La vida de uno es de por sí aburrida. No amerita ni siquiera un artículo, salvo que se trate del aburrimiento de la rutina.
Eso me llevó a
pensar en que había personas, importantes claro está, tales como científicos,
filósofos, escritores, no tanto como los que nos han presentado de bata blanca
y despeine a lo Einstein los primeros, acostumbrados a ir de tablero en
tablero, de mesa a mesa, de probeta a probeta, haciendo fórmulas o qué sé yo,
que pareciera que no se aburren a pesar de que esa sea su rutina.
Verlos en su sala biblioteca, tenuemente iluminadas, con la sabiduría del pensamiento y verme a mí, hombre moderno, con lo que es mi estudio a mi alrededor, en una rutina que solo me llevó a imaginarme al importante hombre concentrado en pensamientos importantes y compararle con un ser rutinario, sin mayores pretensiones que la de la envidia a esos pensadores que se ganaron su puesto en la historia, por el solo hecho de pensar y escribir. Y la mía, qué historia tan pobre que ni siquiera merece ser mencionada. Y como tal, me llevó a pensar en el Papa entronizado, rascándose las bolas de puro aburrimiento, ya cansado de andar por laberintos llenos de historia pero que en virtud de su propio aburrimiento se enclaustra en cuatro paredes a rascarse las bolas, porque no hay nada qué hacer en uno de sus rutinarios días, pues todo se lo hacen.
Y así mismo, pienso en que Dios, ante su obra terminada, debe estar en la misma situación que su representante, ya que todo está hecho y muy poco o casi nada por hacer, encerrado en sus cuatro paredes preferidas, paredes insonorizadas para no oír tanta quejadera de tanta gente insatisfecha, deseosa de un favor o de un milagro ante la imposibilidad de hacerse el favor o de lograr su propio milagro que solo requiere de acción.
Y eso me lleva a la última pregunta, será que Dios en su vasto cielo no termina aburrido? Parece ser que esa fue la herencia que se digno heredarnos y con ella la envidia, a los importantes que saben pensar y escribir, como Dios manda.
«Scribendi otium non erat», al que escribe no le quedaba tiempo libre.[1]
… pero con el tiempo descubrí una verdad
atroz, Roberto, una de las más terribles de la condición humana, y es que todo
sufrimiento, por profundo y abrumador que sea, precisamente no nos mata. Aunque
nos parezca insoportable y así pensemos que el duelo nos va a aniquilar, pues
la vida con semejante carga es invivible, y aunque la existencia carezca de
sentido a raíz de esa aflicción y de esa ausencia inconmensurable, la triste
realidad es que somos lo suficientemente duros y egoístas para seguir viviendo.[2]
Pero ahora que se ve obligado a permanecer
inactivo, quiere aprovecharlo al menos en el sentido de la espléndida frase de
Escipión, que de sí mismo dijo que nunca estuvo más activo que cuando no tuvo
nada que hacer y nunca menos solo que cuando estaba solo consigo mismo.[3]
[1] Momentos estelares de la humanidad.
Stefan Zweig.
[2] Los hechos casuales. Juan Carlos
Botero.
[3] Momentos estelares de la humanidad. Stefan
Zweig.
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