lunes, 26 de octubre de 2026

DESPLAZADOS

                Somos un pueblo de desplazados desde que el hombre es hombre. Así se inició todo. En las cavernas algún forzudo dijo esto es mío y fue de él, incluida compañera. Ante tal valentía otro más allá dijo lo mismo y fue de él, así de simple nacería el sentimiento de pertenencia. Con el tiempo el primero sintió celos del otro que tenía algo que le gustaría tener y gritó esto es mío y fue suyo, luego de largo combate. Así nacería la envidia y el gusto de poder. 

               Y así evolucionaría la propiedad, sin título alguno, bastaba con un grito y un garrote bien mantenido. (Conste que no soy arqueólogo ni sociólogo pero, como ellos, me atrevo a formular mi hipótesis, respetable por demás, se podría decir, en estos tiempos en que la opinión del otro importa, de boca para afuera).

                Y pensándolo así debió suceder con los cavernícolas, si los hubo, en las Américas. Cuando ya fueron tribus, la una mirando recelosa a la otra más o menos semejante, se atrevió a gritar esto es mío y de ellos fue, luego de combates con garrote, naturalmente y así nacieron los imperios aztecas e incas y los de estas tierras. Hasta que llegaron los europeos con caballos y arcabuces y fueron ellos los que dijeron esto es mío y fue de ellos.

                Todo eso a su vez me hace pensar en cómo nos desplazamos unos a otros. En virtud de la guerra y la de la fuerza, que viene acompañada necesariamente de la envidia, el ansia de poder. Unos indios desplazando a otros y vienen unos europeos que les desplazan (y la misma historia allende los mares) y llegan otros que a su vez desplazan y se sienten fuertes y se independizan y llegan inmigrantes a desplazar al verse desplazados y así sucesivamente y todos esos hombres desplazaron la fauna original, de los que nunca se pudieron defender (el sentido ecológico hay que meterlo de alguna manera, siendo además cierto y ante la proliferación de poblados y ciudades los animales nativos fueron desplazados, sin tener parte en el asunto. Daño colateral se dice ahora).

                Pero hay un dato imperceptible con el transcurso de los siglos, cuando los europeos en tierras americanas se sintieron seguros de su posesión (arrancada, como dije, a la fuerza a sus tenedores originales, que a su vez se lo quitaron a otros tenedores y así sucesivamente) el esto es mío europeo requería de algo más que el dicho a viva voz. Necesitó de un papelito que así lo estipulara, el título de propiedad, tal vez porque ya nadie confiaba en nadie y el que tuviera el papelito era el que tenía el derecho, no importando cómo lo había obtenido.

                Toda esta perorata me vino a la cabeza al pensar en el desierto del Sáhara, será que allá hay títulos de propiedad que acreditan la pertenencia de alguna persona. El desierto tendrá dueño? Eso mismo pienso cuando estoy de paseo y veo esas cordilleras gigantescas y me pregunto si todas ellas ya tienen dueño. Tal vez no, pero nada más se sepa que hay petróleo o minas de tierras raras fijo que aparecerán los dueños o mejor los vivos que dirán: esto es mío. Hasta que alguien, si no lo ha hecho ya, se titule un pedazo de desierto o de cordillera.

 Eso me lleva a pensar en el hombre y su pobre sentido de propiedad. (Naturalmente lo dice alguien que no tiene un título de propiedad).

 

Hay cosas que desearía no haber visto.

—Ser testigo del mal es ser humano.[1] 

 

Tomado de Google




[1] La ciudad que no descansa. Lincoln Child, Douglas Preston.

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