lunes, 5 de enero de 2026

GRATITUDES

             Un buen libro, una buena música y un agradable tinto. Todo ello al aire libre frente a un paisaje en pleno atardecer. Qué más se puede pedir a la vida, me preguntaba en medio de esta tranquilidad. Ah! La compañía de un buen perro, tranquilo como el paisaje mismo. Ver el juego de la luz del sol en el inicio de su ocaso, con los contrastes de las sombras que se hacen por gracia de las nubes que saben interponerse, nubes caminantes que hacen ilusión y contraste. Intermedios entre lectura y paisaje, descanso entre ellos, instantes que se toman para ser guardados en el recuerdo, con la esperanza de que mañana ese mismo recuerdo renazca ante la necesidad de hacer surgir los momentos inolvidables que ese atardecer particular ofrece. El sol poniente moviéndose para resaltar lugares que parecían pasar inadvertidos, pero convertidos en llamativos gracias al movimiento de luz, al son de la música apropiada, clima de tierra fría, sin viento, sin aspaviento. En la lejanía el ganado, por vista y sonido, pastando apacible, ajeno a toda circunstancia, recibiendo el último calor de la tarde, sin las afugias del ser humano, solo con las suyas. El juego de colores de esa luz que apacienta, que tranquiliza; tan apacible como el campo mismo cuando está en quietud. Árboles que arrullan el devenir del viento suave, juego minúsculo de colores y de olores, propios del campo. Vida apacible para un pensionado agradecido de su propia situación. Sentir el aleteo de los pájaros que pasan alrededor y oír el cantar de los diferentes piares, arrullando la tarde, con cielo parcialmente despejado, de tierra fría, queriendo significar que mayormente está de azul despejado y en su cénit acompañado de una buena gama de azules, todos ellos diferentes para un buen ojo conocedor. Y las nubes, por aquello de parcialmente despejado, posándose en la parte baja, en grandes y majestuosas concentraciones que permiten el juego a la imaginación en formas y disposiciones, además de permitir el ensimismamiento del pensamiento que se traslada a otros viejos recuerdos, de esos que solo traen añoranza, dulzura y esperanza. Al fondo, lejos, bastante lejos, la gran ciudad, con su natural nublado de gran urbe. Grandes moles que en la distancia se perfilan como pequeñas láminas cual ciudad de pesebre vista en la distancia, sobresaliendo en todo caso unas de otras, mientras las montañas se posan sobre ellas, unas tras otras, unas más altas que otras, insinuando magnificencia. Y por doquiera el sol jugando con luces y sombras, luces y sombras de atardeceres apacibles. Todos estos pensamientos dejan atrás la lectura, dejando el libro cerrado para ser retomado en otro momento más oportuno, porque la tranquilidad le desplazan, por pensamientos y paisajes que viajan en la tranquilidad del momento, mientras los ladridos se oyen en la distancia, sin saberse qué están diciéndose. Se presiente que la tarde pronto llegará, se ve en las bandadas de pájaros que retornan a algún lugar, revoloteando sin ton ni son, o al menos eso parece, como devolviendo sus pasos pero sin hacerse notar demasiado, a pesar de ser bandada, pasando demasiado rápido, piando tímidamente, jugando y saltando de aquí para allá para dejarse ver solo si se tiene un buen ojo de paisaje. Y mientras, la tarde enfriando, haciéndose más notorios los ladridos, como conversación de lejanía entre comadres comentándose lo que hicieron durante el día. Sensación de que el día va cediendo y la esperanza que al menos el mañana sea semejante al que está pasando. Retornar la vista a los cielos y ver el cielo azul interrumpido por grandes y bellos nubarrones, de esos majestuosos que invitan a ser parte de ellos. Pensamientos de un viejo pensionado agradecido de la vida y de poder vivir esa plenitud de descanso, retornando a la música y a ese libro olvidado por un instante, en que se dejó llevar por la reminiscencia de un ayer ya pasado. 

El sueño es el hermano de la Muerte, pensó, y cerró los ojos.[1]

Foto JHB


[1] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.


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