No te comprendo, Dios.
Dime otra vez:
¿Me pides que te dé las gracias o
que te perdone ?
Oriana Fallaci. Un Hombre.
Iniciaré con una serie de disquisiciones, entendidas por su segunda
acepción, es decir como divagaciones, o más concretamente a digresiones que no
llegan a ningún lugar, entendidas éstas como la acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir en él cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal, según veo en la real academia al corroborar
escritura.
No los entiendan como depresiones, como signos evidentes de locura,
como estupideces pensadas en voz alta, porque lo pueden ser, aunque descarto la
primera, porque lejos de ellas, me divierte escribir. O, para ser sinceros,
entiéndanlas como quieran, como dije, es el privilegio de quien escribe,
escribir de lo que quiere y el del lector, leer lo que quiera y de entender su
lectura como quiera.
Son solo conversaciones conmigo mismo, de fatuidades que me llueven en
este inquieto cerebro y que quiero dejar plasmadas en letras, porque si se
quedan en ideas, volando de un lugar a otro entre neuronas y dendritas, los
estragos son mayores, porque los olvido u olvido que fue lo que pensé, que me
ocurre frecuentemente, mientras que lo escrito, al menos puede dar pistas para
una eventual evaluación de estado mental.
Ahora como ya he escrito varios blogs por adelantado, me doy cuenta
que son temas que no tienen una adecuada ilación, que pueden generar confusión,
piénsese que todo ha sido escrito con efusión, la del momento. Son saltos mentales
de diversos temas, casi todos ellos para pensar durante la vejez que nos
espera, pues será el único entretenimiento que nos quedará, fuera de permanecer
con la mirada fija perdida en la infinitud del recuerdo, desde una ventana a la
cual el paseante mirará y jurará que nos encontramos en profundo éxtasis de
filosofía oriental. Nada más lejos que
eso será!
De otra parte, son temas que pueden ofender, temas que se consideran
tabú y es mejor mantener escondidos junto con nuestros más íntimos miedos,
cercados por los secretos inconfesables, si es que los hay! De allí que quedan
advertidos por si no quieren perder el tiempo conmigo y con mis fantásticos
pensamientos, fantásticos entendidos no como de fabulosos, sino de quien dice ‘sólo a él se le podían ocurrir tantas
pendejadas’. Y así es. Por último advierto que pueden estar llenos de
inconsistencias, contradicciones, irreverencias, de simplismo, pero entiéndase
así y perdónese al escritor, como se prologaría en tiempos remotos. Por eso, si
me ven errático, patinador, elusivo y hasta sacaculista, entiéndanme como
dijo Ramón y Cajal: Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe
cambiar de opinión.
Empecemos entonces. El primero que
se me ocurrió: Cuerpo y alma.
El hombre compuesto de cuerpo y
espíritu o alma, si se quiere. Y me asaltó la pregunta: cómo el cuerpo, más
imperfecto que el alma, según dicen, es superior al alma misma? Cómo es posible
que el alma esté subordinado al cuerpo material? Por qué razón? Acaso el alma,
inmortal, inmaterial y perfecta se somete al cuerpo, mortal, material e
imperfecto? El alma, como inmortal que dicen que es, con sapiencias milenaria
de toda la eternidad no recuerda nada, no sabe nada, no le consta nada y ni
siquiera es consciente ni de su inmortalidad, ni de su sumisión al cuerpo ni de
su prisión en éste?
En dónde ha fallado el discurso?
La imperfección –cuerpo- triunfa
sobre la perfección –alma-, en dónde se ha visto eso?
O simplemente somos lo que somos,
independientemente de lo que se espera que seamos?
Hoy prevalecen las interrogaciones y
con ellas, los interrogantes. Eso pasa con las preguntas imprudentes.
Continúo. Y qué deberíamos ser? Se
espera de la humanidad lo mejor de todo, lo deseable, lo bueno, siempre y
cuando se esté sometido a unos cánones que alguien, en algún momento de la
eternidad del tiempo lo dijo, hablando en nombre de una generalidad
inexistente, pero que en virtud del poder concedido, por él y ante él, fue
determinado, fue establecido.
Y eso me lleva a la pregunta: Y
entonces quiénes somos? Quién soy? –Tú lo has dicho! Nada es lo que parece ser,
tampoco es lo que aparentaba ser.
Y voy a la siguiente pregunta: El
pensamiento, así como las pasiones –altas y bajas-, se originan en el cerebro?
Si bien todos dependen del uno y el uno del todo, como buena máquina que es, al
fallar fatalmente una parte de la maquinaria, cuando la pieza que falla no es
posible cambiarla o repararla, hace que colapse la unidad. En este caso, una
falla fatal de cualquier órgano y como consecuencia la caída en secuencia del
dominó correspondiente, induce fatalmente a la muerte.
La muerte, simple cesación de
funciones, cesación de vida, de la vida. No se respira, el corazón deja de
latir, el cerebro se apaga y al hacer, los sentimientos, las pasiones –las más
altas y las más bajas-, los pensamientos cesan y mueren igualmente. El hombre
ha muerto. Hora de deceso: las 24:12.
Y el alma? Y el alma que
aparentemente estaba prisionera y encarcelada en ese cuerpo, queda liberada?
Con qué pensamiento, si esos también dejaron de existir? En que se transmuta,
si es que lo hace? Cómo lo hace? O también murieron y c’est fini?
El espíritu tiene otro idioma, otro
pensamiento diferentes a los de su carcelero?
Cómo algo aparentemente superior puede estar encarcelado y sometido
por algo inferior? No lo comprendo, como nunca he comprendido como millones de
personas –judíos, negros, indios- pudieron estar sometidos a tan pocos nazis,
esclavistas, colonialistas –todos ellos según la época-? Sigo sin explicación.
Teóricamente –aunque nunca se sabrá quién fue el teórico- el alma solo
se libera con el sacrificio y la muerte del débil, del mortal y del
subordinador.
Y me lleva a otra pregunta. El alma tiene sentimientos? Tiene
principios? Tiene pensamientos? Tiene recuerdos? Y aún una pregunta más
impertinente: el alma existe o se trata de otra falsa promesa que se hará
patente cuando la nada se vuelva parte de la nada?
Eso me hace recordar una promesa que le hice a Mónica: cuando yo muera, si no hay nada en el más
allá, vengo y te aviso!
Preguntas impertinentes, de esas que no deben hacerse y todo por culpa
de Bertrand Russell (a alguien hay que echarle la culpa) a quien me dio por
leerle.
No
podemos evitar la muerte aunque con frecuencia podemos retrasarla.
B.Russell.
Por qué no soy cristiano.
Foto: JHB (D.R.A.)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario