Entraste y saliste de mi vida como un fantasma, casi ni te pude ver.
Entraste
casi sin darme cuenta y de esa misma manera saliste.
Como
sombra en mi vida, invisible como mi propia vida, simplemente una
sombra que pasó por mi vida y que de esa misma forma salió.
Una sombra, un recuerdo, una
sombra que tal vez solo era imaginación o un deseo incontrolablemente
escondido.
Dicen que los fantasmas solo se
pueden ver en la mente, pero te veo en el recuerdo.
Fugaz, indefinible,
indescriptible, etéreo y volátil, apenas percibido, apenas perceptible, apenas
notado, difícil de entender, de comprender, de asimilar.
Difícil saber qué era, si
realmente era.
Sin saber si solo fue la
imaginación que en una sola pasada captó su presencia, sin ser presencia,
simplemente sombra de una sombra, imaginada, deseada, pero sombra nada más.
Un instante o una eternidad, da
lo mismo, porque entraste en un instante y al instante siguiente, que fue una
eternidad, ya no estabas.
Fugaz presencia, eterna ausencia.
Imaginación o realidad, fantasma
o realidad, instante o eternidad, ese fantasma quedó, para no irse, yéndose;
estando sin estar, permaneciendo en ausencia.
Pero aquí está, aquí se quedó,
solo yo lo sé.
Y qué más da, fantasma que se ha
eternizado en un instante, compañía de soledad, ausencia en presencia.
Inspiración que no es
desaparición, que es presencia en el no estar.
Entraste y saliste de mi vida
como un fantasma y casi ni te pude ver, pero el recuerdo, la eternidad y la
conciencia saben que entraste y saliste en un eterno instante.
—No somos desconocidos —dijo Louis—. Somos
amigos que aún no se conocen.[1]
[1] Todo lo que muere. John Connolly.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Para ser incluido en entregas personalizadas pueden solicitarse en: jhernandezbayona@gmail.com