miércoles, 12 de noviembre de 2025

EL ILUMINADO

             No sé cómo se me ocurrió que en algún momento alguien me propusiera como el Iluminado, el guía del mundo, si no terrenal, al menos el espiritual.

             Me vi elevado por los cielos, con los brazos abiertos como los del redentor en un intento de abrazar a toda la humanidad, repartiendo bendiciones y consejos, emanando belleza e irradiando bondad. Todo un Iluminado.

             Pero… la duda. Siempre la duda. La duda me bajó de las nubes. Pensé: un iluminado yo? (nótese que el iluminado ya va en minúscula). Un ser tan corriente, intrascendente y humilde (entre comillas, supongo) como yo? Lo merecería? Y la duda se hizo más profunda, adentrándose en mi propio ser, tratando de identificar las razones por las cuales me podrían elegir a mí, un simple mortal, un cualquiera, un anónimo.

             Por mis virtudes, me preguntaba. No, no lo creo, cínico, crítico, venenoso en mis comentarios. Por supuesto que no. Por creyente? En qué creía, me preguntaba y no encontraba rápida respuesta. Había dejado de creer en Dios, hace un buen tiempo, pero como católico educado por jesuitas y como colombiano de aquella época ya no sabía si era ateo, pues las dudas, siempre las dudas me decían que debía apostar al cincuenta cincuenta, pues uno nunca sabía, y era claro que no existían las brujas, pero que las había las había. Por eso decidí calificarme como agnóstico porque de pronto podría existir el otro mundo, el cincuenta cincuenta siempre servía y ha funcionado en estos temas, tanto por los principios católicos inoculados como por los poros colombianos, uno nunca sabía[1]. Por lo decente? Pues hasta por eso. Por lo culto? Por qué no? Por respetuoso, tal vez. Pero veme yo en el momento en que me sacaran la piedra, la paciencia o… ya dejaba de lado la decencia, el respeto y la paciencia. Entonces tampoco era por ahí.

             De esa manera dejé la nube o pudo ser que la nube al oírme dudar me dejó a mí y fui bajando a este mundo real y la idea del iluminado se fue difuminando como las mismas nubes que se van evaporando ante el intruso sol.

             Solo tengo claro que la duda fue la culpable que me impidió aceptar ser el iluminado (así fuera con minúscula, ya que con mayúscula era claro que no lo merecía) y como buen colombiano me dije que era el mundo el que se lo perdía, pero cómo son las cosas, lo único que queda es recordar ese sueño, al menos tuve una oportunidad, tuve una ilusión que se despejó por culpa de la duda.

             (Y eso no es nada, no les cuento el otro sueño que tuve y vivía en un palacio, no el de los colombianos, guácalas, sino en Balmoral, rodeado de la verdadera realeza inglesa, aunque ese es otro cuento y la duda no me lo dañó, fue el despertador). 

Uno de los argumentos de las Pensées se ha hecho famoso. Dice que si hay aunque sea una minúscula probabilidad de que haya un Dios (y Pascal asegura de que ha de haber al menos alguna probabilidad de que lo haya), el interés propio dice que conviene creer en él y actuar en consecuencia, pues los beneficios de hacerlo son infinitamente grandes, mientras que si uno se equivoca, la pérdida es tan solo finita. Voltaire señaló, con sorna, que si hay un dios y la razón de alguien para creer en él es un cálculo de ganancias contra pérdidas, la deidad en cuestión no quedaría muy impresionada. Otra manera de exponer la argumentación de Pascal es decir que el escepticismo filosófico del tipo practicado por Montaigne, y usado por Descartes para abrir el camino a una epistemología positiva, demuestra la finitud y la impotencia de la mente humana; esto, en contraste con la promesa encarnada en la idea de una deidad omnipotente e infinita, hace que creer en esto último y actuar de acuerdo a tal creencia sea un acto racional. Pascal tomaba la existencia misma del escepticismo como prueba de la caída en desgracia del hombre y su necesidad de Dios, y a partir de esto aceptaba toda la pila de doctrinas en las que consiste el cristianismo. Deberíamos, escribió, someternos por completo a la Iglesia, adoptar una vida de renuncia (el «morir en uno mismo») que da la espalda incluso a los afectos y vínculos personales, y aceptar que el estado natural del ser humano es enfermedad, debilidad, aflicción y sufrimiento. Vivir para morir, pero de tal manera que podamos aspirar a la felicidad eterna, es todo el objetivo de esta vida.[1] 

Tomado de Facebook
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[1] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.


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