Más
allá, vi el resplandor de los canales en las marismas, convergiendo en algunos
sitios al abrirse paso entre los juncos, las aguas de uno entremezclándose con
las de otro, cada uno cambiado irreversiblemente al confluir. Así eran las
vidas: cuando sus caminos se cruzaban, quedaban alteradas para siempre por el
encuentro, unas veces de una manera leve, casi invisible, y otras de forma tan
profunda que ya nada podía ser después igual. El residuo de otras vidas nos
contagia, y nosotros a nuestra vez lo transmitimos a quienes encontramos más
adelante.
Ya había hablado del desconocimiento
de nuestros ancestros, de los cuales solo llegábamos a conocer algo, bastante
poco a medida que se retrocedía en el tiempo en el cual se iba diluyendo la
memoria familiar.
Pues bien, oyendo un podcast, Ecos
del Olimpo,
hablaba de la progresión geométrica que existe en uno relacionada a la casi
imposible tarea de poder determinar la rama común del ADN que hoy nos acompaña,
gracias a las sucesivas procreaciones que se han sucedido desde quién sabe
cuándo.
Eso me hizo pensar ahora en dos
aspectos más.
El primero, si partimos como ejemplo
de mi caso, mi papá insistía en que era indígena, particularmente chibcha, y
que sus ancestros lo eran; vaya uno a saber. Mi mamá, por su parte, muy
engreída se regodeaba de ancestros italianos, al haber sido su abuelo uno de
ellos; su mamá, nortesantandereana y si se sigue la línea ancestral procedería
de los guanes, cosa que ella no aceptaría ni por el chiras. Vaya uno a saber.
Lo que es cierto es que… no sabemos nada de nada. Lo cierto es que con la
fusión indígena propia de tiempos inmemoriales se llegó a una fusión entre
indígenas de diferentes tribus, y a su vez, con la conquista hubo fusión de
fusión, con la española, por citar la predominante, pues hubo conquistadores
alemanes y más adelantico franceses e ingleses, por citar algo más. Con el
esclavismo pues llegaron los negros africanos. Es decir, sin saberlo, somos la
amalgama directa o indirecta de todas esas razas, tenemos una mezcla bastante
curiosa y nada más ver un examen de ADN le dice a uno los porcentajes que tiene
de indígena, de africano, de europeo y qué tanto de asiáticos. En consecuencia,
no somos nada y somos todo, pero odiamos a unos extranjeros y admiramos a
otros, que es la curiosidad que me nació, cada día nos parecemos más a Trump,
hijo de inmigrantes europeos, pero que se cree más gringo que los realmente
autóctonos y por ello tiene derecho a perseguir a otros inmigrantes. Vea pues.
La otra duda que me surgió, teniendo
en cuenta todo lo dicho, es el ADN. Se sabe que se trasmite de generación en
generación, de donde deduzco que tengo que tener una parte de ADN originario, sin saber de hace cuántos
miles de años. Sin embargo, siguiendo el mismo pensamiento del punto anterior,
me preguntaba qué tanto se diluye el ADN al mezclarse con el de la pareja y así
progresivamente en cada generación. Eso ocupó mi cabeza, saltarina como
siempre, pensando en que sabemos (creo) que somos todos, pero somos únicos
(pensando genéticamente). Cómo saber si el genio que tengo (entendido como
carácter más que como intelecto, vaya uno a presumir), decía que cómo puedo
saber si el carácter que me prima no se parece al de algún ancestro de por allá
la Edad Media, o de la era anterior a Cristo o que resulte semejante al de
Calígula, Nerón o Stalin, con la esperanza de que hubiera también parte
angelical, pues hubo una época en que los papas eran muy fértiles y algunos
santos igualmente, lo que me hace acordar de las veces en que he oído que algún
rasgo o gesto era el propio del tatarabuelo, al que nunca conocería y del que
poco se sabría, salvo si hubiera sido adinerado o hubiera tenido poder. Vaya uno
a saber.
Si somos la suma de todos (al menos
de toda una familia que viene de muchísimos siglos atrás, así la ignoremos, sea
por desprecio o por verdadera ignorancia) cómo en pleno siglo XXI seguimos
rechazando al inmigrante que, en algún momento pudo hacer parte de esa familia
ignorada.
La retórica me sigue rondando (no el
arte sino las preguntas inconclusas con respuestas igualmente inconclusas).
… porque no te queda más remedio, porque no
existen otras alternativas.
—Eso tampoco lo entiendo. Todo el mundo tiene alternativas, ¿no?
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