No sé cómo se me ocurrió que en algún momento alguien me
propusiera como el Iluminado, el guía del mundo, si no terrenal, al menos el
espiritual.
Me vi elevado por los cielos, con los brazos abiertos
como los del redentor en un intento de abrazar a toda la humanidad, repartiendo
bendiciones y consejos, emanando belleza e irradiando bondad. Todo un
Iluminado.
Pero… la duda. Siempre la duda. La duda me bajó de las
nubes. Pensé: un iluminado yo? (nótese que el iluminado ya va en minúscula). Un
ser tan corriente, intrascendente y humilde (entre comillas, supongo) como yo?
Lo merecería? Y la duda se hizo más profunda, adentrándose en mi propio ser,
tratando de identificar las razones por las cuales me podrían elegir a mí, un
simple mortal, un cualquiera, un anónimo.
Por mis virtudes, me preguntaba. No, no lo creo, cínico,
crítico, venenoso en mis comentarios. Por supuesto que no. Por creyente? En qué
creía, me preguntaba y no encontraba rápida respuesta. Había dejado de creer en
Dios, hace un buen tiempo, pero como católico educado por jesuitas y como
colombiano de aquella época ya no sabía si era ateo, pues las dudas, siempre
las dudas me decían que debía apostar al cincuenta cincuenta, pues uno nunca
sabía, y era claro que no existían las brujas, pero que las había las había. Por
eso decidí calificarme como agnóstico porque de pronto podría existir el otro
mundo, el cincuenta cincuenta siempre servía y ha funcionado en estos temas,
tanto por los principios católicos inoculados como por los poros colombianos,
uno nunca sabía.
Por lo decente? Pues hasta por eso. Por lo culto? Por qué no? Por respetuoso,
tal vez. Pero veme yo en el momento en que me sacaran la piedra, la paciencia
o… ya dejaba de lado la decencia, el respeto y la paciencia. Entonces tampoco
era por ahí.
De esa manera dejé la nube o pudo ser que la nube al
oírme dudar me dejó a mí y fui bajando a este mundo real y la idea del
iluminado se fue difuminando como las mismas nubes que se van evaporando ante
el intruso sol.
Solo tengo claro que la duda fue la culpable que me
impidió aceptar ser el iluminado (así fuera con minúscula, ya que con mayúscula
era claro que no lo merecía) y como buen colombiano me dije que era el mundo el
que se lo perdía, pero cómo son las cosas, lo único que queda es recordar ese
sueño, al menos tuve una oportunidad, tuve una ilusión que se despejó por culpa
de la duda.
(Y eso no es nada, no les cuento el otro sueño que tuve y
vivía en un palacio, no el de los colombianos, guácalas, sino en Balmoral,
rodeado de la verdadera realeza inglesa, aunque ese es otro cuento y la duda no
me lo dañó, fue el despertador).
Uno de los argumentos de las Pensées se ha
hecho famoso. Dice que si hay aunque sea una minúscula probabilidad de que haya
un Dios (y Pascal asegura de que ha de haber al menos alguna probabilidad de
que lo haya), el interés propio dice que conviene creer en él y actuar en
consecuencia, pues los beneficios de hacerlo son infinitamente grandes,
mientras que si uno se equivoca, la pérdida es tan solo finita. Voltaire
señaló, con sorna, que si hay un dios y la razón de alguien para creer en él es
un cálculo de ganancias contra pérdidas, la deidad en cuestión no quedaría muy
impresionada. Otra manera de exponer la argumentación de Pascal es decir que el
escepticismo filosófico del tipo practicado por Montaigne, y usado por
Descartes para abrir el camino a una epistemología positiva, demuestra la
finitud y la impotencia de la mente humana; esto, en contraste con la promesa
encarnada en la idea de una deidad omnipotente e infinita, hace que creer en
esto último y actuar de acuerdo a tal creencia sea un acto racional. Pascal
tomaba la existencia misma del escepticismo como prueba de la caída en
desgracia del hombre y su necesidad de Dios, y a partir de esto aceptaba toda
la pila de doctrinas en las que consiste el cristianismo. Deberíamos, escribió,
someternos por completo a la Iglesia, adoptar una vida de renuncia (el «morir
en uno mismo») que da la espalda incluso a los afectos y vínculos personales, y
aceptar que el estado natural del ser humano es enfermedad, debilidad,
aflicción y sufrimiento. Vivir para morir, pero de tal manera que podamos
aspirar a la felicidad eterna, es todo el objetivo de esta vida.
Tomado de Facebook
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