Me preguntaba cómo creer en la justicia, porque ni en la
divina hay justicia. La pregunta llegaba por unas noticias de la actual
honorable corte constitucional (en minúsculas porque ya no me ofrece respeto).
Una de ellas la de la llamada puerta giratoria, tú me nombras yo te nombro, el
negocio impuesto y eso me llevó a decirme cómo puede uno creer en la justicia
si así son sus aplicadores.
Cuando nació la Corte Constitucional (esta vez sí en
mayúsculas) los primeros magistrados además de su visible honradez (al menos
nunca se supo nada extraño de ellos), eran filósofos, verdaderos doctos, leer
sus sentencias era agradable, se aprendía, se entendía, eran respetables, eran
verdaderos señores. Estuve muy orgulloso de ellos.
Hoy… ya es otro cuento.
Solo pensar en la demanda de inconstitucionalidad de la
reforma pensional. Nada más aprobada la ley se presentaron las consabidas
demandas y la honorable corte se puso a buscar la comba al palo y la encontró,
un error de procedimiento, como si eso no la hiciera de por sí
inconstitucional, razón para declararla como tal; pero la sabiduría actual
decidió devolverla al congreso (en minúscula porque no me merece ningún
respeto), con teorías que ahora se imponen en gracia de teorías novedosas y
extranjeras, lo cual dilataba la decisión final. El congreso, como cosa rara,
dilató el trámite. Volvió nuevamente después de varios requerimientos y los
honorables magistrados parece que dilataran la decisión con impedimentos y
demás argucias legales, llegando ahora a que no pueden decidir porque entran a
vacancia judicial y primero es lo primero. Lo mismo acaban de hacer, porque
están en vacaciones, ante la declaratoria de emergencia económica, permitirán
que se impongan las locuras de su majestad y ya dentro de un año dirán si eran
o no constitucionales. Por eso he dejado de creer en la justicia, es para los
de ruana.
Y además otra cosa que me llama la atención de los abogados
es ver cómo se usa en los despachos judiciales los terminachos grandilocuentes,
las frases envolventes, las argucias pomposas, ampulosas y con ello quiero
significar que lo único cierto es que de esos abogados que escriben tan
pomposamente, litigantes o jueces, debe desconfiarse, enredan lo que no lo es,
tuercen las verdades sin rubor y con ello desaparecen la justicia, en la que ya
no creo, repito.
Lástima de los buenos tiempos, si es que los hubo.
El viejo principio de que justicia demorada es
justicia denegada no parecía aplicarse a esta laboriosa estructura.
De Conrad aprendí, entre otros, que el
verdadero héroe no es el que lleva la bandera. El héroe es quien convierte en
su íntima bandera palabras como dignidad, valor y decencia. Y está dispuesto a
pagar por ello.
Tomado de Facebook
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