Antes
somos lo que somos o lo somos gracias a ellas. Siempre y desde siempre hemos
estado sometidos a las limitaciones: No se suba ahí, no toque, no salga, no
mire, no haga, no opine, eso no se hace, no puede hacerlo, limitaciones todas
ellas, cuando no son órdenes: compórtese, cállese, silencio, quieto, venga para
acá.
Desde
niños las hemos visto, sentido y padecido y con el tiempo las hemos venido
repitiendo como loros, lo que me ha hecho preguntarme si somos lo que somos por
tales prohibiciones o lo somos sinceramente gracias a ellas, porque la
contrapartida estaría dada por la pregunta: y si no nos hubieran limitado en
todas nuestras actuaciones cuál habría sido el comportamiento posterior.
Y
si pensara un poco más allá, la reflexión atávica, si es que se puede señalar
como tal, es la originaria de toda esta situación, como lo fue la prohibición de
comer de la fruta prohibida, que con solo ver el garrote ya nos limitaban
nuestro querer.
Y
viendo los tiempos modernos, la juventud actual se debe enfrentar a esa
dualidad (permisibilidad-prohibición) cuando considera que no hay límites, tal
como lo ha demostrado la ciencia y la tecnología y que se enfrentan con mayor
desfachatez que en nuestra época pues la sola vista de una escoba o una chancla
nos frenaba en nuestros impulsos, a ellos ya ni eso porque se escudan en los
derechos del niño y de la juventud.
Pero
qué le vamos a hacer, son otros tiempos y los tiempos cambian constantemente,
aunque sigo preguntándome qué hubiera sido de mí sin tales limitaciones.
A
veces, mi señor —añadió tranquilo—, la fe necesita de los alicientes más
insólitos para mantenerse viva.
Tomado de Facebook
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