Recuerdo cuando la
tecnología de internet y celulares llegó, cuando nuestros padres ya eran
mayores (por no decir viejos) y nosotros, éramos mayores, pero no tan viejos. Y
arrasó con los principios que ellos tenían de tiempos ancestrales (y que ya
habían inoculado en nosotros, al menos un poco).
Y nosotros, como
dije, ya adultos, pero no tan viejos, nos vimos enfrentados a esos avances y
aprendimos a manejarlos de cualquier manera hasta convertirlos en utensilios de
diario uso y de fácil acceso, sin necesidad de preguntarnos ni comprender cómo
funcionaban, qué tecnología había detrás de ellos, simplemente los aceptamos
porque facilitaron nuestras vidas (y a la vez dificultaron otras, pues debe
partirse de la premisa de que todo avance representa un lado bueno y otro
malo).
Pero lo curioso del
caso es que una vez aprendimos nosotros (a las buenas o a las malas) terminamos
criticando a esos padres que se veían incapacitados para asumir esa nueva
realidad, la modernidad nuestra y no los comprendíamos ni los comprendimos. Me
oigo decir: Pero mamá eso se lo he explicado mil veces, se espicha acá, se
le da enter, se va acá y listo. Y además se lo escribí en un papelito, en dónde
está?
Ya idos ellos y
nosotros viniendo a ocupar su espacio pareciera que estamos condenados a
repetir la historia, a pesar de que nos habíamos acomodado a esa modernidad
galopante. Nada más pensemos en un nuevo programa, app o como se diga al que
accedemos por primera vez y ante la falta de comprensión acudimos a nuestros
hijos o nietos, que ya saben más del tema, y ver la cara que ponen cuando
pedimos su ayuda. Me acuerdo que, por cuestiones de edad, me tocó ponerle a la
pantalla del celular una más letra grande y tuve que montar la app del banco
para hacer una operación; empezaba diligenciando juiciosamente los pasos que
indicaban pero llegaba al último y de ahí no podía pasar. Me tocó ir al banco
para que me ayudaran ante mi imposibilidad (y eso que soy curioso en la materia
tecnológica, digo en mi defensa) y el muchacho que me atendió, afortunadamente
no daba con el chiste, hasta que cayó en la nota y simplemente le bajó el
tamaño de la letra y se pudo ver el continuar para concluir la operación. Solo
me quedó reírme de lo ridículo de la situación.
Y con tanta
tecnología me estrellé ante otra realidad. Iba de turista y en un restaurante
me dicen que no reciben efectivo (que es lo único que trato de usar), dando a
entender que ahora es pecado usar billetes y estar condenado de antemano. Que
solo recibían nequi y yo no sé qué billeteras electrónicas. Eso me bloqueó y me
dije, ahora sí que estamos jodidos. Luego caí en la nota que también recibían
tarjetas débito y crédito, lo que me hizo recuperarme del asombro. Lento pero
me iluminé.
Con ello concluí
que estaba viejo y fuera de circulación, pero me niego a usar todas esas apps
de transferencia de dinero, sea por miedo o por desconfianza del sistema,
porque ese fue otro vicio que me fue inoculado y que se vuelve realidad cuando
uno se vuelve viejo. Jodidos estamos y tanto que criticamos a nuestros viejos
padres, me digo, la historia se repite. Y con ello estoy pasado de moda y
pronto los intransigentes hijos, hijos de su propio tiempo, ya no tendrán la
paciencia para encaminarnos a la nueva modernidad y se desesperarán tanto como
nos desesperamos nosotros al tratar de enseñar a nuestros padres sobre la
modernidad de antaño, que era más simple que la de ahora, a pesar de que digan
que hasta un niño lo puede hacer, por eso es que serán nuestros nietos los que
nos enseñen, para que la historia pueda volver a repetirse.
… te aconsejo que no seas tan apasionado. La
vida es mucho más difícil que todo lo que se aprende en los libros. Hay que
mirar también por uno mismo… Ya, ya te irán enseñando los años. Cuando se
tienen sólo veinticinco todo se ve de color de rosa. Cuando se tienen más de
setenta…

Tomado de Facebook
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