viernes, 26 de diciembre de 2025

DIÁLOGO INTERNO

             Oía un Podcast de la BBVA  (Ser feliz es vivir con el corazón despierto) y dentro de la que se decía me llamó la atención alguna frase que decía que uno debía mantener un diálogo interno permanente, como permanente son los pensamientos cuando estamos solos o absortos en nosotros mismos. Allí surgen las conversaciones optimistas y pesimistas; las optimistas, cuando no estamos demasiado optimistas nos dan alguna zancadilla para que dejemos de estarlo y las deprimidas, nos trata de espantar cualquier síntoma de optimismo pesimismo con frases que llevan a más depresión.

             Lo he dicho, el cerebro es un traidor, no nos puede ver muy felices porque le encanta sembrar la cizaña. Por qué a mí, por qué me pasó, por qué no puedo ser feliz, etcétera, etcétera. Por pendejo, nos responderá, cuando está decente, pues de lo contrario nos dirá: por güevón.

             Y en efecto el cerebro es de lo más pesimista que hay, siempre nos hace una zancadilla, nos tiende una trampa, no nos deja una vida al menos tranquila y pausada. Por eso tenemos tanto pensamiento negativo o dubitativo: apagué la estufa? Cerré bien la puerta? A alguien le oí o leí que el cerebro era un hijueputa que jugaba con nosotros y buena razón que tiene.

             Sin embargo, todo tiene su contra y a él se le puede atacar también, con las mismas trampas que usa y es un ejercicio simple. Lo dicen las autoayudas, lo dicen los sicólogos, lo dicen los que saben y hasta lo deben decir los estudios de alguna universidad gringa, lo cual da más credibilidad (pues a mí quién me puede hacer caso, que ni yo mismo me creo los cuentos que me invento). A una intervención negativa una reacción positiva.

             Lo he utilizado y parece que da buen resultado. Apagué la estufa, oiré cuando ya estoy en el bus. Pues que no explote mientras llego, me contradigo. Cerré la puerta al salir? Pues si no lo hice no hay mayor cosa qué robar y de aquí a que me devuelva para ver que efectivamente sí la había cerrado, el falso positivo imaginario ya ha desaparecido. Que tiene cáncer? Pues qué se le va a hacer, nada puedo hacer yo o sí? Que se murió? Pues qué vaina, es algo que sucede tarde o temprano y no puedo hacer nada.

             Peor cuando a ese cerebro le da por ser predictivo, futurólogo. Que le va a pasar algo malo, dice sin ningún fundamento. Pues que pase, aunque casi nunca pasa nada, pero sí ha generado una rara sensación de desasosiego, el muy cabrón sabe dónde actuar. A un cabrón de esa calaña hay que responderle como un buen sicópata. A cada interferencia negativa, dañina, destructiva hay que responderle sin compasión haciéndole saber que ni predictor ni futurólogo es, que simplemente es un cabrón que no nos puede ver felices, al menos contentos, por lo menos tranquilos, que es un pobre pendejo al que no nos someteremos, porque no le tenemos compasión, como un buen sicópata.

             Y a partir de tanta contrarrespuesta opuesta, se va sometiendo y cada vez que aparece basta con recordarle diciéndole: Otra vez con sus güevonadas? (perdonen la subida idiomática poco ortodoxa, pero necesaria, con paños tibios no entiende ese cerebro, hay que tratarlo con la rudeza con la que nos trata o si se quiere, para ser más decente basta decirle: Otra vez con sus pendejadas? Váyase para sus tres… perdón, cada cual usará el lenguaje que le parezca más apropiado para tratar a su otro yo que nos incomoda).

             Si es proclive a los malos pensamientos (ya sabrán a cuáles, porque hay otros de ese tipo que no convienen olvidar), si es pesimista (aunque sea por naturaleza), si tiende a la depresión, combata a ese alter ego, ese otro yo, ese super ego o como se llame, ese que nos hace daño generándonos culpa, desazón, inquietud, inseguridad como un buen sicópata, no le crea y mándelo a la… al carajo. Basta con perderle miedo.

 Curiosamente cuando escribía la palabra depresión oigo cantar al Perales y me recuerda el libro del mismo nombre, Buenos días, tristeza, y es eso lo que hay que hacer para combatirla. Y decirle que si dejé encendida la estufa, pues que explote, qué más se puede hacer y si no se cerró la puerta, pues que el viento la cierre por nosotros, qué más se puede hacer y si se murió o le dio cáncer, pues que Dios le ayude, pues nada puedo hacer, es la ley de la vida.

 Este escrito me quedó muy bueno como para comenzar el manual del buen sicópata, ya veremos. 

Yo estaba conmigo y sin nadie.[1]

Tomado de Facebook
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[1]
El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari. 

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