Me topé en el taxi yendo a casa. En alguna esquina el
taxista hizo un pare más largo que lo corriente, dejando pasar a un mendigo, o
al menos eso era lo que aparentaba; lo llamó por la ventanilla y sacando una
bolsa le dijo: Ey! Tengo estos tenis casi nuevos que no me quedaron bien, tome
si le interesa. El mendigo, o al menos el que así lo aparentaba, se volvió y
dijo secamente: Yo no recibo eso.
Vaya, vaya, los dos, el taxista y yo, quedamos asombrados
y con la mirada nos dijimos: Vea pues, el cliente nos salió exigente y entre
conversación y conversación nos contamos las veces en que últimamente habíamos
sido testigos de tales desplantes y rechazos de parte de esos desfavorecidos
(diciéndolo en términos políticamente correctos, para no ofender, ja!).
Habíamos visto mendigos (el que se quiera ofender por el término, que se
ofenda, qué le vamos a hacer), como decía, luego del paréntesis que cortó la
frase, habíamos visto mendigos últimamente a los que se les daba algo de ropa y
que al dar la vuelta les habíamos visto botándola en cualquier caneca o rincón,
cuando no simplemente los tiraban en la calle.
Desagradecidos? Exigentes? No tengo explicación a este
fenómeno, aunque contradictoriamente se les ve sí buscando dentro de las
canecas y cuando se trata de ropa se quedan ensimismados mirándola como
calculando si les queda bien, qué ironía.
Todo esto me llevó a pensar que el poco cristianismo que
me queda se va a desvanecer por completo ante estas circunstancias y que ya no
vale la pena aplicar la caridad cristiana, eso se lo dejaría a los testigos de
Jehová, expertos en cazar incautos.
Fue una revolución del pensamiento en toda una
gama de disciplinas, y requirió una liberación de la mente, que ésta se diera
permiso a sí misma para pensar de modo diferente sin miedos ni prejuicios.
Tomado de Facebook
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