Para culminar con el tema,
vienen unas últimas curiosidades.
Cuando las campanas repicaron en Europa en los
últimos momentos del 4 de octubre de 1582, el calendario hizo algo que no había
hecho desde la época de Julio César: se saltó 10 días, al menos en aquellos
países que obedecieron la bula papal.
Los que vivían en lo que habría sido el 5 de
octubre perdieron de repente diez días de su vida, según el nuevo calendario de
Roma. Esto inquietó sinceramente a las personas, que pensaron que, de alguna
manera, les habían robado esos días.
Y ello ocurrió cuando el Papa ya no tenía la
última palabra, porque la reforma y la contrarreforma hicieron que perdiera su
poder, a pesar de que lo tuvo por algunos siglos más, afortunadamente hoy ya
diluido por el tiempo, la historia y el conocimiento. A Dios gracias. Por eso
tanta reticencia para adoptarlo, no porque estuviera demostrado que
científicamente era así, sino porque protestantes, ortodoxos y demás gamas
religiosas solo querían llevarle la contraria al papado. Gran Bretaña no fue
el último país europeo que cambió. Suecia cambió el año siguiente, 1753. Luego
hay un largo periodo, pues los países balcánicos fuertemente apegados a la
ortodoxia griega esperaron hasta principios del siglo XX. Bulgaria hizo el
cambio en 1912, 1915 o marzo de 1916, ya que las distintas fuentes de
información no están de acuerdo. Letonia, Lituania y Estonia se convirtieron
alrededor de 1915, durante la ocupación alemana; Rumania y Yugoslavia hicieron
el cambio en 1919. Rusia esperó hasta 1918, después de la Revolución bolchevique,
pero tuvo que quitar 13 días (del 1 al 13 de febrero) para saldar los días de
diferencia con el calendario juliano que había acumulado 336 años después de la
reforma gregoriana. Grecia no reformó su calendario civil hasta 1924. La
mayoría de países y pueblos de fuera de Europa no reaccionaron al nuevo
calendario en las décadas y siglos que siguieron a 1582, con la única excepción
de América, donde España y Portugal impusieron la reforma a los pueblos que
habían conquistado, es decir, aztecas, incas y mayas, cuyos progresos en
astronomía y en calendarios casi fueron suprimidos por los europeos, aunque en
la actualidad hay grupos mayas aislados que siguen utilizando su antiguo
calendario. Más tarde, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y otras potencias
coloniales impusieron su calendario a los indios de América del Norte. En Asia,
los japoneses adoptaron el calendario gregoriano en 1873, durante el periodo de
occidentalización de los emperadores Meiji. Muchos países y pueblos de este
continente y de África prefirieron mantener su propio calendario tradicional
para los acontecimientos religiosos y culturales. China resistió hasta 1912,
aunque el calendario gregoriano solo se impuso en el país con la victoria de
los comunistas, en 1949. El 1 de octubre de aquel año, el triunfante Mao Zedong
se subió a lo alto de la Puerta de la Paz Celeste, la puerta principal del
palacio imperial de Pekín. Ordenó entonces que Pekín sería en lo sucesivo la
capital de China, que la bandera oficial de China sería la roja con las
estrellas doradas, y que el año chino se ajustaría al calendario gregoriano. Pero
por entonces, este calendario, impuesto 2000 años antes por Julio César y
modificado 1600 años después por un Papa mediocre, se había convertido en el
calendario mundial: una clave para medir el tiempo que hoy utiliza todo el
mundo, salvo los pueblos más aislados, como unidad cronológica universal. Ello
a pesar de sus extrañas peculiaridades y de los giros de la historia que lo
produjeron, siguiendo una trayectoria inverosímil, desde Sumer y Babilonia
hasta Roma, desde la India gupta y el Oriente islámico hasta la Europa del
Renacimiento. La búsqueda continúa actualmente en la edad del tiempo atómico,
lo que nos lleva por fin al Edificio 78 del Observatorio de la Marina de
Estados Unidos, en Washington, D. C., donde el tiempo se mide hoy, no observando
la luna y el sol, ni con un reloj de sol, de agua, de péndulo, de cuerda ni de
cristal de cuarzo, sino con una pequeña cantidad de un raro elemento llamado
cesio.
Con esto en la modernidad se produjo el
cambio, cambio del que ni nos dimos cuenta y que, al menos yo, ignoraba en
pleno siglo XXI, entramos al calendario atómico sin darnos cuenta y con lo
espabilados que nos creemos. Ese laboratorio Se encuentra en una pequeña
estructura, de tipo búnker, encima de una loma cubierta de hierba. El dial de
los 50 relojes atómicos individuales está conectado con un banco de ordenadores
que hay tras un ancho vidrio, en el Observatorio de la Marina estadounidense.
En medio de los paneles y luces parpadeantes hay una pantalla digital en la que
los brillantes números rojos señalan las horas, los minutos y los segundos.
Este es literalmente el pulso de Estados Unidos en esta época del tiempo
atómico. Además, alimenta un sistema mayor que señala el tiempo de todo el
mundo con un margen de imprecisión de una milmillonésima de segundo por año, es
decir, 0,0000000000114079 de año.
Pero el tiempo oficial ya no se mide de esta
forma, utilizando términos anticuados como los segundos y los años. Desde 1972,
en que empezó a funcionar la red atómica, se mide el Tiempo Universal
Coordinado (TUC), no por el movimiento de la tierra en el espacio, sino por las
oscilaciones a nivel atómico de un metal extraño, blando y de color gris
azulado que se llama cesio.
Al parecer, todos los átomos oscilan, cosa que
yo no sabía antes de visitar este Observatorio Naval. Pero antes de que alguien
se alarme, debería saber que toda la materia absorbe y emite cierta cantidad de
energía, y que esto sucede en algunos elementos con extraordinaria regularidad:
absorbe, emite, absorbe, emite, absorbe, emite, un proceso no muy diferente del
vaivén uniforme del péndulo, y que puede registrarse con instrumentos como una
frecuencia constante. En 1967 se determinó que la media del movimiento atómico
del cesio era de 9 192 631 770 oscilaciones por segundo. Esta es actualmente la
medida oficial del tiempo universal, que reemplaza la vieja medida estándar,
basada en la rotación y la órbita de la tierra, cuyo número base era 1 segundo
igual a 1/31556925,9747 de año. Esto significa que bajo este nuevo régimen del
cesio, el año ya no tiene oficialmente 365,242199 días sino 290 091 200 500 000
000 oscilaciones de cesio, oscilación más o menos. Esto significa que hemos
hecho realidad el sueño de César, Aryabhata, al-Juarizmí, Bacon, Clavio y
muchos otros: la construcción de un aparato que por fin puede medir un año
exacto y preciso.
Pero esto, ay, no es el final de nuestra
historia. Como sabemos, la tierra tiembla y estos temblores producen
variaciones aleatorias en su rotación. Por eso mismo el reloj base es demasiado
preciso y debe ajustarse periódicamente.
Para complicar más el tema está el hecho de
que nuestro pequeño planeta no tiene uno, sino varios años computables, todos
ligeramente diferentes. He mencionado varias veces el año sidéreo: el año que
se mide según el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del
sol. Y por supuesto el año trópico, que es el que transcurre entre un
equinoccio de primavera y el siguiente, aunque no es totalmente exacto para la
astronomía moderna, si hemos de ponemos quisquillosos. Oficialmente, el año
trópico es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor
del sol utilizando como punto de partida y de llegada el equinoccio vernal. Es
ligeramente diferente del año equinoccial, ya que la velocidad de la rotación
de la tierra disminuye ligeramente con el paso del tiempo. Esto significa que
el punto en que comienza el equinoccio un año dado en relación con el sol no
será exactamente el mismo punto un año después, debido a la mencionada
disminución y a otras fluctuaciones planetarias.
En este momento, sentado ante mi escritorio,
veo un reloj, mi reloj de pulsera, un calendario de pared, un calendario de
mesa y un pequeño icono en mi ordenador con la fecha y la hora. En el maletín
llevo un ordenador de bolsillo y un programa de partidos de béisbol de los
Baltimore Orioles. Y en casa tenemos al menos media docena de calendarios y
sabe Dios cuántos relojes; horarios de los partidos de fútbol de mis hijos,
horarios escolares, plazos para pagar recibos y fechas por todas partes. Esto
pide la siguiente pregunta: ¿Por qué necesitamos medir un picosegundo cuando ni
siguiera puedo seguir la pista de lo que hago día a día? Planteo esto al
historiador Steve Dick, del Observatorio de la Marina de Estados Unidos. Un
hombre afable y tranquilo, de pelo castaño corto y un bigote bien cuidado, que
ríe y dice que todos preguntan lo mismo. «Te sorprendería saber cuántos usos
hay», dijo, y empezó con la navegación; fue el empujón original que dio
comienzo, aquí, en el mismo Observatorio Naval, en el siglo XIX, a nuestro
actual sistema de sincronización. Según él, una milmillonésima de segundo se
traduce en el espacio lo que viene a ser unos centímetros en navegación,
detalle nada despreciable cuando se pilota un avión, de noche, con niebla, y se
quiere aterrizar en un aeropuerto o en un portaaviones. Estas divisiones
diminutas son decisivas para sincronizar la entrada de las señales televisuales
o de los satélites, para calcular transferencias bancarias, para enviar de
todo, desde correo electrónico hasta señales de sonar de un submarino, y para
que los misiles «inteligentes» sigan su trayectoria y caigan en un complejo
enemigo de armas químicas y no en medio de un arrabal popular. Los exploradores
utilizan el reloj base para encontrar rastros con unos centímetros de
aproximación, utilizando localizadores manuales SPG[*] (Sistema de Posición
Global o General). Estos localizadores cuestan unos 250 dólares y funcionan
simplemente levantando el chisme hacia el cielo, esperando que conecte con unos
cuantos satélites. Una vez establecido el contacto, el localizador indica la
situación exacta en grados, minutos y segundos. Pero esperad… Determinar el año
exacto es mucho más alucinante. Porque cuando bajamos al mundo de los
nanosegundos, el tiempo empieza a cambiar de un modo que tiene que compensarse.
El tiempo, de hecho, empieza a deformarse y curvarse notablemente en este nivel
de precisión, en ciertas situaciones, como apuntó Albert Einstein. El gran
físico teorizó que el tiempo es relativo a la velocidad a la que se viaja por
el espacio. Que el tiempo, para quien se moviera a la velocidad de la luz (300
000 km por segundo), iría mucho más despacio que para quien se moviera en la
tierra, mientras esta recorre el espacio, alrededor del Sol, a unos 30
kilómetros por segundo.
Se comprobó en 1971, cuando dos científicos tomaron cuatro relojes atómicos del
Observatorio Naval y los lanzaron hacia el este y el oeste, alrededor del
planeta, en sendos aviones. Comparando los nanosegundos de estos
desplazamientos por encima de la superficie del planeta con los relojes
atómicos que quedaron en tierra, se demostró que el tiempo de quien viaja en
avión a menos de una millonésima de la velocidad de la luz es 59 nanosegundos
más lento si va al este y 273 nanosegundos si va al oeste… diferencia debida a
que la tierra rota hacia el este. ¿Y qué significa esto para la medición el
tiempo? Por ejemplo, significa que cada vez que alguien va en avión, su «año»
tiene unas milmillonésimas de segundo más; lo que no sirve absolutamente para
nada, ya que las fluctuaciones de la tierra afectan a la duración del año en un
margen de una milésima de segundo. Pero, quién sabe, puede que llegue a
importar mucho si los humanos aprenden a viajar a grandes velocidades por el
espacio, pues un «año» en una nave espacial que se moviera a 297 600 kilómetros
por segundo duraría mucho más de 365,242199 días terrestres.
Y pensar que Perdido en este
universo en expansión de cesio, nanosegundos, curvaturas y recalibraciones está
el humilde calendario, con sus doce meses y sus 365 casillas (366 los años
bisiestos): un chisme para medir el tiempo que no oscila, ni curva el tiempo,
ni tiene nada que ver con el espectro electromagnético. Inventado en su forma
actual hace unos dos mil años, y corregido hace solo cuatro siglos, es lo
bastante viejo para ser una pieza de museo. Pero sigue siendo vital para todos.
No es que sea casi perfecto. Hay un montón de pequeños defectos que molestan a
la gente y que lo único que consiguen es que un reducido pero inquieto grupo de
reformadores en ciernes estén a la espera de conseguir un calendario mejorado
que lleve su nombre. Precisamente el otro día, un grupo de calendaristas
de Internet tuvo una breve discusión que comenzó cuando alguien apuntó que el
equinoccio de septiembre de 1997 sería el año 6000 en la cronología del prelado
y estudioso irlandés James Ussher (1581-1656). Ussher decía que Dios había creado
el mundo el 23 de octubre del año 4004 a. C. Otro participante contestó que
según el calendario bizantino (del que no sé nada) acababa de comenzar el año
7506.
En el ínterin, mientras oscilan los átomos de
cesio del reloj base, y la tierra tiembla y disminuye ligeramente su velocidad,
la mayoría de los mortales seguimos viviendo como siempre desde que nos
enteramos de que existía el tiempo, tanto si nos regulamos por el calendario
gregoriano como si lo hacemos por el holocénico, el zoroástrico, el hebreo, el
babilonio, el núer, el islámico o el lunar de las diosas. Nos tomamos del mejor
modo posible un calendario utilizado por casi todo el mundo que es defectuoso,
pero que dura, sobre todo porque satisface las expectativas de la mayoría y es
al que estamos acostumbrados.
Hablaba del tiempo de los relojes, de los
interminables ciclos de segundos, minutos y horas que pasan sin cesar. Por el
contrario, el tiempo de los calendarios está en esas casillas de días unidos
entre sí, encajonados en un tramo de tiempo finito y artificial. Después de
todo fuimos nosotros, los humanos, quienes inventamos este objeto que es a la
vez una herramienta milagrosa y una jaula de momentos finitos que nos obliga a
ir corriendo de un lado para otro, intentando sacar el máximo partido del breve
tiempo que nos ha tocado. Hay momentos, cuando llego irremediablemente tarde, o
no puedo meter nada más en mi agenda, en que doy un suspiro y me digo que ojalá
aquel hombre de Cromagnon del valle del Dordoña, de hace 13 000 años, hubiera
tirado a un rincón el hueso de águila y se hubiera puesto a dormir. O se
hubiera ido a dar un largo paseo bajo el cielo paleolítico. O se hubiera ido a
jugar con sus cromagnoncitos. Por supuesto, esto solo habría retrasado lo
inevitable, pues algún otro homínido vestido con pieles se habría encargado de
grabar muescas y contar fases de la luna, lanzando a la humanidad a su extraña
y épica búsqueda.
Para concluir con el tema, se
trata de meras curiosidades históricas que al común de la gente ni le va ni le
viene, para algunos los caros relojes que lucen sólo sirven para chicanear que
su reloj sólo se atrasa una milésima de segundo cada mil años, como si eso
fuera el non plus ultra de la sapiencia suma, para el resto de la humanidad lo
único cierto es que tenemos un calendario que nos indica la fecha y un reloj
que nos avisa la hora para levantarnos o para no llegar demasiado tarde a una
cita. Así de simple es la vida. Y cuándo los momentos se convirtieron en
minutos y segundos? Supongo que con la invención del reloj mecánico, cuando le
pusieron las manecillas que así lo indicaban.
Pérdida de tiempo? Tal vez, pero
aprendí un montón de cosas que desconocía.
Para los comerciantes, los relojes conectaban
el tiempo más que nunca con el trabajo, con el dinero y con sacar el máximo
partido del momento presente, ya que el reloj subrayaba con crudeza que solo
teníamos una cantidad limitada de horas al día, y de días a la semana o al mes,
para resolver los negocios.