martes, 6 de enero de 2026

LECTURAS

 Tal vez en alguna oportunidad mencioné el inicio de mi experiencia con la lectura en la biblioteca de mi papá, cuyo recuerdo me lleva ahora a retomar el pensamiento y volver a ese lugar, a esos momentos. Afortunado fui al tener un papá intelectual.

 Era una biblioteca variopinta que incluía naturalmente la Biblioteca Básica Salvat, en sus cien tomos. Tan diversos sus autores que bastó con recurrir al doctor Google para refrescarme sus títulos y autores, creo que la leí completa. Novela costumbrista colombiana también había, muchos libros de toda clase. Con el tiempo los fui devorando, iniciando con todo lo relacionado con literatura. Agotado el tema y ante la necesidad de acallar el aburrimiento de mi juventud tomaba cuanto título encontraba y que fuera al menos llamativo. De esa manera leí filosofía, entre otros y que perduran en mi recuerdo: de Vries, Filosofar y ser. Y un tomo de filosofía que me cautivó, de la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), Historia de la filosofía, el renacimiento. Hoy he de confesar que no tengo mucho recuerdo de su contenido, en el primer caso y en el segundo, a pesar de haber sido escrito por un jesuita, era un recorrido de todos los filósofos de esa época, precisando su posición y señalando las críticas a ella. Creo recordar que el tomo era como de ochocientas o mil páginas, papel seda, que era de una suavidad que invitaba a su lectura con delicadeza. No sé cuántos filósofos eran, pero sé que eran muchos, ya no recuerdo si aprendí algo de ellos, creo que no, si con los conocidos no pude...

 Pero así mataba el aburrimiento y de paso me culturizaba. Pensar que hoy los niños no pueden aceptar el aburrimiento y al llegar éste basta con acudir a la tablet o al celular. Es el cambio de los tiempos que debemos pagar y que terminamos aceptando.

 Pero retornando a la idea central, recuerdo haberme leído todas las obras de Julio Verne, mi papá me lo alcahueteaba con entusiasmo. Salgari, y otros tantos novelistas, Upton Sinclair; y con el paso del tiempo, la novela la revivía con las publicaciones del Caro y Cuervo. El aburrimiento me llevó a la lectura, he de confesar y desde esos tiempos he leído cotidianamente, cerca de 55 años en ello, unos años con más o con menos lecturas, dependiendo de la época. Recuerdo haber leído constantemente los Best Sellers del momento, gracias a los préstamos que me hacían, porque económicamente, tanto ayer como hoy se convierte en un hobby difícil de mantener. Hoy afortunadamente por la modernidad tengo acceso a una página de literatura en dónde he encontrado de todo, piratería? No lo sé, solo sé que gracias a ella, sin gastar un centavo, cuento con una gran selección de novela negra a la que me he dedicado últimamente.

 Pero el punto central de esta conversa es cuánto he leído? He perdido la noción, pues hasta que me casé, juiciosamente llevaba un índice de lectura, luego la costumbre desapareció, como el ritmo de lectura disminuyó, hasta eso hace el matrimonio, pero en fin, no sé exactamente cuántos libros he leído, de los más diversos y disímiles temas y lo curioso de todo es que ya no recuerdo sobre lo leído, ni los títulos consumidos, hasta el punto que a veces, por leer un tipo de lectura en la tarde y otro diferente en la noche, se me olvida la trama de uno y otro, y menos me acuerdo de los libros leídos el mes pasado, lo que me hace pensar que leo por leer, por pasar el rato, por tener un ejercicio intelectual, pero ya no por aburrimiento, pues un pensionado dispone de todo el tiempo posible, pero no le alcanza el tiempo para hacer todo lo que quiere, así suene contradictorio. Igual me acontece con las películas que he visto a lo largo de mi vida, no sé cuántas, cuáles ni de qué trataban, cosas de la modernidad, me digo.

 Gracias a Dios un hábito que adopté en la preadolescencia, sin querer he de confesar, ha perdurado a esta edad y me ha acompañado a lo largo de los años, siendo un buen distractor en un mundo cada vez más conmocionado y caótico y evolucionando a pasos que antaño no me podía imaginar, como no podía imaginarme que al año estoy leyendo cerca de cincuenta libros. 

Tengo setenta y tres años, viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera… (…) ¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente.[1] 

 

Tengo la teoría de que la carcaza de la cabeza tiene un espacio limitado, y que cada vez que memorizás una información, otra información ya antigua se cae, se pierde, se muere. ¿Pero escogemos lo que borramos, o eliminamos al azar? Elegir lo que vamos a olvidar es lo que diferencia a los humanos de los primates y de las cajeras del Carrefour.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia.

[2] España, decí alpiste. Hernán Casciari.


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