miércoles, 15 de abril de 2026

HISTORIA DEL CALENDARIO III

                Para culminar con el tema[1], vienen unas últimas curiosidades.

 Cuando las campanas repicaron en Europa en los últimos momentos del 4 de octubre de 1582, el calendario hizo algo que no había hecho desde la época de Julio César: se saltó 10 días, al menos en aquellos países que obedecieron la bula papal.

Los que vivían en lo que habría sido el 5 de octubre perdieron de repente diez días de su vida, según el nuevo calendario de Roma. Esto inquietó sinceramente a las personas, que pensaron que, de alguna manera, les habían robado esos días.

 Y ello ocurrió cuando el Papa ya no tenía la última palabra, porque la reforma y la contrarreforma hicieron que perdiera su poder, a pesar de que lo tuvo por algunos siglos más, afortunadamente hoy ya diluido por el tiempo, la historia y el conocimiento. A Dios gracias. Por eso tanta reticencia para adoptarlo, no porque estuviera demostrado que científicamente era así, sino porque protestantes, ortodoxos y demás gamas religiosas solo querían llevarle la contraria al papado. Gran Bretaña no fue el último país europeo que cambió. Suecia cambió el año siguiente, 1753. Luego hay un largo periodo, pues los países balcánicos fuertemente apegados a la ortodoxia griega esperaron hasta principios del siglo XX. Bulgaria hizo el cambio en 1912, 1915 o marzo de 1916, ya que las distintas fuentes de información no están de acuerdo. Letonia, Lituania y Estonia se convirtieron alrededor de 1915, durante la ocupación alemana; Rumania y Yugoslavia hicieron el cambio en 1919. Rusia esperó hasta 1918, después de la Revolución bolchevique, pero tuvo que quitar 13 días (del 1 al 13 de febrero) para saldar los días de diferencia con el calendario juliano que había acumulado 336 años después de la reforma gregoriana. Grecia no reformó su calendario civil hasta 1924. La mayoría de países y pueblos de fuera de Europa no reaccionaron al nuevo calendario en las décadas y siglos que siguieron a 1582, con la única excepción de América, donde España y Portugal impusieron la reforma a los pueblos que habían conquistado, es decir, aztecas, incas y mayas, cuyos progresos en astronomía y en calendarios casi fueron suprimidos por los europeos, aunque en la actualidad hay grupos mayas aislados que siguen utilizando su antiguo calendario. Más tarde, Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y otras potencias coloniales impusieron su calendario a los indios de América del Norte. En Asia, los japoneses adoptaron el calendario gregoriano en 1873, durante el periodo de occidentalización de los emperadores Meiji. Muchos países y pueblos de este continente y de África prefirieron mantener su propio calendario tradicional para los acontecimientos religiosos y culturales. China resistió hasta 1912, aunque el calendario gregoriano solo se impuso en el país con la victoria de los comunistas, en 1949. El 1 de octubre de aquel año, el triunfante Mao Zedong se subió a lo alto de la Puerta de la Paz Celeste, la puerta principal del palacio imperial de Pekín. Ordenó entonces que Pekín sería en lo sucesivo la capital de China, que la bandera oficial de China sería la roja con las estrellas doradas, y que el año chino se ajustaría al calendario gregoriano. Pero por entonces, este calendario, impuesto 2000 años antes por Julio César y modificado 1600 años después por un Papa mediocre, se había convertido en el calendario mundial: una clave para medir el tiempo que hoy utiliza todo el mundo, salvo los pueblos más aislados, como unidad cronológica universal. Ello a pesar de sus extrañas peculiaridades y de los giros de la historia que lo produjeron, siguiendo una trayectoria inverosímil, desde Sumer y Babilonia hasta Roma, desde la India gupta y el Oriente islámico hasta la Europa del Renacimiento. La búsqueda continúa actualmente en la edad del tiempo atómico, lo que nos lleva por fin al Edificio 78 del Observatorio de la Marina de Estados Unidos, en Washington, D. C., donde el tiempo se mide hoy, no observando la luna y el sol, ni con un reloj de sol, de agua, de péndulo, de cuerda ni de cristal de cuarzo, sino con una pequeña cantidad de un raro elemento llamado cesio. 

 Con esto en la modernidad se produjo el cambio, cambio del que ni nos dimos cuenta y que, al menos yo, ignoraba en pleno siglo XXI, entramos al calendario atómico sin darnos cuenta y con lo espabilados que nos creemos. Ese laboratorio Se encuentra en una pequeña estructura, de tipo búnker, encima de una loma cubierta de hierba. El dial de los 50 relojes atómicos individuales está conectado con un banco de ordenadores que hay tras un ancho vidrio, en el Observatorio de la Marina estadounidense. En medio de los paneles y luces parpadeantes hay una pantalla digital en la que los brillantes números rojos señalan las horas, los minutos y los segundos. Este es literalmente el pulso de Estados Unidos en esta época del tiempo atómico. Además, alimenta un sistema mayor que señala el tiempo de todo el mundo con un margen de imprecisión de una milmillonésima de segundo por año, es decir, 0,0000000000114079 de año.

 Pero el tiempo oficial ya no se mide de esta forma, utilizando términos anticuados como los segundos y los años. Desde 1972, en que empezó a funcionar la red atómica, se mide el Tiempo Universal Coordinado (TUC), no por el movimiento de la tierra en el espacio, sino por las oscilaciones a nivel atómico de un metal extraño, blando y de color gris azulado que se llama cesio.

Al parecer, todos los átomos oscilan, cosa que yo no sabía antes de visitar este Observatorio Naval. Pero antes de que alguien se alarme, debería saber que toda la materia absorbe y emite cierta cantidad de energía, y que esto sucede en algunos elementos con extraordinaria regularidad: absorbe, emite, absorbe, emite, absorbe, emite, un proceso no muy diferente del vaivén uniforme del péndulo, y que puede registrarse con instrumentos como una frecuencia constante. En 1967 se determinó que la media del movimiento atómico del cesio era de 9 192 631 770 oscilaciones por segundo. Esta es actualmente la medida oficial del tiempo universal, que reemplaza la vieja medida estándar, basada en la rotación y la órbita de la tierra, cuyo número base era 1 segundo igual a 1/31556925,9747 de año. Esto significa que bajo este nuevo régimen del cesio, el año ya no tiene oficialmente 365,242199 días sino 290 091 200 500 000 000 oscilaciones de cesio, oscilación más o menos. Esto significa que hemos hecho realidad el sueño de César, Aryabhata, al-Juarizmí, Bacon, Clavio y muchos otros: la construcción de un aparato que por fin puede medir un año exacto y preciso.

Pero esto, ay, no es el final de nuestra historia. Como sabemos, la tierra tiembla y estos temblores producen variaciones aleatorias en su rotación. Por eso mismo el reloj base es demasiado preciso y debe ajustarse periódicamente.

Para complicar más el tema está el hecho de que nuestro pequeño planeta no tiene uno, sino varios años computables, todos ligeramente diferentes. He mencionado varias veces el año sidéreo: el año que se mide según el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta alrededor del sol. Y por supuesto el año trópico, que es el que transcurre entre un equinoccio de primavera y el siguiente, aunque no es totalmente exacto para la astronomía moderna, si hemos de ponemos quisquillosos. Oficialmente, el año trópico es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del sol utilizando como punto de partida y de llegada el equinoccio vernal. Es ligeramente diferente del año equinoccial, ya que la velocidad de la rotación de la tierra disminuye ligeramente con el paso del tiempo. Esto significa que el punto en que comienza el equinoccio un año dado en relación con el sol no será exactamente el mismo punto un año después, debido a la mencionada disminución y a otras fluctuaciones planetarias.

En este momento, sentado ante mi escritorio, veo un reloj, mi reloj de pulsera, un calendario de pared, un calendario de mesa y un pequeño icono en mi ordenador con la fecha y la hora. En el maletín llevo un ordenador de bolsillo y un programa de partidos de béisbol de los Baltimore Orioles. Y en casa tenemos al menos media docena de calendarios y sabe Dios cuántos relojes; horarios de los partidos de fútbol de mis hijos, horarios escolares, plazos para pagar recibos y fechas por todas partes. Esto pide la siguiente pregunta: ¿Por qué necesitamos medir un picosegundo cuando ni siguiera puedo seguir la pista de lo que hago día a día? Planteo esto al historiador Steve Dick, del Observatorio de la Marina de Estados Unidos. Un hombre afable y tranquilo, de pelo castaño corto y un bigote bien cuidado, que ríe y dice que todos preguntan lo mismo. «Te sorprendería saber cuántos usos hay», dijo, y empezó con la navegación; fue el empujón original que dio comienzo, aquí, en el mismo Observatorio Naval, en el siglo XIX, a nuestro actual sistema de sincronización. Según él, una milmillonésima de segundo se traduce en el espacio lo que viene a ser unos centímetros en navegación, detalle nada despreciable cuando se pilota un avión, de noche, con niebla, y se quiere aterrizar en un aeropuerto o en un portaaviones. Estas divisiones diminutas son decisivas para sincronizar la entrada de las señales televisuales o de los satélites, para calcular transferencias bancarias, para enviar de todo, desde correo electrónico hasta señales de sonar de un submarino, y para que los misiles «inteligentes» sigan su trayectoria y caigan en un complejo enemigo de armas químicas y no en medio de un arrabal popular. Los exploradores utilizan el reloj base para encontrar rastros con unos centímetros de aproximación, utilizando localizadores manuales SPG[*] (Sistema de Posición Global o General). Estos localizadores cuestan unos 250 dólares y funcionan simplemente levantando el chisme hacia el cielo, esperando que conecte con unos cuantos satélites. Una vez establecido el contacto, el localizador indica la situación exacta en grados, minutos y segundos. Pero esperad… Determinar el año exacto es mucho más alucinante. Porque cuando bajamos al mundo de los nanosegundos, el tiempo empieza a cambiar de un modo que tiene que compensarse. El tiempo, de hecho, empieza a deformarse y curvarse notablemente en este nivel de precisión, en ciertas situaciones, como apuntó Albert Einstein. El gran físico teorizó que el tiempo es relativo a la velocidad a la que se viaja por el espacio. Que el tiempo, para quien se moviera a la velocidad de la luz (300 000 km por segundo), iría mucho más despacio que para quien se moviera en la tierra, mientras esta recorre el espacio, alrededor del Sol, a unos 30 kilómetros por segundo.
Se comprobó en 1971, cuando dos científicos tomaron cuatro relojes atómicos del Observatorio Naval y los lanzaron hacia el este y el oeste, alrededor del planeta, en sendos aviones. Comparando los nanosegundos de estos desplazamientos por encima de la superficie del planeta con los relojes atómicos que quedaron en tierra, se demostró que el tiempo de quien viaja en avión a menos de una millonésima de la velocidad de la luz es 59 nanosegundos más lento si va al este y 273 nanosegundos si va al oeste… diferencia debida a que la tierra rota hacia el este. ¿Y qué significa esto para la medición el tiempo? Por ejemplo, significa que cada vez que alguien va en avión, su «año» tiene unas milmillonésimas de segundo más; lo que no sirve absolutamente para nada, ya que las fluctuaciones de la tierra afectan a la duración del año en un margen de una milésima de segundo. Pero, quién sabe, puede que llegue a importar mucho si los humanos aprenden a viajar a grandes velocidades por el espacio, pues un «año» en una nave espacial que se moviera a 297 600 kilómetros por segundo duraría mucho más de 365,242199 días terrestres. 

                Y pensar que Perdido en este universo en expansión de cesio, nanosegundos, curvaturas y recalibraciones está el humilde calendario, con sus doce meses y sus 365 casillas (366 los años bisiestos): un chisme para medir el tiempo que no oscila, ni curva el tiempo, ni tiene nada que ver con el espectro electromagnético. Inventado en su forma actual hace unos dos mil años, y corregido hace solo cuatro siglos, es lo bastante viejo para ser una pieza de museo. Pero sigue siendo vital para todos.

No es que sea casi perfecto. Hay un montón de pequeños defectos que molestan a la gente y que lo único que consiguen es que un reducido pero inquieto grupo de reformadores en ciernes estén a la espera de conseguir un calendario mejorado que lleve su nombre. Precisamente el otro día, un grupo de calendaristas de Internet tuvo una breve discusión que comenzó cuando alguien apuntó que el equinoccio de septiembre de 1997 sería el año 6000 en la cronología del prelado y estudioso irlandés James Ussher (1581-1656). Ussher decía que Dios había creado el mundo el 23 de octubre del año 4004 a. C. Otro participante contestó que según el calendario bizantino (del que no sé nada) acababa de comenzar el año 7506. 

 En el ínterin, mientras oscilan los átomos de cesio del reloj base, y la tierra tiembla y disminuye ligeramente su velocidad, la mayoría de los mortales seguimos viviendo como siempre desde que nos enteramos de que existía el tiempo, tanto si nos regulamos por el calendario gregoriano como si lo hacemos por el holocénico, el zoroástrico, el hebreo, el babilonio, el núer, el islámico o el lunar de las diosas. Nos tomamos del mejor modo posible un calendario utilizado por casi todo el mundo que es defectuoso, pero que dura, sobre todo porque satisface las expectativas de la mayoría y es al que estamos acostumbrados.

Hablaba del tiempo de los relojes, de los interminables ciclos de segundos, minutos y horas que pasan sin cesar. Por el contrario, el tiempo de los calendarios está en esas casillas de días unidos entre sí, encajonados en un tramo de tiempo finito y artificial. Después de todo fuimos nosotros, los humanos, quienes inventamos este objeto que es a la vez una herramienta milagrosa y una jaula de momentos finitos que nos obliga a ir corriendo de un lado para otro, intentando sacar el máximo partido del breve tiempo que nos ha tocado. Hay momentos, cuando llego irremediablemente tarde, o no puedo meter nada más en mi agenda, en que doy un suspiro y me digo que ojalá aquel hombre de Cromagnon del valle del Dordoña, de hace 13 000 años, hubiera tirado a un rincón el hueso de águila y se hubiera puesto a dormir. O se hubiera ido a dar un largo paseo bajo el cielo paleolítico. O se hubiera ido a jugar con sus cromagnoncitos. Por supuesto, esto solo habría retrasado lo inevitable, pues algún otro homínido vestido con pieles se habría encargado de grabar muescas y contar fases de la luna, lanzando a la humanidad a su extraña y épica búsqueda.

                             Para concluir con el tema, se trata de meras curiosidades históricas que al común de la gente ni le va ni le viene, para algunos los caros relojes que lucen sólo sirven para chicanear que su reloj sólo se atrasa una milésima de segundo cada mil años, como si eso fuera el non plus ultra de la sapiencia suma, para el resto de la humanidad lo único cierto es que tenemos un calendario que nos indica la fecha y un reloj que nos avisa la hora para levantarnos o para no llegar demasiado tarde a una cita. Así de simple es la vida. Y cuándo los momentos se convirtieron en minutos y segundos? Supongo que con la invención del reloj mecánico, cuando le pusieron las manecillas que así lo indicaban.

                Pérdida de tiempo? Tal vez, pero aprendí un montón de cosas que desconocía. 

Para los comerciantes, los relojes conectaban el tiempo más que nunca con el trabajo, con el dinero y con sacar el máximo partido del momento presente, ya que el reloj subrayaba con crudeza que solo teníamos una cantidad limitada de horas al día, y de días a la semana o al mes, para resolver los negocios.[2] 

Tomado de Google


[1] Historia del calendario. David Ewing Duncan.

[2] Historia del calendario. David Ewing Duncan.


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