Algo, una lectura, una película, una canción, no sé qué me hizo pensar en si valdría la pena volver al pasado, no al de cualquiera sino al mío, manteniendo mi edad actual, ser un espectador de lo que fue mi vida antaño.
Pero aún así valdría la pena retomarla, me pregunto ahora. El ir del hoy al ayer me da como cosa. Pensar en que mis niñitos cada uno tiene unos cincuenta carritos y verme ante la diferencia de niñez de ayer, la mía y la de hoy, la de ellos, debe causar algo de trauma, me digo, al no haber tenido tal cantidad de juguetes, por ejemplo. El enfrentar mi pasado con el transcurso del tiempo al mismo tiempo, verme sin teléfono y luego con celular, de la manualidad a la tecnología, de no tener, por no existir el computador, a tenerlo y haber vivido todas sus transformaciones hasta ahora, eso ha de ser traumático, tanto como un nieto preguntando que cómo fue posible que uno creciera sin internet. Tan traumático como el encontrarse con compañeros de colegio cincuenta y pico de años después de haberles perdido la pista.
Porque pensaba que ese volver al pasado ha de hacerse teniendo conciencia de los años transcurridos y de los momentos vividos y de uno viendo un retrovisor en donde no se reconoce, porque ya ni se acuerda de cómo era uno de niño, de joven o de padre, solo se ve como se es actualmente, lleno de recuerdos y de vejez, entre otras cosas.
Por eso no me gustaría volver al pasado. Me basta con el recuerdo.
—La foto es antigua —dijo.
—Muchas cosas son antiguas —repliqué—. Uno no puede permanecer joven y guapo eternamente.[1]
Hay entusiasmos que resultan patéticos a
partir de cierta edad.[2]
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