La serie del arquitecto inglés Dermot Bannan lo lleva a uno a tan disímiles lugares del mundo mostrando casas espectaculares, de ingenio, de curiosidad, de líneas raras. En esta serie se muestran casas lujosas, naturalmente de ricos, no puede ser de otra. Y construidas por famosos arquitectos, no puede ser de otra. En uno de sus capítulos (episodio 7, 1ª temporada), sobre casas en Canadá, mostró la de James Drewry Stewart[1], que siendo además de matemático y violinista, por lo que dentro de la casa hizo una sala de conciertos. Bella casa. Lo curioso es que invirtió en la casa 25 millones de euros, pues pensó en qué podría gastar parte de su fortuna, pues tenía más de lo que necesitaba y terminó con esa casa y lo llamativo es que luego de su muerte se vendió en solo 9 millones; para eso es la plata, me digo. Y a la vez me preguntaba si a uno le preguntaran en qué quería gastar la fortuna, sabiendo que había más que suficiente, en qué lo haría? Buena pregunta que queda en el aire, naturalmente sé que ese sueño no lo puede tener un pensionado que vive de esa mesada, pero envidia sí da.
Ahora bien, hay otra curiosidad en la serie. Dije que las casas eran de ricos, lujosas, construidas por famosos arquitectos, en su mayoría, aparentemente hogares, pero todas ellas tenían un común denominador, además de ser de lujo y buen gusto, en ninguna de ellas se sentía el calor de hogar, ausencia del concepto de familia, de hogar. Por eso las hace asépticas, frías, sin ese toque particular que debe contener la palabra misma de hogar. Eso me hace acordar de las épocas en que mi mamá me llevaba de visita a alguna conocida considerada, por ella y por la época, como de gente bien, según ese estereotipo, en el que estábamos tan bien condicionados, que la orden era sentarse en donde nos dijeran y que nos quedáramos quietos, bien quietos, dígame a mí a esa edad, porque qué vergüenza que dejáramos caer una gota de nuestro ADN que ensuciara la pulcritud de la gente bien. Cosas de la vida.
Pero como eran casas, más que hogares, de gente rica, construidas, como dije, por famosos arquitectos, parece que no importara la sensación de hogar, sino de lujo, tal vez el arquitecto pensara en estructuras, vigas y paredes, pero qué importaba eso de calor de hogar (tal vez porque sus propietarios eran viejos, maricas o solitarios, o… no sigo). Eso sí, bellas pero sin calor, de hogar.
Eso me lleva a pensar que una casa debe tener primordialmente ese calor, el calor de hogar, de familia, de pertenencia, de querer estar allí, que le envuelva esa sensación que solo se obtiene en una casa que tenga calor de hogar, más que la construcción individualmente considerada.
—¿Y qué piensa?
—¿Sobre lo que usted hizo?
—Sí.
—Que hizo lo correcto —sentenció.
—Oh —casi le sonreí, de pura gratitud.
Me miró a los ojos:
—Pero se equivocó.[2]
[1] Matemático canadiense que hizo su fortuna con la
publicación de libros didácticos.
[2] La última causa perdida. Dennis Lehane
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