Pregunto si hay jugo de piña. Manejamos
jugo de piña? pregunta a una tercera persona. No, me contesta. Entonces de
naranja, pido. También manejamos jugo de naranja? Vuelve a pregunta a esa
tercera persona. Si, me vuelve a responder.
Ahora, mientras escuchaba a esas chicas
farfullar e imaginaba que algún día Gabby pudiera expresarse con la misma
banalidad y el mismo desinterés por el idioma, pensé de nuevo en comprar esa
escopeta, pero esta vez para volarme los putos sesos. Cinco mil años de
civilización, más o menos, dos mil trescientos años transcurridos desde los
tiempos de la biblioteca de Alejandría, cosa de cien desde el nacimiento de la
aviación, con ordenadores de pequeños a nuestro alcance para acceder a toda la
riqueza intelectual del planeta… y a juzgar por las chicas que había en esa
sala, el único avance realizado desde la invención del fuego había consistido
en convertir la expresión «o sea» en un comodín que tanto podía ser un verbo,
un pronombre, un artículo o, si era necesario, toda una frase.[1]