Somos tan efímeros que preferimos no pensar en ello, para no preocuparnos de antemano, aunque debería hacerse para evitar el dolor subsiguiente al estar anunciados, avisados, advertidos y notificados.
Nada más pensar en la vida de una mascota que no será, si grande, de más de diez o doce años y si pequeña, de catorce o quince años. Eso lo sabemos, lo tenemos claro, pero al llegar a la edad del desenlace final lo vemos como una tragedia, sin que realmente lo sea, si tuviéramos presente que de antemano la vida nos lo anunció.
Y somos tan efímeros que aún nosotros a la vuelta de un siglo ya seremos olvido, nadie sabrá que alguna vez existimos en ese lejano pasado que verán, en ese lejano futuro que no es tan lejano, o quién recuerda a un bisabuelo o un tatarabuelo, tan indiferentes para uno, como lo somos para los siguientes, sombras nominales simplemente.
Por eso somos tan efímeros, como la memoria, y ya lo sabemos, ya la vida nos lo anunció y llegado el día y pasados los días, con el tiempo, ya nadie sabrá que por este mundo pasamos, salvo que la historia nos hubiera podido inscribir en ella, pero ya es demasiado tarde para hacer historia.
Somos tan efímeros… que para qué preocuparnos por algo que ya está escrito.
Y déjenme
que les confiese una cosa: todavía no entiendo nada. O quizás es que las cosas
no han cambiado tanto. En estos cuarenta años, se me ocurre ahora, hay por lo
menos dos cosas que no han cambiado: primero, lo que nos preocupa; segundo, lo
que nos hace reír. Eso sigue igual, sigue igual que hace cuarenta años, y mucho
me temo que seguirá igual dentro de cuarenta años más.[1]
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