¿Y qué vas a hacer después de que mueras?
Podía parecer una pregunta impertinente, pero
no lo era. Era una cuestión de vida. Nunca lo había pensado. Qué sería de mi
vida después de que muriera, resonó en mi pensamiento esa pregunta. Me gustaría
saberlo, pero me era imposible imaginarlo. ¿Acaso uno podía elegir? ¿O acaso el
destino ya había elegido, como eligió lo que había sido esta vida que se iba?
Allí surgió la inquietud, qué iba a hacer después de morir. No era una decisión
que se pudiera tomar a la ligera, porque era una decisión definitiva. Aunque
también podía ser que no fuera una decisión que uno pudiera tomar, no de
antemano, supondría uno o, tal vez, con lo irresponsable que uno podía llegar a
ser dejaría que el destino jugara o que fuera Dios el que tirara los dados,
simplemente dejar que fuera lo que fuera o lo que debería ser. Aún agotando la
vida, agotada ya, de cansancio y de vigencia, no era para tomarse la pregunta
tan a la ligera, pues podía estar en manos de uno decidir sobre la continuación
y la continuidad de la vida en otra vida. Si dependiera de uno… si dependiera
de uno tal vez no estaría interesado en repetir la historia y de ser posible
quién no la mejoraría, claro está. Aunque surgiría la duda, pues se trataría de
otra vida, en otro plano, sin saberse si era igual que el de acá, del que se
estaba acabando.
¿Adónde puede ir un muerto? Una pregunta cuya respuesta solo los muertos conocen.[1]
Joven, no voy a ninguna parte.[2]
[1] Nickel Creek, When in
Rome (Citado en Los atormentados. John
Connolly.)
[2] El poder de las tinieblas. John
Connolly.
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