mí la verdadera historia —dijo con gesto serio—. (…)
—Yo tengo mi propia teoría al respecto.
—Rachid hablaba acariciándose la barbilla con su mano y con la mirada fija en
el infinito de sus pensamientos—. Desde que se creó el cristianismo, la
civilización ha sufrido una involución. Las antiguas civilizaciones poseían
unos conocimientos todavía no superados en muchos aspectos en la actualidad.
Pongamos uno de los ejemplos más conocidos por todos: ¿cómo se construyeron las
pirámides de Egipto? En nuestros días, se mantiene el misterio de su
construcción. Estamos en el mundo de los avances tecnológicos, de la conquista
del espacio más inmediato y no sabemos cómo se hicieron esas fantásticas
edificaciones que se mantienen en pie después de miles de años. Pero no sólo en
la arquitectura; también en medicina, en alimentación, en matemáticas,
astrología, en inventos sucede lo mismo. Existe un grado de perfección
increíble en algunas de estas civilizaciones antiguas, desconocidas en su mayor
parte para nosotros, sencillamente porque no hemos sido capaces de leer y entender
sus avances. Parece como si nuestra civilización hubiera sufrido una especie de
involución cultural.» Durante la Edad Media la ignorancia se convirtió en un
instrumento esencial para manejar las mentes; eso es lo que ha estado
ocurriendo en los últimos dos mil años. Con algunas excepciones aplicadas a
unos pocos, a lo largo de la historia de Europa occidental, durante la que el
cristianismo ha tenido el control social, la incultura estaba generalizada
entre la mayor parte de la población. No olvidemos que leer por uno mismo la
Biblia fue una tarea imposible e incluso herética en algunas épocas. Hasta la
llegada del luteranismo, las Sagradas Escrituras se escribían sólo en latín,
una lengua que muy pocos podían leer y mucho menos comprender. Los clérigos
eran imprescindibles para interpretar y enseñar a los fieles lo que a la
Iglesia le interesaba que aprendieran: ni más ni menos, una interpretación
manipulada y torticera en muchas ocasiones que llevó a los excesos de todos
conocidos a lo largo de la Historia.» A finales del siglo XIV, Wicliff fue el
primero que protestó abiertamente contra este estado de cosas y promovió la
traducción de la Biblia al inglés; consideraba que cada hombre y mujer tenía
derecho a leer y oír las Escrituras en su lengua vernácula; por esta razón fue
considerado hereje.» Algunos años después, Lutero inició la llamada Reforma,
que cuajó y se extendió por una gran parte de Europa; tradujo al alemán las
Sagradas Escrituras para que todos pudieran leer por sí mismos la Palabra de
Dios, sin intermediarios que interpretasen el contenido a su antojo, manejando
las mentes y la vida diaria de los ciudadanos.” Por lo tanto, hasta bien
entrado el siglo XVI, el que no sabía leer y aquel que sabiendo no dominaba la
lengua latina, no podía conocer por sí mismo la Biblia y tenía que creer lo que
le decían desde el púlpito personas a veces moralmente muy poco capacitadas y
peor preparadas.
—Pero eso también ha pasado con el islam y, en
cierto modo, con todas las demás religiones, monoteístas o no —interrumpí—.
Todo se manipula y se utiliza la religión al antojo del poderoso.
—Cierto —contestó tajante Rachid—, no digo que
la única culpable sea la Iglesia católica y la implantación del cristianismo;
desde el siglo VI el islam regula la vida de millones de personas, que, en
algunos casos, aún hoy viven anclados en la Edad Media con la mayor parte de su
población sumida en la incultura y el analfabetismo. Esto confirma lo que estoy
diciendo: la religión puede controlar a la gente a través del mantenimiento de
la sociedad en la ignorancia y en la incultura. Por eso se produce la involución.
Todo lo que se sabía de los antiguos se fue tapando, olvidando; no interesa que
la gente piense por sí misma, algo que sólo se consigue a través de la cultura.
Simplemente
interesante y me escudo en él porque si hay excomunión o anatema,
será colectivo, ya me cansé que sea todo yo. Y quién, con certeza, puede
sostener que esta no sea la verdadera historia?
El que tiene
oídos para oír, que oiga.
Tomado de Facebook
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El Gran Arcano. Libro
de Paloma Sánchez-Garnica