lunes, 24 de agosto de 2020

GOTAS DE REFLEXIÓN

             Como dije en otra oportunidad, hay frases que se explican por sí solas y continuando con citas ajenas, más ilustrativas que lo que pudieran ser mis propias palabras, prosigo, teniendo en cuenta que el sarcasmo incluido puede ser aplicado a cualquier país del mundo, aún de los que se sienten dueños de él o ajenos a él:

             Creemos que la ley es la suprema esencia de la justicia, pero:

             Se rumoreaba que los alemanes consideraban la ley como algo que había que cumplir, mientras que los italianos la veían como algo que había que analizar y luego evadir.[1]

                       Pero qué importaba la ley cuando se tenía el poder.[2]

 

            Qué importaba, si de todos modos había abogados para interpretarla, a su acomodo, de sus intereses o de quienes los contratan, porque siempre hay micos y hasta troneras, suficientemente escondidas.

             Creí que la ley sobre la distribución del grano gratuito ya estaba en vigor, César —observó Décimo Bruto.

—Sí, lo está, pero al releerla me pareció muy ambigua. Las mejores leyes, Décimo, no tienen agujeros.[3]

             Y la conclusión se limitaba a que Han de pasar muchos años para que ocurra algo así. Así que no importa. Es como lo del calentamiento global. Nada importa, si ha de tardar mucho.[4]

 

Entonces pensé en la política:

 

            Tendrían que sacarlo a la plaza y colgarlo. Pero es parlamentario, y no se le puede tocar. Habría que encerrarlos a todos. Meter a todo el Parlamento en la cárcel. Así nos ahorraríamos tiempo y complicaciones.[5]

                       (…) miraba al Parlamento con los ojos con que la mayoría de los italianos miran a la suegra. Sin lazos de sangre que la hagan acreedora a afecto y consideración, la suegra exige obediencia y respeto, sin hacer nada por merecerlos. Esta presencia extraña, impuesta en la vida de una persona por el puro azar, impone exigencias cada vez mayores a cambio de vanas promesas de armonía doméstica. La resistencia es inútil, ya que toda oposición tiene inevitablemente tortuosas e imprevisibles repercusiones.[6]

             —Que los míos ya no lo están. Durante décadas, hemos sido unos ilusos, nos hemos dejado engañar, todos nosotros, con la esperanza en una sociedad mejor y nuestra estúpida fe en que este repugnante sistema político y estos repugnantes políticos, de alguna manera, iban a transformar este país en un paraíso gobernado por una serie interminable de reyes filósofos. —Buscó con los ojos la mirada de su marido y la retuvo—. Pues bien, yo ya no lo creo, ya no. No tengo fe ni tengo esperanza.

Aunque él veía cansancio en sus ojos cuando ella decía eso, le preguntó, con aquel resentimiento que nunca había podido reprimir:

            —¿Eso significa que, cuando tienes un problema, has de correr a pedir(le a alguien) que te lo resuelva, con su dinero, sus amistades y todo ese poder que él lleva en el bolsillo como nosotros llevamos la calderilla?

            —Lo único que yo pretendo —(…)— es ahorrarnos tiempo y energías. Si tratamos de arreglar esto con el reglamento en la mano, nos meteremos en el universo de Kafka, perderemos la paz y nos amargaremos la vida tratando de dar con los papeles correctos, para que luego un burócrata (…) nos diga que esos no son los papeles correctos, que necesitamos otros, y luego otros, hasta que acabemos locos de atar. —(…)—: Por lo tanto, sí, si puedo conseguir que nos ahorremos todo eso pidiendo (…) que nos ayude, se lo pediré, porque no tengo ni paciencia ni energía para hacer otra cosa…[7]

 

            Se sentó en un banco y observó a los transeúntes. Ellos no tenían ni idea, ni la más remota. Desconfiaban del Gobierno, temían a la Mafia, les fastidiaban los norteamericanos, pero sus ideas eran vagas, generales. Intuían una conspiración, como la han intuido siempre los italianos, pero carecían de detalles, de pruebas. Por largos siglos de experiencia, sabían que la prueba estaba ahí, que sería más que suficiente, pero los avatares de esos siglos habían enseñado al pueblo que cualquiera que fuera el Gobierno que estuviera en el poder siempre conseguiría ocultar hasta la última prueba de sus fechorías.[8]

 

            —Me afecta que pasen estas cosas, que nos envenenemos a nosotros mismos y a nuestros descendientes, que deliberadamente destruyamos nuestro futuro, pero no creo, repito, no creo que pueda hacerse algo para remediarlo. Somos una nación de egoístas. Ello fue nuestra gloria y será nuestra perdición, porque no es posible conseguir que nos preocupemos por algo tan abstracto como «el bien común». Los mejores de nosotros podemos sentir ansiedad por nuestras familias, pero como nación somos incapaces de más.[9]

 

            Y los infaltables gringos:

             Imagina: son el pueblo más rico del mundo. En política, todo el mundo tiene que inclinarse ante ellos y han conseguido convencerse a sí mismos de que todo lo que han hecho en su breve historia ha tenido la única finalidad de favorecer a la humanidad. ¿Cómo no van a sonreír?[10] 

             En Estados Unidos lo llamaban relaciones públicas, una industria multimillonaria que podía convertir en celebridad al más lerdo, en sabio al más tonto y en estadista a un mero oportunista. En Rusia lo llamaban propaganda, pero en el fondo era la misma herramienta.[11]

 

            —Dice que ama la libertad.

            —¡La libertad!, como si fuera algo tangible. La libertad, si existe, es como el aire —objetó Maximiliano.[12]

 

            —¿Desde cuándo os creéis la palabra de un rey?[13] 

 

            Enrique Tudor observó entonces el escudo real de Inglaterra, que colgaba de una de las paredes, y pensó que no estaría de más añadir el lema en idioma francés que ya figurara en época de su antecesor Enrique V: Dieu et mon droit; es decir, «Dios y mi ley».[14]

 

            E irónicamente:

             «Se anima a que una multitud de voces participe en la política para, precisamente, evitar decidir. Ese parece en sí el fin de la República», reflexionaba Maquiavelo a lomos de su corcel. «¡Qué sistema tan provechoso es la democracia!», satirizó para sus adentros, «pues no existe hombre alguno que se atreva a tomar una sola iniciativa, y aún menos a contraer una responsabilidad».[15]

 

            Y concluyo con el infaltable tema, trillado pero que mantiene su veneno, por andar metido entre políticos, pero que ya nos cansa hasta mencionarlo:

             —Pero de eso hace dos años —explicó—. Tengo entendido que desde entonces los precios han subido. Él asintió. En Venecia hasta la corrupción estaba sujeta a la inflación.[16] 

 

No olvidemos que la corrupción es como el agua, que siempre encuentra un lugar en el que encharcarse, por pequeño que sea.[17]

Tomado de Facebook
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[1] Acqua alta. Donna Leon.

[2] José Luis Corral. Los Austrias II. El tiempo en sus manos

[3] Colleen McCullough. El Caballo de César.

[4] Donna Leon. Justicia uniforme.

[5] Muerte y juicio. Donna Leon.

[6] Donna Leon. Justicia uniforme.

[7] Donna Leon. Altas esferas.

[8] Donna Leon. Muerte en un país extraño

[9] Donna Leon. Muerte en un país extraño

[10] Donna Leon. Muerte en un país extraño

[11] Frederick Forsyth - El Manifiesto Negro.

[12] José Luis Correal. Los Austrias. El vuelo del águila.

[13] José Luis Correal. Los Austrias. El vuelo del águila

[14] José Luis Correal. Los Austrias. El vuelo del águila

[15] Alejandro Corral. El desafío de Florencia

[16] Donna Leon. Muerte en La Fenice

[17] Donna Leon. Pruebas falsas.

viernes, 21 de agosto de 2020

FRASES AL VUELO

            Hay frases que se explican por sí solas y eso me ha llevado a rememorar algunas citas que a pesar del transcurso del tiempo, se mantienen y no requieren de más explicación, aunque sí de mucha reflexión. A ellas les dedicaré un espacio.

 

            «¿Cuánto no se opondrían todos los nuevos Estados americanos, y Estados Unidos, que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad?». Todos se volverían contra la pobre Colombia.[1] Palabras dichas hace casi doscientos años por aquél, hoy desconocido Bolívar, quien vislumbraba desde entonces el imperio que serían los gringos.

 

            Eche Vd. una ojeada sobre todo esto y verá que todo esto es nada, y para conseguir este nada nos hemos empeñado en emplear el todo de nuestras facultades; porque es una regla general que, en las máquinas mal montadas, el motor debe tener una fuerza inmensa para alcanzar un efecto cualquiera. La experiencia me ha enseñado que de los hombres se ha de exigir mucho para que hagan muy poco.[2] Y luego Bolívar proseguía:

 

            Colombia me ha recibido con ostentación y con júbilo, pero sus arengas son llantos; sus palabras, suspiros; todos se quejan de todo; parece que es un coro de lamentación como pudiera haberlo en el purgatorio». El sistema republicano le había fallado a sus ciudadanos; los impuestos eran demasiado altos, los ingresos demasiado bajos y la burocracia estaba repleta de funcionarios inútiles. La utopía colombiana había terminado. Se esperaba que él hiciera algo. Pero ¿qué? El sur no gusta del norte, las costas no gustan de la sierra, Venezuela no gusta de Cundinamarca, Cundinamarca sufre de los desórdenes de Venezuela. El ejército está descontento, y hasta indignado por los reglamentos que se le dan. La hermosa libertad de imprenta, con su escándalo, ha roto todos los velos, irritado todas las opiniones. La pardocracia triunfa en medio de este conflicto general … El mal será irremediable, pero no será nuestro, será de los principios, será de los legisladores, será de los filósofos, será del pueblo mismo, no será de nuestras espadas. He combatido las leyes de España, y no combatiré por leyes tan perniciosas como las otras y más absurdas.[3] Palabras que hoy podían repetirse, cambiadas circunstancias, y mantendrían su debida actualidad.

 

            No obstante, los sentimientos nacionales, de los que el mismo Bolívar era consciente, también desempeñaron un papel importante. Los habitantes de Colombia eran ante todo venezolanos, neogranadinos o quiteños, y era su país el que sentían como su nación y su hogar, donde su nivel de comunicación con quienes consideraban sus compatriotas era mucho mayor que con aquellos a los que veían como extranjeros. La guerra alimentaba los nacionalismos. Los ejércitos reunían a hombres de patrias diferentes, con frecuencia en incómoda proximidad, y los convertía en observadores cercanos de sus diferencias y rivalidades. Surgieron prejuicios nacionales y se crearon estereotipos que se manifiestan en el lenguaje de la época y, en ocasiones, en los textos de Bolívar: los venezolanos eran «pardos» o «militares», los neogranadinos eran «mestizos» o «curiales», los ecuatorianos eran «indios». Los americanos no se tenían aprecio unos a otros por naturaleza.[4] En efecto, parodiando a ese Bolívar incomprendido, podría hoy uno repetir, los seres humanos, por naturaleza, no se tienen aprecio unos a otros, basta ver la segregación, los odios por raza, por religión, por política y por sexo y, en definitiva, todos presumimos de ser seres humanos!

Tomado de Google.

[1] John Lynch. Simón Bolívar.

[2] John Lynch. Simón Bolívar.

[3] John Lynch. Simón Bolívar.

[4] John Lynch. Simón Bolívar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

ENTRE SUEÑOS

             ... se preguntó cuándo había empezado a buscar en las caras de sus amigos de juventud la huella del paso del tiempo.(1)

 

            Eso me venía preguntando, dada la recurrencia de mis sueños en que cada día algún conocido del pasado entraba en él, manteniéndose con la misma figura recordada, pues en el sueño nadie envejece. Y aún yo, sin saber si era protagonista, testigo o espectador, me mantenía en la inmaterialización que es un sueño, pues se sueña sin discutir, aceptando, viendo de cerca o en la distancia, poco importa.

 

            Es como si en el sueño se mantuviera congelada la edad, pues tampoco importa, porque lo que se ve es simplemente una noción de alguien, pues para ser sincero el sueño se alimenta de imágenes, de palabras no dichas, de actos no realizados, son simplemente películas que transcurren, con actores, generalmente conocidos, pero congelados en el tiempo.

 

            Me veo en el espejo y veo mis arrugas, veo cómo aquél de ayer se va evaporando con el transcurso del tiempo, sin sentirlo, tal vez aceptándolo. Pero en el sueño solo soy yo, sin saber claramente si es el del lejano ayer, el de ayer o aquél que está tendido en la cama, soñando, sin verse, solo sabiendo que está allí, como espectador, como testigo, como intérprete.

 

            Y veo a todos esos conocidos del ayer, no en su imagen, solo en el concepto y ellos tampoco parecen que hubieran envejecido, mantienen la imagen de lo que fueron, desde mi perspectiva, pero hoy, por el transcurso del tiempo, serán unos desconocidos, a pesar de haberlos conocido, porque sus historias siguieron su transcurso, sin saber yo qué fue de ellos. Uno tras otro aparecen en mis sueños, personajes olvidados, no tan olvidados, tan recordados otros, pero cuyas historias se alejaron de la mía, volviéndose hoy, unos verdaderos desconocidos.

 

El momento ideal de subir a un tranvía es cuando todo el mundo baja.(2)

Foto JHB (D.R.A.)

[1] Donna Leon. Justicia uniforme.

[2] Jeffrey Archer - Como los Cuervos

viernes, 14 de agosto de 2020

CULTURA

             Antaño una persona se definía por el grado de cultura que tenía, entendiendo por cultura el conocimiento en diversas y múltiples áreas que permitía socializar y mantener conversación en todos los temas posibles. Se hablaba con cierto fundamento de política, sociedad, literatura, ciencia y uno de los mayores apelativos que se podía obtener era que dijeran que uno era culto.

 

            Como en alguna oportunidad escribí, me molestaba que algún joven dijera que para qué saber tanto si llegado el caso bastaba preguntarle al doctor Google y la respuesta se tenía a mano, que para qué llenar el disco duro con tanta información que a la larga resultaba inservible. Como dije, esa afirmación me ocasionó un trastorno a mi conocimiento, me sentí ofendido, realmente ofendido.

 

            Ha pasado el tiempo y en El Tiempo leí un artículo de Constaín que inciaba: Decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el príncipe, el maestro, que una de las formas más elevadas del conocimiento y la felicidad es la del conocimiento inútil, la curiosidad como un fin en sí misma, la pasión por saber y descubrir y atesorar cosas que en un principio parecen inservibles o insignificantes y que sin embargo nos regalan un placer culposo y descomunal: la alegría sola de encontrarnos con ellas, para qué más.(1)

 

            Y leído desprevenidamente de esa manera trocó mi pensamiento me hizo reaccionar y pensar que en efecto me consideraba culto y viéndolo objetivamente con un bagaje de conocimiento inútil, bajo esa perspectiva.

 

            Hice un somero inventario de lo que abarcaba mi cultura, lo más objetivamente posible, amplio en mi concepto y sinceramente llegué a la conclusión de que en efecto tenía una amplia cultura que, a la larga y ya a mi edad, resultaba inútil. Qué importancia saber el detalle de la historia, como que Bolívar nació un 24 de julio de 1783 o que Julio Cesar fue asesinado, por Bruto. O que la sal es cloro y sodio y cuya fórmula es NaCl y que la base por la altura dividida entre dos es el área de un triángulo, o que a2+2ab+b2 es la fórmula del binomio cuadrado perfecto –(a+b)2- y que Aristóteles fue maestro de Platón y que el único militar colombiano que fue teniente general fue Rojas y así un montón de datos que mantengo en mi cabeza.

 

            Esa cultura era adquirida y estudiada, aprendida y aprehendida –buena forma de recalcar la cultura al conocer tal diferencia- y todo el saber venía en textos de papel, única fuente del saber, para aquellas épocas, que los jóvenes pensarán que era de bárbaras naciones. Igualmente mucho conocimiento fue adquirido gracias al placer de la lectura, de la no obligada, de la lectura libre, de cualquier tema interesante.

 

            Ya entrado en años, debo reconocer que la cultura que tenía me permitió escribir bien, expresarme de mejor manera (sin pretender olvidar la parte de gamín que albergo, claro está) y ser reconocido y lograr ascensos laborales, efecto creo yo de ese conocimiento adquirido, me ha permitido, como dije, lo más objetivamente posible, encontrar que tengo una amplia cultura, inútil, pero para mí bastante placentera, de la que no hay arrepentimiento alguno, porque esa misma aparente inutilidad, de alguna manera me dio de comer y me ha permitido ser lo que soy actualmente, con el placer de lo vivido. Y puedo agregar que la alusión al doctor Google, el que todo lo sabe y todo lo comparte con un solo clic, ya no me molesta porque he aprendido a que al no saber todo ni de todo –y menos hoy-, mi ignorancia puede ser  suplida con un clic, con lo cual acrecento aún más mi inútil conocimiento. Ironías de la vida.

 

Qué cultura, qué cultura va a tener

Un indio chumeca

Como Lorenzo Morales

Que cultura va a tener

si nació en los cardonales[2]

Tomado de Facebook. 49666963_289688711903473_2240224915477233664_o 



miércoles, 12 de agosto de 2020

EL OTRO


             Cómo no poder verse uno mismo como realmente es?

             Sé que toda apreciación de uno mismo es subjetiva, no se puede ser objetivo con uno mismo al dejarse llevar de sensaciones al ver a los demás, entonces cómo poder ser objetivo con uno mismo?

             Por los años de enseñanza o de costumbre, se nos ha educado a tener siempre una disculpa exculpatoria, hasta la odiosa excusa de que así soy yo, que es la más subjetiva, la que se ofrece cuando se pierde todo tipo de argumentación de ofensa.

             Y más, cuando –aunque debería decirse y menos-, cuando con los años se ha cambiado, sin saberlo, sabiéndolo pero ocultándolo o simplemente negándolo.

             Los pensamientos de ese ayer lejano no son los mismos del ayer cercano, así como no son los de hoy.

             Cambiamos como se cambian los quereres, por ejemplo, los futbolísticos. El que es de Millos odia a los demás, pero si alguno de los demás juegan contra un extranjero, son los mismos que están arengando a los odiados y me pregunto si será por eso que los hinchas tienen tantos odios acumulados, según el rival? (Aplica para los fanáticos religiosos, políticos, sociales).

             Así seremos? Y por eso, al serlo, es que no nos permitimos enjuiciarnos a nosotros mismos?. Ayer fui más descontento, hoy más sometido, más conforme? Ayer la impaciencia impedía que frenara, hoy ya no hay mucho por lo que se deba correr –y menos con este coronavirus que nos ha hecho más lentos-.

             Será que la falta que nos impide reconocernos, tal cual somos, sea precisamente la causa por la cual no podamos aceptarnos o de poder vernos de una manera objetiva y hasta ecuánime, si nos fuera posible?

             Sobra decir que el problema también radica en la serie de personajes que tenemos dentro, los cuales ocultamos unos, reflejamos otros, todo a conveniencia, a gusto y a disgusto. Y lo peor es que como siempre tenemos algo qué ocultar –así sean bobadas, en la misma manera, como dijo el doctor House, todos mentimos, por eso todos nos mentimos, porque procuramos mantener todas esas caras, esas caretas, esas facetas ocultas que nos impiden reflejar nuestra propia objetividad.

                                                        —«Sin esperanza, pero sin miedo» —repitió Carlos—. ¿Qué quieres decir con ello?

                                                                                                                           —En la obra de Séneca Cartas a Lucilio, en la número cinco, el filósofo romano dice que «Si dejas de esperar, dejas de temer». Yo creo que esa es una buena divisa. Significa que, si tienes esperanza, o interés, en algo, puedes tener miedo a perder lo que más deseas, pero si no te obsesiona ese deseo de poseer algo, entonces perderás el miedo.[1]


 


[1] José Luis Corral. Los Austrias. El dueño del mundo

lunes, 10 de agosto de 2020

FANATISMO

 

A mi edad, ya avanzada, tengo una mala opinión del ser humano, cuya capacidad para el mal, para infligir dolor o abusar de los débiles es infinita.(1)

 

            A pesar de esta pandemia, que al menos debería haber servido de momentos para aplacar el pensamiento y los fanatismos, de mirar con la visión objetiva la situación y todas las que se han generado durante estos tiempos, no ha servido para tales efectos.

 

            Y eso me ha llevado a pensar en esa palabra titular, fanatismo: es el apasionamiento o actividad que se manifiesta con pasión exagerada, desmedida, irracional y tenaz de, una idea, teoría, cultura, estilo de vida, entre otros. El fanático es una persona que defiende con tenacidad desmedida sus creencias y opiniones, también es aquel que se entusiasma o preocupa ciegamente por algo o alguien.(2)

 

            Pasión exagerada e irracional, son las premisas que acompañan, para estos efectos, esa definición que hoy predomina. Es pasión emocional, exagerada, generalmente sin bases, solo bajo el deseo de imponer una idea, que ni siquiera es de uno, es ajena; e irracional porque a pesar de que tenga bases, aunque hoy por hoy no las tiene, ciega el pensamiento y uno se encierra en lo que quiera creer, sin importar si la lógica y la racionalidad indican lo contrario.

 

            Y el problema es que ese bicho se mete en todo, sin razón, hay fanatismo político y religioso, que son los más peligrosos. También lo es el deportivo, igual de peligroso y de irracional.

 

            Ahora pasamos por el político a lo largo de este mundo y por estas tierras, la investigación contra el innombrable, que parecía que jamás iba a concluir. Sus seguidores han demostrado el fanatismo en toda su extensión y cualquier discusión ha terminado en insultos y patadas, es difícil poder hablar, pues está demostrado que entre más irracional sea uno menos lógica tiene la pelea. Aunque en este punto valen las palabras de la esposa del innombrable, al parecer la más ponderada del grupo menciona que para encontrar en él (se refiere al dolor) la prudencia y el pudor que tal vez, solo tal vez, sirvan para renovar un lenguaje desgastado por el rencor y los fanatismos políticos.(3)

 

            Y qué del fanatismo religioso, aplicable a todas ellas pero particularmente a la católica, en donde es mejor no discutir pues según ellos, designados celestiales, es asunto de dogma y punto. Como suele ocurrir, cada uno estaba convencido de la autenticidad de su versión y no tenía para las ajenas más que desdén.(4)

 

            Y qué decir del fanático deportivo, del que no ve más allá de sus narices? Igualmente reina el desdén en sus comentarios cuando no se acomodan a su querer.

 

            Pero mi pregunta se centra en que el fanático lo es porque sí, realmente no está ganando nada, salvo las discusiones. Objetivamente y, por lo general, ni siquiera ha asimilado el pensamiento que pueda predicar a quien o a lo que sigan, simplemente el fanático se hace con la corriente, con eso basta y ante la ausencia de argumentación que pueda servir de contraataque su propia ignorancia le lleva a las consecuencias de ese fanatismo.

 

            Que gana uno haciéndose matar por un político? Si es por el puesto basta con el voto y un poco de proselitismo sin el extremismo. Que gana uno siendo un fanático religioso? El paraíso? Y qué gana uno si un equipo deportivo gana o pierde? No se gana nada en ningún caso, ni siquiera hay un beneficio personal que valga la pena la pelea, porque el que gana es otro, no el fanático, seguro que él nunca gana, ni siquiera el paraíso prometido, porque es solo eso, una promesa. Hacerse matar por otro, hoy no paga, ni siquiera en defensa de Dios –que por naturaleza no debería necesitar de defensa alguna-, por lo que pienso que todo se centra en vivir y en dejar vivir, ya que el fanatismo no lleva a ningún lado y envenena todo. 

Vuelve en torno la mirada, señor, y

contempla el estrago horrendo que en tu

noble reino causa el monstruo cruel. Ah,

mira las calles regadas de sangre. A cada paso

verás a alguien que gime y el alma impregnada de atroz veneno del cuerpo exhala.

MOZART, Idomeneo[5]

Tomado de Facebook. 107011201_10217492051595610_3775471624534375979_n

[1] Matilde Asensi. Peregrinatio.

[4] Donna Leon. El peor remedio.

[5] Volgi intorno lo sguardo, o sire, e/vedi qual strage orrenda nel tuo/nobil regno, ja il crudo mostro. /Ah mira allagate di sangue quelle/pubbliche vie. Ad ogni passo vedrai/chi geme, e l’alma gonfia d’atro/velen dal corpo esala. Cita de Donna Leon, Muerte en un país extraño.

 

miércoles, 5 de agosto de 2020

MICRÓFONOS ABIERTOS

            No sé si es gracias a la tecnología que nos ha hecho más evidentes, nos ha despojado de hipocresía y nos ha mostrado tal como somos actualmente.

 

            No es que en el pasado no lo fuéramos, lo éramos, pero había ciertos parámetros, aún para la corrupción, que no nos dejaba tan malparados como ahora, en que todo es público, todo vale para hacerse público y, de cualquier manera, termina publicado en una red social.

 

            La desgracia, particularmente para políticos, incluidos personajes gubernamentales, es que por un pequeño olvido, no se cierran los micrófonos y ahí salen a relucir frases, despectivas naturalmente, como el del presidente refiriéndose a esa vieja, o la del honorable congresista diciendo ese es mucho hijueputa o No marica, ¡qué amargura, qué amargura!. ¿Viste lo que puso Bolívar, de que ella se retiró? Hijueputa, lee los comentarios que me hacen. Con estos hijueputas no se puede hacer nada. ¡Qué mierda¡[1] y basta con decir que qué pena, pero que me sacaron de contexto o que estaba haciendo catarsis –bonita palabra para sacar el ....

 

            Recuerdo que el hablado de camionero –el que teníamos en grupos íntimos de amigos, en donde de cuatro palabras, tres eran groserías- tenía un código, en el sentido de que se usaba precisamente cuando se estaba en intimidad y no como ahora que sin vergüenza ni rubor, cuando no en voz bien alta, se habla mal de cualquiera, se expresa con la mayor verborrea sin, como digo, rubor alguno. Y ese camionero que todos los hombres teníamos –y conservamos, supongo- se trasladó a las mujeres quienes ya sin pudor alguno madrean de lo lindo, sin importar el lugar que ocupan ni el lugar en donde se encuentran.

 

            Entonces me pregunto si antaño teníamos un hipócrita código que al menos nos presentaba como mejores personas?

 

Un hombre debe dominar todas sus emociones para ser verdaderamente libre.[2]