Esa frase sigue dando vueltas en mi cabeza. Acaso uno es un desconocido de uno mismo? Acaso no tiene sus secretos y bien guardados? Si lo vemos desde dos aristas diferentes, podría uno decir que ni el Papa en su eterna sabiduría se conoce, pero tal vez, se conoce muy bien y por eso está donde está, es el elegido. Y la pregunta que me ronda es qué es conocerse a sí mismo. Aclaro que ningún ser humano tiene la virtud de dar fe de su conocimiento propio por la sencilla razón de que no es objetivo en su propia opinión. Todos mienten, diría el doctor House.
— Pero ¿cuántos de nosotros pueden hablar con
conocimiento de su propio interior? Vemos nuestra mortalidad solo a través de
la mortalidad de los demás[1]. Aunque Moriré
el día que tenga que hacerlo, ni uno antes ni uno después, te doy mi palabra.[2]
—Pues háblame de cuando estaban vivos. Nadie
muere del todo mientras otros lo recuerdan o piensan en él.[3]
—Al final, un hombre solo comprende la
realidad de la muerte, del dolor último, en el momento de su propia muerte.[4]
—Eran tiempos difíciles. Aunque, bien pensado,
¿cuáles no lo son?[5]
—Nunca volví a verlo. A menudo pienso en
cuánta gente ha entrado en mi vida apenas unos minutos y levantado algo de
polvo, para desaparecer después.[6]
—… la
gente (esa abstracción, una multitud de vagos rostros sin facciones)[7]
—He empezado a creer que la mayoría de la
gente hace lo que considera correcto. El problema surge cuando lo que hacen es
correcto para ellos, pero no para los demás.[8]
—En derecho no es necesario que algo sea
verdad, sino solo que lo parezca. La mayoría de los casos se reduce a encontrar
una versión de la verdad aceptable para ambas partes. ¿Quiere saber cuál es la
única verdad? Todo el mundo miente. Esa es. Esa es la verdad. Eso va a misa.[9]
—Soy abogado —contestó—. ¿Qué importa la
verdad? A mí lo que me preocupa es proteger los intereses de mis clientes. A
veces la verdad es un estorbo.[10] Recuerden que El mal trabajador echa la culpa a las herramientas
—sentenció Arno.[11]
—¿Sabes
qué me ha enseñado la vida? No hay que envejecer. Hay que evitarlo mientras
puedas. Enfermar tampoco ayuda.[12]
Pero —Fuimos felices. Y lo sabíamos. Porque
aunque la felicidad es siempre algo que ya pasó, solo existe al echar la vista
atrás, a veces es tan rotunda, tan obvia, que se cuela en el presente y uno se
descubre afirmando que aquí y ahora soy feliz. Momentos de tal plenitud que
quisieras atrapar en una gota de ámbar[13].
—Lo malo
de querer tanto a una persona es creer que la conocemos: la ilusión de saber lo
que piensa y lo que siente a cada instante, el espejismo de entender sus
demonios y sus pesadillas igual que entendemos los nuestros. Ésa había sido una
de las grandes lecciones de vivir con Feliza: no es necesario poseer el pasado
del otro para vivir su presente.[14]
Así pues, seguiré pensando en ese conócete a
ti mismo, aunque a la larga a quién le importa conocerse a sí mismo, basta con
aceptar lo que se es, qué más se podría hacer? Nadie le va a creer, en todo
caso.
Tiene mucho mejor aspecto.
—He llegado a un acuerdo de paz con mi
incertidumbre.
—A veces eso es lo mejor que podemos hacer.[15]
[1] Todo lo que muere. John Connolly.
[2] Cartas a Palacio. Jorge Díaz.
[3] Los amantes de Hiroshima. Toni Hill.
[4] Todo lo que muere. John Connolly.
[5] La taberna de Silos. Lorenzo G. Acebedo.
[6] El demonio vestido de azul. Walter
Mosley.
[7] Las
reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.
[8] Los atormentados. John Connolly.
[9] Los atormentados. John Connolly.
[10] Los atormentados. John Connolly.
[11] Los
hombres de la guadaña. John Connolly.
[12] Los
amantes. John Connolly.
[13] Ante todo, mucho karma. Laura Norton.
[14] Los
nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.
[15][15]
El último golpe.
Robert Crais.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Para ser incluido en entregas personalizadas pueden solicitarse en: jhernandezbayona@gmail.com