Luego de cerca de doce años de compartir nuestra cita diaria, de lunes a viernes, a las diez de la mañana, para ser más exactos, noto su ausencia. Era nuestra cita, era nuestro paseo. Debía irse, por el cansancio de la vida y por los pasos de vejez que correspondían.
Mucho tiempo si se ve desde la distancia, poco tiempo si se observa desde la cercanía, pero desde que llegó eso se sabía, sin decirlo, que su vida sería más corta que la mía, por razones naturales.
Milán. Esa gota de perro que llegó a nuestras vidas. Desconfiado, desde recién nacido, pero era así. Independiente, siempre se creyó el alfa de la manada; al crecer adoptó bien su papel, ponía orden cuando el resto se desordenaba. Distante, poco le gustaba ser acariciado, nada más lo necesario, así establecía distanciamientos, aunque ya de viejo disponía de unos momentos para dejarse acariciar lo necesario, sin excesos, pienso ahora. Eso me trae a la memoria del costeño que veía a los perros y saludaba con cariño a Gandalf (Randalberto para mí) y miraba a Milán y le decía: a usted no lo saludo porque es un grosero, lo decía porque nunca se dejó acariciar de él. Una entre una multitud de anécdotas que pudieran contarse de Milán. Cerca de doce años de anécdotas.
Ante su ausencia, se nota la ausencia.
Y tuvo su buena vida, puede darse por satisfecho, todos le quisimos, le consentimos, le mimamos y le regañamos, porque era Milán.
Difícil expresar todo el sentimiento; podría escribirse todo un libro sobre su vida si juntáramos las vivencias de cada uno de los que compartieron su vida, pero cada uno tiene su sentimiento atravesado en su propio corazón, cada uno llorará su ausencia, pero todos conservaremos su presencia en nuestro corazón, más allá de las lágrimas que puedan generar esa ausencia, pero es mejor ver el recuerdo con sonrisa de todas sus locuras, mañas y costumbres, por su especial forma de ser.
De allí que más que lágrimas debemos recordarlo con sonrisas y con las locuras que puede andar haciendo en otro mundo junto a Randalberto y a Greta, que fueron nuestros compañeros acá y lo siguen siendo allí donde estén. Ya nos encontraremos!
Cerca de doce años de vida bien compartidos, nada más por eso hemos de estar agradecidos con la vida.
El hombre tiene que aprender más del perro que
el perro del hombre. Quizá por eso pretendemos humanizarlos, para no sentirnos
tan mal cuando confirmamos que ellos son mucho más sabios que nosotros.[1]
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