lunes, 8 de junio de 2026

CONÓCETE A TI MISMO

                Esa frase sigue dando vueltas en mi cabeza. Acaso uno es un desconocido de uno mismo? Acaso no tiene sus secretos y bien guardados? Si lo vemos desde dos aristas diferentes, podría uno decir que ni el Papa en su eterna sabiduría se conoce, pero tal vez, se conoce muy bien y por eso está donde está, es el elegido. Y la pregunta que me ronda es qué es conocerse a sí mismo. Aclaro que ningún ser humano tiene la virtud de dar fe de su conocimiento propio por la sencilla razón de que no es objetivo en su propia opinión. Todos mienten, diría el doctor House.

 

— Pero ¿cuántos de nosotros pueden hablar con conocimiento de su propio interior? Vemos nuestra mortalidad solo a través de la mortalidad de los demás[1]Aunque Moriré el día que tenga que hacerlo, ni uno antes ni uno después, te doy mi palabra.[2]

—Pues háblame de cuando estaban vivos. Nadie muere del todo mientras otros lo recuerdan o piensan en él.[3]

—Al final, un hombre solo comprende la realidad de la muerte, del dolor último, en el momento de su propia muerte.[4] 

—Eran tiempos difíciles. Aunque, bien pensado, ¿cuáles no lo son?[5] 

—Nunca volví a verlo. A menudo pienso en cuánta gente ha entrado en mi vida apenas unos minutos y levantado algo de polvo, para desaparecer después.[6] 

… la gente (esa abstracción, una multitud de vagos rostros sin facciones)[7]

He empezado a creer que la mayoría de la gente hace lo que considera correcto. El problema surge cuando lo que hacen es correcto para ellos, pero no para los demás.[8] 

—En derecho no es necesario que algo sea verdad, sino solo que lo parezca. La mayoría de los casos se reduce a encontrar una versión de la verdad aceptable para ambas partes. ¿Quiere saber cuál es la única verdad? Todo el mundo miente. Esa es. Esa es la verdad. Eso va a misa.[9] 

—Soy abogado —contestó—. ¿Qué importa la verdad? A mí lo que me preocupa es proteger los intereses de mis clientes. A veces la verdad es un estorbo.[10] Recuerden que El mal trabajador echa la culpa a las herramientas —sentenció Arno.[11]  

¿Sabes qué me ha enseñado la vida? No hay que envejecer. Hay que evitarlo mientras puedas. Enfermar tampoco ayuda.[12] 

Pero —Fuimos felices. Y lo sabíamos. Porque aunque la felicidad es siempre algo que ya pasó, solo existe al echar la vista atrás, a veces es tan rotunda, tan obvia, que se cuela en el presente y uno se descubre afirmando que aquí y ahora soy feliz. Momentos de tal plenitud que quisieras atrapar en una gota de ámbar[13]. 

Lo malo de querer tanto a una persona es creer que la conocemos: la ilusión de saber lo que piensa y lo que siente a cada instante, el espejismo de entender sus demonios y sus pesadillas igual que entendemos los nuestros. Ésa había sido una de las grandes lecciones de vivir con Feliza: no es necesario poseer el pasado del otro para vivir su presente.[14]

 

Así pues, seguiré pensando en ese conócete a ti mismo, aunque a la larga a quién le importa conocerse a sí mismo, basta con aceptar lo que se es, qué más se podría hacer? Nadie le va a creer, en todo caso.

 

Tiene mucho mejor aspecto.

—He llegado a un acuerdo de paz con mi incertidumbre.

—A veces eso es lo mejor que podemos hacer.[15]

Foto JHB


[1] Todo lo que muere. John Connolly.

[2] Cartas a Palacio. Jorge Díaz. 

[3] Los amantes de Hiroshima. Toni Hill.

[4] Todo lo que muere. John Connolly.

[5] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.

[6] El demonio vestido de azul. Walter Mosley.

[7] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

[8] Los atormentados. John Connolly.

[9] Los atormentados. John Connolly.

[10] Los atormentados. John Connolly.

[11] Los hombres de la guadaña. John Connolly.

[12] Los amantes. John Connolly.

[13] Ante todo, mucho karma. Laura Norton.

[14] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[15][15] El último golpe. Robert Crais.


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