Viendo
un programa de avances tecnológicos comenzaron haciendo precisión sobre las
estafas a que estamos sometidos diariamente, indicando que cualquiera, y
cualquiera es cualquiera, puede caer, por más inteligente que se crea. Es
decir, invitaba a la desconfianza, como si no fuera una parte arcaica de
nuestro cerebro, esa que nos indica que debemos desconfiar de todo y sobre todo
de lo que es novedoso. Y más cuando estamos rodeados constantemente de estafas,
mentiras, noticias falsas.
Y
se acrecienta la desconfianza, ahora que hasta la IA imita la voz, las
gesticulaciones y las declinaciones verbales, como si fueran las originales.
Eso
de que algo tan bueno no dan tanto, a pesar de la advertencia, la gente sigue
cayendo, por ignorancia, por temor, por avaricia, por susto, por miedo.
El
punto es que esta era de adelantos ha llegado a crear una era de desconfianza
mayor, porque ya no se puede creer en nada, porque hasta el más inteligente cae
en la trampa y lo curioso es que siendo desconfiados, la confianza nos lleva a
creer y somos tan culiprontos que hasta las replicamos sin preguntarnos nada.
Somos
tan vivos que para unas cosas somos desconfiados y para otras, igualmente
peligrosas, nos volvemos confiados. No es cuestión de inteligencia, es que
estamos sometidos a un caos en información y desinformación en la que ya no
reconocemos la verdad y menos, la mentira.
Eso
nos lleva actualmente a desconfiar hasta de la mamá, es decir, de una llamada
materna, porque ya no sabemos distinguir ni siquiera las voces, hasta allá
hemos llegado.
Y
de allí la contradicción, desconfiamos de todo pero caemos como idiotas por
confiar en lo falso, lo mentiroso, lo manipulador, en la trampa.
Es
que somos tan vivos…
Porque los humanos son seres inconstantes,
establecen principios con los que rompen constantemente, y siguen impulsos que
luego nunca son capaces de justificar.
Tomado de Facebook
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