miércoles, 18 de marzo de 2026

HAY QUE AMASAR EL PAN

             Leyla Guerriero, periodista argentina, en un podcast de la BBVA una panadera mencionó en ese artículo, lo que me hizo recordar Como agua para el chocolate de Laura Esquivel, que le había oído y siempre le recordaba el artículo cuando amasaba el pan. Confieso que el artículo que citó de Leyla no lo leí, porque quería hacer mi propia composición de un título oído.

             Me llevó a mi niñez, en la panadería del barrio, viendo, mientras lo compraba, cómo el panadero que había madrugado como a las cuatro de la mañana, amasaba ese pan a mano limpia, porque no se solía usar amasadora mecánica, no sé si no existía o solo era para grandes panaderías, la cosa es que lo veía repartir harina, amasar y amasar, con su uniforme blanco y su gorrito de igual color, aunque no era ya blanco, su uso ya lo había perfilado como un veterano.

             En alguna oportunidad hice mis pinitos, cuando me dedicaba a cocinar, y decidí hacer pan, tratando de mejorar el que mi mamá, aventurera, hizo en alguna oportunidad. Y no era fácil y trataré de recordarlo a mano alzada, lo que me hace reír ahora cómo toda la cocina quedaba embadurnada de harina, con los consiguientes reclamos, pero era parte de la experiencia.

             Agua, harina, levadura, huevo dependiendo del tipo de pan que se quisiera hacer. Pero eran los ingredientes básicos. Ah y la sal. Agua y harina era el comienzo y aglutinar, más que amasar inicialmente, y calcular si estaba poco o muy húmeda esa amalgama. No tenía noción de medidas, de cantidades, de forma de amasar, no sabía que había que airear la masa, que había que dejarla reposar, que se debía consentir. Hoy tal vez domine la teoría pero queda mucho para que pueda resultar, en mi caso, un buen pan.

             Como sea, con el mazacote inicial de agua y harina, un poco de sal, qué tanta, vaya uno a saber y levadura, ignorando igualmente su cantidad. Hasta que ese mazacote toma consistencia de masa y de allí en adelante es amasar, amasar y amasar y he de reconocer que es una actividad para sacar músculos. Y la masa, para que no se pegue, rodearla constantemente de harina, solo harina, hasta que toma su forma definitiva.

             Unir elementos para hacer una creación, amasar para que haya consistencia, para que se airee, levadura para que crezca, amasar y amasar para que surja la esperanza de un buen pan, esponjoso, aireado, consistente.

             Y entre el amasar, amasar y amasar, dejar volar el pensamiento, rodearse de todas esas preocupaciones, de esos antojos, de esos deseos, de esas esperanzas. Airear para tomar nuevos aires, nuevas fuerzas. La levadura para ayudar al crecimiento, para el esponjamiento adecuado. Unir elementos para formar un prospecto y ver el paso del tiempo entre el inicio y el final, incluida la horneada que es la labor definitiva, cuando se cuece esa masa, cuando desprende su aroma, ese aroma tan especial del pan horneándose. Todo esto me llevó a pensar que en esto se resumía la vida, cuando se llegaba a un buen aroma, aroma de infancia, aroma que toda la vida lo acompañaría al hacerse inolvidable.

             Y ahora, justo el reconocimiento para la autora original, que en sus palabras decía:

 Hay que amasar el pan. Hay que amasar el pan con brío, con indiferencia, con ira, con ambición, pensando en otra cosa. Hay que amasar el pan en días fríos y en días de verano, con sol, con humedad, con lluvia helada. Hay que amasar el pan sin ganas de amasar el pan.

Hay que amasar el pan con las manos, con la punta de los dedos, con los antebrazos, con los hombros, con fuerza y con debilidad y con resfrío. Hay que amasar el pan con rencor, con tristeza, con recuerdos, con el corazón hecho pedazos, con los muertos. Hay que amasar el pan pensando en lo que se va a hacer después. Hay que amasar el pan como si no fuera a hacerse nada, nunca más, después.

Hay que amasar el pan con harina, con agua, con sal, con levadura, con manteca, con sésamo, con amapola. Hay que amasar el pan con valor, con receta, con improvisación, con dudas. Con la certeza de que va a fallar. Con la certeza de que saldrá bien. Hay que amasar el pan con pánico a no poder hacerlo nunca más, a que se queme, a que salga crudo, a que no le guste a nadie.

Hay que amasar el pan todas las semanas, de todos los meses, de todos los años, sin pensar que habrá que amasar el pan todas las semanas de todos los meses de todos los años: hay que amasar el pan como si fuera la primera vez. Habrá que amasar el pan cuando ella se muera, hubo que amasar el pan cuando ella se murió, hay que amasar el pan antes de partir de viaje, y al regreso, y durante el viaje hay que pensar en amasar el pan: en amasar el pan cuando se vuelva a casa.

Hay que amasar el pan con cansancio, por cansancio, contra el cansancio. Hay que amasar el pan sin humildad, con empeño, con odio, con desprecio, con ferocidad, con saña. Como si todo estuviera al fin por acabarse. Como si todo estuviera al fin por empezar. Hay que amasar el pan para vivir, porque se vive, para seguir viviendo. Escribir. Amasar el pan. No hay diferencia.
 

La naturaleza en sí no cambia: lo que cambia es nuestra manera de verla.[1] 



[1] ¿Quién ocupó el despacho de Einstein? Ed Regis.

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