No hay tema que más me pique y al que procuro alejar como es el de la religión, lo habrán notado. Pero libro que leo, libro que de alguna manera me produce la piquiña de la iglesia, lo que me ha llevado a concluir que se está convirtiendo en obsesión.
La
preeminencia histórica de los cardenales romanos resulta, por otra parte,
lógica. Ellos residían en Roma, a la sombra del pontífice, en el mismo
epicentro del poder donde se cocían las decisiones importantes, mientras que
los ochenta y pico cardenales restantes se encontraban desperdigados por el
ancho mundo, a cientos de kilómetros unos de otros, cada uno aislado en su
diócesis. Apenas tenían ocasión de conocerse. Cuando se reunían en Roma,
durante unos días, para la elección de un nuevo pontífice casi no podían hacer
otra cosa que dejarse captar por alguna de las distintas facciones ya
establecidas en la Curia romana. El resultado era que salía elegido un miembro
de esa Curia. Los «vaticanólogos» aseguran que sólo modernamente, cuando las
comunicaciones han permitido que los cardenales del mundo se conozcan y puedan
constituir sus propios grupos, se ha observado cierta tendencia a elegir papa
fuera del reducido círculo de los romanos. Los «vaticanólogos» no han detectado
relación de causa a efecto entre la atípica y sorprendente elección de un papa
procedente del otro lado del telón de acero y la casi inmediata desintegración
de ese telón de acero, con la consiguiente desmembración del bloque comunista.
No es
un secreto que el Estado vaticano era enemigo del comunismo, al que había
anatematizado en múltiples ocasiones. Cabe decir que el odio era mutuo. Desde
su propagación mundial, a finales del siglo XIX, el comunismo ha querido
destruir a la Iglesia o, al menos, ha intentado suplantarla como religión del
pueblo.
Como
todos los servicios secretos, el del Vaticano tiene una tendencia a actuar por
su cuenta en muchos asuntos. Es una medida prudente, cuantos menos lo sepan más
garantías hay de que se mantenga el secreto, Y el secreto es la cualidad
fundamental, porque una indiscreción, por leve que sea, puede dar al traste con
la paciente labor de muchos meses de trabajo. Además, la prudencia tiene otra
ventaja: si la operación se malogra, no hay que informar al jefe. Los que están
arriba rara vez se muestran dispuestos a compartir responsabilidades, prefieren
no enterarse. Así, si salta un escándalo, pueden rasgarse las vestiduras y
asegurar que nunca lo hubieran consentido.
Los
servicios secretos, y todos los países tienen el suyo, incluso los más pobres,
sin contar los propios de las multinacionales, de las mafias y de las grandes
empresas, tienen por misión informar a sus respectivos gobiernos sobre temas
referentes a otros países con los que están en conflicto o con los que
mantienen pacíficas relaciones de vecindad o alianza. El noventa por ciento de
esa información procede de analistas, simples funcionarios que se pasan el día
en un despacho, detrás de una mesa, criando panza, y se limitan a examinar
críticamente prensa, libros, emisiones radiofónicas e informes confidenciales
generalmente conseguidos mediante soborno (también mediante chantaje), de los
que obtienen gran cantidad de datos que, una vez exprimidos y barajados, pueden
suministrar la información requerida. Esta avidez por la información ha dado
lugar a la estrategia contraria, que consiste en desinformar, es decir,
suministrar información falsa cuyos efectos anulen los de la verdadera. Un buen
analista es el que sabe separar el grano de la cizaña, es decir, el que sabe
distinguir la información falsa de la verdadera.
Qué más se puede agregar, que la
paz que se obtiene en la Plaza de San Pedro y en sus alrededores es una farsa
al ver sólo una capa de lo que realmente entrañan sus profundidades y que
vulneran toda la palabra divina de una manera ostensible.
La paradoja se atribuye a un filósofo
cretense, Epiménides, siglos antes de Cristo. En la versión original rezaba
«Todos los cretenses son mentirosos, como me dijo un poeta cretense», pero se
podía formular de otra manera, por ejemplo, de la forma más sencilla: Miento.
Corell no sabía muy bien por qué, pero le parecía que la oración tenía una
suerte de calidad evasiva. No llegaba hasta el extremo de creer las palabras de
Rimmer cuando decía que la frase había provocado una crisis en la ciencia
matemática y que había dado lugar a una nueva máquina, pero le gustaba
reflexionar sobre ella —la frase estimulaba sus pensamientos— e intentó
inventar variantes. Entre otras murmuró No existo, pero reconoció enseguida que
se trataba de otro tipo de contradicción: una oración que debido a las
condiciones vitales no podía pronunciarse sin mentir.[2]
[1] Juan Eslava Galán, con el seudónimo
de Nicholas Wilcox.
[2] El enigma Turing.
David
Lagercrantz.





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