A mis manos cayó un
libro escrito antes de los cuarentas del siglo pasado, antes de la segunda
guerra mundial. Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia.
Por
demás interesante en el que se muestran las personalidades de personajes que
quisiéramos no haber conocido, pero lo curioso es que a través de la historia
se vuelven repetitivos.
Veamos
por ejemplo a Hitler: Antes de las diez no ve a nadie. Los ministros esperan
con frecuencia hasta mediodía. Habla continuamente, y rara vez escucha; con
frecuencia charla hora y media sobre un mismo asunto, de modo que el despacho
de las otras cosas tiene que quedar pendiente. Me hizo pensar en Petro.
Ni
Alemania es la única nación, ni Hitler el único hombre de Estado que hayan
quebrado tratados, pisoteado la moral y oprimido pueblos, ni siquiera en la
época actual. Pero es el único que ha hecho un principio de la amoralidad, y
una religión de la perfidia. Nadie antes que él ha hecho proclamar por su
ministro de Justicia: «Es Derecho lo que es útil a Alemania». Con él cesa, no
sólo el Estado de Derecho, sino hasta la voluntad de vivir en un Estado de
Derecho. Y
además: Todo lo que se le repite constantemente a una multitud, escribe él
también (Hitler), «lo mismo si es verdad que si es mentira», estará
dispuesta a creerlo; sólo hay que repetir lo mismo siempre.
Y me encontré en mi ignorancia el
saber que en Nuremberg Hitler fue también un acusado, a pesar de su suicidio
(afortunado para la humanidad) y curiosamente estas son palabras del
fiscal del proceso: Por lo que acusamos a este hombre en nombre de la
Historia es por la vacuidad de su ser, el nihilismo de su espíritu, la oquedad
de sus discursos, la insensatez de sus ideales. Lo que le echamos en cara hoy
es la mentira inmensa con que ha querido engañar a hombres y mujeres, familias
y estirpes de un gran pueblo hondamente agitado en lo espiritual, sólo para
superar el sentimiento de su propia inferioridad y para encontrar en el aplauso
de millones de personas engañadas un sustitutivo de aquello que a su ser
pequeño-burgués se le había cerrado para siempre. Nada de lo que acaba de
exponer su defensor acerca de sus motivos es cierto; son pretextos fríos y
meditados. Tenemos ante nosotros al más consumado farsante de la Historia
moderna, y sólo un pueblo tan paciente y tan dócil a la voz de mando como el
alemán ha podido dejarse engañar por él durante largos años. Mediante la
astucia y la trampa, mediante una ilimitada capacidad de hablar y de mentir,
consiguió el acusado, en un pueblo sin oradores y sin educación política, ser,
primero, nombrado tambor mayor de un grupo de aventureros sedientos de poder, y
elevarse finalmente a héroe nacional, con todos los trucos de la guardarropía.
El pueblo más paciente y menos ejercitado en los negocios de Estado del mundo
entero se sintió feliz de ver en la cúspide a un hombre que osaba armarle de
nuevo, que le libraba de una breve e incómoda libertad y de una responsabilidad
a la que no estaba habituado, y que volvía a darle banderas y música,
ordenación y jerarquías, sin lo que la mayoría de los alemanes no encuentran
sal a la vida. Mientras que todo esto lo lanzaba envuelto en un manto de
mística nebulosa, encontró a la multitud. Quizá su mayor promesa consistió en
que habría de fundar la dominación de un caudillo de vándalos con ideas de
pensadores. El hombre que se encuentra aquí ante vosotros, señores jueces,
no ha sido nunca salvador ni libertador de su pueblo. Hay un tremendo engaño en
el fondo de sus actos que han conmovido al mundo. Le acusamos porque la suma de
miseria que ha concitado, no ha reconocido el servicio de ninguna idea, de
ningún espíritu ni genio alguno, sino el servicio de un alma estrecha,
insegura, que busca masas gigantescas para olvidar su limitación. Le acusamos
porque ha asfixiado los talentos de su pueblo para hacerse empujar hacia arriba
por sus debilidades. Le acusamos en nombre de la Humanidad porque él, que
produjo este mar de lágrimas, no deja tras de sí otra cosa que la figura y el
rostro de un Cagliostro, quien, por otra parte sólo movió a los hombres por su
dinero.
El acusado, al contrario, ha robado a hombres innumerables todos aquellos
bienes que significan la felicidad. No ha considerado en nada la vida humana, y
sólo se ha cuidado de proteger la suya. Ha reducido la propiedad de todos, y
sólo la suya y la de sus amigos ha aumentado. De todas las libertades, sólo ha
guardado y aumentado la suya propia. Para crear la sugestión de un Emperador
medieval, ha arruinado a un pueblo. Si inclinándose en su favor se le considera
un enfermo mental, habría que castigar entonces a todos los cuerdos que le han
obedecido, y ello sería absurdo. La lógica y la astucia que transparece en el
fondo de sus fingidos éxtasis, demuestra que no lo es. Pues, como todos los
histéricos, fue frío y claro, siempre que así le convenía. Por eso su engaño
terminaba al llegar a su conciencia, y él no sucumbía a sus humores salvajes, a
los que sucumbían los demás. Pues como en lugar de una gran ambición le
impulsaba sólo la vanidad quejosa, permaneció siempre dentro del camino de su
«yo», sin ponerlo nunca en peligro. Al emplear la mentira no simplemente como
medio de lucha, sino elevándola, según sus palabras, a dogma de la influencia
sobre la opinión, ha educado en la mentira a un pueblo que no es peor que los
otros; lo ha inducido a martirizar y matar a ciudadanos inocentes a causa de su
fe. Sigo pensando en Petro, qué similitud.
Si alguna vez la Humanidad ha tenido derecho a
pedir todo el castigo para un solo individuo; si alguna vez la Historia se ha
alzado reclamando una alta justicia, es en este caso. Señores jueces: el
acusado de la Humanidad se encuentra ante vosotros. Y curiosamente Petro
viene a mi memoria, ojalá que luego de que deje el poder sea sometido a un
verdadero juicio, por... tantas cosas que se le podrían endilgar.
Como dijo Cicerón: Como es natural, ninguno
de estos grandes héroes militares confía en los otros. Demasiado a menudo se
han llamado unos a otros en sus proclamas mentiroso, canalla, usurpador,
enemigo del Estado, bandido y ladrón, como para no estar al corriente del cinismo
de los otros. Pero a quien está hambriento de poder sólo le importa ejercerlo y
no la opinión de los demás, únicamente el botín y no el honor.
Naturalmente todos somos responsables, por
activa o por pasiva, y aún seguiremos repitiendo la historia: Todas estas
pesquisas, búsquedas y revelaciones podían llevarnos de nuevo en esa dirección,
hacernos regresar a la evidencia de que ningún ser humano está del todo bien.
Nuestros corazones y nuestras mentes no sólo están cubiertos porque son
frágiles, sino también porque albergan a veces un horror y una depravación que
nadie soportaría contemplar.
Todo eso se aplica
a Petro, a Stalin, a Mussolini y a tantos dictadores depravados que la historia
nos ha traído y de los que no podremos huir, porque siempre la estupidez humana
hará que sean seguidos como ciegos en rebaño.
Pero en la Historia, como en la vida del
hombre, el lamentarse no devuelve una ocasión perdida. En miles de años no se
repone lo que se pierde en una sola hora.
Tomado de Google
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