miércoles, 31 de diciembre de 2025

CUÁL ES EL PROPÓSITO DE LA VIDA

             Una nueva pregunta que me surgió a raíz de los podcast a los que me he ido aficionando en mis caminatas de soledad.

             Al parecer muchos se la hacen, cuando no se hacen la pregunta de cuál es el sentido de la vida, que pareciera ser la primera que debería hacerse. Quienes no se las han hecho, mejor para ellos, un problema menos en sus propias vidas y es mejor que sigan así, puros, sin malos pensamientos, sin preguntas retóricas amargantes.

             Pero yo, hace más de cincuenta años que me he venido haciendo la primera pregunta, que me parecía más importante que la segunda. Primero hecha de manera genérica, si mal no recuerdo y ante tanto silencio, la precisaba en mi caso. Cuál era el sentido de mi vida.

             Más de cincuenta años rondando en mi cabeza y el silencio haciéndose más acucioso. Y cuál el propósito de mi vida? Planes tenía. Deseos también. Esperanzas las más y tal vez, solo tal vez, en lo más íntimo esperaba una pensión que me asegurara el futuro económico y una vejez tranquila, morirme estando sano, supongo, un paro cardiaco fulminante me es suficiente. Propósito: ánimo de hacer o no. También un objetivo para lograr. Objetivo? Trazarme metas? Muchos deseos, pero nada tangible, porque cada cosa se fue presentando en su momento y arrepentimientos al no haber elegido acertadamente, supongo. Alguna vez tuve en mi mente el ser presidente de este país, hubiera sido un buen dictador. Pero solo fueron objetivos o deseos fugaces ante la imposibilidad de su realización, como que tampoco logré ser astronauta y colonizador de otras civilizaciones exteriores.

             Hoy, llegando a los setenta ya no hay propósitos, cuáles podrían ser? Me pregunto. Vivir el día a día, como vaya viniendo, ojalá en paz y tranquilidad hasta que se me acabe el camino, ese sería mi propósito.

             Ahora, sobre cuál es el sentido de la vida, después de casi setenta años, o cincuenta si descontamos veinte de inconciencia, he de confesar que no le he encontrado ninguno. Hoy en la tranquilidad de la vejez sinceramente puedo decir que ya me tiene sin cuidado la respuesta que pudiera ofrecerme la vida misma. Era una mera pregunta retórica, que por serlo no tenía respuesta y pareciera que no la hay. O tal vez, solo tal vez, la respuesta es la más simple[1] y es la que hoy me acompaña.

             Cuál es el sentido de la vida? La vida no tiene ningún sentido. Simple e impasiblemente es la vida, un neutro filosófico diría yo (si es que es dable decirlo). Y ante este aparente sinsentido lo único que queda es vivir o sobrevivir, según el caso y no complicarse la vida buscando un sentido a algo que no lo tiene. Es la vida y hay que vivirla lo mejor que se pueda y dejar la retórica para otra vida. Y me alegro por aquellos inocentes que no piensan en estas bobadas, felices ellos que le encontraron el sentido a la vida, aún sin saberlo. 

Tenía una manera de andar relajada y bamboleante, y una sonrisa satisfecha se dibujaba en su ancho rostro. Era uno de esos hombres que disfrutan de su trabajo, que no echan en falta nada en la vida y que seguramente no entendía de qué se quejaba tanto todo el mundo. Increíble. No se ve a menudo esa expresión de cara.[2]

             Y hoy, el último día del año, un nuevo cierre para estas conversaciones en solitario, esperando un buen año, extensible a todo aquel que me pueda leer.

Tomado de Facebook
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[1] La "teoría de la respuesta más simple" se conoce como la Navaja de Ockham o principio de parsimonia, un principio filosófico y metodológico que afirma que, ante varias explicaciones para un mismo fenómeno, la más sencilla, la que requiere menos suposiciones o entidades, suele ser la correcta, bajo el lema "la pluralidad no debe postularse sin necesidad"

[2] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1). Karin Fossum


lunes, 29 de diciembre de 2025

JUSTICIA

             Me preguntaba cómo creer en la justicia, porque ni en la divina hay justicia. La pregunta llegaba por unas noticias de la actual honorable corte constitucional (en minúsculas porque ya no me ofrece respeto). Una de ellas la de la llamada puerta giratoria, tú me nombras yo te nombro, el negocio impuesto y eso me llevó a decirme cómo puede uno creer en la justicia si así son sus aplicadores.

             Cuando nació la Corte Constitucional (esta vez sí en mayúsculas) los primeros magistrados además de su visible honradez (al menos nunca se supo nada extraño de ellos), eran filósofos, verdaderos doctos, leer sus sentencias era agradable, se aprendía, se entendía, eran respetables, eran verdaderos señores. Estuve muy orgulloso de ellos[1]. Hoy… ya es otro cuento.

             Solo pensar en la demanda de inconstitucionalidad de la reforma pensional. Nada más aprobada la ley se presentaron las consabidas demandas y la honorable corte se puso a buscar la comba al palo y la encontró, un error de procedimiento, como si eso no la hiciera de por sí inconstitucional, razón para declararla como tal; pero la sabiduría actual decidió devolverla al congreso (en minúscula porque no me merece ningún respeto), con teorías que ahora se imponen en gracia de teorías novedosas y extranjeras, lo cual dilataba la decisión final. El congreso, como cosa rara, dilató el trámite. Volvió nuevamente después de varios requerimientos y los honorables magistrados parece que dilataran la decisión con impedimentos y demás argucias legales, llegando ahora a que no pueden decidir porque entran a vacancia judicial y primero es lo primero. Lo mismo acaban de hacer, porque están en vacaciones, ante la declaratoria de emergencia económica, permitirán que se impongan las locuras de su majestad y ya dentro de un año dirán si eran o no constitucionales. Por eso he dejado de creer en la justicia, es para los de ruana.

             Y además otra cosa que me llama la atención de los abogados es ver cómo se usa en los despachos judiciales los terminachos grandilocuentes, las frases envolventes, las argucias pomposas, ampulosas y con ello quiero significar que lo único cierto es que de esos abogados que escriben tan pomposamente, litigantes o jueces, debe desconfiarse, enredan lo que no lo es, tuercen las verdades sin rubor y con ello desaparecen la justicia, en la que ya no creo, repito.

             Lástima de los buenos tiempos, si es que los hubo. 

El viejo principio de que justicia demorada es justicia denegada no parecía aplicarse a esta laboriosa estructura.[2]  

De Conrad aprendí, entre otros, que el verdadero héroe no es el que lleva la bandera. El héroe es quien convierte en su íntima bandera palabras como dignidad, valor y decencia. Y está dispuesto a pagar por ello.[3]

Tomado de Facebook
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[1] Ciro Angarita Barón, Jaime Sanín Grave, Alejandro Martínez Caballero, Fabio Morón Díaz, Eduardo Cifuentes Muñoz, José Gregorio Hernández Galindo, Antonio Barrera Carbonell y el inolvidable Carlos Gaviria, con sus perfectas sentencias llenas de filosofía y buenos pensamientos.

[2] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.

[3] La cueva del cíclope. Arturo Pérez Reverte.


viernes, 26 de diciembre de 2025

DIÁLOGO INTERNO

             Oía un Podcast de la BBVA  (Ser feliz es vivir con el corazón despierto) y dentro de la que se decía me llamó la atención alguna frase que decía que uno debía mantener un diálogo interno permanente, como permanente son los pensamientos cuando estamos solos o absortos en nosotros mismos. Allí surgen las conversaciones optimistas y pesimistas; las optimistas, cuando no estamos demasiado optimistas nos dan alguna zancadilla para que dejemos de estarlo y las deprimidas, nos trata de espantar cualquier síntoma de optimismo pesimismo con frases que llevan a más depresión.

             Lo he dicho, el cerebro es un traidor, no nos puede ver muy felices porque le encanta sembrar la cizaña. Por qué a mí, por qué me pasó, por qué no puedo ser feliz, etcétera, etcétera. Por pendejo, nos responderá, cuando está decente, pues de lo contrario nos dirá: por güevón.

             Y en efecto el cerebro es de lo más pesimista que hay, siempre nos hace una zancadilla, nos tiende una trampa, no nos deja una vida al menos tranquila y pausada. Por eso tenemos tanto pensamiento negativo o dubitativo: apagué la estufa? Cerré bien la puerta? A alguien le oí o leí que el cerebro era un hijueputa que jugaba con nosotros y buena razón que tiene.

             Sin embargo, todo tiene su contra y a él se le puede atacar también, con las mismas trampas que usa y es un ejercicio simple. Lo dicen las autoayudas, lo dicen los sicólogos, lo dicen los que saben y hasta lo deben decir los estudios de alguna universidad gringa, lo cual da más credibilidad (pues a mí quién me puede hacer caso, que ni yo mismo me creo los cuentos que me invento). A una intervención negativa una reacción positiva.

             Lo he utilizado y parece que da buen resultado. Apagué la estufa, oiré cuando ya estoy en el bus. Pues que no explote mientras llego, me contradigo. Cerré la puerta al salir? Pues si no lo hice no hay mayor cosa qué robar y de aquí a que me devuelva para ver que efectivamente sí la había cerrado, el falso positivo imaginario ya ha desaparecido. Que tiene cáncer? Pues qué se le va a hacer, nada puedo hacer yo o sí? Que se murió? Pues qué vaina, es algo que sucede tarde o temprano y no puedo hacer nada.

             Peor cuando a ese cerebro le da por ser predictivo, futurólogo. Que le va a pasar algo malo, dice sin ningún fundamento. Pues que pase, aunque casi nunca pasa nada, pero sí ha generado una rara sensación de desasosiego, el muy cabrón sabe dónde actuar. A un cabrón de esa calaña hay que responderle como un buen sicópata. A cada interferencia negativa, dañina, destructiva hay que responderle sin compasión haciéndole saber que ni predictor ni futurólogo es, que simplemente es un cabrón que no nos puede ver felices, al menos contentos, por lo menos tranquilos, que es un pobre pendejo al que no nos someteremos, porque no le tenemos compasión, como un buen sicópata.

             Y a partir de tanta contrarrespuesta opuesta, se va sometiendo y cada vez que aparece basta con recordarle diciéndole: Otra vez con sus güevonadas? (perdonen la subida idiomática poco ortodoxa, pero necesaria, con paños tibios no entiende ese cerebro, hay que tratarlo con la rudeza con la que nos trata o si se quiere, para ser más decente basta decirle: Otra vez con sus pendejadas? Váyase para sus tres… perdón, cada cual usará el lenguaje que le parezca más apropiado para tratar a su otro yo que nos incomoda).

             Si es proclive a los malos pensamientos (ya sabrán a cuáles, porque hay otros de ese tipo que no convienen olvidar), si es pesimista (aunque sea por naturaleza), si tiende a la depresión, combata a ese alter ego, ese otro yo, ese super ego o como se llame, ese que nos hace daño generándonos culpa, desazón, inquietud, inseguridad como un buen sicópata, no le crea y mándelo a la… al carajo. Basta con perderle miedo.

 Curiosamente cuando escribía la palabra depresión oigo cantar al Perales y me recuerda el libro del mismo nombre, Buenos días, tristeza, y es eso lo que hay que hacer para combatirla. Y decirle que si dejé encendida la estufa, pues que explote, qué más se puede hacer y si no se cerró la puerta, pues que el viento la cierre por nosotros, qué más se puede hacer y si se murió o le dio cáncer, pues que Dios le ayude, pues nada puedo hacer, es la ley de la vida.

 Este escrito me quedó muy bueno como para comenzar el manual del buen sicópata, ya veremos. 

Yo estaba conmigo y sin nadie.[1]

Tomado de Facebook
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[1]
El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari. 

jueves, 18 de diciembre de 2025

CADENAS

 

Una lectura, que adelante transcribiré, por ser ilustrativa, me hizo acordar de la época aquella en que en fotocopia le llegaba a uno una oración para iniciar una cadena irrompible so pena de un castigo divino. Y luego, con la llegada del internet, esas cadenas comenzaron a proliferar por las nubes generando el sentimiento de culpa en uno si no la reenviaba, la condenación era definitiva y hasta los menos crédulos como yo, al inicio caíamos ante el invencible temor de que las brujas no existían, pero que las había, las había.

 

Cómo es de manipulable el ser humano, veo hoy con ojos del ayer y la mejor descripción del cuento lo leí en estos días, decía:

 

A los trece años me vuelve a pasar algo parecido con los milagros. Descubro, en el zaguán de casa, la primera carta de toda mi vida, con mi nombre y mi apellido engalanados por la palabra «Señor». La abro con el corazón en un puño y leo: «Copia esta Oración del Santo Sacramento nueve veces en letra de imprenta y envíasela a nueve amigos por correo certificado». Al dorso de la oración (que era larguísima) venía lo más emocionante: te explicaban lo que les había pasado a las personas que no habían hecho caso. ¡Eran unas maldades buenísimas, las mejores desgracias que escuché nunca!

Es el día de hoy que no me puedo olvidar del pobre John Saldívar, de Denver (Colorado) quien, creyendo a esta cadena una broma de mal gusto, no solo no cumplió con los reenvíos sino que la botó al retrete. Qué miedo más grande me daba esa frase. Yo no tenía la más puta idea de lo que significaba «botó al retrete», pero me parecía terrible que John Saldívar hubiera hecho semejante barbaridad. Además, lo que le pasó a este hombre fue escalofriante: dos días más tarde del asunto del «botó», John fue despedido de su empleo, una semana después su esposa lo abandonó por alguien más joven y al mes, más o menos, murió arrollado por un carro. Qué hijos de puta, con cuántos argumentos te convencían. La carta también te informaba sobre la enorme suerte que habían tenido los que sí habían cumplido el mandato, pero eso ya no es tan divertido de contar.

Me acuerdo que me puse enseguida a copiar las nueve cartas y a pensar en los amigos que elegiría para mandárselas, empezando por el Chiri. Iba por la tercera copia a máquina, y entonces Roberto me dijo que aquello de las cadenas postales era un tongo del correo para que los incautos gastaran en estampillas.
¡Por qué! ¿Con qué necesidad había que bajar de un hondazo las ilusiones de un chico? ¿Qué le importaba a Roberto si el correo ganaba más o perdía menos?[1]

 Ahora sonrío al recordar cuántos caímos en nuestra época, con un sentimiento de culpa ajeno que nos fue implantado por nuestra propia culpa, al creer en tanta estupidez y pensar que hoy, pareciera, somos más incautos y estúpidos, debe decirse, frente al nuevo mundo de la información falsa o fake news como se le conoce ahora, definitivamente no hay nada nuevo en este mundo, lo mismo pero con sutiles cambios. Seguimos siendo los mismos ingenuos de hace siglos, por no decir los mismos estúpidos de siempre. 

¿Sabe qué es lo que daña la capa de ozono? Los fanáticos de la comida sana, que comen ese horrendo salvado y barritas de frutos secos, y se van tirando pedos por el campo. Soltando gases y ventosidades venenosas. Hay que acabar con ellos[2]

Tomado de Facebook
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[1] El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari.

[2] Agatha Raisin y el veterinario cruel. MC Beaton. Y no se piense que la cita no tiene nada que ver con el tema, pues la ironía es grande.


lunes, 15 de diciembre de 2025

*TEST*

                Hacía rato que no me llegaban esas cadenas que le hacen ver a uno más anciano de lo que es, preguntas al aire que solo buscan sacar una sonrisa pero que traen recuerdos y momentos, gratos y no gratos y que eran tan comunes en los inicios del internet. Y en estos días por whatsup me llegó uno en el que reí porque parecía que habían descubierto mi edad ya que casi todos me aplicaban, aunque las preguntas parecieran que iban dirigidas a mujeres.

                Y se me ocurrió ver hasta dónde llegaba mi recuerdo en el test recibido, de ahí que a la pregunta que se formula en él, responderá mi recuerdo, si lo hay, si no lo he olvidado, me digo.

 

1. ¿Alguna vez usó Liguero?

               Pues no, eso lo usaban solo las mujeres, pero dicen que solo ver por asomo un liguero era ya un logro para el hombre que lo viera, puesto naturalmente. No contaba el liguero de la mamá, porque eso ya es otra cosa, uno de niño al pasar por el patio donde colgaban la ropa pues los distinguía, digo en mi defensa. Como era niño en esa época pues mis hermanas no usaban porque también eran niñas y solo lo usaban las mujeres grandes y lo mostraban las otras, supongo.

 

2. ¿Iba a misa de Mantilla?

               Tampoco, porque sencillamente ni los hombres ni los niños los usábamos pero recuerdo que era un velo, blanco o negro que se ponía y cubría toda la cabeza. El de las niñas era pequeño y redondo, generalmente blanco. Por el contrario los hombres debían entrar a la iglesia con cabeza descubierta, sin sombrero ni boina, cosa curiosa, los roles estaban bien definidos en esa época. Este recuerdo lo tengo claro, aunque mantilla y velo fueron desapareciendo paulatinamente, supongo que hasta que las mujeres perdieron recato y ya iban en minifalda y escote, época en que uno rogaba que se agacharan.

 

3. ¿Le daba a su mamá un Ramillete Espiritual para el Día de las Madres?

               No, en el colegio, de monjas para precisión y eso quiere decir que fui a primaria con monjas, no era ramillete sino que nos hacían hacer una tarjeta de felicitación, por lo que tocaba esmerarse con la mejor letra posible. En algún lugar de los recuerdos luego de morir mi mamá me pareció haber visto una de ellas, ahora me pregunto, qué se haría?

 

4. ¿Le tomaron fotos-en el centro de la ciudad, con máquina de retratar de foto agüita o fotógrafos callejeros?

               Me hizo acordar cuando íbamos con mi mamá, especialmente al centro de Bogotá y en la séptima entre calles once y trece estaban los fotógrafos callejeros pendientes para la toma en posición, calculando si el transeúnte podía o no pagar la foto. Aún tengo alguna que otra con mi mamá, supongo que tendría unos seis años, tomado de su mano al lado de alguna de sus amigas. Y qué decir cuando vendían la foto en transparencia dentro de un minitelescopio para ser vista a contraluz.

 

5. ¿Aprendió a escribir con manuscrita/cursiva?

               Tocaba, no había de otra, era esa o esa escritura, no se permitía otro modelo, por más creativo que uno pudiera ser.

 

6. ¿Oyó discos de 45 rpm y 78 rpm?

               Y hasta 33 rpm (revoluciones por minuto, para los que lo ignoran). Y cuando no había nadie en la casa, en la radiola (otro adminículo hoy inexistente en los hogares) me ponía a jugar cambiando las revoluciones para oír las diversas variaciones. Creo que hoy eso lo hacen los diskyoquies (o como se escriba) y por eso les pagan, lo hubiera sabido yo antaño.

 

7. ¿Oyó misa en Latín con el Padre de espaldas?

               En efecto, hasta aprendí algo de latinazgos como el ora pro nobis, anima mea, kristi ileison, ite missa est que era la mejor frase porque indicaba que ya nos podíamos ir, que la misa esa tan larga se había acabado. Sobra advertir que luego de la primaria estudié con curas lo que indica que tocaba misa casi todos los días y luego del Vaticano II me tocó misa en español y tocaba aprenderse todas las respuestas que hoy casi he olvidado y que recuerdo vagamente solo cuando voy a misas fúnebres, porque a estas toca ir, ya saben, el último adiós. Espero que cuando me toque mi turno se salten esta parte del espectáculo de la vida.

 

8. ¿Comulgaba estando en ayunas, aún a las 11 am?

               Ah, creo que tenía en esa época hasta espíritu de cura pero ni monaguillo fui. Pues claro, todo católico, especialmente niño, tenía que comulgar en las misas y el problema o mejor, la angustia, era que no se cayera la hostia o de no morderla, porque la culpa de morder a Jesús era muy berraca y que la boca le supiera a sangre, aunque fuera divina. Muchas taras las que me dejaron los curas. Con el tiempo logré curarme o al menos eso me digo.

 

9. ¿La nevera había que descongelarla por el montón de hielo que se formaba?

               Cuál no? Y eso sí que era un camello, fuera de tener enteleridos los dedos por el frío tan berraco. Aunque también se raspaba cuando no había hielo o cuando a falta de plata tocaba hacerlo para aparentar que uno había comido helado.

 

10. ¿Su casa tenía zaguán? 

               Cuál no? Hasta teníamos tres. El de la cocina, el hueco, la despensa, así las llamábamos, todas cual misteriosas y terroríficas, por su oscuridad, el velo de misterio y la posibilidad que le saltara a uno algún ratón o bicho desconocido, por eso era mejor mantenerse en la distancia salvo orden paterna o escondite en caso de juego.

 

11. ¿El teléfono era negro, se marcaba con un disco y estaba en la sala?

               Tal cual, aunque no estaba en la sala, sino en el hall, ese lugar espacioso en donde se colocaba la televisión, aunque con el tiempo fueron dos, uno, el de arriba, el del hall y otro cerca de la entrada al comedor, al terminar las escaleras que venían del segundo piso, porque en esa época se vivía en casas, generalmente de dos pisos. Hasta recuerdo cuando uno preguntaba por algo que necesitaba le respondían: está en la mesita del teléfono y ya uno comprendía el resto.

 

12. ¿En Navidad hacían pesebre con musgo?

               Ese es otro cuento, la navidad, mucho para hablar, pero concretando, el pesebre se hacía en el garaje, con un telón de fondo que había pintado mi papá, tomado de una escena de algún pintor famoso que representa a Jesús (la oración en el huerto de Getsemaní, si mal no estoy) en una colina en el anochecer, pero sin Jesús, hasta allá no llegaba el talento pictórico de mi papá. Y el pesebre con el musgo de rigor, no podía faltar, con uno que otro quiche (para el que no sepa que lo investigue, porque el cuestionario es muy largo). Las casas fueron hechas de barro, aprovechando que en la esquina estaban haciendo los cimientos de la iglesia parroquial y de allí se tomaba la greda; en esa fabricación creo que intervinieron mi papá y mi hermano mayor, el de mostrar en la casa, y se conservaron por muchos años, réplica de las simples y pobres casas judías de la época. Tenía un río (algodón) y un lago (un espejo) y además de las figuras tradicionales, con el tiempo íbamos rellenando los espacios con carros, aviones, muñequitos de plomo o plástico, y cuanto animales teníamos para jugar. El tamaño era lo de menos, el pato podía ser cinco veces más grande que el elefante, a quién le importaba?

 

13. ¿Les repartían la leche en botella a domicilio?

               Estén pendientes del carro de la leche, creo recordar, las botellas están en la puerta, precisaba mi mamá. Aunque eso fue por muy pocos años porque ya con el tiempo se compraban en la tienda más próxima y la botella de vidrio evolucionó a la bolsa de leche. ¿Supongo que alguna que otra vez la hijuemadre botella se me debió caer en el camino y ponga la cara ante mi mamá para decirle que se me había roto una botella y creo recodar que alguna vez fui por varias bolsas de leche y al regresar se me cayó alguna y fijo, a quién más le podía ocurrir que se le rompiera? Pues a mí, claro está y cómo zafarse del embrollo? Eso es otro cuento.

 

14. ¿Usó Merthiolate para las raspaduras?

               Era experto en rasguños, raspaduras y chichones. Remedio efectivo, el mertiolate y sí que ardía el hijuemadre y cuando la raspadura era grande quién dijo quitarse la costra y vuelva con el mertiolate.

 

15. ¿Vio a Los Munsters, Los locos Adams, Mi Bella Genio, Los Picapiedra? (si tenía tele)

               Y a Rintintín, Bonanza, Perdidos en el espacio, Naturalia y no sigo porque la lista sería larga y los mencionados en el test son más contemporáneos a los que vi, por solo decir que vi a Lassie.

 

16. ¿Usó pantalón acampanado de terlenka?

               Supongo que sí, no lo recuerdo, pero usé en ya entrada mi juventud pantalones de bota ancha y camisas de cuello igualmente ancho, a cual más. Por ahí tengo una que otra fotografía de esas épocas, con mis patillotas y sí que me he reído al verlas y al recordar que había olvidado que una vez fui joven y estuve a la moda.

 

17. ¿Llenó el álbum de "Amor Es.."?

               Creo que alguna de mis hermanas o ambas lo hicieron y naturalmente las veía, las estampas, no a mis hermanas, y ya no me acuerdo si me reía de los mensajes o los miraba con la añoranza de la envidia. Pero sí, hice algunos álbumes que quedaron inconclusos por dificultades económicas, se diría hoy.

 

18. ¿Usó crinolinas?

               Yo no, pero mis hermanas si alcanzaron a usarlas, que si mal no estoy fueron desapareciendo hacia mediados de los sesenta, aunque una niña se daba importancia social si tenía una crinolina. Yo usaba calzoncillos, aclaro.

 

19. ¿Presentó exámenes con regla de cálculo?

               A duras penas, aunque sí jugaba con la de mis hermanos (uso el plural porque creo que era de mi hermano, el de mostrar). Pero creo que sí me enseñaron los rudimentos (no mis hermanos) sino en algún momento en el colegio, no tengo claro el panorama.

 

20.¿Uso zapatos 'coca-colos' ?

               Supongo. Lo que sí usé fueron carramplones[1] en los zapatos y con ellos, sobre todo con el puntero, se daban unos patados de padre y señor mío. Con el trasero (el que se ponía en el tacón, aclaro) se sacaban chispas. Uno se divertía en su juventud.

 

21. ¿Le daba cuerda al reloj todos los días por la noche?                    

               Tocaba, porque si no se quedaba uno perdido, era la única forma de conocer la hora o en el reloj de péndulo que toda casa que se respetara tenía. Cómo cambian los tiempos y hoy la juventud preocupada porque el reloj que pueda comprar debe tener la hora precisa del reloj atómico, con oscilador igualmente atómico, mientras que en mi época nos poníamos cita con solo decir que hacia las doce o nos vemos a medio día y con eso ya precisábamos todo.

 

22 ¿Para el sermón, el cura se subía al púlpito?  

               Creo que cuando estaba chiquito y eso porque sólo las grandes iglesias lo tenían, no tengo muy frescos esos recuerdos.

 

23. ¿Oyó radionovelas?

               Y quién no? Kaliman, el hombre increíble. Sandokán y tantas otras, generalmente a las cinco de la tarde. Eso ayudó a que mi imaginación fuera más fértil y oíamos hasta radioteatro porque mi papá, que sí era culto, lo ponía y así sin querer queriendo fuimos culturizándonos, sobre todo en cuanto le encantaba oír música clásica, de todo tipo, muchas de ellas que me parecían deprimentes, pero qué se le va a hacer, era el jefe y ni modo de expresar oposición, porque en esa época era impensable; al menos se respetaba, así fuera por miedo.

 

24. ¿Sabe quién es Lorenzo y Pepita, La pequeña Lulú, Carlitos, Archie,?

               Pregunta tan obvia. Los mejores amigos de uno eran los que tenían cuentos, así los llamábamos nosotros, ahora se han civilizado tanto que se llaman comics. Y qué decir esperar a ir a la peluquería por el placer de leer cuentos a lo loco. Eso me hace recordar a un cura del colegio, le llamábamos Papías, viejo como él solo, tan viejo como el San Bartolomé Mayor, en donde tenía su cuarto. A la salida de la tarde, a las cinco, el cura abría su cuarto y lanzaba unas bolas de cristal, creo que como hasta unas diez y el que las recogiera podía entrar a su pieza, entre cinco y siete, si mal no recuerdo, en donde tenía de piso a techo puros cuentos de toda especie y nos sentábamos a leer. Además en el entretanto el cura elegía a dos o tres para que pasaran a embolarse los zapatos, era su forma de lavatorio de pies, supongo y al finalizar se ganaba una colombina para el camino. Ah bellos tiempos.

 

25. ¿Se santiguó con agua bendita al entrar y salir de la iglesia?

               Era lo que tocaba hacer y hasta al santiguarse en los alrededores de la boca quedaba agua bendita que sabía a mil demonios, no tenía conciencia, por ser un acto divino y agua bendita, que el sabor obedecía a la multitud de manos cochinas metidas en la pileta. Cosa tan antihigiénica pienso hoy, antes no se transmitían más enfermedades gracias a Dios.

 

26. ¿Jugó 'bolita debilitas, trompos, 'Yo-yo', 'Stop', 'Las Escondidas', chequitas, con los vecinos de su calle?

               Parte de la belleza de la niñez de mi época era esa, salir a la calle a jugar con las amistades y tantos recuerdos que hay, tantos.

 

28. Su mamá hervía una jeringa de vidrio en una cajita de acero inoxidable para inyectarlo?

               Eso se llamaba poner una inyección y sí, sí teníamos la caja de acero inoxidable, la jeringa de vidrio y unas agujas que de solo verlas daba miedo y se guardaba en el baño, en esa caja que llamábamos espejo que tras él estaba la máquina de afeitar, la brocha, las cuchillas de afeitar, el yodo y hasta el bendito mertiolate. Y se hervían, jeringa y aguja, cuando se necesitaban porque no eran desechables. Recuerdo que en mis primeros pinitos de juventud mi papá me pidió que le aplicara una inyección, al parecer no había nadie más capaz de hacerlo y tocó, pues orden es orden. A la tercera sesión ya me sentí experto, en la primera la mano tembló que creo que hasta le dolió al anciano más de lo mandado.

 

Y el test concluye con esta advertencia: Si Usted contestó afirmativamente mínimo a 10 preguntas no lo dude más: ¡Ud. está en la Tercera Edad! Abríguese antes de salir,  No haga disparates. ¡¡¡Usted ya no aguanta un aire frío ni el sereno... Acuéstese tempranito y en paz con DIOS!!! Ups !!! !!Mándaselo a uno que está por entrar a la tercera edad a mi me lo mandaron por equivocación. 

 

               Ahora me doy cuenta que si me diera por escribir mi biografía anecdótica tendría para largo y eso que mi vida ha sido simple, sin aventuras, es decir corriente y sosa, aburridora, dirá el que más, pero algo es algo, los recuerdos quedan y se aventuran a aparecer con cualquier recordatorio.

 

Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, cinco. En las historias de la vida real quizás cinco años suenen a poco, pero para una anécdota virtual cinco años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] m. Co. obsol. Pequeña lámina de metal que se pone en las suelas y tacones de los zapatos para darles mayor firmeza y duración. Nótese la connotación con que inicia la definición obsol que quiere decir obsoleto, para quienes no sean tan viejos como yo.

[2] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.


viernes, 12 de diciembre de 2025

JAMÁS, JAMÁS

             Una pregunta que jamás, pero jamás de los jamases se debe hacer bajo ninguna circunstancia, lo que permitirá una mejor subsistencia. Y menos hacerla a una mujer, aunque me califiquen de machista, pero si no me creen inténtenlo y me contarán si sobrevivieron sin consecuencias. Y si con la mujer hay alguna relación sentimental, menos. 

Qué te pasa. Esa es la pregunta que no debe hacerse y como dije, jamás, pero jamás es jamás, así le dé cargo de conciencia, complejo de culpa o sentimientos encontrados. Y nunca si la respuesta ya la sabe. Si no la sabe, lo mejor es permanecer en la ignorancia, porque lo que se ignora presume inocencia y por inocente es mejor no caer porque como repito, las consecuencias pueden ser más catastróficas.

 Y si a la pregunta se le agregan tres palabras más, la explosión es mayor. Una cosa es preguntar qué te pasa, que ya de por sí es peligrosa la respuesta, si le agrega es lo que esa sí que es espantosa, nunca pregunte entonces qué es lo que te pasa, porque ya de por sí entenderán despectiva la pregunta, como si tuviera más veneno la pregunta, como si fuera insultante y uno siendo inocente, puede morir por agregar letras que no se deben; nada más intente pronunciar las dos frases aparte, una seguida de otra y me entenderá.

 En estas circunstancias y antes de atreverse a hacer la pregunta lo mejor que se puede hacer es guardar silencio, absoluto silencio, hacerse el pendejo como si no pasara nada, hacerse el desentendido, si se quiere, hacerse el loco como si no se hubiera dado cuenta de que pasaba algo, como si no sintiera la tensión que se produce por algo que sucedió en algún lado y al ser ajeno uno a esa situación lo mejor: callarse, dejar que pase el vendaval, que ya pasará, algún día, pero pasará y por cuestiones de supervivencia, lo enseñó Darwin, lo mejor es pasar de agache, como si nada pasara y nunca tratar ni amagar una caricia, eso es peor. Y este consejo adquiere mayor relevancia si sabe que le pasa algo por algo que en el pasado o en el futuro inmediato lo ocasionó uno y ahí sí, mejor cobarde que muerto, hay que hacer caso a la madre naturaleza que le enseñó a ciertos animales que ante el peligro lo mejor es hacerse el muerto.

 Uno sabe cuando algo pasa, el silencio se hace prolongado, se oyen las moscas revolotear, hay miradas y expresiones extrañas, de vez en cuando gimoteo (en este caso andar con más cuidado), movimientos ásperos, mirada asesina o cuasi asesina, como de desprecio, de noaguantomás que uno sabe reconocer en la distancia. El mejor consejo cuando el ambiente se ponga así, se ponga tenso con señales de vendaval lo mejor que se puede hacer es hacerse el pendejo, el desentendido, el no es conmigo, no es mi problema (palabras que mentalmente hay que repetirse constantemente para no caer en la tentación de hacer la pregunta en voz alta) hasta que todo pase y si no pasa, pues jodido, seguir haciéndose el pendejo pues ante la tentación se puede recaer y después no digan que no se los dije, pues quedan advertidos.

 Si se es culpable de la situación, hacerse el muerto hasta que el oso pase por encima de uno (dicen que es efectivo lo de hacerse el muerto, porque el oso no es carroñero, vaya a saber uno si es verdad). Dé papaya y es hombre muerto. Si es inocente, con mayor razón hacerse el pendejo, no es su problema y ya verán cómo al amainar la tormenta le dan las gracias por no haberse metido donde nadie le llamaba. Cuestiones de supervivencia. Y si por alguna circunstancia sabe la razón y no está involucrado en ella, guarde silencio, absoluto silencio, mantenga la distancia y siga viendo televisión como si no hubiera pasado, es por su bien que se lo digo.

 Ojalá lo hubiera sabido siglos atrás, me hubiera ahorrado más de un problema, aunque nunca es tarde para aprender. Y recuerde, nunca, pero nunca, nunca jamás haga esa pregunta ni con la de la de tres palabras adicionales y jamás de los jamases si puede estar involucrado en la situación originaria, es mejor hacerse el inocente, más inocente que Jesús en el pesebre y creo que sobrevivirá, con esquirlas, pero vivo. 

En sus memorias para el Delfín hay una afirmación al respecto con total franqueza; las promesas de amistad eterna y alianza permanente no son sino cortesías diplomáticas, escribió Luis (XIV), y carecen de sentido más allá de la utilidad del tratado.[1]

Tomado de Facebook
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[1] La era del ingenio. Anthony C. Grayling.


lunes, 8 de diciembre de 2025

DESCRIPCIONES

             Voy a hacer unas transcripciones como parte de un experimento que no he podido superar, he de confesar: 

Tenía un cabello tupido y brillante y unas piernas bonitas. Su figura era un poco regordeta por los costados y tenía el cuello corto.  

La señora Toynbee era una mujer pequeña, «blanda», casi como una nube de malvavisco, pero no estaba gorda. Tenía el pelo plateado y le formaba una aureola alrededor de la cabeza. La cara era del tipo que los novelistas románticos describirían como con forma de corazón. Tenía unos grandes ojos azul celeste y pestañas rubias. Su pecho fofo estaba cubierto por un suéter de noche que relucía, casi blanco gracias a las lentejuelas plateadas, y se extendía sobre una falda larga con motivos florales. Agatha calculó que debía de rondar los cuarenta y tantos,  

La recepcionista, de piel morena lisa y ojos de cierva, tenía acento jamaicano y unas hombreras dignas de un jugador de fútbol americano.  

Es una mujer mandona, alta, delgada y curtida.  

Rondaba los cuarenta, era fuerte y moreno, y el pelo negro empezaba a grisearle en las sienes. Tenía una nariz grande y carnosa y una boca pequeña, cejas pobladas y tupidas y una cabeza de buen tamaño. Su ancha figura estaba envuelta en un traje de raya fina, y sus diminutos pies en zapatos de cordones negros, como de niño. Parecía el dibujo de un hombre pintado en un globo. Agatha tuvo la descabellada idea de que, si le ataba una cuerda alrededor de los tobillos y lo sacaba por la ventana, se alzaría flotando hacia el cielo.
Pero entonces entró Guy, el hermano, y Agatha se olvidó rápidamente de Peter. Guy Freemont era atractivo. Alto y esbelto, el cabello negro azabache, ojos muy azules, piel bronceada y cuerpo de atleta. Agatha le echó treinta y tantos.
 

Era una mujer regordeta de mediana edad, con piernas bonitas, cara rellena y diminutos ojos redondos que contemplaban con suspicacia el mundo que la rodeaba. Siempre se había enorgullecido de su pelo, tupido, castaño y lustroso. Agatha Raisin y el mago de Evesham. 

La lectura de las aventuras de Agatha Raisin[1] y sus descripciones de personas, cualquiera diría, son suficientemente claras como para que uno se imagine al personaje de carne y hueso. Pues cuando leo las descripciones trato de que en mi imaginación el personaje tome forma, pero eso de que era una mujer regordeta de mediana edad y de piernas bonitas no ha logrado materializarse en mi imaginación, por el contrario, me hace recordar a mi mamá cuando definía a alguna mujer conocida, cuando empezaba con el: alta ella, ya quería describirla como alta, estilizada, de buen porte y clasuda, vaya a saber uno si era así.

 Creo que con eso quiero significar mi poca imaginación descriptiva, tanto como la de los avisos de desaparecidos que por más que me concentrara en verlos en persona no soy capaz de distinguirlos, si los viera, minutos después.

 Y eso me lleva a pensar también en el cambio de modalidad idiomática en restaurantes, particularmente de aquellos que se creen que si utilizan un idioma grandilocuente que no entienda nadie les autoriza a cobrar más, pero que saben que nadie se atreverá a preguntar para no evidenciar la ignorancia y así les dé clase, y se sienten autorizados a cobrar lo que cobran. En efecto: No pueden tener nada que se ajuste a una descripción tan simple como ensalada de jamón. —Aquí lo llaman Cerdo Asado de los Mares del Sur, troceado y en un lecho de ensalada crujiente con picatostes de Galleta Marinera.[2] 

 Simplemente concluyo que son descripciones que mi pobre imaginación no llega a imaginar, así ando ahora! 

Me gustaba saltar al vacío de las definiciones sin saber si abajo había agua. Por inseguridad supongo, pero también por orgullo, sospechaba significados rocambolescos y los daba por buenos. También creí, durante años, que el orgasmo era un pianito eléctrico que mi tía Luisa no había tenido nunca. [3]

Tomado de Facebook
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[1] Marion Chesney. Agatha Raisin y el mago de Evesham. Agatha Raisin y los paseantes de Dembley. Agatha Raisin y …

[2] Agatha Raisin y el mago de Evesham. Marion Chesney.

[3] El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari. 

lunes, 1 de diciembre de 2025

EXIGENTES

             Me topé en el taxi yendo a casa. En alguna esquina el taxista hizo un pare más largo que lo corriente, dejando pasar a un mendigo, o al menos eso era lo que aparentaba; lo llamó por la ventanilla y sacando una bolsa le dijo: Ey! Tengo estos tenis casi nuevos que no me quedaron bien, tome si le interesa. El mendigo, o al menos el que así lo aparentaba, se volvió y dijo secamente: Yo no recibo eso.

             Vaya, vaya, los dos, el taxista y yo, quedamos asombrados y con la mirada nos dijimos: Vea pues, el cliente nos salió exigente y entre conversación y conversación nos contamos las veces en que últimamente habíamos sido testigos de tales desplantes y rechazos de parte de esos desfavorecidos (diciéndolo en términos políticamente correctos, para no ofender, ja!). Habíamos visto mendigos (el que se quiera ofender por el término, que se ofenda, qué le vamos a hacer), como decía, luego del paréntesis que cortó la frase, habíamos visto mendigos últimamente a los que se les daba algo de ropa y que al dar la vuelta les habíamos visto botándola en cualquier caneca o rincón, cuando no simplemente los tiraban en la calle.

             Desagradecidos? Exigentes? No tengo explicación a este fenómeno, aunque contradictoriamente se les ve sí buscando dentro de las canecas y cuando se trata de ropa se quedan ensimismados mirándola como calculando si les queda bien, qué ironía.

             Todo esto me llevó a pensar que el poco cristianismo que me queda se va a desvanecer por completo ante estas circunstancias y que ya no vale la pena aplicar la caridad cristiana, eso se lo dejaría a los testigos de Jehová, expertos en cazar incautos. 

Fue una revolución del pensamiento en toda una gama de disciplinas, y requirió una liberación de la mente, que ésta se diera permiso a sí misma para pensar de modo diferente sin miedos ni prejuicios.[1]

Tomado de Facebook
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[1] (Siglo XVII) La era del ingenio. Anthony C. Grayling.


viernes, 28 de noviembre de 2025

¿…?

 - ¿Aló?

- …

- ¿Sí?

- …

- ¿Qué más?

 - … - …

-Bien…

- … - … - …

- Nada…

- … … …

-Ajá…

- … … …

- No.

- … … …

- Sí.

- … … … …

- Claro.

- … … …. …

- Puede ser.

- … … …

- Ah!

- …

- Sí.

- …

- ¿No, por?

- … … …

- Ajá, así es.

- … … …. …

-¡Ah!

- …

- Bien.

- … … …

- Okey.

- … … …

- Bueno, yo le aviso.

- … …

- Claro.

- … …

- Bueno.

- … … …

- Listo, listo.

 

- … … …

- Yo le aviso.

- … … … …

- Ok.

 

Click.

 

            Después de esta perorata[1], que supongo lo era, me preguntaba qué se decía al otro lado, que al parecer era de una conversación intrascendente, como las de hoy, como con la mamá (que no creo), con la esposa (o novia mamona), pero no con el jefe, ni de la oficina, creo, pero vaya uno a saber, si lograran llenarse esos puntos suspensivos.

 

—Dadme unos minutos —me contestó sin levantar la mirada del pergamino—. Todo en la vida requiere su tiempo.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] Una "perorata" es un discurso, razonamiento o charla que es largo, pesado y aburrido, generalmente carente de sustancia o importancia. A menudo se usa con una connotación negativa para describir un discurso inoportuno o molesto, o una queja prolongada. 

[2] El gran arcano. Paloma Sánchez-Garnica.