lunes, 29 de diciembre de 2025

JUSTICIA

             Me preguntaba cómo creer en la justicia, porque ni en la divina hay justicia. La pregunta llegaba por unas noticias de la actual honorable corte constitucional (en minúsculas porque ya no me ofrece respeto). Una de ellas la de la llamada puerta giratoria, tú me nombras yo te nombro, el negocio impuesto y eso me llevó a decirme cómo puede uno creer en la justicia si así son sus aplicadores.

             Cuando nació la Corte Constitucional (esta vez sí en mayúsculas) los primeros magistrados además de su visible honradez (al menos nunca se supo nada extraño de ellos), eran filósofos, verdaderos doctos, leer sus sentencias era agradable, se aprendía, se entendía, eran respetables, eran verdaderos señores. Estuve muy orgulloso de ellos[1]. Hoy… ya es otro cuento.

             Solo pensar en la demanda de inconstitucionalidad de la reforma pensional. Nada más aprobada la ley se presentaron las consabidas demandas y la honorable corte se puso a buscar la comba al palo y la encontró, un error de procedimiento, como si eso no la hiciera de por sí inconstitucional, razón para declararla como tal; pero la sabiduría actual decidió devolverla al congreso (en minúscula porque no me merece ningún respeto), con teorías que ahora se imponen en gracia de teorías novedosas y extranjeras, lo cual dilataba la decisión final. El congreso, como cosa rara, dilató el trámite. Volvió nuevamente después de varios requerimientos y los honorables magistrados parece que dilataran la decisión con impedimentos y demás argucias legales, llegando ahora a que no pueden decidir porque entran a vacancia judicial y primero es lo primero. Lo mismo acaban de hacer, porque están en vacaciones, ante la declaratoria de emergencia económica, permitirán que se impongan las locuras de su majestad y ya dentro de un año dirán si eran o no constitucionales. Por eso he dejado de creer en la justicia, es para los de ruana.

             Y además otra cosa que me llama la atención de los abogados es ver cómo se usa en los despachos judiciales los terminachos grandilocuentes, las frases envolventes, las argucias pomposas, ampulosas y con ello quiero significar que lo único cierto es que de esos abogados que escriben tan pomposamente, litigantes o jueces, debe desconfiarse, enredan lo que no lo es, tuercen las verdades sin rubor y con ello desaparecen la justicia, en la que ya no creo, repito.

             Lástima de los buenos tiempos, si es que los hubo. 

El viejo principio de que justicia demorada es justicia denegada no parecía aplicarse a esta laboriosa estructura.[2]  

De Conrad aprendí, entre otros, que el verdadero héroe no es el que lleva la bandera. El héroe es quien convierte en su íntima bandera palabras como dignidad, valor y decencia. Y está dispuesto a pagar por ello.[3]

Tomado de Facebook
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[1] Ciro Angarita Barón, Jaime Sanín Grave, Alejandro Martínez Caballero, Fabio Morón Díaz, Eduardo Cifuentes Muñoz, José Gregorio Hernández Galindo, Antonio Barrera Carbonell y el inolvidable Carlos Gaviria, con sus perfectas sentencias llenas de filosofía y buenos pensamientos.

[2] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.

[3] La cueva del cíclope. Arturo Pérez Reverte.


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