Cuando algo que normalmente está, no lo extrañamos, solo lo hacemos cuando nos hace falta (y no se tomen estas palabras como de libro de autoayuda, lejos de mí). Me refiero a que damos por normal, por corriente, tener constantemente luz, agua, gas, servicios públicos. El día en que por cualquier razón se nota su ausencia, así sea temporal, vemos las cosas de otro color.
En días pasados nos quitaron el gas (no por falta de pago, advierto). Al parecer hubo una fuga de gas, según pude averiguar, y cortaron el suministro en toda la torre. Qué vaina, pensé. Nada más. En el curso del día me fui encontrando con vecinos y como el tema del día era el del común, oí diferentes comentarios sobre la situación.
-
Cuánto durará?
Dijo alguno.
-
Y yo qué voy a
hacer? Pensaron y dijeron varias vecinas.
- Hasta cuándo será? Inquirió algún otro.
Y así sucesivamente. Pero una en particular llamó mi atención. Una señora que venía sola, nadie a su alrededor que la pudiera oír o con quien estuviera departiendo y alcancé a oírla, luego de tirar la puerta de acceso con rabia, diciendo en voz alta: Qué desgracia, siempre pasa lo mismo, desgraciados. Quedé asombrado, porque no es común que suceda y menos ver a la rubicunda señora que lo decía de mala manera, de forma grosera a un indeterminado público que le tenía sin cuidado sus comentarios rabiosos. Se quejaba de tal manera para sí misma, brava, grosera, intolerante. Y por ese solo hecho me hice una imagen de lo que puede ser esa persona, la cual prefiero que esté bien lejos de mi entorno, porque es de las que envenenan porque ya están en su propia vida envenenadas.
Me hizo pensar en que una sola actitud puede dibujar o desdibujar a una persona, llamando al rechazo tácito por ese solo hecho.
Y eso me hizo acordar de otra señora del conjunto, con fama de conflictiva e intolerante, por su propia naturaleza, de esas que nunca saludan y que para evitarlo de antemano ponen mala jeta (se diría en mis tiempos), como si odiara a la humanidad.
Pues coincidió que me la encontré en un ascensor, yo ya bajaba en él y ella se subió. Saludé por educación, aunque me enseñaron que el que entra es el que saluda, pero bueno, se hizo un silencio embarazoso como única respuesta. Simplemente me dije: vea pues. Y lo curioso es que una vez entró al ascensor lo primero que hizo fue voltearse para no verme, y lo hizo de tal forma que adoptaba su posición contra la pared del ascensor, como si estuviera castigada mirando a la pared. Ese hecho me llamó la atención y en principio pensé que era un movimiento para luego reacomodarse. Pero no, todo el camino lo hizo mirando a un rincón como si estuviera castigada. Al llegar al primer piso intenté cederle el paso, por educación, como me enseñaron, esas costumbres no he podido perderlas. Pero nada, siguió mirando hacia el rincón, como si siguiera castigada. Pues simplemente salí y de reojo vi que se quedaba allí quieta hasta que me vio alejándome y ahí sí salió. El que es no deja de ser, pensé. Pobre mujer (o mejor, pobre bruja), fue lo que pensé, con razón que nadie la quiere, hasta de pronto es una sociópata que no debería… vivir en comunidad, digo, preciso, tan malo no soy o sí?
Personajes que uno se encuentra en la vida y de los que es mejor huir. Cómo una situación habla de la persona, concluí.
La cara
de la gente cambia cuando no tiene miedo. La cara de la gente dice muchas
cosas.[1]






