viernes, 14 de agosto de 2026

EVOLUCIÓN

                Siempre me precié de contar con una buena redacción acompañada de ortografía impecable, aprendida desde cuando no existían medios para corroborar el buen escrito, como ahora que se tienen todas las ayudas que ofrece el Word. 

               Estando leyendo una biografía española de pasados siglos, leí: A Sevilla fue desterrado el príncipe de Astillano «sobre una leve sospecha y decirse que se havía bisto una escala arrimada a un balcón deel Retiro temiendo fuese para bolberse el Rey a Palacio»Un día como a las nuebe de la mañana bajó a tomar el coche para su jornada, llena de majestad, entereza e ygualdad a que ayudaban las benerables tocas que llebava, las señoras de Palacio que la servían la seguían llenas de llanto y aflicción… el Pueblo que llenó la Plaza de Palacio asimismo el aire de secretos suspiros y entre silenciosas admiraciones… seguíala después el embajador de Alemania, diciendo que Toledo sería su corte y la asistencia de la Reyna su obligación, hasta tener otra orden del Emperador»[1] 

               No se trata de errores del libro, por lo que no hay erratas en él, era la escritura de su tiempo y naturalmente mi cerebro sintió sus cimbrones como terremoto acompañado de sunami y hasta se alcanzó a escandalizar mientras recordaba que se trataba de escritura de otros tiempos. 

               Lo cual me llevó a pensar en los cambios, generalmente sutiles, que se producen en el idioma y de los cuales debe uno ir desprendiéndose a medida que se imponen las novedades. Eso me recordó que no hace muchos años las palabras aprendidas fueron modificándose y ante el cambio, el cerebro se negaba a aceptarlos, precisamente por ser cambios a los que no se está preparado. Piénsese en palabras como consciente, solo, este o esta (antes tildados según el sentido que le permitía), consciencia[2] y otros más. Debo confesar que se me dificultó acomodarme a las nuevas reglas, pero a fuerza de la modernidad me vi obligado a respetarlos y de una vez para no pasar por pedante, que es lo que pasa cuando uno se aferra a mantener la tradición y más con lo quisquilloso que era para el buen escribir. Y eso que no menciono las palabras que sufrieron modificaciones tajantes, como por ejemplo bizarro que en mis tiempos era sinónimo de valiente y ahora significa raro. O la palabra billón que dependiendo si es gringa o española son dos cifras diferentes y vaya uno a explicar esa diferencia. 

               Lo que me ha llevado a pensar igualmente si es posible que con la tecnología actual y su argot propio me es dable usarlas para poder equipararme con el resto de semejantes que las usan en su diaria conversación, pues de streaming, logueo y guasapeo, con mi mala pronunciación, nadie entenderá. 

               Pero llegará el día en que me tocará evolucionar también. 

El tiempo del libro ha acabado, ésta es la época de la técnica, arguyen; el gramófono, el cinematógrafo, la radio son más prácticos y más eficaces a la hora de transmitir la palabra y el pensamiento, y de hecho comienzan a arrinconar al libro, por lo que su misión histórica y cultural no tardará en formar parte del pasado. ¡Qué estrechez de miras, qué cerrazón mental! ¿Alguien puede pensar seriamente que algún día la técnica conseguirá crear un prodigio que aventaje al libro, con miles de años de historia, o simplemente que lo iguale?[3] 

Tomado de Google


[1] Carlos II el Hechizado y su época. José Calvo Poyato.

[2] Me dice la IA  Solo: Pasó a escribirse sin tilde (antes se usaba para el adverbio equivalente a solamente). Este, ese, aquel (y sus femeninos y plurales): Los pronombres demostrativos perdieron la tilde obligatoria. Guion, ion, truhan, ion, ruan: Se dejaron de tildar porque la RAE pasó a considerarlas palabras monosílabas a efectos ortográficos por su diptongo. 

[3] Encuentro con libros. Stephan Zweig.


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