Con el
tiempo terminé viendo películas y series coreanas. Tanto que es Netflix la que
se encarga de recomendar los temas que me gustan y casi siempre acierta con sus
consejos. He de reconocerlo.
Están
bien hechas, buenas tramas, supieron copiar lo que nos gusta en occidente o
puede que sean buenos en eso por méritos propios, lo que sea. Simplemente me he
aficionado a ellas.
Y por
qué no decirlo, muestran una hermosa arquitectura, nueva o vieja, ciudades
pujantes, grandes avenidas y visto con buen ojo, un pueblo para envidiar. Y lo
que es la vieja Corea, su arquitectura es fascinante, con su antigüedad
bastante grata, de la que no ha perdido personalidad a pesar del paso del
tiempo. Claro que hay lugares feos y poco recomendables, como en toda ciudad,
pero si uno es acomodado solo ve lo que le gusta.
La raza
es bastante particular, bonita por demás, tan distinta a los otros fenotipos
orientales a los que nos acostumbraron.
Pero…
viene el pero. Las relaciones interpersonales dejan mucho qué desear y sobre
todo, al menos lo que muestran las películas, se dan en las relaciones
jerárquicas. Un jefe parece que está autorizado hasta llegar a pegarle a un
subalterno, puede insultarle, puede arrastrarle. Ese pero es al que no me he
podido acostumbrar, resultan groseros, patanes y cómo decirlo, ruines en ese
tipo de relaciones. Y no les da pena mostrarlo, no sé si es lo peor o es que
son menos hipócritas, todo según se vea.
El
problema en la vida es que todo tiene su pero.
Igual que en un bar no tenemos en cuenta al
camarero como persona, sino únicamente en relación a lo que hace, es casi
inconcebible que un corredor pueda ser otra cosa sino un cuerpo montado en
bicicleta.
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