miércoles, 28 de enero de 2026

LA ERA DE LA DESCONFIANZA

                Viendo un programa de avances tecnológicos comenzaron haciendo precisión sobre las estafas a que estamos sometidos diariamente, indicando que cualquiera, y cualquiera es cualquiera, puede caer, por más inteligente que se crea. Es decir, invitaba a la desconfianza, como si no fuera una parte arcaica de nuestro cerebro, esa que nos indica que debemos desconfiar de todo y sobre todo de lo que es novedoso. Y más cuando estamos rodeados constantemente de estafas, mentiras, noticias falsas.

                Y se acrecienta la desconfianza, ahora que hasta la IA imita la voz, las gesticulaciones y las declinaciones verbales, como si fueran las originales.

                Eso de que algo tan bueno no dan tanto, a pesar de la advertencia, la gente sigue cayendo, por ignorancia, por temor, por avaricia, por susto, por miedo.

                El punto es que esta era de adelantos ha llegado a crear una era de desconfianza mayor, porque ya no se puede creer en nada, porque hasta el más inteligente cae en la trampa y lo curioso es que siendo desconfiados, la confianza nos lleva a creer y somos tan culiprontos que hasta las replicamos sin preguntarnos nada.

                Somos tan vivos que para unas cosas somos desconfiados y para otras, igualmente peligrosas, nos volvemos confiados. No es cuestión de inteligencia, es que estamos sometidos a un caos en información y desinformación en la que ya no reconocemos la verdad y menos, la mentira.

                Eso nos lleva actualmente a desconfiar hasta de la mamá, es decir, de una llamada materna, porque ya no sabemos distinguir ni siquiera las voces, hasta allá hemos llegado.

                Y de allí la contradicción, desconfiamos de todo pero caemos como idiotas por confiar en lo falso, lo mentiroso, lo manipulador, en la trampa.

                Es que somos tan vivos… 

Porque los humanos son seres inconstantes, establecen principios con los que rompen constantemente, y siguen impulsos que luego nunca son capaces de justificar.[1] 

Tomado de Facebook
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[1] Al final de la orilla. Karin Fossum.

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