Últimamente he notado la necesidad de estar en medio del silencio, aunque demasiado tiempo también aburre. Pero en uno de esos silencios (exteriores, porque los interiores son más bien escasos al tener una mente en constante movimiento), decía que en uno de sus silencios me dio por pensar en el silencio, en el pacífico aclaro y empecé por el diccionario: 1. m. Abstención de hablar. 2. m. Falta de ruido[1]. El silencio de los bosques, del claustro, de la noche. 3. m. Falta u omisión de algo por escrito. Dice lo que dice pero no lo que quisiéramos que dijera, no lo de estar callados, no la falta de ruido, porque en un lugar tan citadino siempre hay ruido, hasta del vecino que no sé por qué carajos a cierta hora de todos los días le da por abrir un hueco en la pared, taladro incluido. Aunque aclaro que la definición habla de la falta de ruido no la ausencia de sonido, que también es casi imposible de lograr. Como sea, hay momentos en que requerimos silencio, que nadie nos moleste, que sean solo los sonidos de la naturaleza o de la ciudad los que nos arrullen en esa abstinencia de palabras. Hay otros en que necesitamos compartir de viva voz (no de mensajes de WhatsApp a los que les falta sonoridad, cadencia, emoción, a pesar de los emoticones que pongamos), en los que necesitamos música, de la buena, de la que nos gusta, no la de esos reguetoneros desadaptados.
El cuento llegó a que hasta en el silencio hay
variedades, como el silencio elocuente (cuando no queremos o evitamos
contestar, pero la respuesta está dada por la transformación de la cara), del
odioso (cuando no queremos emitir ni el saludo por la situación desagradable en
que nos encontramos), el cómplice (ese que va acompañado de una sutil
sonrisita, buena o mala, según se trate), del incómodo, del compartido, del
retador, el de espera (en que no hay nada qué decir, la situación queda
congelada), el de odio (diferente al odioso aclaro), el angelical y así por
cada emoción que pueda haber, así habrá silencios. Hasta hay silencios
tranquilizadores, en los que la sola presencia basta para sentirse a salvo con
esa sutil tranquilidad que le es propia. El cortante, el despectivo y hasta el
abrazador, cuando no es enigmático. Y no sigo porque terminaría como lo hace el
diccionario, queriendo decir algo pero no diciendo lo que quisiéramos que
dijera.
—Tengo la esperanza de morir pronto. Quiero
marcharme de aquí.
No contesté. Al fin y al cabo, ¿qué podía
decir?[2]
[1] El
ruido se describe comúnmente como sonido sin afinación definida, incontrolado o
desagradable. En un contexto musical, este enfoque busca desafiar la noción de
melodía y armonía convencional.
[2] El poder de las tinieblas. John
Connolly.

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