Somos un pueblo de
desplazados desde que el hombre es hombre. Así se inició todo. En las cavernas
algún forzudo dijo esto es mío y fue de él, incluida compañera. Ante tal
valentía otro más allá dijo lo mismo y fue de él, así de simple nacería el
sentimiento de pertenencia. Con el tiempo el primero sintió celos del otro que
tenía algo que le gustaría tener y gritó esto es mío y fue suyo, luego
de largo combate. Así nacería la envidia y el gusto de poder.
Y así evolucionaría
la propiedad, sin título alguno, bastaba con un grito y un garrote bien
mantenido. (Conste que no soy arqueólogo ni sociólogo pero, como ellos, me
atrevo a formular mi hipótesis, respetable por demás, se podría decir, en estos
tiempos en que la opinión del otro importa, de boca para afuera).
Y pensándolo así
debió suceder con los cavernícolas, si los hubo, en las Américas. Cuando ya
fueron tribus, la una mirando recelosa a la otra más o menos semejante, se
atrevió a gritar esto es mío y de ellos fue, luego de combates con
garrote, naturalmente y así nacieron los imperios aztecas e incas y los de
estas tierras. Hasta que llegaron los europeos con caballos y arcabuces y
fueron ellos los que dijeron esto es mío y fue de ellos.
Todo eso a su vez
me hace pensar en cómo nos desplazamos unos a otros. En virtud de la guerra y
la de la fuerza, que viene acompañada necesariamente de la envidia, el ansia de
poder. Unos indios desplazando a otros y vienen unos europeos que les desplazan
(y la misma historia allende los mares) y llegan otros que a su vez desplazan y
se sienten fuertes y se independizan y llegan inmigrantes a desplazar al verse
desplazados y así sucesivamente y todos esos hombres desplazaron la fauna
original, de los que nunca se pudieron defender (el sentido ecológico hay que
meterlo de alguna manera, siendo además cierto y ante la proliferación de
poblados y ciudades los animales nativos fueron desplazados, sin tener parte en
el asunto. Daño colateral se dice ahora).
Pero hay un dato
imperceptible con el transcurso de los siglos, cuando los europeos en tierras
americanas se sintieron seguros de su posesión (arrancada, como dije, a la
fuerza a sus tenedores originales, que a su vez se lo quitaron a otros
tenedores y así sucesivamente) el esto es mío europeo requería de algo
más que el dicho a viva voz. Necesitó de un papelito que así lo estipulara, el
título de propiedad, tal vez porque ya nadie confiaba en nadie y el que tuviera
el papelito era el que tenía el derecho, no importando cómo lo había obtenido.
Toda esta perorata
me vino a la cabeza al pensar en el desierto del Sáhara, será que allá hay
títulos de propiedad que acreditan la pertenencia de alguna persona. El
desierto tendrá dueño? Eso mismo pienso cuando estoy de paseo y veo esas
cordilleras gigantescas y me pregunto si todas ellas ya tienen dueño. Tal vez
no, pero nada más se sepa que hay petróleo o minas de tierras raras fijo que
aparecerán los dueños o mejor los vivos que dirán: esto es mío. Hasta
que alguien, si no lo ha hecho ya, se titule un pedazo de desierto o de cordillera.
Eso me lleva a pensar en el hombre y su pobre sentido
de propiedad. (Naturalmente lo dice alguien que no tiene un título de
propiedad).
Hay cosas que desearía no
haber visto.
—Ser testigo del mal es ser
humano.
Tomado de Google
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