Me
imaginé estar en una cafetería tomando un expreso o bien podía ser un bus o en
cualquier lugar que uno se pueda imaginar. Miraba las caras de los demás, unos
ceñudos, otros radiantes, otros indiferentes. Y pensaba, como lo pienso siempre
que estoy en una situación semejante, qué estarían pensando los observados, qué
secretos tendrían, qué penas o qué alegrías llevaban, pensando que, en todo
caso, cada uno estaría pensando en sus propias pendejadas.
Y
traté de imaginarme a qué dedicaban el tiempo en una cafetería, aeropuerto o
bus mientras sucedía, lo que debería resultar, no de la reflexión, sino de una
espera que no podía ser eterna.
Mientras Los oficinistas más
tristes y devaluados pasaban de a montones y durante un instante creían que las
cosas podían ser mejores de lo que eran. (…) Como salía a las seis de la tarde,
el vagón iba relleno de gente (no digo re-lleno como lo diría un adolescente,
si no «relleno»: del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados,
tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué
haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor. Algunos nos
poníamos los auriculares y oíamos música para hacernos la ilusión de que la
existencia tenía banda de sonido; otros abríamos el librito de bolsillo en la
página que habíamos marcado durante el viaje de ida, y seguíamos viendo cómo
iba la historia del cuento de Javier Marías. Los más, sin literatura ni música,
cabeceaban tristones, tratando de no mirar a los ojos al que estaba nariz con
nariz.
…
intentaba escuchar para oír todo lo que no decía(n).
Y de un joven universitario, me
pareció oír: Qué difícil es vivir el presente. En este momento. Nos pasamos
la mayor parte del tiempo en el pasado. O en el futuro, más o menos a partes
iguales. ¡Pero vivir el presente! Casi nadie lo consigue. Excepto los niños. O
los idiotas. O las personas enfermas, que tienen algún dolor crónico del que no
pueden librarse. La mayor parte del tiempo estamos preocupados por algo.
Y algún desilusionado pensaba: No
somos mejores que los demás, ¿no crees?
Se cuestionaba, eso era claro, la respuesta quedó en suspenso y
Un pensamiento le llegó a la cabeza. No provoques al cocodrilo hasta que hayas cruzado el río.
Volteé la vista y me encontré CON una cara que
no decía nada pero decía mucho a la vez, una cara que podía ser de un físico a
punto de descubrir algo o de un filósofo perdiendo el tiempo: Echar la vista
atrás en busca de algo que pueda explicar la parte que se deje explicar. El
resto quedará flotando en una zona gris de suposiciones.
Me inclino por pensar que era un matemático.
A su turno una
cara meditabunda, entristecida pensaría: Una noche Dolina dijo algo en la
radio que me quedó grabado. Dijo que en las fotos donde aparecen muertos
queridos, los muertos saben que están muertos y te miran, desde el papel, con
un gesto cómplice y triste, como diciendo «qué le vamos a hacer».
Y continuaba: con que No tenía derecho a juzgar a nadie. Ellos se
esforzaban por seguir viviendo y tenían derecho a hacerlo a su manera. Nadie
debe decir a otros cómo superar el duelo por un ser querido.
Una cara cariacontecida reflejada
en el mismo vidrio de la cafetería (o del bus, o del aeropuerto) en medio de su
soledad quería alguien que le oyera y
por eso esperaba ¿A quién podía preguntar sobre mis dudas, si en casa no
estabas vos por la mañana?
Una joven al parecer desempleada en búsqueda
de ocupar su tiempo o bien saliendo de alguna descalificación laboral con vana
promesa de te llamaremos pensaba: Nadie es como informa su biografía. En
realidad, nadie es de una manera única o lineal. ¿Quién soy realmente? Pero
sobre todo, ¿quién debería explicarlo? Las biografías estándares dicen qué
libros escribimos, qué premios ganamos y otro montón de luces de colores; pero
nunca explican a quiénes hicimos daño o qué piensan de nosotros los que nos
desprecian. Si en lugar de personas fuésemos gobiernos, nuestras biografías
serían un medio oficialista vergonzoso. Una mirada obsecuente sobre nuestra
propia gestión. Esto ocurre porque, en general, a las biografías las redactamos
nosotros mismos en tercera persona del singular —nació, estudió, obtuvo— y le
hacemos creer al lector que fue redactada por otro, por un escribano neutral de
bigote sardina.
A ese
otro se le veía a leguas que era un despechado al que habían despachado no
hacía mucho: Se reía como si todo fuera muy divertido. Te voy a extrañar,
dijo, y no te voy a olvidar. Mentía. Pero no me importa, las mentiras, me dijo,
hacen más llevadera la vida.
¿Así
que voy a perderte otra vez, ahora que acabo de encontrarte?
A su turno el descreído pensaba: Los únicos
que creen en las noticias de los diarios, dice mi padre, son los periodistas.
Cierto, dice mi madre, sólo quien lo ha escrito es creyente de lo que ha leído.
Y no tenía Internet. Hace seis años mi vida era la prehistoria. Hace seis años
todavía estábamos en el siglo pasado.
Pero igual tengo cosas que quiero borrar y no
puedo. Vea pues, la que
estaba de espaldas mirando a través de la ventana viendo las salidas y llegadas
de aviones soltó ese pensamiento que me intrigó, qué era lo que quería borrar,
me pregunté.
Y mientras intentaba dilucidar ese
pensamiento, mi vista se enfocó en otra cara, que al parecer trababa de
justificarse y le oí decir: Nadie va a descubrirlo, pensó. Tal vez todos nos
convertimos en ladrones si se nos presenta una buena ocasión. Ésa era una buena
ocasión. El dinero que no pertenece a nadie debe caer en manos de gente que
realmente lo necesita. Ésa era una buena ocasión. El dinero que no
pertenece a nadie debe caer en manos de gente que realmente lo necesita,Nadie
va a descubrirlo, pensó. Somos animales de costumbres los cristianos, no hay
duda. Casi todo lo que hacemos lo hacemos porque sí. No nos preguntamos nada. Y
por eso últimamente no hay grandes inventos como antes. «Ya está todo
inventado», decimos, y nos sentamos a esperar a ver qué hace Bill Gates.
Vea pues lo que me voy encontrando, quién lo
iba a imaginar. Y veo en otra mesa a uno con cara de izquierdoso, de
amargado al no haber podido progresar en la vida que se decía: a mí los negros
analfabetos que se mueren de hambre o se matan entre tribus me importan un
carajo. En cambio los hipócritas blancos alfabetizados que dicen «gente de
color» suponiendo que de ese modo irán al cielo, esos, me dan directamente
asco.
Natural en ellos. Si supieran que así era la vida: Así era la
vida: solucionar los problemas uno por uno, según iban surgiendo, sin quejarse.
Era de esa clase de personas que nunca se cuestiona la creación divina o el
sentido de la vida. Era algo que no se hacía, que no estaba bien. Y, además,
temía la respuesta.
Me llamó la atención la cara de
un compungido; qué le pasaría, tiene cara de defraudado, de
alguien que quería descrestar pero que le salió mal la jugada y así era, pues
pensaba: La alta cocina consiste en servir los platos de siempre,
presentados de un modo extravagante para poder cobrarlos un ojo de la cara.
Y uno sin plata.
Otro desocupado, igual que yo, miraba hacia el
interior del café viendo a tanta gente pegada a sus celulares: Y justamente
allí, en los cibercafés, observo con irreprimible asquete a los adolescentes
actuales con sesenta contactos admitidos y conectados, escribiendo como locos
monosílabos de compromiso, respondiendo con síes y con noes, o lo que es peor,
con jajajas. ¿No es hora de avisarle al pueblo, de gritar a los cuatro vientos,
de confesar al unísono y de una vez por todas que nadie se está riendo mientras
escribe jajaja? ¡Basta de farsas, por el amor de Dios! El messenger es el
germen de la hipocresía y de la vigilancia interpersonal, igual que los
teléfonos móviles. (…) Porque la radio, la prensa y los telediarios del mundo
miden la relevancia de sus noticias en millones de youtubes. Novecientos mil no
es noticia, pero un millón sí. No les importa qué ha ocurrido, sólo tiene valor
aquello que ha sido visto por un millón de descerebrados. (…) Dos días más
tarde la gordita saldrá al aire en el show más visto de la cadena NBC. Y
después ya no ocurrirá más nada. Silencio. La gorda intentará grabar otras
hazañas, pero su momento habrá pasado. (…) —Hoy es noticia cualquier cosa
que haga un perro. La noticia no es más el perro: es el número de imbéciles
mirando al perro.
El messenger no ha nacido para que te molesten, sino para conversar cuando uno
quiere, no cuando quieren los demás.
Y en el entretanto me pareció oír esta
graciosa conversación de dos contertulios:
-
Prepárame un café mientras pienso. Y dame un cigarrillo.
-
Si tú no fumas.
-
Sólo fumo cuando el tabaco no es mío. Es un gesto caritativo.
Reduce la cantidad de humo que aspiran.
Mientras les oía vi a otro paseante que
igualmente les había oído y le oí pensar: Era raro que la gente que no bebía
nunca dijera: «No beba delante de mí»; en cambio, a los fumadores siempre se
les hacía sentirse culpables. Tres científicos habían publicado recientemente
un informe según el cual se corría más peligro de desarrollar cáncer por comer
productos lácteos que por ser fumador pasivo, porque los lácteos eran unos
auténticos asesinos, pero el fumar despertaba la bestia puritana que la gente
lleva dentro.
Eso me hizo pensar en que No.
No hay respuestas para todo. No es bueno que las haya.
Para evitarme comentarios en voz
alta cambié de visión y me encontré a un viejo hombre mirando a una mujer que
tuvo mejores años y pensaba: Ya no queda ni una vieja original en las
grandes ciudades, y en breve no las habrá tampoco en el mundo entero, por culpa
de la mujer actual, que, con tal de no envejecer, prefiere inyectarse
botulismo.
Y agregaba mentalmente: Sólo te lo digo por tu bien. —¿Por qué será que la
gente que te viene con el rollo de que sólo te lo dice por tu bien siempre te
acaba haciendo alguna guarrada?
Y remataba con el siguiente: Ya no tienes veinte años, ¿sabes? Es
preferible lucir un kilo o dos de más cuando una se acerca a los cuarenta.
¡Dios mío, pronto cumpliremos los cuarenta!
Si hay algo que uno debe
reservarse para sí mismo y ocultar ante los demás, es el alma, ¿no? El cuerpo
no es más que una funda que vamos arrastrando a todas partes, no veo en él nada
sagrado.
Y en efecto, con este pensamiento me sentí un intruso, metiéndome en vida
ajena, pero me consolé pensando que era producto de mi imaginación y de mis
estados de desocupación, como buen pensionado que no tiene nada más que hacer.
Las palabras no sirven para todo.
Foto JHB
El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.