Ante situaciones o circunstancias generalmente trágicas o tristes hay palabras o frases que resultan contradictorias, vergonzantes, odiosas o inapropiadas pero que a fuerza de costumbre terminamos diciéndolas. Momentos en que las palabras que se quieren decir, nada dicen.
Por ejemplo, en un
velorio, preguntarle al deudo: cómo estás. A un accidentado preguntarle cómo te
sientes. O preguntas como el inicio de decirle buenos días, o qué tal, o qué
hay de nuevo, etcétera etcétera.
No lo sé, sigo sin saberlo.
… creo
que nuestras obras conversan de formas misteriosas.[1]
No llore,
Samanta», dijo él; se sintió inmediata, irrevocablemente estúpido; pero no
encontró en los archivos de su cabeza otras palabras de consuelo. No tenía
muchas, tampoco, y no las usaba a menudo. Y se sintió inmediata,
irrevocablemente estúpido.[2]

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