miércoles, 24 de junio de 2026

CALOR DE HOGAR

                En otro blog, al hablar de bellas mansiones, dije que a pesar de lo bellas que eran, a su vez eran asépticas y por ello carentes de calor de hogar. 

               Eso me hizo volver a pensar en este otro tema. Y qué es el calor de hogar? Tres palabras que, por sí solas, no definen mucho, pero que unidas entrañan todo un concepto, una sensación, un sentimiento. Cómo definir lo que no tiene definición, que resulta inexplicable con simples palabras o porque no requieren de explicación porque ellas mismas, unidas, contienen todo lo que son. 

               Hay palabras o frases que lo dicen todo y que no requieren de más explicación, porque todo está allí contenido. Son contenido y continente a la vez, son ellas mismas, por sí mismas. 

               Calor de hogar. Tres palabras: un sustantivo (común y abstracto), una preposición y otro sustantivo (común, masculino, singular), sin verbo, porque está ínsito en él mismo, como el sentimiento que expresa. 

Calor de hogar, cómo explicarlo, siendo un sentimiento, una sensación. De allí que una definición lexicográfica no pueda satisfacer. Es vínculo, es estímulo, es satisfacción, es seguridad. Es presencia, presencia de sentimiento y de sensación. No importa qué tan bien o mal arreglado esté, si lo tiene, no necesita de nada más. 

Ahora que lo pienso, tratar de explicar lo que significa calor de hogar es como tratar de explicar lo que significa mamá. Conceptos indeterminados, de variables indefinidas que solo cada cual puede contar, pero que todos podrán entender, fácilmente. Parece que el tema me terminó quedando grande. 

Veo los hogares de gente joven, que pueden contener todo, estar al tanto de la tecnología y de los deseos, pero en la sola entrada se encuentra la ausencia de ese todo, que es precisamente el calor de hogar. Porque el calor de hogar se nota en lo invisible, en el aroma, en el entorno, en la seguridad de dar un paso adelante, en la visual invisible que le envuelve, en el deseo de seguir, invitación de abrazo, de consuelo, de querer estar, de sentirse bien, bienvenido, entorno acariciador, qué más podría añadirse, si son solo sentimientos y sensaciones lo que hace imposible una definición adecuada. 

… un encuentro de emociones, un movimiento de músculos, y después pensaría en el milagro del rostro humano, que con tan pocas herramientas puede transmitir más emociones de las que hemos aprendido a nombrar[1]

Tomado de Google
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[1] Canciones para el incendio. Juan Gabriel Vásquez.


lunes, 22 de junio de 2026

SUSURROS

                Son muchos los murmullos y susurros[1] que nos acompañan en nuestra vigilia, de pensamientos ajenos (para ser más precisos de conversaciones ajenas) que por retazos nos llegan. 

               Otros, los propios, esos pensamientos que nos llegan en murmullo o en susurro, pero ya no externos sino internos, de esos que nos hablan en la cabeza, siendo o no propios de nosotros mismos, todos esos que de no estar centrados van como locas, como bolas de billar de un lado a otro, en que llegan unos, desplazan a otros, se interpone alguno, se hace presente el olvidado, se rechaza el malquerido, al que hay que ocultar, por misterioso, por pecaminoso, por vergonzoso. 

               Para la muestra unos ejemplos de lo que sería mi mente, si pudiera verse, aún en la distancia. 

               Caminando por un parque, viendo gente y mirando un paisaje y de repente pienso al ver a una madre dirigiéndose a un hijo que se comporta como lo que es, un niño: Es la manera que a menudo tenemos los adultos de hablar a los niños. Sabemos que no van a escucharnos, pero queremos decírselo de todos modos, sólo por saber que lo hemos hecho[2] 

Y viendo al niño, me asalta otro pensamiento: Si consigues parecer listo, la gente creerá que lo eres[3] 

Y más allá, en una banca, dos mariguaneros, se ve a la vista y me los imagino diciéndose: Quiero una pelea limpia. En su defecto, quiero que parezca limpia. ¿Alguna pregunta?[4] 

Y dos pensionados a los que alcanzo a oír quejándose: —¿Te has fijado alguna vez en que cuando nos necesitan, hablan del deber, pero cuando nosotros los necesitamos a ellos, hablan de presupuestos?[5] 

Al oírlos pienso en que Los sueños sólo son eso, sueños, y en ellos no tiene por qué haber significados razonables[6]Ya que su extraña labor es la de «arrancarle el alma a las piedras», con el fin de evitar el olvido, la ausencia de la memoria y mantener la dignidad del recuerdo[7]. 

Y eso me lleva a pensar, sin saber por qué, que quien lo decía Tiene todas las flaquezas propias de los hombres con conciencia, pero ninguna de las virtudes[8]Lo que me trajo a la memoria una lectura que decía: «La verdad existe», escribió el pintor Georges Braque. «Solo las mentiras se inventan»[9] 

Se podía, y se debía, perdonar, pues tal era el sentido de mensaje evangélico y el deber que imponía la caridad cristiana, pero de eso a olvidar mediaba un abismo[10]Solo pensar en quién es capaz de perdonar y menos de olvidar. Al menos yo no, que se jodan. Tal vez se aminoren o se oculten, hasta puede que queden apagados, pero que resurgen… 

Es curioso —se dijo— cómo la distancia y la soledad avivan los sentimientos medio apagados[11] 

Y vea a un extraño lector, porque ya no abundan los lectores en un parque y … levantó la cabeza y descubrió que estaba leyendo mecánicamente, sin enterarse de nada[12]Y tuve que darle la razón, muchas veces la concentración aparentaba lo que la realidad ocultaba. 

Y así, en pocos minutos, ver cómo mi loca cabeza pasaba de un asunto a otro sin sincronía, atemporalmente, sin justificación, pero supongo que para eso era el cerebro, para tener pensamientos constantes, no importaba el sentido ni el contenido, debe estar siempre y constantemente ocupado porque de lo contrario, se aburriría? Y si él se aburre, me aburro yo igualmente, qué coincidencia o qué contradicción, aún no alcanzo a digerirlo. 

… llegó ese silencio que suele aparecer cuando alguien se lleva un reloj para repararlo, y, al cabo de un tiempo, te das cuenta de su ausencia, porque su tictac delicado y tranquilizador ya no está y lo echas de menos.[13] 

Tomado de Facebook
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[1] La diferencia principal radica en la inteligibilidad y el propósito del sonido. Un susurro es una acción voluntaria y clara para comunicarse en privado, mientras que un murmullo es un sonido confuso, de bajo volumen y, a menudo, sin palabras distinguibles.

El susurro (o susurrar) se utiliza para tener una conversación tranquila, íntima o secreta.

El murmullo (o murmurar) es un sonido bajo, confuso e indistinto. Vea pues lo que uno va aprendiendo a pesar de la vejez, una precisión necesaria.

[2] El último golpe. Robert Crais.

[3] El último golpe. Robert Crais.

[4] Cualquier otro día. Denis Lehane.

[5] Cualquier otro día. Denis Lehane.

[6] El alma de las piedras. Paloma Sánchez-Garnica.

[7] El alma de las piedras. Paloma Sánchez-Garnica.

[8] Perfil asesino. John Connolly.

[9] Perfil asesino. John Connolly.

[10] La lápida templaria. Juan Eslava Galán seudónimo de Nicholas Wilcox.

[11] La lápida templaria. Juan Eslava Galán.

[12] La lápida templaria. Juan Eslava Galán seudónimo de Nicholas Wilcox.

[13] El libro de las cosas perdidas. John Connolly.

viernes, 19 de junio de 2026

HOGARES INCREÍBLES

                La serie del arquitecto inglés Dermot Bannan lo lleva a uno a tan disímiles lugares del mundo mostrando casas espectaculares, de ingenio, de curiosidad, de líneas raras. En esta serie se muestran casas lujosas, naturalmente de ricos, no puede ser de otra. Y construidas por famosos arquitectos, no puede ser de otra. En uno de sus capítulos (episodio 7, 1ª temporada), sobre casas en Canadá, mostró la de James Drewry Stewart[1], que siendo además de matemático y violinista, por lo que dentro de la casa hizo una sala de conciertos. Bella casa. Lo curioso es que invirtió en la casa 25 millones de euros, pues pensó en qué podría gastar parte de su fortuna, pues tenía más de lo que necesitaba y terminó con esa casa y lo llamativo es que luego de su muerte se vendió en solo 9 millones; para eso es la plata, me digo. Y a la vez me preguntaba si a uno le preguntaran en qué quería gastar la fortuna, sabiendo que había más que suficiente, en qué lo haría? Buena pregunta que queda en el aire, naturalmente sé que ese sueño no lo puede tener un pensionado que vive de esa mesada, pero envidia sí da. 

               Ahora bien, hay otra curiosidad en la serie. Dije que las casas eran de ricos, lujosas, construidas por famosos arquitectos, en su mayoría, aparentemente hogares, pero todas ellas tenían un común denominador, además de ser de lujo y buen gusto, en ninguna de ellas se sentía el calor de hogar, ausencia del concepto de familia, de hogar. Por eso las hace asépticas, frías, sin ese toque particular que debe contener la palabra misma de hogar. Eso me hace acordar de las épocas en que mi mamá me llevaba de visita a alguna conocida considerada, por ella y por la época, como de gente bien, según ese estereotipo, en el que estábamos tan bien condicionados, que la orden era sentarse en donde nos dijeran y que nos quedáramos quietos, bien quietos, dígame a mí a esa edad, porque qué vergüenza que dejáramos caer una gota de nuestro ADN que ensuciara la pulcritud de la gente bien. Cosas de la vida. 

               Pero como eran casas, más que hogares, de gente rica, construidas, como dije, por famosos arquitectos, parece que no importara la sensación de hogar, sino de lujo, tal vez el arquitecto pensara en estructuras, vigas y paredes, pero qué importaba eso de calor de hogar (tal vez porque sus propietarios eran viejos, maricas o solitarios, o… no sigo). Eso sí, bellas pero sin calor, de hogar. 

               Eso me lleva a pensar que una casa debe tener primordialmente ese calor, el calor de hogar, de familia, de pertenencia, de querer estar allí, que le envuelva esa sensación que solo se obtiene en una casa que tenga calor de hogar, más que la construcción individualmente considerada. 

—¿Y qué piensa?

—¿Sobre lo que usted hizo?

—Sí.
—Que hizo lo correcto —sentenció.

—Oh —casi le sonreí, de pura gratitud.

Me miró a los ojos:

—Pero se equivocó.[2]

Tomadas de Google


[1] Matemático canadiense que hizo su fortuna con la publicación de libros didácticos.

[2] La última causa perdida. Dennis Lehane



miércoles, 17 de junio de 2026

AUSENCIA

                Luego de cerca de doce años de compartir nuestra cita diaria, de lunes a viernes, a las diez de la mañana, para ser más exactos, noto su ausencia. Era nuestra cita, era nuestro paseo. Debía irse, por el cansancio de la vida y por los pasos de vejez que correspondían. 

               Mucho tiempo si se ve desde la distancia, poco tiempo si se observa desde la cercanía, pero desde que llegó eso se sabía, sin decirlo, que su vida sería más corta que la mía, por razones naturales. 

               Milán. Esa gota de perro que llegó a nuestras vidas. Desconfiado, desde recién nacido, pero era así. Independiente, siempre se creyó el alfa de la manada; al crecer adoptó bien su papel, ponía orden cuando el resto se desordenaba. Distante, poco le gustaba ser acariciado, nada más lo necesario, así establecía distanciamientos, aunque ya de viejo disponía de unos momentos para dejarse acariciar lo necesario, sin excesos, pienso ahora. Eso me trae a la memoria del costeño que veía a los perros y saludaba con cariño a Gandalf (Randalberto para mí) y miraba a Milán y le decía: a usted no lo saludo porque es un grosero, lo decía porque nunca se dejó acariciar de él. Una entre una multitud de anécdotas que pudieran contarse de Milán. Cerca de doce años de anécdotas. 

               Ante su ausencia, se nota la ausencia. 

               Y tuvo su buena vida, puede darse por satisfecho, todos le quisimos, le consentimos, le mimamos y le regañamos, porque era Milán. 

               Difícil expresar todo el sentimiento; podría escribirse todo un libro sobre su vida si juntáramos las vivencias de cada uno de los que compartieron su vida, pero cada uno tiene su sentimiento atravesado en su propio corazón, cada uno llorará su ausencia, pero todos conservaremos su presencia en nuestro corazón, más allá de las lágrimas que puedan generar esa ausencia, pero es mejor ver el recuerdo con sonrisa de todas sus locuras, mañas y costumbres, por su especial forma de ser. 

               De allí que más que lágrimas debemos recordarlo con sonrisas y con las locuras que puede andar haciendo en otro mundo junto a Randalberto y a Greta, que fueron nuestros compañeros acá y lo siguen siendo allí donde estén. Ya nos encontraremos! 

               Cerca de doce años de vida bien compartidos, nada más por eso hemos de estar agradecidos con la vida. 

El hombre tiene que aprender más del perro que el perro del hombre. Quizá por eso pretendemos humanizarlos, para no sentirnos tan mal cuando confirmamos que ellos son mucho más sabios que nosotros.[1] 




[1] La mirada de Humilda - Alonso Sánchez Baute.

miércoles, 10 de junio de 2026

EN EL TIEMPO

                Pensaba en el tiempo, esa palabra que es indefinición pero a su vez concreción, dependiendo del momento, otra palabra indefinida e imprecisa que puede decir sin decir. Tantas palabras que dicen sin decir, que dicen pero no dicen nada, que no dicen pero que con gestos dicen. Y ahora que lo pienso, no existe en español una palabra que designe el amor que un hombre puede sentir por su perro.[1] 

Comprendió, también, otras cosas, pero estas cosas estaban más allá de las palabras inmediatas, en un terreno de intuición parecida a la intuición de la fe[2] 

Y en peor situación nos colocamos cuando tenemos el concepto, la noción, la imagen, pero no encontramos la palabra, esa que se evapora en el momento en que más la necesitamos, la que nos hace ver como olvidadizos, como desmemoriados, como ridículos seres que han olvidado el léxico. Que nos deja en ridículo, pero que se queda allí atornillada en el pasado sin querer venir al presente inmediato, en el que la necesitamos, con urgencia, así sea en conversación insulsa. La memoria tiene la capacidad maravillosa de acordarse del olvido, de su existencia y su acecho, y así nos permite mantenernos alerta cuando no queremos olvidar y olvidar cuando lo preferimos[3]. Maravillosa memoria me digo, esa traicionera a la que no se le debe creer, del todo. Cuando quiere nuestra atención, la memoria suele apelar a la distorsión o al engaño[4]. 

El pasado se le figuró a Mallarino como una criatura acuosa de contornos imprecisos, una suerte de ameba engañosa y deshonesta que no se puede investigar, pues, al volver a buscarla en el microscopio, nos encontramos con que ya no está, y sospechamos que se ha ido, y comprendemos enseguida que ha cambiado de forma y resulta imposible reconocerla. Porque si ella no sabe, usted tampoco. De manera que las certezas adquiridas en algún momento del pasado podían dejar de ser certezas con el tiempo: algo podía suceder, un hecho fortuito o voluntario, y de repente toda evidencia quedaba invalidada, lo verdadero dejaba de ser verdadero, lo visto dejaba de haber sido visto y lo ocurrido de haber ocurrido: perdía su lugar en el tiempo y en el espacio; era devorado y pasaba a otro mundo, o a otra dimensión de nuestro mundo, una dimensión que no conocíamos. ¿Pero dónde estaba? ¿Adónde se iba el pasado cuando cambiaba? ¿En qué pliegues de nuestro mundo se escondían, cobardes y avergonzados, los hechos que habían sido incapaces de permanecer, de seguir siendo ciertos a pesar del deterioro que les imprimía el tiempo, de ganarse su lugar en la historia de los hombres? Porque si ella no sabe, usted tampoco[5]. 

Y qué decir de La memoria de los otros: ¡cuánto daría en este momento por una entrada a ese espectáculo! Allí, pensó Mallarino, tenían origen nuestra insatisfacción y nuestras tristezas: en la imposibilidad de compartir con los otros la memoria[6] 

Y era así, Uno podía engañarse con la idea de que siempre recordaba las cosas importantes, pero no era así. Uno recordaba lo que no había olvidado, fuera importante o no[7] 

Vuelvo al tiempo, esos tres estadios que hemos aprendido, presente, pasado y futuro y resulta curioso que siempre les mencionamos en ese orden, nunca en el orden temporal: ayer, hoy y mañana, siempre presente, pasado y futuro, aunque siempre recordando y el recordar es pasado, siempre vislumbrando y vislumbrar es horizonte y el pensar en ello es presente, que pasa sin advertencia. Para una tribu indígena de Paraguay, o quizás era de Bolivia, el pasado es lo que está delante de nosotros, porque podemos verlo y conocerlo, y el futuro, en cambio, es lo que está detrás: lo que no vemos ni podemos conocer. El meteorito siempre viene por la espalda, no lo vemos, no podemos verlo. Hay que verlo, verlo venir y hacerse a un lado. Hay que ponerse de cara al futuro. Es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás[8]Quiero saber de quién es mi pasado, dijo Borges[9] y si él se lo preguntó quién soy yo para volver a hacerlo, si no siquiera sé qué es de mi presente, aunque de mi futuro, a mi edad, ya lo preveo, en la distancia, es cierto, pero más cerca de lo planeado. 

—Qué desastre —dijo Angie—. Toda una vida resumida en… Se puso a buscar la palabra adecuada.
—Nada —le ayudé[10].
 

No hagas preguntas que tu pequeño cerebro no pueda responder. (Dijo dios)[11].

Foto JHB



[1] La mirada de Humilda - Alonso Sánchez Baute

[2] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[3] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[4] Canciones para el incendio. Juan Gabriel Vásquez.

[5] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[6] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[7] Los amantes. John Connolly.

[8] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[9] «All your yesterdays» citado en Canciones para el incendio. Juan Gabriel Vásquez.

[10] La última causa perdida. Dennis Lehane.

[11] Desapareció una noche. Dennis Lehane

lunes, 8 de junio de 2026

CONÓCETE A TI MISMO

                Esa frase sigue dando vueltas en mi cabeza. Acaso uno es un desconocido de uno mismo? Acaso no tiene sus secretos y bien guardados? Si lo vemos desde dos aristas diferentes, podría uno decir que ni el Papa en su eterna sabiduría se conoce, pero tal vez, se conoce muy bien y por eso está donde está, es el elegido. Y la pregunta que me ronda es qué es conocerse a sí mismo. Aclaro que ningún ser humano tiene la virtud de dar fe de su conocimiento propio por la sencilla razón de que no es objetivo en su propia opinión. Todos mienten, diría el doctor House.

 

— Pero ¿cuántos de nosotros pueden hablar con conocimiento de su propio interior? Vemos nuestra mortalidad solo a través de la mortalidad de los demás[1]Aunque Moriré el día que tenga que hacerlo, ni uno antes ni uno después, te doy mi palabra.[2]

—Pues háblame de cuando estaban vivos. Nadie muere del todo mientras otros lo recuerdan o piensan en él.[3]

—Al final, un hombre solo comprende la realidad de la muerte, del dolor último, en el momento de su propia muerte.[4] 

—Eran tiempos difíciles. Aunque, bien pensado, ¿cuáles no lo son?[5] 

—Nunca volví a verlo. A menudo pienso en cuánta gente ha entrado en mi vida apenas unos minutos y levantado algo de polvo, para desaparecer después.[6] 

… la gente (esa abstracción, una multitud de vagos rostros sin facciones)[7]

He empezado a creer que la mayoría de la gente hace lo que considera correcto. El problema surge cuando lo que hacen es correcto para ellos, pero no para los demás.[8] 

—En derecho no es necesario que algo sea verdad, sino solo que lo parezca. La mayoría de los casos se reduce a encontrar una versión de la verdad aceptable para ambas partes. ¿Quiere saber cuál es la única verdad? Todo el mundo miente. Esa es. Esa es la verdad. Eso va a misa.[9] 

—Soy abogado —contestó—. ¿Qué importa la verdad? A mí lo que me preocupa es proteger los intereses de mis clientes. A veces la verdad es un estorbo.[10] Recuerden que El mal trabajador echa la culpa a las herramientas —sentenció Arno.[11]  

¿Sabes qué me ha enseñado la vida? No hay que envejecer. Hay que evitarlo mientras puedas. Enfermar tampoco ayuda.[12] 

Pero —Fuimos felices. Y lo sabíamos. Porque aunque la felicidad es siempre algo que ya pasó, solo existe al echar la vista atrás, a veces es tan rotunda, tan obvia, que se cuela en el presente y uno se descubre afirmando que aquí y ahora soy feliz. Momentos de tal plenitud que quisieras atrapar en una gota de ámbar[13]. 

Lo malo de querer tanto a una persona es creer que la conocemos: la ilusión de saber lo que piensa y lo que siente a cada instante, el espejismo de entender sus demonios y sus pesadillas igual que entendemos los nuestros. Ésa había sido una de las grandes lecciones de vivir con Feliza: no es necesario poseer el pasado del otro para vivir su presente.[14]

 

Así pues, seguiré pensando en ese conócete a ti mismo, aunque a la larga a quién le importa conocerse a sí mismo, basta con aceptar lo que se es, qué más se podría hacer? Nadie le va a creer, en todo caso.

 

Tiene mucho mejor aspecto.

—He llegado a un acuerdo de paz con mi incertidumbre.

—A veces eso es lo mejor que podemos hacer.[15]

Foto JHB


[1] Todo lo que muere. John Connolly.

[2] Cartas a Palacio. Jorge Díaz. 

[3] Los amantes de Hiroshima. Toni Hill.

[4] Todo lo que muere. John Connolly.

[5] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[6] El demonio vestido de azul. Walter Mosley.

[7] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[8] Los atormentados. John Connolly.

[9] Los atormentados. John Connolly.

[10] Los atormentados. John Connolly.

[11] Los hombres de la guadaña. John Connolly.

[12] Los amantes. John Connolly.

[13] Ante todo, mucho karma. Laura Norton.

[14] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[15][15] El último golpe. Robert Crais.