Nunca había vivido una
intemporalidad tan rara y curiosa. La de un eterno sábado, aunque es bien
sabido que para un pensionado da lo mismo que sea jueves o lunes. Eso es cierto,
pero no tanto, porque aún pensionado los días se hacen distinguir, o al menos
eso creo. Cada día tiene su personalidad, un identificador que le es propio que
hace que él sea él y no otro.
Pero bueno, como sea, la
intemporabilidad vivida fue curiosa y arrancó un sábado, el anterior al domingo
de ramos. Era sábado, eso lo tenía claro, porque el día se comportó como sábado,
de eso no hay duda, pero lo que sí resultaba cierto era que ese sábado daba
comienzo a la semana santa, pero seguía siendo sábado, apacible, como todos los
sábados en que se ralentizan todas las actividades, hay menos gente,
aparentemente, movimiento vehicular de sábado, por demás familiar y así, como
es un sábado corriente.
Lo curioso del asunto es que el día
siguiente, lo percibí como sábado y no como domingo, pues el domingo es domingo
y tiene su propia personalidad, de domingo, creo que queda claro.
Pero ese domingo y de ramos, para mayor detalle, siguió comportándose como
sábado, sin personalidad de domingo y eso me llamó la atención, aunque lo
dejé pasar. Y llegó el lunes y cuando tomo conciencia del tiempo, me doy
cuenta que seguía siendo sábado, a pesar de ser lunes, santo. Es como si le
hubieran quitado la personalidad al lunes. Y vino el martes santo, y el
miércoles y el jueves y el viernes y todos ellos parecían sábados, sentí una
larga semana, de un largo e intenso perecedero sábado, mientras los demás días
habían perdido su propia personalidad y todo ello en una semana que de
cualquier manera era de descanso, pero ya no de recogimiento. Quién lo iba a
imaginar, un viernes santo con cara de sábado, una semana transcurrida pensando
que toda ella fue un eterno sábado, esperando que mañana sábado vuelva a
corregir el rumbo y comience la pascua como ha de ser, con cada día con su
propia personalidad, porque me sentí perdido ante un sábado eterno, en un abril
en que perdí una semana, sin darme cuenta.
¿No conoce usted la vieja leyenda —un
campesino me la contó en una ocasión— de cómo Cristo retiró a los hombres el
conocimiento de la muerte? En otro tiempo, cada uno sabía de antemano la hora
de su muerte. Y cuando Jesucristo vino a la Tierra, se dio cuenta de que
algunos campesinos no cultivaban sus tierras y vivían como pecadores. Entonces
recriminó a uno de ellos por su desidia, pero el hombre sólo refunfuñó. Que
para quién iba a echar la semilla en la tierra, si para la cosecha él ya no
estaría vivo. Entonces Jesucristo se dio cuenta de que no era bueno que los
hombres supieran de antemano la hora de su muerte y les quitó ese conocimiento.
Desde entonces, los campesinos tienen que labrar los campos hasta el último
día, como si fueran a vivir eternamente. Y eso está bien, pues sólo a través
del trabajo participa uno de la eternidad. Del mismo modo, yo quiero cultivar
hoy mi pedazo de tierra de cada día.
Tomado de Facebook
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La huida hacia Dios.
Finales de octubre de 1910. Epílogo al drama inacabado de Lev Tolstói: Y la luz brilla
en las tinieblas. Momentos estelares de la humanidad. Stefan Zweig
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