viernes, 10 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO II

                Continuando con curiosidades de la historia del calendario[1], unido íntimamente a las matemáticas, llegamos a la nada, o al cero, si se quiere, que igualmente lleva a las fracciones, que se identificó con un signo ortográfico, la coma, y también a la línea oblicua que identifica la división; asuntos intrascendentes si se mira con la mirada moderna de que todo está hecho ya, pues hasta la inteligencia artificial ya es un hecho y no nos admiramos de ello, pues ya hace parte del paisaje.

                La nada se convirtió en cero y hasta en cero a la izquierda que es lo que le define más, cosa que me llama la atención por la maña, más que costumbre, de poner ceros a la izquierda en un documento, como si uno leyera y pronunciara esos ceros, lo que me lleva a pensar que eso somos los humanos, con estupideces esporádicas sin sentido. Como sea, el cuento viene relatado de manera sencilla, creo:

 Y ese cero condujo a la vez a la fracción, a esa coma que ponemos luego del número entero para darle otra significancia: Esta explicación del cero no finaliza precisamente nuestra historia sobre las matemáticas necesarias para corregir el calendario, ya que el año no tiene 365 días, sino 365,242199, segundo más, segundo menos. En otras palabras, tenemos que contender con esta engorrosa fracción, expresada aquí como fracción decimal. Este concepto (y la facilidad con que podemos representar este valor) tampoco apareció con facilidad ni de repente. Más allá de las divisiones más sencillas de un número entero, las fracciones supusieron un gran problema para la humanidad durante gran parte de la historia. ¿Cómo repartir tres sacos de grano entre cinco personas? ¿Y cómo dividimos un año, un mes, un día, una hora o un minuto en partes más pequeñas? La idea de utilizar fracciones decimales llegó a Europa por los árabes, aunque estos no fueron los primeros en utilizar la notación de posición para escribir y determinar fracciones. De nuevo, esta distinción parece pertenecer a los mesopotámicos, quienes a lo largo del milenio descubrieron un sistema de fracciones basado en su propio sistema de notación de posición, que les dio una precisión y una capacidad de calcular que iba mucho más allá que cualquier otro sistema anterior al Renacimiento europeo. Pero como el sistema mesopotámico estaba basado en el 60 y no en un número más manejable como el 10, su notable descubrimiento quedó limitado por la complejidad de grabar en arcilla y piedra valores de posición en potencias negativas de 60, que no solo son indivisibles por algunas fracciones, sino que rápidamente se convirtieron en símbolos largos y complicados de escribir.  (…) Hacia el siglo III d. C., los chinos también habían descubierto cómo escribir fracciones utilizando la notación de posición, y lo hacían con nuestro conocido sistema de base 10. Pero su descubrimiento no parece haber ido más allá del Lejano Oriente. En cuanto a los hindúes, por alguna razón no desarrollaron los quebrados, a pesar de tener la notación de posición de base 10 para los números enteros. Por el contrario, desarrollaron una temprana versión de poner un número encima de otro para representar fracciones (un numerador encima de un denominador) que al parecer habían tomado de los matemáticos griegos de Alejandría, con una diferencia: que ellos ponían el denominador encima del numerador. La raya de separación fue introducida más tarde por matemáticos árabes. 

… el profesor, teólogo y erudito Rabano Mauro (c. 780-856), estudiante de Alcuino y un prolífico autor que pasó muchos años de su larga vida preocupado por dividir la hora en unidades iguales más pequeñas, una idea útil salvo cuando nos preguntamos para qué necesitaba nadie en el siglo IX los «átomos» de Mauro, que según él eran 1/22 560 de hora. Además, ¿cómo iba a medir nadie con una clepsidra el paso de un momento tan infinitesimal? 

Pero mucha gente seguía viviendo sin herramientas para medir el tiempo en campos y viñedos, arreglando chozas con techo de ramas antes de las primeras tormentas de invierno, cantando a sus hijos para que durmieran, soportando las caries dentales, muriendo de rubéola y simples resfriados… una existencia en la que el calendario todavía no importaba y las estaciones iban y venían en un ciclo interminable que pocos esperaban que cambiase. … permanecían encerrados en la intemporalidad de la Edad Media. 

El progreso era igualmente lento en otros conceptos matemáticos cruciales para fijar el calendario, incluyendo decimales y cero, ninguno de los cuales fue enseñado rutinariamente en las universidades al menos hasta mediados del siglo XIV. El primer tratamiento sistemático de los quebrados en Europa tuvo que esperar hasta 1582, año de la reforma gregoriana del calendario y año en que el matemático holandés Simón Stevin (1548-1620) explicó el sistema en un libro titulado La thiende (La décima). Pero Stevin no utilizó nuestra forma moderna en sus decimales, pues no tenía la coma. … La invención de la coma de los decimales se atribuye indistintamente al cartógrafo y rival de Galileo G. A. Magini(1555-1617), en una obra de 1592, y al principal astrónomo de la comisión de Gregorio XIII para el calendario, Cristóbal Clavio (1537-1612), que la utilizó en una tabla de senos en 1593. En cuanto al cero, su primera aparición significativa en Europa es durante los siglos XI y XII, más o menos al mismo tiempo que los otros nueve números indoárabes comienzan a utilizarse ampliamente, primero como señal de un lugar en las tablas matemáticas de Gerberto y otros, luego como un dígito en la notación de posición. Tardó más tiempo idear el cero como número real en las ecuaciones matemáticas, aunque a principios del siglo XVII, el cero y la notación de posición eran lo bastante conocidos… Esta reticencia sobre algo tan básico como los números empieza a explicar por qué se tardó tanto en reformar el calendario, un proceso mucho más difícil y complicado que decidir si poner 5 en lugar de V, o 365 y no CCCLXV. Pues a diferencia de los números (o del cero o de una fracción decimal), el calendario pertenecía a Dios, y se daba por supuesto que era un horario inmutable de fe y adoración que nadie habría osado poner en duda, ni siquiera los émulos de Beda y Hermann el Cojo. Lo cual volvía cada vez más confusa toda la cuestión del tiempo y del calendario, mientras Europa despertaba y el tiempo dejaba de ser algo que podía pasarse por alto o dejar exclusivamente en manos de Dios. 

                Vea pues cómo la religión y el ser supremo eran los árbitros del conocimiento y lo que lo contradijera era mal visto, pobre Galileo que al menos se atrevió a pensar, luego de su sentencia, que de cualquier manera el mundo seguía girando. ». El 24 de febrero de 1616, los calificadores del Santo Oficio llegaron a la conclusión de que la teoría heliocéntrica era «estúpida y absurda en filosofía y formalmente herética, ya que expresamente contradice las enseñanzas de varios pasajes de las Sagradas Escrituras».  Lo mejor de todo, como todo en este mundo en donde hay abogados e intérpretes, es claro que Dios no habla, pero sus mensajeros lo hacen (sabiendo de antemano que no habla) por Él tergiversando hasta lo más simple y lo más lógico, pero… este mundo sigue girando. 

Tal vez sea más fácil creer en Dios —dijo el de azul—. Dios promete tanto…

—… pero da tan poco —[2] 

Tomado de Google


[1] Historia del calendario. David Ewing Duncan.

[2] El ángel negro.  John Connolly.


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