miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL ESPEJO, MI ALTER EGO (II)

Hay algo que Dios ha hecho mal.
A todo le puso límites menos a la tontería.
 Konrad Adenauer

Decía que ya era hora de mirar para adentro. La proximidad a la eternidad, debe llevar a la sinceridad con uno mismo, para que le dé alguna serenidad al momento inmencionable, porque hay palabras que en el mejor estilo religioso es mejor decir: el inmencionable o el que no tiene nombre! Sutilezas de lenguaje que de igual manera ayudan a mentirse uno mismo; primer pecado en que caigo, naturalmente luego de sincerarme. Los hábitos son difíciles de dejar.

Volviendo al cuento, qué tal si le pregunto al espejo: De qué tienes miedo? –A propósito, cuando uno habla con uno mismo se tutea o se ustea?-.

Me devuelve la pregunta: A qué le tengo miedo?

El silencio que se impone más que sepulcral es hiriente, agresivo. Una pregunta demasiado íntima, que traspasa los límites de la decencia, se diría y más cuando se hace de manera irreflexiva y apabullante, como hecha por quien no tiene derecho alguno para hacerla.

El silencio que incomoda, pero alguno ha de continuar aún a su pesar, si es que se quiere lograr algo.

Esos ojos dejan entrever la existencia de miedos atávicos, muy lejanos, como el que debió sentir el troglodita corriendo delante de un dinosaurio para no ser el desayuno. Pasados, muy pasados o muy recientes. Los muy pasados, bien ocultos, mientras que los más recientes, son los que traen su amargura diaria, pero también los hay ocultos y olvidados, de cualquier manera y aún los olvidados y ya enterrados, afortunadamente y que han de ser objeto de ejercicio.

A este último pertenece ya al recuerdo, el miedo de niño, hoy superado naturalmente. Experiencia de campo de fútbol. La circunstancia de estar solo en el campo de fútbol del colegio, resulta intrascendente, aunque hoy me pregunto qué hacía allí, si estaba en recreo, si me había dejado el bus a la hora del almuerzo, me había evadido? Esos hechos resultan intrascendentes para el recuerdo y tal vez, por más esfuerzo que pudiera hacer, no vendrá explicación alguna, porque el motivo del recuerdo es el miedo. Y no creo que haya sido el primero de mi vida, pero sí el que más impacto pudo causarme, en ese momento.

En el campo de fútbol estaba entrenando un grupo de estudiantes mayores; en esa época la cancha me parecía exageradamente grande. Al parecer no tenía nada qué hacer, ni afán por hacer, si es que hubiera algún motivo por el cual estaba allí. Era un lugar medianamente vetado para mí, pues no estaba ni en primaria ni en secundaria, estaba entre las dos edificaciones que se interponían entre ellas y que hacían la distinción, la preparatoria, hoy entendería que estaba en el lugar que preparaba a la secundaria, con su propio patio de recreo, de instalaciones, aislado el uno del otro, independiente entre ellos, marcando la diferencia. Para el que salía de primaria, un halago para sentir que se había crecido y que de profesoras y monjas se pasaba a manos de profesores y curas. Pero supongo que el de secundaria, porque no tuve la oportunidad de experimentarlo, miraba hacia la preparatoria, nos miraban como niños, diciendo: menos mal ya salimos de allá, ya no se es de esa casta pordebajiada.

No estoy seguro si el cuento lo eche en otra oportunidad, si así fue, presento excusas debidas a mi memoria, a alguien ha de echársele la culpa!

En la cancha, a cielo abierto, me veo mirando embelesado el entrenamiento de fútbol y me voy aproximando tímidamente al arco, por la línea del fuera de lugar, tiro de esquina, así lentamente, pase a pase, hasta que me encuentro contra los palos del arco. Pasa el tiempo y miro cómo pasa el balón de lado a lado y, me imagino por mi propia experiencia de hiperactividad de la época, que caminaba lentamente de aquí para allá, por el borde de la línea de tiro hasta mi límite que era el palo vertical del arco. No recuerdo bien si previamente había notado el bulto que en una esquina del arco había. Naturalmente correspondía a la ropa y libros de quien hacía las veces de arquero. Cuánto tiempo transcurrió? No lo recuerdo, pero en algún momento di un paso y sentí que pisaba el bulto que allí reposaba y al mismo tiempo hacía explosión, o al menos eso me pareció, el sonido de ruptura de algún objeto. En cámara lenta levanté el pie y miré al suelo. Las gafas del portero se habían roto y no eran cualquier tipo de gafas, eran de las de piloto de avión. Dios mío! (aquí debo hacer otro paréntesis, no dije ninguna vulgaridad, porque que me acuerde las groserías venían después de los 15 o 17 años de edad, por lo tanto no las sabía, recuerdo tanto que la máxima expresión que se oía en el entorno era carajo!, pero aún así ésta era grosera).

Ver esas lujosas gafas rotas: Dios me libre, el susto inicial fue grande y el miedo posterior, peor. Me veo en cámara lenta, seguro no eché a correr de inmediato. El portero se encontraba bastante adelante, por lo que supuse no escuchó el chirrido asesino. Le vi a lo lejos y como para no levantar sospecha, me fui retirando lentamente, de a poquitos, con el corazón a punto de salirme del pecho y evitando por todos los medios ser reconocido como el causante del accidente. De esa manera camuflé mi responsabilidad, porque no fui capaz de confesar, no podía confesar y más si pensaba cuánto podían costar esas gafas. Luego de perderme en la lejanía del camino de retorno, no recuerdo nada, aunque toda la tarde y los días siguientes durante un buen tiempo que no me acuerdo cuánto, el miedo me siguió.

Pero se hizo más intenso, y así se volvería a repetir durante el tiempo en que éste me acompañó, porque para mi desgracia, el portero tomaba la misma ruta de regreso a mi casa. A la salida –palabra que también causaba temor antaño, cuando a uno lo retaban con esa frase, significaba que la pelea se postergaba para la hora de salida del colegio, aunque nunca fue mi caso, afortunadamente-. A la salida, decía, el recorrido entre la fila y la subida al bus, debió ser una tortura inmensa, pensando en que todos los ojos me miraban acusadoramente y el mayor temor, ver subir al dueño de las gafas –curiosamente de apellido Mayor, no lo olvido- y verlo mirar hacia el fondo buscando puesto, pero yo imaginando que me está buscando a mí y sentir que pasa a mi lado, sintiendo que el corazón se me para en ese preciso instante, verlo seguir y el corazón reiniciando el latido, pero a toda velocidad, durante todo el trayecto de tortura hasta el paradero de él, porque me parece recordar que se bajaba primero que yo. Y así varios días, limitados en la desesperación sólo a los trayectos de la ruta. Me camuflaba en la silla, centrando la mirada hacia la ventanilla, para que no me reconociera, para que no me pudiera culpar de su propio descuido. (Bonita forma de desplazar la responsabilidad. A eso me refería y es la mejor forma como queda explicado, con el ejemplo!).

Un miedo irracional, guardadas proporciones por la edad, pero miedo fue. Hoy, visto en perspectiva, es de los miedos olvidados y enterrados, afortunadamente ya pasado. Pero fue aterrador y viví la carga de culpabilidad extrema y la que le quise dar.

Me sonrío hoy o es el espejo el que sonríe con el recuerdo?

Ya que mencioné la cancha de fútbol del colegio, me recuerda otro miedo morboso, por mí buscado. Para bajar del campo de fútbol había una carretera destapada que iniciaba en la parte superior con el viejo teatro. Había una zanja, por la que pasaba una gran tubería por unos dos o tres metros bajo tierra y en el medio había una caja colectora, creo que se llama, siempre llena de agua sin rebozar el límite. Guardadas proporciones, la gran tubería de antaño hoy no sabría decir de qué calibre o tamaño, pero recuerdo que a duras penas cabía una persona, para ser más preciso, un niño como era yo. Cabía, pero de rodillas. Dentro, silencio y oscuridad, mas el obstáculo que se presentaba en la mitad de un cuadrado colector, que hoy no veo muy claro o si éste es producto de mi imaginación actualizada, pero como sea, el tubo estaba allí. Cómo lo conocí? No lo recuerdo, pero sí me aproximo al recuerdo al pensar que fue descubierto por algún compañero y en su momento el reto fue pasarlo, para no quedar como una niñita –epíteto de reto de usual usanza por la época-. Recuerdo haberlo pasado en fila india con varios compañeros, entre risas y sustos ahogados.

Me refiero en este caso al miedo morboso, este último porque a pesar del primero, el hecho de pasarlo generaba un placer irresistible: quienes lo han sentido pueden entender a qué me refiero. Algo así de sin querer queriendo. Pero en su plenitud estaba cuando se pasaba solo y a solas, sin testigo alguno. Cada vez que tenía oportunidad y encontrándome solo veía voces que salían del tubo retándome a que no era capaz y otra voz a que sí y yo con ese placer de decisión y de miedo a la vez. Lo hacía, iniciaba el trayecto y sólo buscaba la luz al final del túnel y nada más la veía, me apresuraba a la mayor velocidad que podía para salir indemne. Más de una vez me sentí atrapado dentro del tubo, apoderándose de mí la desesperación de salida. Qué irresponsabilidad? Por qué lo hacía? Hoy no tengo explicación, pero supongo que era por el placer, de sentir miedo? Ahora que lo pienso, la suciedad de las rodilleras del pantalón obedecían a este trasegar y nunca tuvieron explicación para mi mamá en dónde carajos me metía, porque sacar ese mugre era “cosa del otro mundo”.

Creo que este mismo tipo de miedo me hizo arriesgado y los recuerdos se centran en ese colegio. Dándoselas de machito, diría mi madre! Las paralelas y las argollas de gimnasio, por su altura para mí, constituían otro peligro. Marimondiándose por ahí, seguiría la queja materna. Otro lugar de preferencia, como el colegio quedaba en desnivel de montaña, la parte delantera de la iglesia (Iglesia de la Merced) en su parte más superior quedaba colindando con una carretera que separaba la estructura de la preparatoria. Entre la carretera y la parte superior de la iglesia había una zanja que abarcaba desde el techo de la iglesia, allí oculta, hasta sus mismos cimientos con un apreciable espacio con el borde de la carretera que, si mal no recuerdo, tenía una especie de barda. Es decir, la cúpula de la iglesia quedaba a la altura de la carretera que llevaba a Preparatoria y Primaria. No sé cuál era el ancho de esa zanja. Fácilmente, pero no sin peligro, se podía saltar al techo de la iglesia, creo que la salté al menos una vez y el susto de la irresponsabilidad me acobarda hoy en el recuerdo. Igualmente muchas veces me asomaba desde arriba para ver el fondo siniestro.


Y para lo alargar el paso, prosigue en la siguiente sesión.

"Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas."
 Mariano José de Larra

Foto: JHB (D.R.A.)


lunes, 12 de diciembre de 2016

EL ESPEJO, MI ALTER EGO (I)



“Cuidado con los miedos,
les encanta robar los sueños[1]”

Me he mirado en el espejo y, como en otra oportunidad hace ya tiempo, al dejar de verme tuve una extraña sensación que no concordaba mi mirada con la reflejada en el espejo, como si se trataran de dos personajes diferentes, el de acá y el del mundo paralelo, dejando el sinsabor de desconocer cuál podía ser el verdadero y si fue una actuación real o el mero reflejo de la imaginación.

Era esa sensación de retirarse pero a la vez sentir que la otra mirada le sigue y le mira de reojo, señalándole y tal vez recriminándole o acusándole de algo, generando en consecuencia un complejo de culpa por una actuación indeterminada, generalizada y desconocida.

La misma sensación hizo que me devolviera al reflejo para corroborar si todo obedeció a una recriminación o era únicamente producto de mi fantasía, a la cual soy tan proclive. Y recordé que mis fantasías, por lo general, no eran precisamente lo más positivas del mundo. Siempre me he imaginado lo peor, siguiendo la tendencia materna, en contraposición de la paterna que, con todo, siempre era la más optimista: “Más se perdió en el diluvio”, según su frase favorita en momentos nada favorables.

Como decía, enfrenté nuevamente la mirada reflejada y naturalmente me vi como me han de ver los demás, aún a mi pesar: arrugado, ojos de cansancio, mirada… Ante este panorama pensé en cómo estaba ya, sexagenario, palabra tan odiosa, puesto que no sentía toda esa cantidad de años, considerada con la idea que antaño tenía de los sexagenarios, es decir, ancianos, porque en esos tiempos se era viejo nada más se volvía uno cincuentón. Todo eso decía el espejo, naturalmente el yo de este lado, eludiendo compromisos íntimos, no reconocía a su alter ego y se aferraba a la idea de que era un sexagenario moderno, es decir, con treinta años menos. Ah engaños de la mente!

A propósito, en el aniversario de estos días de Ana Freud, el doctor Google me llevó a saber que la hija del afamado Freud también había seguido sus pasos y había escrito algunos tratados, entre los cuales me llamaron la atención dos títulos: “Relación entre fantasías de flagelación y sueño diurno” y “El Yo y los mecanismos de defensa[2]”, los que me han hecho pensar cuánto de lo que he de hablar hace parte de mi autoflagelación constante y la eterna excusa de tercerizar la responsabilidad que puede haber y que lleva a evadir tales comportamientos, camuflándome en denominarlos mecanismos de defensa propios del hombre, o al menos eso creía, que fueran de toda la raza humana.

Acabo de comprender, por esos pensamientos instantáneos o iluminaciones fugaces, que allí radicaría la diferencia entre los optimistas y los pesimistas, pasando por todas las variopintas posibles, porque ya somos expertos en excusar siempre nuestras propias decisiones, transponiéndoselas a otros o delegándola en ellos, para así tener la conciencia medianamente limpia.

Efectivamente, ante toda circunstancia siempre tenemos, como efecto reflejo, la excusa perfecta para explicar cualquier comportamiento, al parecer sabiendo que el tiempo se encarga de continuar con la manutención de la excusa misma. -Nótese que de antemano excuso y, por ende, soy ejemplo viviente de lo que quisiera explicar-.

Decía, nuevamente, que me vi reflejado en el espejo y aún a pesar del deseo de huida de alguna de las miradas –no pude concretar si la mía o la del espejo-, le forcé a mirar ojo contra ojo, enfocadas las miradas y obligando una a mantenerse firma con la otra, impidiendo que huyera.

Así es como veo en el fondo de esos ojos la sensación de miedo, de verse descubiertos en parte de su personalidad –mía o del reflejo?-, buscando excusa para huir y no dejarse enfrentar ni reconocer que el miedo está presente allí donde se le ve, imposible de reconocer que se tienen secretos en lo más recóndito del alma, porque dicen que los ojos son el reflejo del alma y de allí que muchas veces la mejor defensa es rehuir la mirada amenazante o la que nos puede poner al descubierto.

He dicho al espejo: si esos ojos son mis ojos, creo que ya es hora de enfrentarnos, dejar ambages y excusas, asumir y liberarnos de esa carga de culpabilidad que ya tenemos sobrellevando tantos años. Yo, ya me cansé, basta con mirar esa cara avejentada que ya veo reflejada, que supongo que es la que reconocen quienes nos ven y ni modo de seguir pensando que tiene treinta años menos, prolongando innecesariamente la mentira y cubriéndola con el manto de la eterna excusa. Creo que ha llegado el momento de sincerarnos o al menos intentarlo.

Aquí hago un paréntesis, por la palabra dualidad que me acaba de pasar por la mente. Esa dualidad en donde uno es positivo y el espejo el negativo, el uno asume y el otro excusa, o viceversas, dualidad que igualmente sirve, para estos efectos, como excusa del uno frente al otro, para liberar parte de la carga, pienso yo y entonces sería un mecanismo de defensa para poder sobrevivir en el mundo que me correspondió?

Eso me hace pensar en la posibilidad de existencia de varios tipos de excusas. Una propia de la raza humana, otra genética, otra adquirida del entorno y otra más, la creada por uno mismo, como mecanismo de autodefensa, aún y a pesar de uno mismo.

Podría resumir cada una de la siguiente manera:

La propia de la raza humana, que puede perdurar en el lugar donde se guardan los rezagos atávicos o de nuestro requeteantepasados (polvo de estrellas!).

La genética, que ya viene en la sangre por herencia directa de padre, madre y ambos (polvo eres!).

La del entorno, que se adquiere por la convivencia y el roce social (…).

La propia, que como salamandra, nos ha llevado a aprender a camuflarnos como mera parte de sobrevivencia propia y que igualmente contiene subproductos, en diversas dosis, de los anteriores.

Me sentí elaborando una tesis o un tratado de cualquier cosa. Pero a la vez, más que tipos de excusas, no corresponden a la tipología del miedo? Ya veremos cómo termino.

Como sea, veo que es hora de mirar para adentro, al menos en materia de miedos. No son muchos los años que me quedan, porque a estas edades el tiempo ya importa –o no, según se vea-, en que no suma mucho pero sí resta, mucho.

Seguirá... 

Foto: JHB (D.R.A.)



[1] Erick Fromm?
[2] Si leí Freud, mi padre, de Martin Freud. Un buen libro, una mirada diferente a una persona que uno considera tan distante.

viernes, 9 de diciembre de 2016

FATUA INDIGNACIÓN[1]



Entonces a veces nos quedamos sin palabras. Nada qué decir, nada qué pensar, nada para proponer cuando la indignación lo copa todo y el dolor se mete en las entrañas y se nos vuelve náusea. (…) Y los indignados tiran piedras para todas partes y nos acusan a todos y descargan su rabia por donde pueden y otros hacen política y unos más son incapaces de dejar lo suyo por un instante y pescan en el río revuelto del dolor que nos consume. (…)
Nada me sale coherente, no hay una idea que aporte, nada que sirva, nada de nada. Escribo, borro y lloro sin que pueda ponerle sentido a lo que no tiene sentido. La indignación está ahí, la siento, me camina por el cuerpo y por el alma pero es un grito ahogado que no encuentra salida.
Y es que hemos dicho tanto… son años y años de gritos y de debates, de propuestas fallidas, de batallas perdidas porque los niños siguen muriendo. En mi vida de periodista he informado tantas veces de niños violados, torturados, asesinados, que las palabras no bastan porque ya sabemos que no sirven. Lo único cierto es que Yuliana no está, que no volverá a su casa y el violador es responsable pero todos los demás también un poco por permitir que esto pase todos los días con nuestros hijos.

La indignación es tan pasajera como respirar y contar hasta diez; así es nuestra indignación moderna que perdura hasta que salga la otra noticia que opacará a la primera, la tergiversará y la hará olvidar de esta memoria colectiva que ahora tenemos, más imprecisa que la de antaño, más volátil y explosiva que las de otras épocas, a pesar de que antes no teníamos redes sociales y todo se limitaba al cotorreo y al chisme, que perduraba e imaginaba a través de los mitos urbanos, venenosa sí, pero no tan explosiva, creo yo, si se mira con el retrovisor.

Sí, un horrible crimen de un hampón de alcurnia contra una víctima indefensa. Sí, da piedra. Sí, deberíamos matarlo ante la imposibilidad de que lo ordene una justicia, ya que la divina es sorda en estos casos. Sí, salimos a gritar y a poner velitas -al mejor estilo gringo, porque hasta en eso no podemos ser originales (valga la puya)-. Pero nada más pase la noticia, se enfríe el cadáver, se vuelva a la rutina diaria, la indignación del colombiano se va desvaneciendo y volvemos al olvido que somos, a ese si perdeis estos momentos de efervescencia y calor, efervescencia que dura lo que dura el sal de frutas. En un mes más, aún nos ruborizamos por el tema. En seis meses ya es historia, un recuerdo que se alcanza a recordar. En un año, si se dicta sentencia, haremos referencia a ese que mató a una niñita y pontificaremos. En dos años, ni sabremos quién era Garavito, hoy olvidado, pero que de pronto debe estar haciendo más estragos. Tal vez la historia haya sido olvidada, desafortunadamente por otra desafortunada muerte, sin razón, sin motivo, sin conciencia y nuevamente indignados, por otra historia surgida de redes sociales irremediablemente imperfecta y poco verdadera.  
No todas las opiniones son válidas ni respetables.
Cuando alguien no se toma el tiempo de formarse una opinión con criterio, es decir, sometiendo a juicio a cada una de las ideas de las que parte, su opinión no vale. No es válida la opinión desinformada ni la del que no se molesta en evaluar la calidad de las fuentes en las que se basa.

Lo grave es la tendencia del público a juzgarlo y promoverlo con base en si se acomoda a lo que quiere pensar. Es peligroso para la democracia que grandes segmentos del electorado participen en el proceso político dejando de lado el impulso de razonar y de buscar lo verdadero.

Mejor sería que se abstuvieran de participar [2].

Y así es:
Comunico, luego existo. La comunicación es intrínseca a la condición humana. Es la actividad, la energía que nos hace humanos y que a la sociedad le da su estructura, su argamasa o pegante.
Frente a esa realidad, surgen preguntas del tenor siguiente: ¿Se es hoy más libre, más informado, más reflexivo o simplemente se está frente a  otra manera de masificar lo que debería ser una comunicación personalizada, cerrándosele el camino a la reflexión que permita asumir  posiciones libres e individuales, como sucedía en el pasado? ¿Podemos decir que se avanza hacia una ciudadanía más responsable, libre y comprometida con la suerte colectiva, o  se trata de  un ligero  barniz de independencia? ¿Finalmente, se está en la simple  exaltación del individuo como tal, sin otro propósito que gritar que existe, donde los selfies serían la prueba visual de esa existencia? Equivocada e infatuadamente se  considera que lo personal tiene un valor, algún interés para los otros quienes,  por lo demás, están en las mismas[3].

A eso nos hemos acostumbrado, al selfie, a la foto del celular como primicia de lo bueno, de lo malo, de lo regular y aún de lo mediocre, pontificando de lo divino y de lo humano, con la superficialidad propia del hombre de hoy, de ese hombre moderno, tan avanzado, el cocreador de la existencia, el de la raza superior, ese que si se atreviera a traspasar las fronteras del universo, no sería bien recibido, por depredador, por superficial, por selfie, por pontificador, de sensiblerías pasajeras y menos por colombiano. Por todo eso me da piedra, sé que transitoria, volátil, pasajera. Ya mañana será otro día, por eso y mucho más me jacto de ser colombiano (qué desgracia la mía!).

Y tristemente nada de eso tiene solución, ni mediata ni inmediata, porque nos enredaremos en discusiones bizantinas, buscando unos culpables, desde razones atávicas hasta económicas, señalizando, apuntando el dedo con sentencia de letrado, sin apelación ni tutela que le saque de allí. Y ellos se quedarán discutiendo per omnia secula seculorum.

Y discutiremos quienes no tenemos ningún poder para cambiar nada y nuestras discusiones igualmente serán bizantinas. Castrarlo o fusilarlo? Ya que estamos en el Bizancio colombiano, prefiero la segunda, porque qué se saca con una capada? Será un ser aún más amargado al que tendremos que tolerar, por qué no acabar con el mal de raíz? (Sí ven por qué podría ser un buen dictador y un mal ser humano?). Que porque era rico, que porque lo hizo por necesidad, que si estaba drogado, que tuvo una infancia infeliz, a pesar de la cuna de oro, que no era él, aunque lo era y el principio de inocencia y que como confesó le reducirán la pena, pero como es feminicidio, antes que infanticidio no vale, y así terminaremos en discusión, totalmente bizantina, al igual que las de los purpurados que aún no decidieron de qué sexo eran los ángeles (va otra puya!).
Sí, somos colombianos, dados a emitir opinión por anticipado, de ser superficiales en nuestros comentarios, que nos unimos ante hechos tan deplorables, pero que no podemos ponernos de acuerdo en si queremos o no la paz. Somos colombianos expertos en creer en todos los chismes, en descuerar y comer del muerto. Y gritamos y nos envalentonamos hasta que vemos al Smad o hasta las cinco porque hay partido, o mañana hay que madrugar o esta lluvia. Hasta allí siempre llega nuestro patriotismo.
Ni como instituciones educativas, ni como educadores individuales podemos dejar de cuestionarnos —acaso con el mismo dolor causado por el crimen, acaso con el peso de la perversidad de lo causado, acaso con la quiebra de la vida que lo monstruoso ha causado en individuos— en qué hemos fallado en la educación para que formemos ciudadanos capaces de semejante destrucción y daño.
Como suele pasar en un país mediocremente educado (no sólo nuestro sistema educativo es deficiente en calidad e integralidad, sino también exhibe unas enormes desigualdades entre instituciones con educación de alta calidad y otras con cualquier tipo de educación), ante atrocidades, “la opinión pública” pide soluciones inmediatistas y fatalistas: castración química, aumento desmesurado de castigos en casos específicos, escarnio público...
Somos miembros de una sociedad mediocre y afanada, en todos los aspectos de la existencia. (…) Hay que reconocer el oportunismo político, y en contados casos la auténtica angustia afanada, de algunos funcionarios que con el horror de los hechos exigen penas ejemplares  que sacien nuestra sed de venganza, para ver si así logramos olvidar y saldar cuentas y pasar anestesiados a la estupidez cotidiana de los escándalos de los mismos políticos, de las noticias de moda, de la vanidad de los ilustres ciudadanos[4]. 

Y entonces viene otra pregunta que me hice pero que también leí –en una revista, quién lo dijera, tipo jetset-:

También nos enteramos de que todo apunta a que el asesino y violador es un prestante arquitecto de la alta sociedad bogotana.
Escandaloso, espantoso, inhumano, increíble.
Pero, sin darnos cuenta, nos estamos enterando también de cómo cubrimos las noticias en este país y cómo las víctimas y los victimarios cobran su debida importancia y papel en nuestro inconsciente colectivo según su  posición socio económica.
Leyendo lo que se ha escrito sobre el crimen hasta el momento, me pregunto: Honestamente, ¿a quién le importa que Rafael Uribe Noguera sea del Gimnasio Moderno y haya estudiado en la Universidad Javeriana?  ¿A quién que sea un reconocido arquitecto de una firma de nombres extranjeros? ¿A quién diablos que su hermano trabaje en un muy prestante y rolísimo bufete de abogados?
Y la respuesta, tristemente, es muy simple: a nosotros.
A nosotros: usted y yo y muchas de las otras personas que han leído la noticia y la han convertido en un trending topic. El morbo que nos produce saber que una persona “divinamente” pueda hacer algo como eso y peor aún, que lo estén exponiendo públicamente es tan grande que perdemos totalmente la perspectiva de lo que aquí sucedió[5].

Somos morbosos, un colectivo morboso y que por el mismo morbo nos dejamos llevar por pasiones, sí, de las más bajas de esas que envenenan el alma, pero que luego olvidan.

…
Pero el crimen contra Yuliana nos confirma una horrible realidad. Hay personas que simplemente deciden desde la naturaleza del mal producir el mal. Cuando alguien entra en el mal y disfruta de él conociéndolo, sin razón, sin atenuante, sólo porque sí, nos hace cuestionar los cimientos básicos de lo que somos. El crimen de Yuliana no es únicamente contra ella sino un crimen contra nuestra esperanza de poder llegar a ser un mejor país[6].

Aquí sí es válido el amén!

La vida es dura para todos, criticar es fácil y yo soy, lo he dicho ya, un hombre pacífico al que no le gusta meterse en desafíos ni en polémicas.

Saramago. El odio al intelectual.

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[1] fatuo, tua. Del lat. fatuus. 1. adj. Lleno de presunción o vanidad infundada y ridícula. U. t. c. s. 2. adj. desus. Falto de razón o de entendimiento. Era u. t. c. s. fuego fatuo (RAE)

[2] Luis Carlos Reyes. En 2016 la sección de comentarios le ganó al artículo. http://www.elespectador.com/opinion/2016-seccion-de-comentarios-le-gano-al-articulo

[3] Juan Manuel Ospina. La trampa de las redes sociales. http://www.elespectador.com/opinion/trampa-de-redes-sociales

[4] Carlos Arturo Sanabria. Es como si se aborreciera la vida. http://www.elespectador.com/opinion/si-se-aborreciera-vida
[5] http://www.fucsia.co/contenidos-editoriales/articulo/rafael-uribe-noguera-violacion-yuliana-andrea/76014

miércoles, 7 de diciembre de 2016

INTOLERANCIA E INTRANSIGENCIA



“tolerancia. (Del lat. tolerantĭa). (…) 2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.”

“intransigencia. (De intransigente). 1. f. Condición de quien no transige o no se presta a transigir.”
“transigir. (Del lat. transigĕre). 1. intr. Consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia. U. t. c. tr. 2. tr. Ajustar algún punto dudoso o litigioso, conviniendo las partes voluntariamente en algún medio que componga y parta la diferencia de la disputa.”

Titulares de prensa:

Sobre el matrimonio gay: “este miércoles (el Congreso decidió) no continuar el debate ni votar el proyecto de matrimonio igualitario, la decisión se dio porque la corporación no estaba transmitiendo en señal abierta pública de televisión.” (Subrayo. Publicación de El Espectador).
 “La temida procuradora para la familia, (…), que es para muchos la representación de la Inquisición del siglo XV, establecida contra los herejes, terminó de virtual espía haciendo lobby en el Senado, para informar al Santo Oficio de la marcha sobre el debate del proyecto de matrimonio gay. (CM&, 18 de abril de 2013)”
 “Qué lamentable resulta, por decir lo menos, todo lo que pasó esta semana en torno al debate en el Senado del proyecto de ley que pretende regularizar la unión de parejas del mismo sexo, promovido por el senador Armando Benedetti. Algunos ciudadanos literalmente agarraron a patadas a un grupo de personas pertenecientes a la comunidad LGTBI que esperaban en la Plaza de Bolívar el resultado de un debate, que se frustró porque no iba a ser transmitido por televisión. (…) No acabo de entender cómo personas inteligentes como ellos pueden ser tan intransigentes en un asunto que sólo les concierne a las parejas. ¿Acaso no somos todos hijos de Dios?” (La intransigencia. Por: Felipe Zuleta Lleras. El Espectador)

“Eso parece. Seguiremos siendo ad eternum un país de “curuchupas”, de conservadores cavernarios, de congresistas pertenecientes a la Edad de Piedra en cuanto a ideas y evolución encefálica, en un país de homófobos, de intransigentes y de fariseos de doble moral. (…) Conozco parejas casadas legalmente, que no son heterosexuales. Conozco sus vidas, realizadas, tranquilas, sin nada que ocultar ni nada que aparentar. Seres que se aman, se respetan y se complementan en el campo emocional, espiritual y sexual. Conozco también el infierno de muchos hombres y mujeres cuya psiquis se ha visto destruida y se han visto forzados a aparentar una identidad sexual falsa, simplemente por pánico al rechazo, a la discriminación, al señalamiento. (…) La homofobia del procurador no tiene nombre. Debería analizarla con algún psiquiatra, porque quién sabe si ese rechazo visceral y extremo no es la fachada tras la cual palpitan deseos o inclinaciones para él mismo inconfesables de reconocer. (…) No más hipocresía. Respeto a cada individuo y a su identidad, sus derechos y su libertad emocional.” (¿Eternamente en la Inquisición? Por: Aura Lucía Mera. El Espectador)


“La comunidad LGTBI no necesita casarse sino lograr el respeto de sus derechos fundamentales en un entorno poco homogéneo, de múltiples tendencias y complejas particularidades. Vivimos indignados. Por la incompetencia de nuestra clase política corrupta, por el pájaro que le habló al presidente vecino, por el gol que botó el futbolista de moda. Pero la indignación se acaba cuando el político ofrece un puesto (…) El asunto del matrimonio entre parejas del mismo sexo mantuvo a nuestros pensadores locales muy indignados durante esta semana. (Homofobia e Instituciones: Realismo trágico. Por Alejandro Cruz. Revista Semana).


Un sólo tema y si sigue alcanzando esas oleadas de calor, en algún momento explotará una mayor violencia. Sobre ese tema todo debería resolverse, desde el punto de vista religioso, con la pregunta hecha por el periodista: “¿Acaso no somos todos hijos de Dios?”. Para el resto no religioso, el asunto no se resolvería preguntándonos si acaso con la revolución francesa no se logró la igualdad de los seres humanos?

Sin embargo, la intolerancia es de parte y parte, aunque nos podemos seguir diciendo mentiras, ya que con nuestra doble moral el intolerante es el otro, no yo.

Yo lo confieso, soy intolerante e intransigente, hasta cegarme de la piedra, con una serie de actitudes que considero injustas, desde mi punto de vista. Del cuarentón pensionado que para evadir la fila del banco aduce su situación de pensionado; del viejito pensionado que irrespeta a sus demás congéneres en una fila de tercera edad; del hampón que por evitarse una vuelta, saca su carro en contravía; de los jóvenes que se sienten autorizados a estorbar con su gran mochila en el bus y se molestan si uno los empuja; del que se sube por la puerta trasera del bus, estorbando la bajada y se emberraca cuando uno trata de bajarse…, del que no respeta las señales de tránsito, y así de muchas cosas más. Sólo de pensarlas y de ir describiéndolas ya se me ha alterado la presión, la ira se nota y… debo hacer una pausa para retornar a la tolerancia. Pero por ninguno de esos casos mencionados transigiré, seguiré haciendo mala cara o algún comentario venenoso.

Recuerdo mis épocas pasadas en que la tula era la maleta para portar los libros. Hoy, todo el mundo carga una mochila, realmente no sé qué nombre tenga hoy (morrales, lento! Ah!). Y que cargan? Basura que estorba. Un portátil que ni abren para trabajar o estudiar, pero hay que cargarlo; unos libros y cuadernos, por cargarlos… Me hace acordar ver a los niños saliendo en las mañanas con destino al colegio, con unas mochilas más grandes que ellos, llenos de libros que les hicieron comprar pero que nunca abrirán… Como se puede observar todo eso me enerva y se nota mi intolerancia, nada más con leer el párrafo (imagínenme escribiéndolo).

Un minuto de profundo respiro.

Será todo ésto cultural? Cuestión de educación?

Para buscar un poco de paz de alma, me voy a leer el Espectador, vía internet, y me encuentro con:

“El Mundo |23 Abr 2013 - 10:13 am. Francia aprueba el matrimonio homosexual. En la Asamblea Legislativa, 331 diputados votaron en favor del texto y 225 en contra. al aprobarse el texto que convierte a Francia en el 14º país que legaliza el matrimonio homosexual.”
“Judicial |23 Abr 2013 - 9:59 am. Silvia Gette debe recibir apoyo psicológico debido a depresión y ansiedad. El Inpec sigue de manera atenta el estado de salud de la exrectora de la U. Autonóma del Caribe. El Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario, Inpec, informó que sigue una rigurosa observación de la interna Silvia Beatriz Gette Ponce (acusada entre otros de asesinato), quien en los últimos días ha tenido quebrantos de salud. Según el Inpec, los especialistas que la han tratado en la reclusión de mujeres han recomendado apoyo psicológico, debido a que ella ha revelado cuadros de depresión y ansiedad.”
“Actualidad |23 Abr 2013 - 8:05 am. Ministro de Italia recomienda cambiarse de ropa interior cada cuatro días. El jefe de la cartera de Medio Ambiente, Corrado Clini, hizo la sugerencia para ahorrar agua. El funcionario recomendó “desnudarse y colgar la ropa para que le dé el aire. Así, no siempre será necesario meterla en la lavadora. Sólo hay que cambiarse de ropa interior un par de veces a la semana. Si las personas están limpias, ¿por qué cambiarse todos los días?".
“Bebé |23 Abr 2013 - 10:22 am ¡Time out!, para corregir y educar a tu hijo. Todos los niños, a partir de los 12 meses, empiezan a darse cuenta que ya pueden manipular, en mayor o en menor grado, a sus padres.”

“Judicial |23 Abr 2013 - 9:07 am. Violencia contra la mujer. "Solo espero que se haga justicia": mujer atacada con ácido. Una jueza de garantías envío a la cárcel al hombre que pagó para que le arrojaran en líquido en la cara a su compañera sentimental.”

“Nacional |23 Abr 2013 - 8:25 am Menores en Bucaramanga se citan por internet para grabarse en fuertes golpizas. El video luego lo publican en las redes sociales para que todos sean testigos de cómo estas jóvenes resuelven sus problemas”

“Política |20 Abr 2013 - 10:52 am El exvicepresidente que quiere llegar a la Presidencia de la República en 2014 "Le advertí a Uribe que Santos lo iba a traicionar"

“Judicial |23 Abr 2013 - 11:42 am Carrusel de la contratación Contratistas pagaron $500 millones a la Procuraduría para aval de proyecto de fase III de TransMilenio Así lo manifestó el exsubdirector del IDU, Inocencio Meléndez”.


 

Con estas noticias, en un solo día, tomado al azar, quién puede ser tolerante? Quién puede transigir? Que fusilen al que quemó con ácido a la mujer. Una asesina se estresa por estar en la cárcel, pero la atienden en la Country. Los hijos manipulan a los padres? Será que los padres sí tienen derechos? Para trascender ahora por tuiter se insulta gratuitamente, youtube permite que las golpizas se vean indiscriminadamente; en política vale todo, y en contratación todo se compra. Ese es el mundo en el que vivimos. Hasta dónde he de ser tolerante y hasta dónde intransigente?

 

Unas reflexiones que tenía escritas desde el 23 de abril de 2013 (día del idioma, tal vez por ese respeto a la lengua no se me salieron todas las groserías que habría lugar y con todo, aceptadas por la real academia).


Tres años después y aún sigo pensando que los que proclamamos tolerancia nos volvemos intolerantes con los intolerantes, por la intransigencia misma de ceder ante el sentido común, ante mínimas reglas de educación y de decoro, para no hablar de moral. El mundo no ha cambiado en esos años y pareciera que empeora, como no cambió, a pesar de los cambios, en los últimos veinte o treinta años. Por el contrario, pareciera que va de mal en peor, donde la superficialidad impera, donde la razón pierde y gana el patán que grita y demerita sin fundamento.

Y hablando de ganar, contradictoriamente la mayoría democrática está imponiendo lo que en principio y de acuerdo con la sana lógica y sentido común, era imposible de que sucediera. Ya lo dijeron, la democracia casi nunca tiene la razón, pero hay que respetar los resultados, aún sabiendo que si hubieran perdido los otros, nunca habrían aceptado su pérdida.


Ese ha de ser el sentido pésame que hemos de dar a la democracia actual.

Foto: JHB (D.R.A.)