A pesar de los avances en la humanidad, en que ahora es más proclive el mundo a buscar ser seres de luz, de armonía con el planeta, de reconocimiento de las diferencias y demás discursos tan usuales hoy día, lo que se ve es la contradicción de tal discurso y que el odio y la agresividad tienden a imponerse con mayor razón, sin tener la razón.
La mayoría son irracionales (me refiero a los sentimientos no al ser humano, aunque también). Puedo poner el siguiente ejemplo. Los musulmanes, no me han hecho nada, no tengo nada contra ellos, no he conocido sinceramente a ninguno, pero ya de entrada tengo mis reservas, atávicas serán, y así podré decir de iraníes, africanos y muchos más. Y todo el posible odio que uno pueda tener o llegar a tener contra ellos ha nacido no de la experiencia propia sino de lo que oímos a diario (musulmanes suicidas) o gente mala como nos enseñaron de los comunistas en la época de la Alianza para el progreso pregonada por los gringos.
Todo nacido de la propaganda, casi siempre política o religiosa.
Lo que me lleva a recordar cómo nos ofendíamos los colombianos al llegar al extranjero y que nos tildaran de narcos y ladrones, por el recuerdo de Pablo Escobar y de la ola de inmigrantes que llegaron a Europa y asolaron las calles con el raponeo (luego fueron los ecuatorianos, los peruanos, pasaron a los rumanos y de esa forma se diluyó la mala fama de los colombianos, vaya trastoque tan curioso).
Pero hay otra compartida, al menos en mi caso, el odio visceral, nacido al parecer de la nada, el solo nombre del que fuera malamente presidente en mi caso, Petro, que tuvo la virtud de ser admirado por mí cuando era senador, pero tremendamente odiado cuando le dio por dejar de serlo, su sola pronunciación ya me hacía nacer una rabia y un odio indescriptible y me volvió más venenoso de lo que soy. De dónde salió ese odio, aún me lo pregunto. Y lo peor es que necesito hacer la catarsis para olvidarme de esta época horrenda y decirme que gracias a Dios cesó la horrible noche.
Cosas curiosas del ser humano que teniendo explicación resultan inexplicables.
… pensó que una de las grandes constantes de
la historia de su país, incluso desde mucho antes de su independencia, era la
violencia. Y en las últimas dos décadas esta parecía desbocada, se dijo, pues
ya hemos superado los índices de mayor violencia en el mundo.[1]
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