Diferentes lecturas de tema
religioso me llevaron a pensar aún más en mi escepticismo o en mi parcial
ateísmo, dado que me la juego al cincuenta cincuenta, de donde nace el tibio o
agnóstico que puedo ser ahora, no sé si mañana tenga otra opinión, uno nunca
sabe cuándo se aparece la virgen o la desilusión se hace más profunda.
Eso me hace recordar las
intransigencias de los curas, tanto de los que me educaron como sus dirigentes
de la época (excluyendo a Juan XXIII que me parecía lleno de bondad, lejos de
la pompa de los tiempos papales). Me llevó a recordar que a Roger Bacon
estuvo a punto de no realizar sus estudios, ni publicar los resultados de su
trabajo, debido a las exigencias de su orden religiosa, los franciscanos. Esto
hace que uno se pregunte cuántos Galileos silenciados yacen en los cementerios
de los monasterios. O, dados los efectos de las exigencias de la ortodoxia en
el pensamiento de todo el mundo, en cualquier cementerio.
Y que
en efecto ese Galileo Fue obligado a decir «abjuro, maldigo y detesto
mis errores» y a negar que la Tierra se moviera.
Y recordaba que no se admitían
preguntas que ellos consideraban impertinentes. Tú no tienes que entenderlo
—añadió con tono algo exasperado—, tan sólo tienes que actuar de acuerdo a lo
que la Iglesia te imponga. No te corresponde a ti preguntar cuál es la voluntad
de Dios.
—Pues basta ya de disquisiciones absurdas. La
fe es la virtud más apreciada que un hombre puede tener. Ten fe y concéntrate
en servir a nuestro Señor Jesucristo. Todo lo demás sobra. Nadie te pide que
pienses, aprende de una vez que la necesaria humildad te debe llevar sólo a
obedecer lo que te manda tu superior. Los oficios se cumplen a rajatabla,
la comida es frugal y escasa, el silencio es casi absoluto y los baños del
cuerpo entero han vuelto a restablecerse tan sólo una vez al año, por Pascua. Hasta en esto
intervenía la honorable iglesia: Llegó incluso a instaurarse la posibilidad
de un baño para todo el cuerpo una vez al mes.
Le miré desconcertado. —¿Una vez al mes… todo el cuerpo? —Así es, muchacho.
Todo el cuerpo. Era un derroche descomunal en los placeres más terrenales que
te puedas imaginar.
Antes no estamos más subyugados gracias a la Era de Acuario que hizo,
pareciera, que el mundo se deshiciera del poder terrenal de la madre iglesia.
Era en que la expresión se pudo hacer más
expresiva, aparecen textos escondidos e ignorados. —¡Qué ingenua eres,
Laura! —Me sonrió con indulgencia—. No te das cuenta de lo que supondría para
la Iglesia semejante hallazgo; toda su estructura se vendría abajo, todos sus
dogmas, basados en la divinización de Jesús que se iniciaron con san Pablo quedarían
sin sentido, sin contenido. Los cristianos parece que no os queréis dar cuenta
de que vuestras creencias rayan el politeísmo, veneráis a Dios, a Cristo, a la Virgen,
a los santos, tenéis varios dioses y los adoráis a todos, incluso algunas veces
con mayor vehemencia y sentimiento que al propio Dios.
Y
ante tantas barbaridades dichas, me parece oír al cura que me hubiera de
confesar: Espero que la oración y la penitencia hayan aclarado tu conciencia
para responder en este capítulo a las graves acusaciones que recaen sobre ti, y
que tengas la humildad suficiente para reconocer tu grave pecado, asumir tu
penitencia y castigo y enmendar la terrible falta con la que cargarás toda tu
vida. Que Dios se apiade de ti, muchacho.
Pero como decía san Agustín, «el que canta bien ora dos veces».
Arrullado por ese oleaje monódico y a capela di una breve cabezada que me
transportó a mi niñez. (…) Y también puedo cantar sin desafinar, con voz
cristalina, pero solo en el interior de mi cabeza. En cuanto intervienen las
cuerdas vocales, lo que se oye desde el exterior recuerda a lo que suele
escucharse al encerrar a un gato en un saco.
Por eso la penitencia no haría mella en mí, con esta voz de tarro que me
cargo.
Y mientras, yo pensando para mis adentros: A
menudo pienso que el dinero acabará siendo la nueva religión, y la moneda
sustituirá a la cruz. Al Crucificado le debemos nuestra salvación, pero al
dinero le debemos el cumplimiento de nuestros deseos.
Y para terminar por ahora, el colofón de todo
este pensamiento poco clerical me lleva a un chiste, que en últimas no lo es
tanto: «¿De verdad quieres ser cura?», me preguntó mi padre. Le dije que sí
y añadí que con toda mi alma. «Tendrás que estudiar mucho», me advirtió. «Si
estudias mucho, podrás llegar a obispo». Admití que me encantaría ser obispo.
«Si estudias más todavía, te harán cardenal». No oculté mis ganas de ser
cardenal. «Si sigues estudiando y no crees en Dios, entonces podrás ser hasta
papa».
Amén.
yo no tengo las respuestas, sino distintas
formas de expresar las mismas preguntas.
Tomado de Facebook
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La era del
ingenio. Anthony C. Grayling.
La era del
ingenio. Anthony C. Grayling.
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