miércoles, 15 de julio de 2026

FÚTBOL

                En otra oportunidad había hablado de lo que opinaba sobre el fútbol y a lo que su fanatismo conducía y, como estamos en el mundial, me da pie para volver por el tema, sin haber cambiado de opinión, aunque ahora lo hago desde otra perspectiva, creo. 

               Deporte de caballeros, así lo conocí en mis lejanas épocas. Lo practiqué en su momento pero el solo dar cabezazos a esa pelota tan dura me llevó a abandonarlo para evitarme dolores de cabeza. Practiqué igualmente el microfútbol y las banquitas, en donde la cabeza no era muy dada para ser usada. Supongo que por lo corta de la cancha terminé aburrido dando empujones, en donde me di cuenta que no era tan deporte de caballeros, sobre todo cuando el contrincante no era demasiado caballero. Esa fue mi experiencia en el tema y a la larga me alegro de no haber continuado porque seguro hubiera terminado con alguna fractura. 

               Ahora, el deporte de caballeros lo trataré de acuerdo a sus integrantes. El árbitro, los jugadores, los narradores deportivos y los seguidores, sin olvidar el llamado cuerpo técnico. 

               El árbitro, los hay parcializados, los ciegos, los que ven lo que les conviene y toman partido, según el partido, aunque lo que es cierto es que la hinchada nunca está conforme con ellos y los hijueputazos son corrientes contra ellos. Aunque hoy el tal VAR es el árbitro final, pero como da para interpretaciones según la FIFA, tampoco es confiable y en todo caso el hijueputazo se lo gana el árbitro, no hay de otra. 

               Los jugadores y el mismo cuerpo técnico. De caballeros no tienen ni el nombre. Desde que los argentinos se inventaron el entrenamiento del teatro, de la zancadilla y de la pantalla, el fútbol se pervirtió. Ver en los partidos cómo cae al suelo el jugador contrario y el atacante malvado y este último hace la pantomima de herido para que el árbitro crea que fue el otro el atacante y ver adicionalmente a este mismo malandro levantarse como si nada nada más ve que el juego siguió, es teatro de segunda. En este mundial vi toda guachada posible: empujones, golpes malintencionados, zancadillas y hasta alguien que desgarró la camiseta del contrincante con el fin de frenarlo y tumbarlo y naturalmente, el árbitro no vio nada, ni con la prueba de la camiseta rota. Y cuando se ven perdidos quién dijo miedo, jugar a matar; sin mencionar a los jugadores que cada equipo tiene, el provocador, como ese uruguayo, creo que era, que mordía a los contrincantes. Pero es el juego, dicen[1]. 

               El narrador deportivo, que es el gurú que nunca ha jugado un partido pero se las sabe todas y puede demeritar o endiosar a cualquiera. Además de ser pervertidor del idioma, parece que nunca hubieran estudiado lenguaje, dicen unas barbaridades que la real academia debería oír y hacerles ver la corrupción a que llevan al pueblo inculto por demás, pero es lo que hay. Bárbaros del idioma y fuera de eso, supongo que para que no los critiquen, viven del eufemismo: Entró con todo, por decir que le dio patada en las güevas. Pierna fuerte, por decir que se están dando pata. No tenía de otra o no tenía opción, por decir que tiró a matar o, para decir lo mismo dicen que es un partido correoso o afirman que vale todo, así es el fútbol. Ahí lo atendió, ya sabrán los fanáticos a qué se refieren. No entendí qué querían decir canal de salida. Así es el fútbol, es lo que hay. Mientras el árbitro no vea, vale todo. 

               Y los aficionados, sin mentar a los fanáticos, que se las saben todas, son directores técnicos natos y gurús como los narradores, por lo que no diré mayor cosa al respecto. Lo que me llamó la atención era verlos en los estadios, al menos en los que Colombia jugó. Estadios de sesenta o setenta mil espectadores y casi el 80% de ellos eran colombianos, deduje por el color de las camisetas. Los colombianos nos quejamos de que no hay plata, que estamos jodidos, pero tan jodidos que más de treinta mil compatriotas se fueron para las extranjas. Sin ser economista deduzco que el costo de una semana por tierras extranjeras, pasando de una frontera a otra, según donde jugara (Méjico, Canadá, USA), cada persona ha gastado al menos treinta millones de pesos, treinta millones que no es cualquier cosa, lo que incluye boletas, avión, hospedaje, comida y si va en plan familiar, multiplicar la suma correspondiente. De dónde sacaron esa fortuna? Y si estamos tan jodidos no se pudieron ahorrar la platica viendo el partido por televisión? (no es lo mismo, oigo decir. Allá cada cual, digo yo). De esa cantidad de gente que viajó, no todos son ricos ni se pueden dar esos lujos, pero de dónde sacaron la plata y cuántos años estarán endeudados los que no son ricos, me sigo preguntando. Pero así somos los colombianos, jodidos pero contentos. 

               Y sobre la FIFA y demás federaciones, baste leer una columna de Samper Pizano[2], Los golazos de la FIFA. 

               Qué más se puede decir. 

Dice Rodrigo que felicitaciones, que ya estás donde tenías que estar. Que en este país uno sólo es alguien cuando alguien más quiere hacerle daño.[3]




[1] Eso me hizo recordar una vivencia del año pasado si mal no estoy. Lorenzo, de seis años, en alguna reunión colegial se encontró con otro amigo, de edad similar y se pusieron a jugar con un balón. El otro, cuando no tenía el balón, atacaba sin agüero y antes de ser tocado ya estaba en el suelo haciendo la pantomima de faul, con solo 6 años ya era un mal aprendiz y supe que estaba en una escuela de fútbol y decía que eso se lo habían enseñado allá. Pero es el juego y los padres festejan lo vivo que son sus niños. Por Dios, por eso estamos como estamos!

[2] https://cambiocolombia.com/los-danieles/articulo/2026/7/los-golazos-de-la-fifa

[3] Las reputaciones. Juan Gabriel Vásquez.

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