Luego de preguntarme, como pregunta retórica claro está, dónde estaba el alma (cuyo título he de reconocer no se compadecía con el texto) me quedó la inquietud de volver al tema: al alma, esa palabra indescifrable que todo lo contenía en sí misma, esa palabra que al parecer es la que tiene el hálito de vida, que es la vida en sí misma y como retórica que es, irónicamente sin respuesta, indescifrable en sí misma.
Eso me lleva a pensar en la proclividad que tengo al estar pensando en, precisamente preguntas retóricas, de las que no sé salir; de estar pensando en lo intangible, de difícil entendimiento o demostración; en una palabra, en la ociosidad de mi vida, lo que me lleva a recordar a Bertrand Rusell que hablaba de la importancia de la ociosidad que han dado vida a las respuestas a preguntas que en cada momento estaban sin resolver y que demostraba que la ociosidad no era sinónimo de pereza, como la misma palabra da a entender hoy. (Al ver escrita la última parte pareciera una explicación no pedida, una excusa o exculpación de ignorante).
—Yo creo que sí hay Dios… —susurra la Sofi—.
¿Tú no crees en el alma ni nada?
—En el alma sí que creo, pero en Dios no
—asegura el Toño.
—Tenemos alma, ¿cierto, Toño? Aunque no la
podamos ver…
—Claro que tenemos… Cuando tienes acidez lo
que te duele es el alma, porque no es ni la barriga ni es la garganta. Es algo
en el medio, que debe de ser el alma.
Me tapo la boca. Las cosas que dice el Toño me
dan risa. No sé por qué.[3]
[1] Según la IA En resumen,
para la ciencia, el concepto de alma, en su sentido inmaterial o espiritual, es
un constructo metafórico, filosófico o religioso, y los atributos que se
le suelen asignar (conciencia, personalidad) son explicados como funciones del
cerebro biológico.
[2] Lo que demuestra que mi ignorancia
cada día es mayor.
[3] Más respeto, que soy tu madre. Hernán
Casciari

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