viernes, 5 de junio de 2026

HUMILDAD

                Siempre me ha llamado la atención la humildad colombiana, en un principio propio de los paisas (Medellín la mejor ciudad del mundo; Antioquia el ombligo del mundo; las mejores telas, las mejores cosas, todas paisas), sí, siempre los primeros en todo y esa maña se nos pegó a todos los colombianos, ya nos creemos que somos los primeros en todo. Hasta ya casi, si es que no es ya, somos los primeros en casi todo, o eso replican los noticieros.

                Que somos privilegiados y lo decimos a los cuatro vientos, que tenemos costas en dos mares (y qué, me he preguntado); que somos productores de oro, piedras preciosas, carbón (Y? acaso algo de eso es nuestro o se queda en el país? Acaso disfrutamos de sus resultados?). Que tenemos las cuatro estaciones en un solo país (y lo bien que lo administramos, con Medellín y su eterna primavera, tanto que ya casi ni tenemos agua[1], y los inviernos y veranos son intensos[2]…)

                Pues sí, qué orgullosoooo me sientooooo de ser colombianooo (nótese la elegante y creativa o), pero qué cagada serlo, me digo, pero seguiremos siendo los primeros en abandono, los primeros en deuda externa, en corrupción, los primeros en tantas cosas que solo nos quedará el recuerdo de la vieja canción: a quién engañas abuelooo, yo sé que estás llorandooo, en vez de ese qué orgullosoooo me sientooooo de ser colombianooo  (nótese la ironía).

                Y pensar que no somos nada, en que las industrias colombianas no son de colombianos, en ser primeros en estar más empeñados que pobre con gota a gota, que pronto no habrá demasiado qué explotar, los otros se lo han llevado. Pero qué pesimista amaneciste, dirán, aunque quizás todavía tengamos algo de todas esas cosas que nos enorgullece, pero todo empeñado, me apena informarles, pero tranquilos que nadie nos quitará el primer puesto en corrupción, droga, guerrilla, abandono.

                Aunque otra de las virtudes de los colombianos es querer acomodar todo a su antojo e interés, si es malo tratamos de que no lo sea; si bueno, lo magnificamos, pero nunca estaremos satisfechos, lo que me hace recordar a Procusto[3] y su legado con el lecho de Procusto[4], deformar la realidad para que se ajuste a nuestro interés. O su síndrome (Síndrome de Procusto define la intolerancia a la diferencia, cuando alguien quiere que todo se ajuste a lo que dice o piensa). Y ahora con que la camiseta de la selección Colombia es un símbolo patrio y no se puede usar porque la vamos a irrespetar, como si hubiera algo qué respetar, pues ni la sentencia de esa jueza que se le ocurrió esa bonita novedad, hay que ser muy petrista para llegar a esos extremos o estar bien drogado como ese que se dice ser presidente de esta Locombia. Vea pues. 

               Y no sigo, basta con un amén, hermanos! 

Pero los niños ven las cosas del mundo por los ojos de la inocencia, bañadas por una luz y un candor que no son sino la imagen más dulce de su verdadera semblanza. Que luego viene la vida a poner a cada uno en su sitio y a templar los ánimos con desencantos y padecimientos, para hacerles salir del engaño que habían traído y vengan a ennoblecerse y endurecerse como el más puro acero.[5] 

Foto JHB
Museo Quimbaya, Armenia.



[1] La sequía era de las habituales, y, como siempre, pensábamos que nunca había habido una sequía así.
—Otra vez se acaba el mundo —bromeé. Me miró fastidiado. La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[2] —En el campo, cualquier cosa es siempre señal de un crudo invierno —dijo James—, basta con que la gente lo repita lo suficiente para acabar teniendo razón algún año. Agatha Raisin y la boda sangrienta. Marion Chesney.

[3] Dice Wikipedia: Fue un posadero deshonesto y malintencionado que regentaba una hospedería en el Ática (según algunas versiones, a las afueras de Eleusis) en la que asaltaba y robaba a sus huéspedes. Fue uno de los malhechores muertos por Teseo. Procusto tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta y su cuerpo era más largo que la cama, procedía a aserrar las partes del cuerpo que sobresalieran: los pies y las manos o la cabeza. Si, por el contrario, era de menor longitud que la cama, lo descoyuntaba a martillazos hasta estirarlo (de aquí viene su nombre). Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque Procusto poseía dos, una muy larga y otra demasiado corta, o bien una de longitud ajustable. Procusto continuó con su reinado de terror hasta que se encontró con el héroe Teseo, quien invirtió el juego, retando a Procusto a comprobar si su propio cuerpo encajaba con el tamaño de la cama. Cuando el posadero se hubo tumbado, Teseo lo amordazó y ató a la cama y, allí, lo torturó para «ajustarlo» como él hacía a los viajeros, cortándole a hachazos los pies y la cabeza. 

[4] Sigue Wikipedia: El «lecho de Procusto» es una forma proverbial o norma arbitraria para la que se fuerza una conformidad exacta. Se aplica también a aquella falacia pseudocientífica en la que se tratan de deformar los datos de la realidad, para que se adapten a una hipótesis preconcebida.

[5] El cautivo. Jesús Sánchez Adalid.

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