Es muy común encontrarme con frases en Facebook
de lo bella que era mi ciudad hace cincuenta, sesenta años, para el caso de
Bogotá. Es una constante que se lee en redes cuando se ven fotos viejas de
Bogotá. Y se pavonean diciéndolo. Y es más, parecen comentarios de personas que
no parecen tan viejas y, por ende, que no la conocieron como era.
Yo, por mi parte, la conocí conscientemente desde
los sesenta. Bogotá, en mi recuerdo, específicamente del centro de la ciudad,
siempre fue gris, siempre con lluvia, lo que implicaba calles encharcadas, mal
alcantarillado, calles estrechas, exceso de gente, todas bien abrigadas, hasta
con sombrero y sombrilla, gabán, chaleco y corbata, eran escasos los días de
sol, más los días de lluvia que la hacían gris y en todo caso era mejor ir bien
preparado. Además, todos pendientes por donde caminaban porque eran muy
normales los raponeros y qué decir de mendigos y gamines o pelafustanes, que
también abundaban.
Qué linda mi ciudad, seguirán diciendo los que
no quieren ver la verdad o quienes ni siquiera la avistaron. Y qué frío el que
hacía.
Había zonas intransitables, por lo angostas,
por la inseguridad. Las Cruces, la Caracas, la 13, la 10ª, la 6ª por citar
algunas; pero qué bonita era mi ciudad, seguirán diciendo.
El centro colmado de iglesias y pasar por sus
laterales era pasar por el hedor de orina y mierda debidamente mezcladas. La
Catedral y las Nieves, por citar algunas y eso que en casi cada cuadra había
una (Santa Bárbara, San Agustín, Santa Clara, San Ignacio, la Bordadita, San
Francisco, la Tercera, Veracruz, por citar las más conocidas, sin olvidar
Monserrate, Guadalupe, la Peña, las Aguas, Egipto y otras más). En su época mal
mantenidas, su recuperación creo que se inició luego de los ochenta, cuando se
tomó, supongo, conciencia de la conservación de monumentos y para hacerla
parecer menos parroquial. Eran lúgubres, lo recuerdo; oliendo a incienso y vela
y otros olores menos recomendables, aunque tampoco eran tan lúgubres como pinto
la ciudad. Se me viene a la memoria San Victorino, la Estanzuela, el Voto
Nacional, Medicina legal, zonas igualmente poco recomendables para las personas
de bien, como se nos conocía.
Todo eso lo conocí bien, desde 1969 estudié en
el centro, en la Plaza de Bolívar y cada día lo viví, tanto que me volví
experto en esquivar carros y buses, en la 10ª, la Caracas, la 13, la Jiménez,
entre otras. Uno pasaba las calles grandes, porque aún no tenían la
denominación de avenidas, como podía, como dije, haciéndole el quite a buses y
carros, camiones, zorras (vehículos de tracción animal, se diría hoy), cada
cual iba a su antojo porque no había cebras para pasar y la escasez de
semáforos era notoria. Pero qué tan bonita ciudad era, seguirán diciendo
algunos. Y eso que no menciono lo que era la ciudad antes del cincuenta, por lo
que oí contar, porque ese es otro cuento, se llamaba ciudad pero no pasaba de
ser un pueblo grande que comenzaba a tener conciencia de lo que era una ciudad.
Pero tenía su encanto, he de reconocerlo y viví
su transformación. Hoy ya es una ciudad, hoy ya puedo decir qué bonita es mi
ciudad y es una ciudad capital con todo lo que puede ofrecer en casi todos los
aspectos, aunque sigan existiendo, como en toda ciudad, zonas poco
recomendables y lo digo con conocimiento de causa. Mis últimos años laborables
los viví en la 19 con Caracas, quienes sepan del lugar sabrán de qué hablo y
desde mi oficina me entretenía viendo desde la comodidad de mi oficina todo lo
peor que puede haber en una ciudad, prostitución, locos, mendigos y hampones.
Me quedé con un buen registro fotográfico de la zona.
Pero esta es Bogotá, mi ciudad, de patito feo
que se convirtió en cisne, aunque algo desplumado en ciertos lugares. Qué se le
va a hacer.
Al fin y al cabo hay cosas que es mejor no
decir.
(Fotos tomadas de Facebook, dicientes de lo que
digo)
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