Caras largas, oblongas, rectas,
redondas, abultadas, estiradas, con botox bastante notorias. Cutis con exceso
de maquillaje, caras lavadas. Ojos verdes, negros, azules, cafés, con vida, con
expectación, apagados, dejados, iluminados, tardíos, melancólicos. Bocas
rectas, labios abultados o simplemente rectos que no se dejan percibir. Cuellos
abultados, traslucidos, con inicios de bocio, arrugados, levemente estriados,
lavados, estirados, pegados a los hombros, largos y sílfides. Pelo chuto, ralo,
liso, embadurnado, largo, de virgen de pueblo, corto, masculino, calvo, corto
militar, tuso, incipiente calvicie tratada de ocultar, por cuestiones de
vanidad, vaya cosa ser calvo, teñidos la gran mayoría, escasos los naturales,
barbas, bigotes, lampiños, ni lo uno ni lo otro, así hayan tratado de no
afeitarse ese día. Altos, medianos, bajos. Chiquitines, adolescentes, unos
deseando subir al siguiente peldaño, otros olvidando que lo fueron. Gordos,
flacos, ni lo uno ni lo otro, obesos y escuálidos. Morenos, negros, blancos a
los que les faltó sol, variedad de colores, unos más oscuros que otros, unos
más blancos que los oscuros.
Eso vi mientras esperaba en un
centro comercial. Ver, lo que nunca había notado, cómo una cara en una
conversación ajena hace una cantidad de gestos acompañando las gesticulaciones
verbales, cosa curiosa. Las ropas igualmente son delatoras, la mayoría, intrascendentes,
pocas las elegantes, porque hasta las de marca se han rebajado.
Niños, jóvenes, adultos, viejos.
Mujeres que no parecen mujeres, hombres que parecen mujeres, personas que no
tienen definición, hombres que no son tan hombres, toda una gama de diversidad,
vaya variedad, mis antepasados se escandalizarían, pero yo ya no, con todo lo
que he visto, ya ni para qué. Cada cual con sus gustos y aficiones.
Y pasó una muchacha con un trasero
bastante grande, supuse que debido al exceso de silicona y otra que estaba en
el pasillo se quedó mirando ese trasero, primero con admiración, con envidia y
luego con dejadez, con inquina, miradas delatoras.
A eso llamo diversidad cotidiana,
siempre desapercibida, pero presente y con todo no tenemos la suficiente
humanidad para reconocernos como iguales a pesar de tal divergencia, de tanta
amalgama, a simple vista todos iguales a pesar de tales diferencias, sin
conocer de intimidades. Diversidad que nos hace rechazar a los feos, a los mal
arreglados, a los que no cuadran en nuestra visión de lo que creemos que somos.
Y eso somos, una diversidad que no hemos podido ver y mucho menos aceptar, al
no poder reconocernos, al sentirnos superiores o mejores. Diversidad en una
misma ciudad, en un mismo centro comercial, pero nos falta humanidad para
reconocer al resto de humanidad y por eso estamos donde estamos, al rechazar de
entrada al extranjero, como si fuera diferente.
A eso llamo diversidad con
perversidad.
—Y a mí
que empezaba a gustarme la vida tranquila.
—Sí, pero
necesitas el ruido para valorar el silencio.
Los
hombres de la guadaña. John
Connolly.
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