miércoles, 8 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO

             A mis manos llegó un libro: La historia del calendario, de David Ewing Duncan. Un curioso libro, lleno de anécdotas, de conocimiento que, visto a la ligera, lleva a pensar en lo intrascendente que puede resultar para nuestras vidas agitadas y lo sé, curiosidades que ni ponen ni quitan para le común de la gente, aunque cada vez más gente pensaba que organizar listas de días, meses y años era irrelevante. Había preocupaciones más urgentes, como encontrar comida e impedir los saqueos de los bárbaros (del latín barbarus y del griego bárbaros, donde significaba «extranjero»). Pero pocos agricultores del Rin o tejedores de Francia se detenían a pensar en tales cosas. Para esta gente, que tenía poco control sobre su entorno o su vida, la sola idea de calcular y medir algo tan inaprehensible y continuo como el tiempo era a la vez blasfema y ridícula

                Curiosidades como por ejemplo, el momento en que se separaron los tiempos, antes y después de Cristo,  Dionisio (el exiguo) fue el primero en utilizar el sistema «a. D». cuando escribió en sus tablas pascuales anni Domini nostri Jesu Christi (532-627)[1].

                Beda. También explica las divisiones del tiempo tal como entonces existían, siguiendo la lista de Isidoro de Sevilla, desde la unidad más pequeña hasta la mayor: momentos, horas, días, meses, años, siglos y edades. En efecto, hubo un momento en que no existían los minutos, eran meros momentos y otro momento en que no había horas, para un campesino las horas las establecían los momentos del día y del cansancio.

                fue Alcuino de York (732-804), (… quien) regularizó un nuevo alfabeto en letras minúsculas, desconocidas en la antigua Roma (y que son las que el lector está leyendo en este momento). Otro dato aparentemente intrascendente, pero curioso.

 En los siglos siguientes a la caída de Roma tendía a ser el modelo romano de calendas, nonas e idus, aunque conforme el imperio se convertía en un lejano recuerdo, los europeos lo sustituyeron por otras alternativas. Como sabemos, Beda y Carlomagno abrazaron nuestro sistema actual de dies mensis, en que los días del mes se cuentan en un simple orden numérico del 1 al 30 o al 31. Y uno siempre ha vivido con el supuesto de que los meses son lo que hemos conocido, cuando es novedad ingeniada hacia el siglo VIII, luego de mil ensayos, con una iglesia que a todo le ponía el palo a la rueda.

                Y eso me lleva al reloj que igualmente suponemos ha existido desde siempre: Porque, aunque para Carlomagno los relojes eran curiosidades, su agudo interés por ellos y la idea de decir la hora causó una duradera impresión en las futuras generaciones. Al mismo tiempo se estaba extendiendo una novedad por Occidente: las campanas, que siempre habían sido un instrumento musical y ahora se empleaban para señalar las horas y otros momentos del día. La palabra «campana» viene del nombre de la región italiana de la Campania, donde se fabricaba un bronce especial. Una leyenda relata que el papa Sabiniano (Papa del 604 al 606) ordenó a las iglesias que señalaran las horas del día tocando las campanas. Probablemente se extendieron primero por los monasterios, donde los monjes utilizaban campanillas para indicar las horas canónicas. Más tarde, las campanas de torre llamarían al pueblo a misa. Las campanas tuvieron probablemente un impacto mínimo en el individuo medio. Aunque fueron los primeros «relojes» mecánicos que gobernaron la vida diaria en Europa, a menudo funcionaban según el tiempo que medía un reloj de agua o de sol. Imaginemos a un agricultor al que desde siempre le han dicho que trabaje hasta que el sol esté en lo más alto y al que ahora le dicen que tiene que arar una fanega de tierra antes de que el campanario señale el medio día. O pensemos en un reloj que señalase el principio de una misa con una exactitud desconocida en tiempos anteriores, cuando las horas se calculaban por la posición del sol en el cielo. Era una forma completamente distinta de concebir el tiempo. … Es una idea tan habitual en nuestro sistema numérico moderno (y en nuestra forma de vida) que apenas pensamos en ella, aunque no ha sido el caso durante gran parte de la historia de la humanidad. Además, la única cultura que inventó un verdadero sistema de notación de posición en los antiguos tiempos preclásicos fue Mesopotamia, cuyos matemáticos dieron con él hace casi cuatro mil años, adelantándose en varios milenios a todas las otras culturas. 

                Y pensemos en el cero, que en teoría no es nada, en la práctica es mucho: Baste decir que estos cómputos se hacen por medio de nueve signos». Pero nueve no son diez, lo que quiere decir que el sistema no estaba completo sin el cero, un concepto básico para entender las matemáticas avanzadas necesaria para crear un calendario exacto. El cero se desarrolló cuando los hindúes que utilizaban los nueve números para sus cálculos se encontraron con que necesitaban tener una columna vacía en las tablas matemáticas para representar «nada», una idea que transfirieron a los números escritos dejando un espacio. Pero esto podía resultar confuso, ya que un espacio en blanco podía significar tanto una posición vacía en un solo número como el espacio natural entre dos números separados. Para evitar la confusión, alguien decidió hacer algo de aquella «nada». Quién fue el primero en garabatear un símbolo para denotar el cero sigue siendo otro misterio. En Mesopotamia aparece un símbolo para indicar la posición vacía, pero al final de esta antigua civilización, sobre la época de la invasión de Alejandro o poco después; el símbolo está representado por dos pequeñas cuñas en oblicuo. Más o menos al mismo tiempo o poco después, los hindúes comenzaron a utilizar un punto, un símbolo que se había extendido de tal manera en el siglo VI que el poeta hindú Subandhu lo utilizó como metáfora en su poema Vásavadattá: Y en el momento en que sale la luna con su oscuridad nocturna, y se inclina en profunda reverencia, con las manos juntas bajo sus vestidos de loto azul, las estrellas se ponen a brillar de pronto, semejantes a puntos de cero […] dispersas por la bóveda celeste como en la alfombra de piel azul del Creador que calcula el total con una rebanada de luna a modo de tiza. Los hindúes se referían a este punto de «nada» con el término sunya, que significaba vacío. Nuestra palabra cero viene de sifr, la versión árabe de sunya, que los europeos medievales convirtieron en la palabra latina ziphirum. Los griegos de la época clásica no tenían símbolo para el cero, porque su sistema numérico no requería un lugar cero. Pero eran conscientes de la idea de un número que diera cuenta de la nada. Aristóteles lo rechazó como un no-número que tenía que olvidarse, ya que no se podía ni dividir por cero ni dividir el cero por sí mismo. A pesar de todo, los estudiosos de Europa Central supusieron durante mucho tiempo que el símbolo de cero había sido inventado por los griegos, sin ninguna prueba en absoluto, especulando que venía de la letra griega ómicron (la o breve), primera letra de la palabra griega ouden, que quería decir «vacío». Pero esta injustificada convicción de que los hindúes no habían podido inventar un concepto tan básico ha permitido reconocer que los antiguos griegos en realidad no utilizaron semejante símbolo de cero, y que los matemáticos hindúes, independientemente al parecer, inventaron el punto y luego el redondo símbolo en forma de huevo de codorniz. La primera muestra hindú de este símbolo de cero aparece en el año 876, en una inscripción descubierta en la zona de Gwalior, al sur de Delhi, y que contiene dos números con ceros: 50:  270: Han transcurrido dos siglos desde que Severo Sebojt hablara de los nueve números hindúes, aunque los arqueólogos han descubierto el símbolo redondo del cero en Malasia, en dos números de una inscripción (los números 60 y 606 como  y  que data del 684 d. C.). La península malaya estaba entonces bajo influencia de la India. Algunos historiadores creen que un tratado de matemáticas conocido como Manuscrito Bajshali podía haberse escrito ya en el siglo III de nuestra era. Contiene números con ceros y un sistema decimal de valores de posición totalmente desarrollado. Los números son: 330:  846,720: La primera utilización del cero como número totalmente formado parece haberse dado alrededor de la época de Brahmagupta, en el siglo VII, cuando este gran matemático quiso explicar, aunque en vano, que el cero podía dividirse por sí mismo. Los mayas también inventaron un auténtico cero alrededor del siglo III d. C., utilizando varios símbolos, entre ellos un ojo entornado ——, para indicar posiciones perdidas mientras se servían de números para representar intervalos de tiempo en su calendario.

                Y esto sólo fue un abrebocas, pensando en tanto científico desconocido y olvidado así como tanto saber perdido en el tiempo.

 

Nuestra obsesión por medir el tiempo es intemporal. Después de la conciencia, debe de ser nuestro rasgo más característico como especie, ya que una de las primeras cosas de las que fuimos conscientes fue, sin duda alguna, nuestra mortalidad… el hecho de que vivimos y morimos en un tiempo dado.[2] 

Tomado de Google


[1] Por desgracia, es casi seguro que Dionisio dio unas fechas erróneas. El momento exacto del nacimiento de Cristo no se conoce y es motivo de grandes polémicas incluso en la actualidad, dada la vaga y contradictoria información disponible sobre los primeros días de la vida de Cristo. El Evangelio de Mateo asegura que había nacido en la época de Herodes el Grande, que murió en el año 4 a. C. Esto significa que el nacimiento tuvo que ocurrir antes de esta fecha. Otros evangelios y fuentes históricas sugieren fechas que van desde 6 o 7 a. C. hasta 7 d. C., aunque muchos historiadores se inclinan por 4 o 5 a. C. Esto significa que el año 1996 o 1997 fue probablemente el auténtico año 2000 en el calendario a. D., si en las cuentas se prescinde del año 0. 

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Para ser incluido en entregas personalizadas pueden solicitarse en: jhernandezbayona@gmail.com