viernes, 16 de enero de 2026

LIMITACIONES

                Antes somos lo que somos o lo somos gracias a ellas. Siempre y desde siempre hemos estado sometidos a las limitaciones: No se suba ahí, no toque, no salga, no mire, no haga, no opine, eso no se hace, no puede hacerlo, limitaciones todas ellas, cuando no son órdenes: compórtese, cállese, silencio, quieto, venga para acá.

                Desde niños las hemos visto, sentido y padecido y con el tiempo las hemos venido repitiendo como loros, lo que me ha hecho preguntarme si somos lo que somos por tales prohibiciones o lo somos sinceramente gracias a ellas, porque la contrapartida estaría dada por la pregunta: y si no nos hubieran limitado en todas nuestras actuaciones cuál habría sido el comportamiento posterior.

                Y si pensara un poco más allá, la reflexión atávica, si es que se puede señalar como tal, es la originaria de toda esta situación, como lo fue la prohibición de comer de la fruta prohibida, que con solo ver el garrote ya nos limitaban nuestro querer.

                Y viendo los tiempos modernos, la juventud actual se debe enfrentar a esa dualidad (permisibilidad-prohibición) cuando considera que no hay límites, tal como lo ha demostrado la ciencia y la tecnología y que se enfrentan con mayor desfachatez que en nuestra época pues la sola vista de una escoba o una chancla nos frenaba en nuestros impulsos, a ellos ya ni eso porque se escudan en los derechos del niño y de la juventud.

                Pero qué le vamos a hacer, son otros tiempos y los tiempos cambian constantemente, aunque sigo preguntándome qué hubiera sido de mí sin tales limitaciones. 

A veces, mi señor —añadió tranquilo—, la fe necesita de los alicientes más insólitos para mantenerse viva.[1] 

Tomado de Facebook
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[1] El alma de las piedras. Paloma Sánchez-Garnica.


miércoles, 14 de enero de 2026

SANIDAD

             Estando ya viejos la pregunta usual de saludo: es y cómo estás. Punto y seguido, la respuesta usual: muy bien y tu? Punto y aparte. Hay variantes de respuesta como que: ahí vamos, divinamente, sin novedades, lo usual, etcétera, etcétera, lo común en conversación de viejos.

             Pues bien, la respuesta me dejó un tanto inquieto y no recuerdo bien si ya había escrito sobre esto o es una variación a alguna otra publicación. Como sea, hoy se me ocurrió que a partir de esta respuesta todos estamos sanos, lo suficientemente sanos para como para no sentirnos enfermos. Inmortales, pensará algún optimista, pero no y punto aparte.

             Si uno ve conversación de viejos, se encuentra que en algún momento terminan hablando de dolencias y de pastillas, pero siguen insistiendo en que están en perfecto estado de salud, como si lo estuvieran y me explico. 

             Un solo conversador señalará la dosis que toma para la hipertensión (pero está bien), para las agrieras el omeprazol (sin novedades), la tiroides también en su dosis (pero se está divinamente), colesterol y triglicéridos siguen altos (e insiste en estar bien), y toma la pastillita dulzona del salicílico (y no tiene problemas), la de la diabetes (y me siento muy bien) y no sigo con la mención de otras adicionales que puedan haber formulado para otros malestares y eso sin citar los adicionales de la vitamina C o D, el colágeno y demás pepas que no requieren formulación. Pero estamos bien, a Dios gracias y gracias por preguntarlo.

             Si estamos tomando tantas pepas y de salud estamos muy bien, para qué carajos tomamos tantas pepas? Respuesta obvia, no estamos sanos, nuestra salud ya se está relajando, ya no estamos en plenitud de facultades, la cantidad y dosis que tomamos ya nos explican que estamos enfermos, pero sin embargo nos sentimos divinamente.

             Contradictorio no? Y el problema es que los jóvenes ya empezaron a tomar pepas para estas dolencias, pero igual que uno, ellos también sostienen que de salud están divinamente, una salud de primera, sin ver que el tomar pastillas indica que la salud ya no está bien gracias.

             Era una mentira evidente que nos echamos y que nos creemos para evadir un poco la realidad a la que estamos sometidos, pero estoy de salud bien gracias a Dios y gracias por preguntarlo. 

Tendré que secarlo cuando se vaya, piensa ella, puedo resbalar y romperme la cadera, y eso no va a pasar, bastante mal estoy ya con lo que tengo.[1]

Tomado de Facebook
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[1] El asesinato de Harriet Krohn. Karin Fossum.


lunes, 12 de enero de 2026

CRÍTICA U OPINIÓN

                En un principio pensé que no iba a ser difícil escribir al respecto y me dio por pensar en el sentido de las palabras, la crítica y la opinión. Ahí fue en donde empecé a pensar que no iba a ser fácil decir lo que quería decir y allí también empezó mi confusión que espero esté clara al final, bien de la confusión o de la claridad de pensamiento. Como sea, la segunda es simplemente eso, una opinión, un manifestar subjetivo sobre algo, que no requiere de explicación adicional: me gusta el tinto, punto y aparte, así de simple. Pero la primera palabra me ralentizó el pensamiento y el escribir porque esa palabreja puede contener dos significaciones totalmente contrarias. La crítica como arte requiere de conocimiento, una valoración con argumentos sólidos y objetivos para demostrar el desacuerdo o los puntos a mejorar. Pero no me refería a esta crítica, porque, al menos en mi caso, no soy experto en nada, sino a la otra, aquella que me recordó a mi mamá cuando me decía: dejá eso, sos un criticón. A esta precisamente quería referirme: Criticar es un verbo que se refiere a la acción de identificar defectos. La forma nominal es crítica, que se refiere a la afirmación o expresión de defectos. Eso dice el doctor Google. Es decir que conlleva malevolencia, inquina, veneno.

                Y todo el cuento viene a hechos recientes como la captura de Maduro (en sentido objetivo y real, extracción[1] y secuestro por alguien que no tiene autoridad para hacerlo en país ajeno, pero eso es otro cuento). Una opinión, mayoritaria por lo que he visto, es que muy bueno que hayan capturado al Maduro y que lo claven por muchos años, que pague por los años que sometió a su propio pueblo. Y en cuanto a la crítica, no la vista como arte, sino la otra, esa que nos encanta, la que decimos sin tener conocimiento de nada pero que nos hace hablar como si fuéramos expertos en eso, es decir en nada, la venenosa, la insidiosa. Quién dijo miedo, ahí sí todos opinamos, presagiamos, inventamos sin ningún rubor, pues como decía mi mamá: vos si sos criticón.

                Y el asunto es que me enviaron algún video de algún periodista, si mal no estoy, que precisamente hablaba de lo criticones que hemos sido, en esa noticia en particular, pero criticones desde nuestro sitio de confort, que sin haber vivido lo que otros han vivido, sin haber salido de nuestras cuatro paredes sentamos cátedra de porqué sí o porqué no, de porqué no hicieron esto o aquello, o lo hubieran hecho hace rato, que yo lo hubiera hecho mejor, pronosticando lo que seguiría si la opinión de uno valiera, para que si no se hace así, nos dé papaya para luego criticar el siguiente actuar y hacer de todo ello un círculo vicioso de crítica.

                Somos malvados y criticones por naturaleza (no críticos en el mejor sentido de la palabra, aclaro) y de asuntos de los que no tenemos la mínima experiencia ni conocimiento, pero eso sí, sentados en la comodidad de nuestra sala, pontificando desde allí. Somos malos, me repito y no hacemos nada para remediarlo porque la comodidad de nuestra puerta de entrada nos protege, como nos sentimos protegidos en nuestra sala al calor de un buen tinto.

                Y sigo oyendo a mi mamá que dice: pero con todo, seguís siendo un criticón. Y tiene toda la razón, esa maña no se me ha quitado, aunque la he moderado, salvo cuando se trata del presidente que nos tocó, con quien, sin explicación objetiva, le tengo un odio visceral y rogaría a los gringos que se lo llevaran para esas tierras por los pecados que de pronto ni siquiera ha cometido, pero así es el odio, produce ceguera y favorece la criticadera. Que Dios lo perdone, a mí no, porque el malo de la película es él.

                Y eso que no sigo con aquello de que si quieren mi humilde opinión… 

Sapere aude es una locución latina que significa «atrévete a saber», aunque también suele interpretarse como «atrévete a pensar», «ten el valor de servirte de tu propia razón», «ten el valor de usar tu propia razón». Su divulgación se debe al filósofo Immanuel Kant en su ensayo Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, aunque su uso original se da en la Epístola II de Horacio del Epistularum liber primus: Dimidium facti, qui coepit, habet: sapere aude, / incipe ("Quien ha comenzado, ya ha hecho la mitad: atrévete a saber, empieza"). La frase fue acuñada por Horacio en el siglo i a. C. y se encuentra en una epístola a su amigo Lolius. Tiene muchas traducciones, pero en el contexto de la carta (en la cual trata sobre los múltiples procedimientos que Ulises usó en su regreso de Troya para superar las pruebas a las que se enfrentó) se puede entender como «tener el valor de usar tu habilidad para pensar». Otros la traducen como «atreverse a pensar». Desde entonces se utiliza muy frecuentemente como tópico literario y también como lema de varias universidades.[2]

Tomado de Google


[1] Y aquí aparece otra palabra con doble connotación, para que se vea cómo las palabras juegan con uno y uno con ellas. Extracción un proceso de separación de un material deseado de una mezcla o muestra mediante el uso de un disolvente, ya sea por medios físicos o químicos y también es sacar a la brava algo de algún lugar.

[2] Wikipedia. Una contradicción, lo sé, pero es que soy tan contradictorio que cuando pienso en un contradictor peor que yo, pienso en Petro, que es la madre de la contradicción y el desparpajo.


viernes, 9 de enero de 2026

ENTRETENIDO

                Me imaginé estar en una cafetería tomando un expreso o bien podía ser un bus o en cualquier lugar que uno se pueda imaginar. Miraba las caras de los demás, unos ceñudos, otros radiantes, otros indiferentes. Y pensaba, como lo pienso siempre que estoy en una situación semejante, qué estarían pensando los observados, qué secretos tendrían, qué penas o qué alegrías llevaban, pensando que, en todo caso, cada uno estaría pensando en sus propias pendejadas.

                Y traté de imaginarme a qué dedicaban el tiempo en una cafetería, aeropuerto o bus mientras sucedía, lo que debería resultar, no de la reflexión, sino de una espera que no podía ser eterna.

                Mientras Los oficinistas más tristes y devaluados pasaban de a montones y durante un instante creían que las cosas podían ser mejores de lo que eran. (…) Como salía a las seis de la tarde, el vagón iba relleno de gente (no digo re-lleno como lo diría un adolescente, si no «relleno»: del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados, tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor. Algunos nos poníamos los auriculares y oíamos música para hacernos la ilusión de que la existencia tenía banda de sonido; otros abríamos el librito de bolsillo en la página que habíamos marcado durante el viaje de ida, y seguíamos viendo cómo iba la historia del cuento de Javier Marías. Los más, sin literatura ni música, cabeceaban tristones, tratando de no mirar a los ojos al que estaba nariz con nariz.[1] 

                intentaba escuchar para oír todo lo que no decía(n).[2] 

                Y de un joven universitario, me pareció oír: Qué difícil es vivir el presente. En este momento. Nos pasamos la mayor parte del tiempo en el pasado. O en el futuro, más o menos a partes iguales. ¡Pero vivir el presente! Casi nadie lo consigue. Excepto los niños. O los idiotas. O las personas enfermas, que tienen algún dolor crónico del que no pueden librarse. La mayor parte del tiempo estamos preocupados por algo.[3] 

                Y algún desilusionado pensaba: No somos mejores que los demás, ¿no crees?[4] Se cuestionaba, eso era claro, la respuesta quedó en suspenso y Un pensamiento le llegó a la cabeza. No provoques al cocodrilo hasta que hayas cruzado el río.[5] 

 Volteé la vista y me encontré CON una cara que no decía nada pero decía mucho a la vez, una cara que podía ser de un físico a punto de descubrir algo o de un filósofo perdiendo el tiempo: Echar la vista atrás en busca de algo que pueda explicar la parte que se deje explicar. El resto quedará flotando en una zona gris de suposiciones.[6] Me inclino por pensar que era un matemático.

                A su turno una cara meditabunda, entristecida pensaría: Una noche Dolina dijo algo en la radio que me quedó grabado. Dijo que en las fotos donde aparecen muertos queridos, los muertos saben que están muertos y te miran, desde el papel, con un gesto cómplice y triste, como diciendo «qué le vamos a hacer».[7]  Y continuaba: con que No tenía derecho a juzgar a nadie. Ellos se esforzaban por seguir viviendo y tenían derecho a hacerlo a su manera. Nadie debe decir a otros cómo superar el duelo por un ser querido.[8] 

                Una cara cariacontecida reflejada en el mismo vidrio de la cafetería (o del bus, o del aeropuerto) en medio de su soledad quería alguien que le oyera  y por eso esperaba ¿A quién podía preguntar sobre mis dudas, si en casa no estabas vos por la mañana?[9] 

 Una joven al parecer desempleada en búsqueda de ocupar su tiempo o bien saliendo de alguna descalificación laboral con vana promesa de te llamaremos pensaba: Nadie es como informa su biografía. En realidad, nadie es de una manera única o lineal. ¿Quién soy realmente? Pero sobre todo, ¿quién debería explicarlo? Las biografías estándares dicen qué libros escribimos, qué premios ganamos y otro montón de luces de colores; pero nunca explican a quiénes hicimos daño o qué piensan de nosotros los que nos desprecian. Si en lugar de personas fuésemos gobiernos, nuestras biografías serían un medio oficialista vergonzoso. Una mirada obsecuente sobre nuestra propia gestión. Esto ocurre porque, en general, a las biografías las redactamos nosotros mismos en tercera persona del singular —nació, estudió, obtuvo— y le hacemos creer al lector que fue redactada por otro, por un escribano neutral de bigote sardina.[10]

 A ese otro se le veía a leguas que era un despechado al que habían despachado no hacía mucho: Se reía como si todo fuera muy divertido. Te voy a extrañar, dijo, y no te voy a olvidar. Mentía. Pero no me importa, las mentiras, me dijo, hacen más llevadera la vida.[11] ¿Así que voy a perderte otra vez, ahora que acabo de encontrarte?[12] 

 A su turno el descreído pensaba: Los únicos que creen en las noticias de los diarios, dice mi padre, son los periodistas. Cierto, dice mi madre, sólo quien lo ha escrito es creyente de lo que ha leído.[13] Y no tenía Internet. Hace seis años mi vida era la prehistoria. Hace seis años todavía estábamos en el siglo pasado.[14] 

 Pero igual tengo cosas que quiero borrar y no puedo.[15] Vea pues, la que estaba de espaldas mirando a través de la ventana viendo las salidas y llegadas de aviones soltó ese pensamiento que me intrigó, qué era lo que quería borrar, me pregunté.

 Y mientras intentaba dilucidar ese pensamiento, mi vista se enfocó en otra cara, que al parecer trababa de justificarse y le oí decir: Nadie va a descubrirlo, pensó. Tal vez todos nos convertimos en ladrones si se nos presenta una buena ocasión. Ésa era una buena ocasión. El dinero que no pertenece a nadie debe caer en manos de gente que realmente lo necesita.  Ésa era una buena ocasión. El dinero que no pertenece a nadie debe caer en manos de gente que realmente lo necesita,[16]Nadie va a descubrirlo, pensó. Somos animales de costumbres los cristianos, no hay duda. Casi todo lo que hacemos lo hacemos porque sí. No nos preguntamos nada. Y por eso últimamente no hay grandes inventos como antes. «Ya está todo inventado», decimos, y nos sentamos a esperar a ver qué hace Bill Gates.[17]  

 Vea pues lo que me voy encontrando, quién lo iba a imaginar. Y veo en otra mesa a uno con cara de izquierdoso, de amargado al no haber podido progresar en la vida que se decía: a mí los negros analfabetos que se mueren de hambre o se matan entre tribus me importan un carajo. En cambio los hipócritas blancos alfabetizados que dicen «gente de color» suponiendo que de ese modo irán al cielo, esos, me dan directamente asco.[18] Natural en ellos. Si supieran que así era la vida: Así era la vida: solucionar los problemas uno por uno, según iban surgiendo, sin quejarse. Era de esa clase de personas que nunca se cuestiona la creación divina o el sentido de la vida. Era algo que no se hacía, que no estaba bien. Y, además, temía la respuesta.[19] 

                Me llamó la atención la cara de un compungido; qué le pasaría, tiene cara de defraudado, de alguien que quería descrestar pero que le salió mal la jugada y así era, pues pensaba: La alta cocina consiste en servir los platos de siempre, presentados de un modo extravagante para poder cobrarlos un ojo de la cara.[20] Y uno sin plata.

 Otro desocupado, igual que yo, miraba hacia el interior del café viendo a tanta gente pegada a sus celulares: Y justamente allí, en los cibercafés, observo con irreprimible asquete a los adolescentes actuales con sesenta contactos admitidos y conectados, escribiendo como locos monosílabos de compromiso, respondiendo con síes y con noes, o lo que es peor, con jajajas. ¿No es hora de avisarle al pueblo, de gritar a los cuatro vientos, de confesar al unísono y de una vez por todas que nadie se está riendo mientras escribe jajaja? ¡Basta de farsas, por el amor de Dios! El messenger es el germen de la hipocresía y de la vigilancia interpersonal, igual que los teléfonos móviles. (…) Porque la radio, la prensa y los telediarios del mundo miden la relevancia de sus noticias en millones de youtubes. Novecientos mil no es noticia, pero un millón sí. No les importa qué ha ocurrido, sólo tiene valor aquello que ha sido visto por un millón de descerebrados. (…) Dos días más tarde la gordita saldrá al aire en el show más visto de la cadena NBC. Y después ya no ocurrirá más nada. Silencio. La gorda intentará grabar otras hazañas, pero su momento habrá pasado. (…) —Hoy es noticia cualquier cosa que haga un perro. La noticia no es más el perro: es el número de imbéciles mirando al perro.[21] El messenger no ha nacido para que te molesten, sino para conversar cuando uno quiere, no cuando quieren los demás.[22] 

 Y en el entretanto me pareció oír esta graciosa conversación de dos contertulios:

-        Prepárame un café mientras pienso. Y dame un cigarrillo.

-        Si tú no fumas.

-        Sólo fumo cuando el tabaco no es mío. Es un gesto caritativo. Reduce la cantidad de humo que aspiran. 

 Mientras les oía vi a otro paseante que igualmente les había oído y le oí pensar: Era raro que la gente que no bebía nunca dijera: «No beba delante de mí»; en cambio, a los fumadores siempre se les hacía sentirse culpables. Tres científicos habían publicado recientemente un informe según el cual se corría más peligro de desarrollar cáncer por comer productos lácteos que por ser fumador pasivo, porque los lácteos eran unos auténticos asesinos, pero el fumar despertaba la bestia puritana que la gente lleva dentro.[23]

                Eso me hizo pensar en que No. No hay respuestas para todo. No es bueno que las haya.[24] 

                Para evitarme comentarios en voz alta cambié de visión y me encontré a un viejo hombre mirando a una mujer que tuvo mejores años y pensaba: Ya no queda ni una vieja original en las grandes ciudades, y en breve no las habrá tampoco en el mundo entero, por culpa de la mujer actual, que, con tal de no envejecer, prefiere inyectarse botulismo.[25] Y agregaba mentalmente: Sólo te lo digo por tu bien. —¿Por qué será que la gente que te viene con el rollo de que sólo te lo dice por tu bien siempre te acaba haciendo alguna guarrada?[26]  Y remataba con el siguiente: Ya no tienes veinte años, ¿sabes? Es preferible lucir un kilo o dos de más cuando una se acerca a los cuarenta. ¡Dios mío, pronto cumpliremos los cuarenta![27] 

                Si hay algo que uno debe reservarse para sí mismo y ocultar ante los demás, es el alma, ¿no? El cuerpo no es más que una funda que vamos arrastrando a todas partes, no veo en él nada sagrado.[28]  Y en efecto, con este pensamiento me sentí un intruso, metiéndome en vida ajena, pero me consolé pensando que era producto de mi imaginación y de mis estados de desocupación, como buen pensionado que no tiene nada más que hacer. 

Las palabras no sirven para todo.[29]

Foto JHB


[1] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[2] La luz del diablo. Karin Fossum.

[3] La luz del diablo. Karin Fossum.

[4] No mires atrás. Karin Fossum.

[5] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.

[6] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.

[7] Messi es un perro. Hernán Casciari.

[8] No mires atrás. Karin Fossum.

[9] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[10] Messi es un perro. Hernán Casciari.

[11] Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia.

[12] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1) Karin Fossum.

[13] Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia.

[14] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[15] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[16] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1) Karin Fossum

[17] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[18] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[19] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.

[20] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[21] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.

[22] España, decí alpiste. Hernán Casciari.

[23] Agatha Raisin y el mago de Evesham. Marion Chesney.

[24] El nuevo paraíso de los tontos. Hernán Casciari.

[25] El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari.

[26] Agatha Raisin y los paseantes de Dembley. Marion Chesney.

[27] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1) Karin Fossum.

[28] El ojo de Eva (Inspector Sejer 1) Karin Fossum.

[29] El pibe que arruinaba las fotos. Hernán Casciari.


martes, 6 de enero de 2026

LECTURAS

 Tal vez en alguna oportunidad mencioné el inicio de mi experiencia con la lectura en la biblioteca de mi papá, cuyo recuerdo me lleva ahora a retomar el pensamiento y volver a ese lugar, a esos momentos. Afortunado fui al tener un papá intelectual.

 Era una biblioteca variopinta que incluía naturalmente la Biblioteca Básica Salvat, en sus cien tomos. Tan diversos sus autores que bastó con recurrir al doctor Google para refrescarme sus títulos y autores, creo que la leí completa. Novela costumbrista colombiana también había, muchos libros de toda clase. Con el tiempo los fui devorando, iniciando con todo lo relacionado con literatura. Agotado el tema y ante la necesidad de acallar el aburrimiento de mi juventud tomaba cuanto título encontraba y que fuera al menos llamativo. De esa manera leí filosofía, entre otros y que perduran en mi recuerdo: de Vries, Filosofar y ser. Y un tomo de filosofía que me cautivó, de la BAC (Biblioteca de Autores Cristianos), Historia de la filosofía, el renacimiento. Hoy he de confesar que no tengo mucho recuerdo de su contenido, en el primer caso y en el segundo, a pesar de haber sido escrito por un jesuita, era un recorrido de todos los filósofos de esa época, precisando su posición y señalando las críticas a ella. Creo recordar que el tomo era como de ochocientas o mil páginas, papel seda, que era de una suavidad que invitaba a su lectura con delicadeza. No sé cuántos filósofos eran, pero sé que eran muchos, ya no recuerdo si aprendí algo de ellos, creo que no, si con los conocidos no pude...

 Pero así mataba el aburrimiento y de paso me culturizaba. Pensar que hoy los niños no pueden aceptar el aburrimiento y al llegar éste basta con acudir a la tablet o al celular. Es el cambio de los tiempos que debemos pagar y que terminamos aceptando.

 Pero retornando a la idea central, recuerdo haberme leído todas las obras de Julio Verne, mi papá me lo alcahueteaba con entusiasmo. Salgari, y otros tantos novelistas, Upton Sinclair; y con el paso del tiempo, la novela la revivía con las publicaciones del Caro y Cuervo. El aburrimiento me llevó a la lectura, he de confesar y desde esos tiempos he leído cotidianamente, cerca de 55 años en ello, unos años con más o con menos lecturas, dependiendo de la época. Recuerdo haber leído constantemente los Best Sellers del momento, gracias a los préstamos que me hacían, porque económicamente, tanto ayer como hoy se convierte en un hobby difícil de mantener. Hoy afortunadamente por la modernidad tengo acceso a una página de literatura en dónde he encontrado de todo, piratería? No lo sé, solo sé que gracias a ella, sin gastar un centavo, cuento con una gran selección de novela negra a la que me he dedicado últimamente.

 Pero el punto central de esta conversa es cuánto he leído? He perdido la noción, pues hasta que me casé, juiciosamente llevaba un índice de lectura, luego la costumbre desapareció, como el ritmo de lectura disminuyó, hasta eso hace el matrimonio, pero en fin, no sé exactamente cuántos libros he leído, de los más diversos y disímiles temas y lo curioso de todo es que ya no recuerdo sobre lo leído, ni los títulos consumidos, hasta el punto que a veces, por leer un tipo de lectura en la tarde y otro diferente en la noche, se me olvida la trama de uno y otro, y menos me acuerdo de los libros leídos el mes pasado, lo que me hace pensar que leo por leer, por pasar el rato, por tener un ejercicio intelectual, pero ya no por aburrimiento, pues un pensionado dispone de todo el tiempo posible, pero no le alcanza el tiempo para hacer todo lo que quiere, así suene contradictorio. Igual me acontece con las películas que he visto a lo largo de mi vida, no sé cuántas, cuáles ni de qué trataban, cosas de la modernidad, me digo.

 Gracias a Dios un hábito que adopté en la preadolescencia, sin querer he de confesar, ha perdurado a esta edad y me ha acompañado a lo largo de los años, siendo un buen distractor en un mundo cada vez más conmocionado y caótico y evolucionando a pasos que antaño no me podía imaginar, como no podía imaginarme que al año estoy leyendo cerca de cincuenta libros. 

Tengo setenta y tres años, viejo, y sigo ahí, sentado con un libro, a la espera… (…) ¿Y cuántos libros he comprado, alquilado, robado, prestado, perdido, desde entonces? ¿Cuánto dinero invertido, gastado, derrochado en libros? No recuerdo todo lo que he leído, pero puedo reconstruir mi vida a partir de los estantes de mi biblioteca: épocas, lugares, podría organizar los volúmenes cronológicamente.[1] 

 

Tengo la teoría de que la carcaza de la cabeza tiene un espacio limitado, y que cada vez que memorizás una información, otra información ya antigua se cae, se pierde, se muere. ¿Pero escogemos lo que borramos, o eliminamos al azar? Elegir lo que vamos a olvidar es lo que diferencia a los humanos de los primates y de las cajeras del Carrefour.[2] 

Tomado de Facebook
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[1] Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia.

[2] España, decí alpiste. Hernán Casciari.


lunes, 5 de enero de 2026

GRATITUDES

             Un buen libro, una buena música y un agradable tinto. Todo ello al aire libre frente a un paisaje en pleno atardecer. Qué más se puede pedir a la vida, me preguntaba en medio de esta tranquilidad. Ah! La compañía de un buen perro, tranquilo como el paisaje mismo. Ver el juego de la luz del sol en el inicio de su ocaso, con los contrastes de las sombras que se hacen por gracia de las nubes que saben interponerse, nubes caminantes que hacen ilusión y contraste. Intermedios entre lectura y paisaje, descanso entre ellos, instantes que se toman para ser guardados en el recuerdo, con la esperanza de que mañana ese mismo recuerdo renazca ante la necesidad de hacer surgir los momentos inolvidables que ese atardecer particular ofrece. El sol poniente moviéndose para resaltar lugares que parecían pasar inadvertidos, pero convertidos en llamativos gracias al movimiento de luz, al son de la música apropiada, clima de tierra fría, sin viento, sin aspaviento. En la lejanía el ganado, por vista y sonido, pastando apacible, ajeno a toda circunstancia, recibiendo el último calor de la tarde, sin las afugias del ser humano, solo con las suyas. El juego de colores de esa luz que apacienta, que tranquiliza; tan apacible como el campo mismo cuando está en quietud. Árboles que arrullan el devenir del viento suave, juego minúsculo de colores y de olores, propios del campo. Vida apacible para un pensionado agradecido de su propia situación. Sentir el aleteo de los pájaros que pasan alrededor y oír el cantar de los diferentes piares, arrullando la tarde, con cielo parcialmente despejado, de tierra fría, queriendo significar que mayormente está de azul despejado y en su cénit acompañado de una buena gama de azules, todos ellos diferentes para un buen ojo conocedor. Y las nubes, por aquello de parcialmente despejado, posándose en la parte baja, en grandes y majestuosas concentraciones que permiten el juego a la imaginación en formas y disposiciones, además de permitir el ensimismamiento del pensamiento que se traslada a otros viejos recuerdos, de esos que solo traen añoranza, dulzura y esperanza. Al fondo, lejos, bastante lejos, la gran ciudad, con su natural nublado de gran urbe. Grandes moles que en la distancia se perfilan como pequeñas láminas cual ciudad de pesebre vista en la distancia, sobresaliendo en todo caso unas de otras, mientras las montañas se posan sobre ellas, unas tras otras, unas más altas que otras, insinuando magnificencia. Y por doquiera el sol jugando con luces y sombras, luces y sombras de atardeceres apacibles. Todos estos pensamientos dejan atrás la lectura, dejando el libro cerrado para ser retomado en otro momento más oportuno, porque la tranquilidad le desplazan, por pensamientos y paisajes que viajan en la tranquilidad del momento, mientras los ladridos se oyen en la distancia, sin saberse qué están diciéndose. Se presiente que la tarde pronto llegará, se ve en las bandadas de pájaros que retornan a algún lugar, revoloteando sin ton ni son, o al menos eso parece, como devolviendo sus pasos pero sin hacerse notar demasiado, a pesar de ser bandada, pasando demasiado rápido, piando tímidamente, jugando y saltando de aquí para allá para dejarse ver solo si se tiene un buen ojo de paisaje. Y mientras, la tarde enfriando, haciéndose más notorios los ladridos, como conversación de lejanía entre comadres comentándose lo que hicieron durante el día. Sensación de que el día va cediendo y la esperanza que al menos el mañana sea semejante al que está pasando. Retornar la vista a los cielos y ver el cielo azul interrumpido por grandes y bellos nubarrones, de esos majestuosos que invitan a ser parte de ellos. Pensamientos de un viejo pensionado agradecido de la vida y de poder vivir esa plenitud de descanso, retornando a la música y a ese libro olvidado por un instante, en que se dejó llevar por la reminiscencia de un ayer ya pasado. 

El sueño es el hermano de la Muerte, pensó, y cerró los ojos.[1]

Foto JHB


[1] Quién le teme al lobo? Karin Fossum.