miércoles, 12 de agosto de 2026

CONTEMPLACIÓN

                Me dio por la literatura colombiana actual y buenos libros me he leído, tratando de entender la idiosincrasia colombiana, teñida naturalmente por una Mezcla única e inexplicable, la que se da en el carácter y en la forma de actuar de los conquistadores españoles. Piadosos y creyentes, como por entonces sólo lo eran los cristianos, invocan a Dios de todo corazón y al mismo tiempo cometen en su nombre las atrocidades más vergonzosas de la Historia. Capaces de los más magníficos y heroicos méritos del valor, del sacrificio, y con una gran resistencia frente a las privaciones, se enfrentan y engañan unos a otros del modo más escandaloso. Y en mitad de sus bajezas, aún hacen gala de un marcado sentimiento del honor y de un sentido prodigioso y verdaderamente admirable de la magnitud histórica de su misión.[1] 

Y hasta me encuentro con una explicación, en política particularmente, que no entendía bien y Zweig me la explicó: … en contadísimas ocasiones a lo largo de todos los tiempos, llevado por un peregrino humor (la historia) se echa a los pies de algún indolente. A veces, y éstos son los momentos más asombrosos en la historia universal, el hilo de la fatalidad cae durante una fracción de segundo en unas manos por completo incompetentes[2]. Esa puede ser la mayor desgracia que le puede pasar a un pueblo, espero no volverme a encontrar a un indolente como el que está saliendo ya del poder. 

Sin embargo, “Creo en el poder liberador de la palabra. Pero también creo en su poder de destrucción pues así como hay palabras liberadoras también las hay destructoras, palabras que yo llamaría irremediables porque aunque parezca que se las lleva el viento, una vez pronunciadas ya no hay remedio, como no lo hay cuando le pegan a uno una puñalada en el corazón buscándole el centro del alma”.[3] De ahí que a veces, contadas veces, debo moderar mi lenguaje y me toque recurrir al tan odiado eufemismo, pero es lo que hay.

               Lo que me llevó a recordar unas palabras de Feliza Bursztyn, que en un escape de sabiduría colombiana, de aquella que es contradictoria pero que no requiere de mayor explicación por lo inconexa que es de por sí, encontró que le bastó con cuarenta minutos de una clase de Introducción a la Psicología para ponerse de pie en medio de una frase del profesor y caminar hacia la puerta, los cuadernos agarrados contra el pecho y la cartera pequeña bamboleándose entre los pupitres de los otros. «¿La señorita va a alguna parte?», le dijo el profesor. «Lo siento», dijo ella, «pero no puedo quedarme en su clase». «¿Y por qué, si puede saberse?». «Porque todos ustedes tienen un problema». «¿Ah, sí? ¿Y cuál es el problema?». «Ah, eso no lo sé», dijo Feliza. «Pero que lo tienen, lo tienen. Y están tratando de arreglarlo lidiando con los problemas de los otros».[4]  

… la gente no entendía, Feliza, aquí los críticos estaban todavía elogiando a Van Gogh, y eso si hubiera críticos, pero no, Feliza, tampoco hay críticos, porque no vamos a pisarnos las mangueras. Los bogotanos eran demasiado hipócritas, demasiado zalameros, demasiado taimados para que el oficio de la crítica echara raíces aquí. No era tanto que se premiara la mediocridad, le decía, sino que se castigaba cualquier cuestionamiento, como si los artistas fueran niños chiquitos y hubiera que protegerles la sensibilidad, no vaya a ser que se pongan tristes; y cuando se hacía algo que pareciera crítica, generalmente era para enmascarar otras emociones, la envidia o el resentimiento o la simple frustración de los mediocres. [5] 

Nada sorprendente, por otra parte, en este país amnésico y obsesionado con el presente, este país narcisista donde ni siquiera los muertos son capaces de enterrar a sus muertos. El olvido era lo único democrático en Colombia: los cubría a todos, a los buenos y a los malos, a los asesinos y a los héroes, como la nieve en el cuento de Joyce, cayendo sobre todos por igual. Ahora mismo había gente en toda Colombia trabajando con tesón para que se olvidaran ciertas cosas —pequeños o grandes crímenes o desfalcos o tortuosas mentiras—, y Mallarino podía apostar a que todos, sin excepción, tendrían éxito en su empresa. También a Ricardo Rendón lo habían olvidado. Ni siquiera él había logrado salvarse. Tal vez también en esto tenía razón Rodrigo Valencia: no servía de nada. ¿De qué sirve?, había preguntado él, y se refería a otra cosa, por supuesto, pero había logrado que Mallarino retuviera la pregunta y se la hiciera ahora, con algo de melancolía: ¿de qué sirve? [6] 

Tal vez porque necesitamos … alguien que les diga qué pensar.» «No seas ingenuo», le dijo Magdalena. «La gente ya sabe lo que piensa. La gente ya tiene su prejuicio bien formado. Sólo quiere que alguien con autoridad le confirme el prejuicio, aunque sea la autoridad de mentiras que tienen los periódicos. Ahí está tu prestigio, Javier: le das a la gente con qué confirmar lo que ya piensan.»[7]  

Aunque también era cierto que en las redes nada se olvida, y todo esto seguiría disponible en diez o quince años para que la niña, que para entonces ya no sería una niña, lo consultara y supiera. Porque las redes no olvidan nada; en ellas sólo son efímeras las buenas noticias, las satisfacciones y los pequeños o grandes éxitos, mientras que los errores y las culpas y los diversos traspiés y las palabras descuidadas, todo aquello que mancha una vida, permanece alerta, agazapado y listo para saltarnos a la cara. La mancha no se va, no se limpia nunca por completo, aunque podamos esconderla o disimularla, y basta que entre en contacto con las sustancias adecuadas para que aparezca de nuevo en la tela pulcra de nuestra vida.[8]  

Es inconcebible, pero sí, hay gente capaz de creer en mentiras del tamaño de una catedral que no son más que un intento de capturar mentes ingenuas o de alimentar con odio cerebros ya previamente lavados por la ideología.[9]  

Y nada más pensar en este vaticinio: … No sé, no sé. Yo no quiero más líos». Marta (Trava) tenía los ojos llorosos, pero no de miedo, pensó Feliza, sino de rabia. «No quiero salir a la calle mirando por encima del hombro. Qué locos, qué locos están todos. Qué gente enferma, te lo digo yo, es como para mandarlo todo a la mierda. Esto es barbarie, no tiene otro nombre. Aquí no hay ideas, no hay debate: hay violencia, violencia pura, violencia en todas partes. Y ganaron los violentos. Nadie me ha hecho nada, Feliza, nadie me ha marcado la cara todavía, pero ya consiguieron que me callara: ya ganaron los violentos. Y un día te va a tocar también. Un día te va a tocar lidiar con esto. No sé qué es, no sé de qué se trata exactamente, pero un día te va a tocar. Vos acordate de mí»[10].  

A la mente se le ocurren muchas ideas locas que son pura basura, tonterías mágicas que hay que desechar, montones de idioteces con las que uno, que se supone que es el dueño de esa mente, no está de acuerdo. Sin embargo, las cosas locas que se le ocurren a la mente son imposibles de controlar porque el cerebro (así como los ojos ven imágenes donde no las hay) dispara fantasías a toda hora por tratar de entender lo incomprensible. Y cuanto más se envejece, o más bien, cuanto más uno se permite envejecer y deja de tener la mente alerta (estar alerta es ser un cazador de espejismos y mentiras, un escéptico), peor, pues cada vez se le ocurren más locuras que son mucho más difíciles de descartar, una tras otra, a toda hora. Todos los viejos corremos el riesgo de volver a tener los mismos miedos que tuvimos de niños, pero me consuelo pensando que ahora, a diferencia de lo que me ocurría en la infancia, ya no les tengo miedo a los fantasmas, sino que me siento amigo de ellos, me gustan, y algo es algo.[11]  

De un tiempo acá se me olvidan los temas de los que hablo. ¡Ni recuerdo cuando hablaba de corrido! Cada vez me pasa con más frecuencia: por ir tan rápido las ideas se me desparraman en el cerebro. Como dice un amigo, inhalo pero no hilvano. Sucede porque mi cerebro anda a mil. ¿Ya se lo dije? ¡Qué importa![12]  … me la pillé de reojo como queriendo decirle “No alentés a mi bestia interna que, como la de Adán, fue hecha de barro, así que mi voluntad también se resquebraja”[13]. … soy tan astuto que cuando pienso mucho yo mismo me preocupo: me doy cuenta incluso de lo que no debo[14]. Y eso que pensando que el único momento que tiene un hombre para estar consigo mismo es cuando está cagando[15] 

Eso me lleva a pensamientos profundos, que naturalmente no he sabido escribir, pero que otros lo han hecho por mí, al ser mejores escritores y famosos, por demás. Como por ejemplo, la siguiente muestra: 

En todo caso, si existe un único Dios y este es todopoderoso, infinitamente bueno, y además ama a los seres humanos, ¿por qué hay tanto sufrimiento en la Tierra? ¿Cómo compaginar las bondades de la creación y de la providencia con la muerte de tantos inocentes? La alegría de quienes ganan una batalla se basa en la aniquilación (es decir, en la desgracia) de sus oponentes. Y si Dios es Dios para todos, ¿cómo se explica que el alborozo de unos sea la pena de los otros? Según la respuesta que demos a estas preguntas tendremos una visión del mundo optimista, pesimista o trágica. ... Si uno considera que la naturaleza no es buena ni mala, sino indiferente (que al cosmos le tiene sin cuidado el bienestar de las personas)[16] 

El problema de la existencia del mal en el mundo es tan complejo como antiguo. Desde el muy pío Libro de Job, en el Antiguo Testamento, e incluso antes, siempre ha sido un misterio que haya tantas enfermedades, accidentes, epidemias, cataclismos, guerras y catástrofes en la Tierra que habitamos. Si las desgracias se ensañaran con personas malas o éticamente despreciables, el mal podría interpretarse como justicia divina; pero que los males se ensañen también con personas que son un ejemplo de bondad y buen comportamiento produce una especie de estupor universal. ¿De qué nos sirve ser buenos si la naturaleza, o Dios, no discriminan entre buenos y malos? Y ¿qué importa ser malos si a veces los malos (los que nos engañan, nos roban, nos esclavizan, nos humillan, nos usan y abusan o nos exterminan) son quienes corren con mejor suerte y llevan las de ganar?[17]  

De ahí que como repite el dueño del restaurante chino que visito cuando tengo pa’l almuerzo, “Es muy difícil encontlal un gato neglo en una habitación oscula, soble todo cuando no está.”[18]  

               Nunca más volví a saber de él y me pregunto “¿Cuándo es el último día que vemos a alguien?”, y me pregunto también si los caminos que se van bifurcando alguna vez se reencuentran, así sea en el infierno, o si tan sólo quedarán para siempre amarrados en algún tronco frondoso del pasado. Con los años he confirmado que sólo somos memoria. ¡Pura memoria y nomás que memoria! Por eso, en la medida en que envejecemos el corazón se va achicando al convertirse en una especie de cementerio de todos esos recuerdos que, por andar buscando tanto la felicidad, nos hicieron felices cuando no sabíamos que éramos tan felices[19] 

Por lo que concluyo: ¿Cómo se le vende esperanza a un fulano que carga como calvario toneladas de mierda?[20]  

El ser humano es el único animal que se odia a sí mismo. KURESHI

“Hagas lo que hagas y pienses lo que pienses de una cosa puedes estar seguro: siempre estás jodido. Ahora, mañana, la otra semana y al año siguiente, hasta el fin de los tiempos. Jodido”. JACKY VANMARSENILLE, Bullhead[21]

Tomaado de Facebook
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[1] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.

[2] Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig.

[3] Palabras de Fernando Vallejo, El desbarrancadero. Cita de De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[4] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[5] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[6] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[7] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[8] Canciones para el incendio. Juan Gabriel Vásquez.

[9] Ahora y en la hora. Héctor Abad Faciolince.

[10] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[11] Ahora y en la hora. Héctor Abad Faciolince.

[12] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[13] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[14] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[15] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[16] Ahora y en la hora. Héctor Abad Faciolince.

[17] Ahora y en la hora. Héctor Abad Faciolince.

[18] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[19] De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

[20] De dónde flores, si no hay jardín. Sánchez Baute.

[21] Citas de De dónde flores, si no hay jardín. Alfonso Sánchez Baute.

lunes, 10 de agosto de 2026

IQ

                Me preciaba de ser inteligente, un colombiano más, inteligente como los de mi raza, o eso creía, hasta que me dio por preguntarle a la IA (el problema actual de hablar tanto en siglas, pero toca acomodarse a la modernidad) y la respuesta que me dio me dejó seco, espantado, pasmado, incrédulo, frío y sin aliento. 

Esto me respondió textualmente: 

Colombia tiene un coeficiente intelectual (IQ o CI) promedio de 94,62, ubicándose en el puesto 92 entre 137 países según el informe del International IQ Test. Este puntaje se encuentra por debajo de la media global estandarizada de 100. 

               No te lo puedo creer, me dije sin salir de lo asombrado y absorto que quedé. Jodidos, fue lo que pensé (si me considero inteligente me doy cuenta de por qué la izquierda obtuvo tan alta votación, esos parece que tienen menos IQ que yo, he ahí la explicación!). 

               Y entonces me surgió la siguiente pregunta y qué es el tal IQ y la IA de Google me volvió a contestar: El IQ (o CI, del inglés Intelligence Quotient) es una medida numérica que se obtiene al hacer test de inteligencia para calcular las habilidades mentales y cognitivas de una persona en comparación con el resto de la población. Vaya, vaya. 

               Y yo pretendiendo ser inteligente, entre otras cosas por ser colombiano, y heme aquí que quedo pasmado. Ese parece un problema generalizado, creerse unas cosas que, sin haber averiguado, lo sacan a uno a una realidad que no era la que esperaba. Hasta me deprimió el saber que era de un Desempeño intermedio-bajo en América Latina, por detrás de países como Perú, Argentina, Chile, Bolivia, Ecuador y Brasil, pero por encima de México, Paraguay y Venezuela. Vea pues quién lo creyera. 

               Y yo que me creía inteligente… 

Dos errores no hacen un acierto y tres son ya una calamidad.[1]

Tomado de Google



[1] Los amantes de Hiroshima. Toni Hill.

miércoles, 5 de agosto de 2026

PUBLICIDAD

                Me entretengo en momentos de ocio, que para un pensionado son muchos, en jugar en el celular y en entrejuegos aparece necesariamente publicidad que sea o no del gusto de uno. Y pareciera que entre más odie uno alguna, con más frecuencia aparece, como castigo divino.

                En una de esas hace referencia a un tal Wallance. No sé qué tipo de música es[1], lo único que sé es que odio ese tipo de música. Cantada por un negro (para quienes se ofenden con esta designación pueden cambiarla por un no blanco, si sufre de sutilezas), joven, con cara de que no ha terminado la primaria (sin eufemismo o con él, pobre), con voz gangosa que apenas es audible, ropa de asilo o de hermano mayor (calzones más debajo de la cadera, casi en el suelo, camisón desgreñado), mal encarado en conjunto, en una palabra, con baile de epiléptico (en versión femenina basta con Shakira, así se ofenda alguien), manos en posición artrítica, casi siempre dirigidas a sus partes, no digo nobles porque no se merece el apelativo, pero sí centradas en esa zona tórrida para esos cantantes cogiéndoselo a cada rato como si tuviera temor de que se le fuera a caer, con rima de un solo renglón a lo largo de lo que dicen que es una canción (tal como ven acá mamita, quiero metértelo y cosas parecidas) es decir, de una profundidad poética que abisma. Y entre telones aparecen mujeres, de igual color y una que otra blanquita para que no los tilden de discriminadores, desarropadas, con los mismos movimientos epilépticos y después dicen que por qué a las mujeres las cosifican, si ellas mismas ayudan.

                Para colmo, a pesar de poner, cada vez que aparece, mala cara en un aparte de la publicidad que tiene anuncio: Te gusta este aviso? Irónicamente me dicen a continuación: Informe sobre este anuncio para ayudarnos a mejorar, como si eso fuera posible.

                Y decía que, para colmo, me aparece otro igualito, pero con personaje diferente, un tal Yan Block, este blanquito, pero a semejanza del otro, es decir que si lo veo en la calle, cambio de acera por temor a ser atracado. Sinceramente no se entiende lo que canta, aunque a veces se oyen retazos de palabrejas poco recomendables para un anciano como yo. Y sus gestos, con mano artrítica a la presa, insinuando que lo tienen bien grande o bien chiquito tratando de buscarlo, y mejor no sigo.

                Y nada qué hacer, ese es la generación del futuro, afortunadamente no estaré para verles gobernar, nada más pensar en lo que decía mi mamá, no hay nada peor que un pobre levantado con plata. 

Cuando uno pasa tiempo solo termina haciendo teorías sobre cualquier cosa y discutiéndolas con las sillas o los ganchos de ropa…[2]


Tomada de Facebook
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[1] Dicen que es Yan Block es un género urbano latino. Su estilo no se limita a una sola categoría, ya que fusiona ritmos de reggaetón, trap, pop y hip hop, creando un sonido característico que a menudo incluye matices más melancólicos y emocionales, ya se podrán imaginar…

[2] El síndrome de Ulises. Santiago Gamboa.

lunes, 3 de agosto de 2026

RECORDAR

                Algún día me dio por recordar la historia de mi vida, tratando de reconstruir cronológicamente al menos los sesenta años anteriores, ya que setenta no era posible, por la imposibilidad o la inexistencia del recuerdo de mis primeros años de vida, además de que deben estar contaminados por recuerdos ajenos de quienes pudieron haberme conocido en su momento y de los que pude oír en el tiempo, por lo que no sería fehaciente entrar en ellos. 

               Pues bien, no me fue ni me salió bien el experimento. Las imágenes secuenciales no me llegaron, saltaban imágenes difusas, de niño, de estudiante, de niño, de adulto, de viejo, de niño, de trabajador, de universitario, de joven. Nada más baste con que cada cual haga un ejercicio mental de rememorar el entretiempo entre los quince y los dieciséis años de edad y verán que todo se distorsiona y aparecen lo que parece que es pero que en realidad no es, pues se confunden épocas y hechos, es decir, todo un caos mental. Todo es imprecisión, difusión, incongruencia, como cualquier sueño sin razón. 

               Traté de enfocarme entonces en una sola época, la de infancia entre los siete años, edad que me enseñaron que uno adquiría el uso de razón, vaya uno a saber qué querían decir. Pero nada, a pesar de ser un período de aproximadamente cuatro años, solo retazos inconexos, en los que no distinguí si eran ciertos, si al menos no eran producto de mi imaginación. Intuí la juventud, más trazos, más disparidades, menos coherencia. En mi terquedad traté de rememorar los años universitarios, más cercanos a los anteriores y más inolvidables, pareciera, pero solo logré traer a la mente los salones, sillas, atril sin ocupante determinado, una lista de materias, pero nada concreto que me diera una iluminación del recuerdo de toda esa etapa, cinco años para precisión. Pensamientos saltarines creo que atiné a pensar. 

               Me dije que sería porque eso aconteció hace más de cuarenta años. Entonces me enfoqué en el recuerdo de mi vida laboral, de treinta y pico de años, hechos que deberían estar más frescos. Pero nada de nada. Sí recuerdo que al menos pensé en cada entidad en la que había trabajado, la mayoría hoy extintas, y logré sí, recordar su ubicación, el piso y zona en donde estuve y hasta el diseño del cubículo en donde estuve, pero ninguna historia salió a flote, solo retazos, vagos recuerdos, equívocos como ubicar personajes que no eran de esa historia sino de otra, en una mezcla que me impidió fijar una historia concreta. 

               Ante esta situación decidí fijarme en los últimos años laborables, en este siglo y los de prepensionado, que uno supone que al ser más recientes están más frescos dentro del recuerdo. Supe qué hice, como una marco general y genérico, pero sin ninguna especificidad, tanto que era difícil recordar el año en que cada cosa pudo ocurrir. 

               Con todo esto, no me quedó más remedio que concentrarme en mi vida de pensionado. A duras penas recuerdo los viajes realizados en este tiempo, con imprecisión de fechas. Recuerdo rutinas, que por ser tales, difícil de olvidarlas por lo repetitivas que han sido, pero en que se presenta la imposibilidad de concretar fechas y lugares, pues a la rutina no le interesan esos detalles. 

               Ante todo esto, no me quedó más remedio que rendirme y reconocer que si la policía me pregunta qué estaba haciendo, por ejemplo el 24 de junio de 1999 (o de 2006, o de 1984 o simplemente de ayer), me veré en la obligación de decir, bajo la gravedad del juramento, que NPI[1] y que por eso soy mal testigo, pues no he podido ser testigo ni siquiera de mi propia vida. 

… dejando que los hechos comprobados se confundieran con imágenes que mi cabeza construía, esos recuerdos imaginarios que son con frecuencia la única manera que tenemos de visitar el pasado.[2] 

Foto JHB



[1] Solo mis contemporáneos saber que las siglas quieren significar: ni puta idea.

[2] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

viernes, 31 de julio de 2026

LA IRONÍA MODERNA

                Hay tanta falsedad en el ciberespacio que ya nos están obligando a comprar programas que determinen si lo que se ve en él es real o no, si lo hizo alguien de carne y hueso o solo es producto de la IA.

                Ya no necesitaremos un antivirus, será su avatar el que nos diga si la imagen, el documento o el sonido son reales (lo que quiere decir que ya estamos próximos a redefinir esta palabra, realidad) y de paso poder determinar el grado de falsedad en la medida en que provenga de la IA.

                Un nuevo reto para la credibilidad, especialmente para los menos perspicaces, por no decir de los más ignorantes que comen cuento a cuanta mentira bien dictada llega a sus oídos.

                Esa es la nueva ironía del avance tecnológico.

                Y ahora nos vienen, a pasos agigantados, con la creación del computador cuántico. Y me preguntaba para qué querría yo un computador cuántico y además, cómo protegerse uno de él. Pensé en la primera pregunta y me decía si el computador que tengo lo uso para maricadas varias (música, videos, usar el Word, preguntarle al doctor Google para salir de tan variada ignorancia que me acompaña) y solo uso el diez por ciento de mi cerebro y el cinco de la funcionalidad de mi portátil, qué haré con uno cuántico? 

               Vaya ironía, me vuelvo a repetir. 

Era cuestión de tiempo, claro. «Hay que darle tiempo al tiempo», había dicho Feliza con una de esas frases que no solía usar: frases armadas que no quieren decir nada, pero que son útiles porque permiten callarse, clausuran una conversación de buena manera y sin que nadie se sienta agredido, pasan a otra cosa y dejan a la gente en paz.[1] 

 

Conforme nos vamos acercando a nuestros días, el ritmo de crecimiento de los conocimientos se vuelve frenético y conduce a una paradoja. ¿Qué es lo que aumenta con más rapidez? ¿El conocimiento o la conciencia de lo desconocido? Las cosas nuevas que vamos descubriendo y que debemos estudiar y comprender parecen cuantitativamente más que las que ya hemos comprendido. Podemos imaginarnos el conocimiento como una fracción matemática (la relación entre lo que ya sabemos y lo que sabemos que existe pero que todavía debemos comprender). Nuestra labor de investigación de los «confines» y de los contenidos implica que aumente el numerador (lo que sabemos), pero también que aumente sobre todo el denominador (lo que sabemos que no sabemos y que debemos comprender). Así pues, la fracción se vuelve cada vez más pequeña. Sin ninguna presunción, como las que alimentaban los pensadores positivistas, podemos en cualquier caso seguir investigando, con la estimulante certeza de que, mientras haya una mente pensante, la conciencia de la ignorancia no dejará de aumentar. Esta es la paradoja del conocimiento.[2] 

Tomado de Google




[1] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[2] Historia del dónde. Tommaso Maccacaro y Claudio M. Tartari.

miércoles, 29 de julio de 2026

UN MINUTO DE SILENCIO

                Inicio aclarando que a mi edad no estoy para eufemismos.

                Los momentos más incómodos que he pasado en mi vida han sido con ese tal minuto de silencio, creado por quién sabe quién, momentos que generalmente, por no decir siempre, me han parecido una pérdida de tiempo, qué ironía, y que duran toda una eternidad y normalmente en homenaje a alguien del que ni siquiera tengo idea de quién era[1].

                Y pienso que no sirve de nada el homenaje, absolutamente de nada, vale más una palabra adecuada, así no sea sentida, como lo es el mismo minuto de silencio o un pésame. Tal vez diez segundos serían suficientes, si es que insisten en la ceremonia.

                Y me pregunto si alguien se ha preguntado qué hace la gente durante ese eterno y obligado minuto de silencio, sugerido por algún genio, supongo. Todos inician cabizbajos, leves movimientos de cuerpo, balanceo y movimientos imperceptibles de pies. En los siguientes diez segundos, aún cabizbajos, de miradas tímidas o hipócritas dirigida hacia los lados para ver si alguien más ha levantado la mirada, tímida por demás. Quienes tienen reloj de pulsera (hoy pocos o los pantalleros que pretenden lucir lujo fantoche), haciéndose el pendejo estará mirando a ver cuándo se cumple el minuto para terminar con esta ceremonia incómoda. Habrá otros que estarán contando mentalmente los segundos, con el mismo fin, tratando de no apurarse ni evidenciarse como el primero que rompe solemne ceremonia. Otros, según la hora del acto, estarán pensando en el desayuno, el almuerzo o la comida. Habrá otro que con mirada hipócrita y compungida pasará lista de los presentes, con sus propias intenciones o tratando de averiguar en qué andan los demás. Están los criticones mirando quién planchó la ropa, quién está bien embolado, quién va bien o mal vestido y hasta los coquetos que aprovechan con sonrisas manipuladas buscando la oportunidad de lucirse.

                Y el lamentado o la situación lamentada qué? Pues nada, a quién le importa.

                Sinceramente en los minutos de silencio a los que me vi obligado a asistir, sí obligado, porque nunca le he encontrado sentido a esa manifestación, siempre han sido incómodos y he pensado en lo innecesarios e inútiles que son, hay otras formas más honestas de demostrar la solidaridad que con el acto se pretende. 

Nunca entenderé cómo hacen para caber estos días cada vez más largos en estos años cada vez más cortos.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] Recuerdo en una oportunidad laboral en la que un juez ordenó ese homenaje (o era el de expresar públicamente algo) sobre un hecho acaecido treinta años antes, como si eso fuera solución de lo acontecido. Pero bueno, jueces tiene la amada república (nótese la ironía y el sarcasmo, para precisión del lector). Y a propósito leo ahora esta noticia: El Estado colombiano pidió perdón por la masacre de Bojayá 24 años después de la tragedia. 24 años después, como para qué? https://m.elcolombiano.com/colombia/estado-pide-perdon-masacre-bojaya-responsabilidad-FE38782227

[2] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

lunes, 27 de julio de 2026

SUEÑOS

                Martin Luther King tuvo uno y mire cómo acabó. Todos también los hemos tenido alguna vez y no sé si alguno se ha cumplido. Esos son sueños despiertos, ilusos o no, sueños son. 

               Y luego de un sueño medianamente pesado, producto también de una lectura nocturna, más televisión y yo qué más sé, el sueño me dejó ese sinsabor que dejan los sueños que quedan entre la oscuridad y el temor, lindante a pesadilla y al día siguiente se queda uno con él, con ese sinsabor, sintiéndose igualmente pesado hasta que logra deshacerse de esa desazón, infundada por demás, porque fue solo un sueño. 

               Eso me lleva a pensar en los tipos de sueños. Desde el de tenerlos despiertos como anhelo, como deseo de vida. Los hay también tranquilos, reconfortantes, los apacibles, los repetitivos, los inadvertidos, los intrascendentes.

                Ahora creo recordar que en otra oportunidad había escrito sobre el tema, aunque supongo que éste se puede tomas como una variación de él. De ahí que no profundice, como hubiera querido; pero volviendo al tema, pensaba en los efectos secundarios de un sueño, aquellos que quedan en el limbo y al despertar y a lo largo del día queda un sinsabor (o una alegría insatisfecha, según lo soñado) que perdura, según haya sido la experiencia.

                Y eso que hay hasta intérpretes de sueños, profesionales como los seguidores de Freud y hasta charlatanes, incluido internet que contiene diccionarios de sueños, en el que basta teclear: qué significa un sueño con… Dicen que hay sueños predictores, refrescantes y recordantes y hasta solucionadores de problemas o asuntos pendientes que durante el día han girado en búsqueda de respuesta. 

               Del asunto se podría escribir mucho, pero no hay nada más gratificante que despertarse en medio de una carcajada, pues son los que realmente alegran el día. 

«No se puede volver a ninguna parte si uno no se ha ido antes»[1] 

 

Tomado de Facebook
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[1] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez .