Por lo
general los cambios son imperceptibles y nos damos cuenta de su ausencia cuando
ya no están. No nos damos cuenta del cambio que se va produciendo sino cuando
ya no hay remedio.
Recuerdo
mis primeros viajes a Armenia, el ir al parque de los Fundadores era todo un
espectáculo, todo amarillo y no propiamente de flores sino de canarios, era tal
la cantidad que a veces el paso había que hacerse con cuidado para no chocar
con ellos. En otro viaje los seguía habiendo, pero no en tal cantidad. En este
último viaje en el parque no había ninguno a la vista y me preguntaba a dónde
se habían ido en estos años. Hasta le pregunté a alguien al respecto y admirado
dijo que no se había dado cuenta de esa ausencia.
Por la
mera curiosidad tomé una de las fotos que tenía a mano y le pregunté a Google
Lens sobre el nombre del que yo conocía como canario. Me supo contestar que Este
pájaro amarillo brillante es comúnmente conocido como chirigüe azafranado o canario
costeño (Sicalis flaveola). Vea pues. Y, en otras oportunidades,
había fotografiado el pájaro emblema de la ciudad, el barranquero,
hermoso pájaro por demás. Esta vez no logré ver ni uno solo y eso que mi estancia
fue larga. Y parece que nadie se ha dado cuenta de su ausencia, desde que no
sea cuando se den cuenta de su extinción, ya tarde se quedarán sin el pájaro
emblema y solo quedará constancia de su existencia a través de los murales que
le han dedicado.
Ya su
hábitat original había cambiado, sutilmente, nadie se había dado cuenta y por
eso nadie había hecho nada al respecto, supongo que nadie se tomó la molestia
de investigarlo y las autoridades, ajenas a detalles tan nimios, ni les
importaba.
Esas
son las sutilezas que dejamos pasar diariamente y que solo en su ausencia nos
damos cuenta que algo pasó, pero a su vez, no nos interesa saber qué fue lo que
pasó. Eso somos la raza que se llama humana.
—Querida amiga, ¿por qué tratas de conocer
nuestro destino si, de todas maneras, no podemos cambiar nada en él?
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