viernes, 10 de febrero de 2017

SOLO PARA LOCOS



Yo soy la corriente eléctrica
que va de neurona en neurona en su cerebro,
mientras usted lee la serie de letras
que forman esta frase y piensa en mí.
(Grafiti)


Pensaba pensamientos y los pensamientos, míos.

Y reflexioné, el pensamiento no soy yo, como persona real que es visible para quienes ven la figura. Entonces muchos me conocen como el reflejo, como la imagen, pero nadie me conoce en mis pensamientos, como pensamiento, como idea.

Y como idea no soy ser humano, soy meramente una idea, invisible, aparentemente inexistente, inasequible, por demás irreverente.

Entonces quien escribe, nadie le conoce, nadie me conoce, nadie sabe si existo, si soy y si soy, soy el que conocen?

Entonces mi pensamiento es solo eso, pensamiento. Y sólo existo, como dice el grafiti, en su imaginación y a medida en que me va leyendo, porque empiezo a existir a medida que me va leyendo, soy si me lee, si no aparezco, no soy, no existo, al menos para quien me está leyendo, porque al no leerme soy vacuo, vacío, inexistente, intrascendente. Simplemente no existo, solo cobro existencia cuando sus ojos comienzan a moverse a través de los renglones que también en pensamiento voy llenando.

Está loco, se volvió loco. Creo que hace rato, pero no por eso deja de ser cierto, en cierta medida lo dicho. Si aún el que me conoce por mi imagen no me conoce, cómo conocerme por el pensamiento?

Y pensé, en medio de mi locura, que sin pensamiento no soy nada, mero vegetal con vida vegetativa, así como las personas que han perdido el alma, que han dejado de ser, que no piensan, pero que están, que estorbosamente están.

Pero si fuera pensamiento solo, si fuera puro pensamiento… sin cuerpo, tal como lo estoy experimentando en este momento en que escribo, tal como me están experimentando en este momento en que me están leyendo, cómo verme? Si tan solo soy un pensamiento que a su vez es leído por otro pensamiento, que sabe leer, tal vez que no sepa comprender, pero que al menos por ahora, la inquietud le quedó.

Y el pensamiento tendrá alma, como el cuerpo? Será el pensamiento el alma del ser humano? O el pensamiento será una cosa y el alma otra y para completar el cuadro, el cuerpo otra? Ya está demostrado que sin alma, sin pensamiento, se puede vivir, baste preguntarle a un ser en coma o si se quiere a un recién nacido. Si alguien es más avanzado, pregúntele a Dios, vaya uno a saber que le conteste! Mis intentos han sido todos inútiles, nunca ha estado disponible para mí, por eso será que termino escribiendo para mí mismo, ya que parece que nadie se hace este tipo de preguntas.

Qué tal, solo qué tal que seamos solo imaginación, ni siquiera pensamiento, imaginación de otro, como la literatura y varias películas lo han presentado, que ni siquiera existamos por nosotros mismos, sino dependientes de otro algo y solo estemos en su imaginación, ni siquiera en su pensamiento… Sería Dios pensando en él mismo? Ya sé, vade retro, otro motivo más de excomunión, pero uno termina acostumbrándose y saben qué? No pasa nada, por más barbaridades que piensen, no pasa nada, mientras no se conviertan en acto, que se queden allá, en pensamiento. Creo que si Dios existiera, él también me habría excomulgado, más faltaba!

Pero sigo con las disquisiciones. El cuerpo físico uno lo conoce, lo palpa, lo pellizca, lo refresca, lo reconoce, como hace con los demás. Pero el pensamiento? Y fuera de eso es traidor, una cosa pensamos y otra hacemos y después retrotraemos y creemos que no fuimos, nos excusamos, nos escondemos…

Teóricamente el pensamiento está en el cerebro, dentro del cerebelo, si mal no recuerdo de mi anatomía de antaño, cuando se dictaba. Están allí encerrados y clausurados por un hueso que impide que salgan de allá. El pensamiento está encarcelado, de por vida. Y la cuestión es que a pesar de estar allá confinado, no existe. No es material y lo contradictorio, encerrado para que no se vuele. Que me la barajen más despacio. Eso también pensé yo.

Dicen los expertos que los pensamientos se producen por cuestiones eléctricas, descargas que se suceden desde el sistema nervioso para concluir en dentritas, neuronas y otros detalles que no vienen al caso mencionar, pues si no he entendido lo que estoy tratando de decir, qué tal que me metiera con el detalle del destello eléctrico que se produce dentro de la cabeza. Está bien, se generó la corriente eléctrica que dio lugar a una idea, a un pensamiento, pero que no se materializa, nunca se materializa, digo, el pensamiento. Alguno ha visto un pensamiento materializado una vez se produce el destello? Alguien ha visto un pensamiento propio materializándose fuera de su cabeza? Alguien ha visto surgir un pensamiento real, al mundo real, de otra persona? Yo no, tal vez por eso esté mal de la cabeza. Qué tal que yo no exista? Es otra posibilidad (y otra película si mal no recuerdo, de allí que mis pensamientos no sean originales).

Como ya quedaron con la inquietud (y pensado, éste sí se volvió loco) y es inquietud mía (que no sé si enloquecí, si siempre he estado loco y si ya me conformé con vivir en este mundo loco), es tema para largo, pero que por hoy dejo acá. Ya vendrán mejores vientos que refresquen mi pensamiento y me iluminen en el camino que queda. (A propósito, Dios no existe, es solo un pensamiento, pero si lo ven, no le digan que fui yo el que lo dijo, mi cuerpo no resiste una excomunión más!)

Esta frase inerte es mi cuerpo,
pero mi alma está viva
y baila en los chispazos de su cerebro.

Grafiti


miércoles, 8 de febrero de 2017

LA SAL DE LA TIERRA


Ningún diablo, ningún demonio podrá
igualar nunca al hombre en su maldad.[1]

Un documental de este nombre trata sobre la vida del fotógrafo brasileño, aunque vivido en Francia, Sebastiao Salgado, de cómo llegó a la fotografía, de los estadios que pasó y captador de la historia de la humanidad. Pasa por todos los temas y concreta en dos que me causaron el impacto necesario para escribir este blog. Animales y humanos.

Si les asalta la duda, nada más es poner al doctor gugol en imágenes y si la mayoría de fotos no los conmueve, estamos jodidos! (Puede verse también el documental en Netflix o National Geografic, http://www.ennetflix.mx/la-sal-de-la-tierra/19416).

Animales desgarrados, cazados y sacrificados por su mayor depredador, el hombre. Hombres desgarrados, cazados y sacrificados por su mayor depredador, el hombre. Y un tema recurrente, los desarraigados, los exiliados, los desplazados, hombres y familias huyendo de otros hombres.

Y el tema, con los años se vuelve efectivamente recurrente, eternamente presente al punto que ya no nos conmueve, no nos emociona, salvo que algún niño pida conocer a un jugador de fútbol (y se nos derraman las lágrimas por el niñito de Alepo que lo quería conocer: cosa más bella! O la foto del niñito muerto abandonado en la playa al no poder cruzar el Mediterráneo o la del africano en puros huesos o la famosa de Vietnam, desgarradora de la niña desnuda y destrozada en el alma corriendo por una carretera). Pero de resto, el panorama ya es cotidiano, ya es noticia que no conmueve, no emociona, no conmociona, no emberraca, no es noticia. Como dijo alguien, perdimos la capacidad de sorprendernos.

Y el desarraigado, el exiliado, el desplazado, queda anulado, queda encerrado, queda pordebajiado, aquí y en Europa, Asia o África, en cualquier lugar, incluso muchos de los que fueron a buscar el paraíso donde los gringos, los hoy agringados se sienten con poder de desplazar a los que vienen detrás de ellos.

Nos acostumbramos a ellos, convivimos con ellos, con las noticias, por más desgarradoras sólo podemos pensar en: qué vaina, a dónde va a parar este mundo! Porque es por allá, bien lejos. Perdimos la capacidad de sorprendernos, perdimos la posibilidad de redimir a la raza humana, de sentir el dolor ajeno.

Eterna contradicción.

Sin ir demasiado lejos, Colombia es un pueblo actualmente de desplazados, de esos que se quedaron en el tugurio porque no tuvieron a dónde más ir. Y siendo desplazados, ni pidiendo limosna pudieron sobrevivir, sólo lo lograron a punta de droga –de la más ordinaria del mercado-, del robo y del saqueo y naturalmente hoy nos quejamos.

Que cuántos son? No tenemos ni idea, porque pareciera que los de aquí no cuentan, en Colombia los desplazados no cuentan porque no están llegando en oleadas a Europa o donde los gringos.

Y para adicionar, otro documental: Terra (http://www.ennetflix.mx/terra/23284) muy bueno, “Este impresionante documental reflexiona sobre nuestra relación con las demás criaturas vivientes mientras la humanidad se aleja cada vez más de la naturaleza”, del tiempo que la tierra ha demorado en avanzar, en evolucionar, para que el ser humano, el homo sapiens de la naturaleza, lo esté agotando, destruyendo, inutilizando en tan corto tiempo, que cuando realmente se quiera reaccionar, no con los pañitos tibios que ahora le ponen los gobiernos, según su antojo, según su interés, se den cuenta que ya es tarde y eso ocurrirá dentro de unos cien o ciento cincuenta años, lástima que ya no estaré para poderles decir, se los dije, pero como a uno nadie le para bolas!


Si el eterno castigo del ser humano es reencarnar espero que no me toque para esa época, porque tampoco me creerán cuando les diga: yo lo advertí, en otra vida!

Pero también me asalta la contradicción. Sin níquel, sin cobre, sin hierro, sin coltán, sin sal, carbón, petróleo y no sigo, qué tanto habríamos evolucionado? A los dueños de esas fábricas, minas y explotaciones qué les puede importan la emisión de gases, si tienen que extraerlo, a como dé lugar y ellos dan tantos trabajos directos, tantos indirectos y si yo fuera el gerente de alguna de ellas, supongo que lo que menos me interesan son las emisiones, tengo que cumplir mi cuota, tengo que lograr mis metas, a como dé lugar; si no lo hace usté, lo hará otro, en la calle hay así de gente que le encantaría tener ese puesto… y patatín y patatán. Entonces me lavo las manos con jabón Herodes, el Grande, digo, Pilatos, aunque eran los mismos, el uno romano, el otro judío, el uno poniendo metas, el otro a cumplirlas, eterno conflicto de siempre, todo rodando como un tornillo sinfín. O piénsese en las grandes fortunas desde Morgan, Rockefeller, Carnegie, Vanderbilt, Ford, para mencionar solo los gringos, donde plata es plata y el resto estupidez, si se vieron la serie de las grandes fortunas de History. Y los países, protegiéndolos, con promesas a largo plazo, que en veinte años vamos a bajar un 1% de las emisiones y el otro que se compromete que en treinta años le bajaran medio punto más y así nadie con cojones, porque hay que proteger la inversión, más si es extranjera.   

Somos un mar de contradicciones, de manipulaciones, de depredadores y los que pontificamos, lo hacemos porque no podemos hacer nada y los que deberían tomar decisiones, no pueden, ya están vendidos. Por lo tanto, sigan feriando este planeta, que ya casi llega a su final, mucho antes de lo pensado y, como dije, si estoy condenado a la reencarnación, espero que sea en otro planeta o lugar de energía más favorable, donde pueda ser el rey!

He dicho!

Foto: JHB (D.R.A.)


[1] Eliette Abécassis. Qumrám.

lunes, 6 de febrero de 2017

UNA HISTORIA QUE ME PARTIÓ EL ALMA


Según mi experiencia, Señor Orador, uno nunca puede saber cuándo un vecino será un tesoro o una desgracia hasta que éste se ha mudado para quedarse, y para entonces será muy tarde para arrepentirse. Lo podría comparar con un matrimonio impetuoso, uno sólo puede tener la esperanza de que será un buen matrimonio. [1]

Hay historias que parten el alma y la que voy a contar, partió la mía. La partió de una manera que me convenció que la raza humana no debe tener futuro, así digan que aún existe gente buena, pero la mala es mucho mayor y estoy dentro de los últimos, por mi indiferencia, debida a mi pérdida de fe en la humanidad, porque eso es lo que ya no tenemos.

No lloré porque no tengo lágrimas, no sé si en vidas pasadas fui la Magdalena o Pilar, la protagonista de Coelho: A orillas del Río Piedra me senté y lloré. Me quedé sin lágrimas pero aún me parten el alma un montón de cosas, que llevo en silencio ante la imposibilidad de sentarme a llorar como Dios manda.

Mi duelo lo haré con este escrito, es la única forma como el dolor sentido traducirán las lágrimas no derramadas.

Las cosas suceden cuando deben suceder, ni antes ni después y lo que es, es; lo que fue, fue y lo que será, será. No hay vuelta de hoja. La cuestión es que no sé cómo comenzar. Aunque sí había comenzado días antes, tratando de armar la historia de dos amigos en el infortunio que contenía también una historia que partía el alma, pero cuyo escenario estaba rodeado de infortunio, nada más, pero que dolía aunque sin partir el alma, porque a pesar de las vicisitudes los unía la belleza de la amistad en el mismo infortunio, pareciera que eran felices en medio de lo que yo, consideraba desgracia.

La historia comenzaba con un cachorro cuya madre se desconocía y cuyo padre, así lo rechazara, era visiblemente semejante, como ocurre con los hijos naturales cuando se rechazan, son idénticos al taita, es el decir; en este caso, igualitico a Max. Éste, tenía casi toda la genética del rodguailer (rottweiler para los puristas). El clásico peso pesado, negro con ese caramelo compartido, las notorias manchas a manera de cejas y en el pecho y las patas igualmente la mancha caramelo. El perro que infunde temor, cuando no miedo.

Max, un adulto todo fortachón, que todo el día vivía amarrado como cuidandero de finca que asusta; por eso, tal vez era egoísta porque una vez suelto sólo quería que le consintieran a él, primero él y los demás, que se frieguen. A pesar de su aspecto temible, sólo quería cariño, bastaba una caricia, tal vez porque veía que la gente que se acercaba lo primero que hacía era rechazarlo, por el mismo temor que infundía su presencia.

El hijo, el cachorro que conocí, se llamó Chapulín, con el artículo el, conocido y concreto (o determinado y definido, para los puristas), es decir, El Chapulín. Lo que son las cosas de curiosas, el nombre le caía ni mandado a hacer. Inquieto, saltón, lloriquetas, batiendo la cola a todas horas, tragón porque se comía todo lo que caía en sus garras y por comer afanado, siempre terminaba primero y si lo dejaban, iba y asaltaba el plato ajeno. Era El Chapulín que con el tiempo terminamos llamando El Chapo, porque además tenía la virtud de escapárseles a los dueños siempre que lo amarraban. Ya aprendía a reconocerse por ese nombre, el que le decíamos para llamar su atención.

Le conocí con lo que calculamos que tendría unos dos meses. Inicialmente rechazado por casi todos, no por ser rodguailer sino por lo cansón, lloretas y su mal olor. Para arreglar lo último, a pesar de las indicaciones que el mito urbano determina: a los perros no se les puede bañar antes de los tres meses (no sé quién lo dijo, ni quién inventó el mito, porque les da yonoséquécosas, pero en mi caso el mito resultó precisamente eso, un mito), y decidí, sin previa venia de nadie ni del paciente, subirlo a la alberca de la finca en donde estaba y bañarlo como se bañan los perros sucios, con balde, agua y jabón. El agua, helada, como es el agua de las tierras frías tirando a paramunas y en las primeras horas de la mañana, podrán imaginarse. Una vez bañado, afortunadamente hizo un buen sol y se tendió en el pasto a echarse su sueño y de paso secarse del inesperado baño. A pesar de todo, luego del baño seguía siendo rechazado por llorón e inquieto. Por el contrario, entre nosotros existió la química indispensable para que fuera yo el que no le rechazaba, el que lo consentía, a pesar de todo. La química nos unió o al menos eso pensé yo.

Estábamos cuidando dos perras en vías de recuperación por una esterilización que se les hizo a madre e hija (también ajenas, una obra de caridad nacida de unas personas caritativas, pero como en toda buena obra, no muy bien mirada por el dueño quien temía que le pidieran parte de la operación), razón por la cual ellas quedaron autorizadas para pernoctar dentro de la casa. Para la gente de campo, como ocurría antaño con quienes tuvimos perros en la casa, el perro era perro, comía de las sobras que quedaban, no existía oportunidad de conocer veterinario y se les vacunaba cuando había jornadas de la Secretaría de Salud, nada más, eso eran los perros y se tenían para que cuidaran la casa y punto.

El Chapulín era perro de campo y debía ser tratado como tal y además tenía su casa, bastaba con alimentarlo y despacharlo al anochecer, como se hacía con el resto de perros invitados. Pero no, no quiso irse, de donde se vio que también era terco. Con el tiempo nos dimos cuenta que además del papá, también era rechazado por los dueños, unos campesinos de la zona, lo tenían como por no dejar, pero sin ningún interés, pareciera que ni siquiera se preocupaban por su alimentación y con eso digo todo.

En las noches nada más lo sacábamos de casa empezaba el calvario: lloriqueo, raspar de puerta con las patas, gemidos lastimeros hasta que el sueño le vencía. Un día, en la noche cayó un aguacero torrencial, con truenos y relámpagos, acompañados de los gritos desoladores de ese cachorro hasta que llegó el momento en que mi alma no lo soportó, imaginándolo en medio de la torrencial lluvia, llorando de desolación, suplicando un poco de calor y porque sinceramente quería dormir sin oír el gemir ni el raspar la puerta, tan solo arrullado por la lluvia de campo, por eso decidí dejarlo entrar. El animal agradecido comenzó a mover su cola mientras lo secaba y luego escogió su rincón en dónde dormir y pasar la noche con tranquilidad. Las noches sucesivas ya tenía su lugar, a pesar de la pantomima que hacíamos para que luego del atardecer se fuera a su hogar, si es que lo tenía, pero él, siempre fiel o terco, estaba firme como un icaco, buscando su rincón de pernoctar dentro de la casa. Nos hicimos a la idea (o logré que se hicieran todos a la idea de un nuevo inquilino). Y él firme en  todas nuestras caminatas, no importaba el tiempo que duraran, siempre allí pero no dejaba de quejarse con sus lloriqueos de vez en cuando, cuando parábamos a ver un paisaje o para que pasara un carro por la estrecha carretera. También firme a la hora del desayuno, del almuerzo y de la comida, como el resto de manada que alimentamos en esas oportunidades.

La costumbre de alimentar a cuanto perro llega a la casa cuando estamos en la finca alquilada, nació precisamente de otro perro, Milan y este no es cualquier perro, es el perro de la familia, adoptado y que a pesar de su gatuna indiferencia, nos ganó a todos el corazón y no me creerán pero se cree de mejor familia y del estrato más alto que pueda haber, con decir que se cree dueño de la hacienda que abarca todo el terreno hacia todos los costados a su alrededor (sin admitir que la casa alquilada no supera los diez por cinco metros; él no tienen noción de dimensiones). Y tampoco me lo creerán, pero así es, Milan (con tilde o sin tilde, pues unos lo ven como el campeón otros lo vemos como la ciudad que le da origen) desde que era cachorro (hoy ya tiene dos años el señor, así como digo) llegaba a la finca y salía correteando por todos lados y casas aledañas, llamando a todos los perros para que, por un lado supieran que había llegado él y por otro para que fueran a su casa y cuando todos o casi todos llegaban a visitarlo, él campantemente se iba y los dejaba envainados con nosotros. Conclusión, darles de comer a los invitados, porque no es de cristianos no dar un bocado a quien es invitado. Siempre he dicho que Milan es de aquellos que invitan a la piñata, mira los regalos (aún con desprecio, si se me permite la afirmación) y simplemente se va, dejando a los invitados mirando para el techo. Nos hace pasar unas penas ajenas…

Por eso conocemos a Regalo (o Cacerola como parece ser su nombre original), Toscana (aunque es realmente Suescana) y Fiona, su hija; a Max y su hijo despreciado, el Chapo; y otros cuyos nombres no recuerdo como el dóverman que cuida a los vecinos (igualmente una mansa paloma a pesar de su linaje), al negro viejito, a los otros dos negros, al amarillito ese que fue expulsado porque nada más entra a la casa orinada fija, además de que parece que nunca se ha bañado y algunos más.

Meses después retornamos a ese descanso medio paramuno y con ansias buscaba al Chapo, quien no apareció en toda la mañana, lo que me daba a pensar en su desaparición, ausencia de perro. Nos saludamos con todos, pero el Chapo no apareció, hasta que hacia la hora del almuerzo hizo su aparición con otro compañero, que parecía igualmente cachorro, uno nuevo, que nos dijeron que precisamente el día anterior había aparecido de la nada, un criollo con correa pero sin ninguna otra identificación, de donde hicimos cábalas de que se había perdido, se había volado o, lo peor, lo habían abandonado. Allí estaba, todo alegre al lado del Chapo y parecía que había sido bien recibido por los demás. Meneaba su cola porque sí y porque no, parecía ventilador y parecía muy feliz por su entorno. Más cuando fue acariciado por todos como un nuevo perro de la manada, no era líder, no tenía con quien disputar posiciones, por lo que tanto Max como Toscana lo recibieron y aceptaron bien, su prestigio no corría peligro con el nuevo, llamárase como se llamara, porque entre perros no importa el nombre sino el olor.

Ese nuevo perro debería tener para nosotros un nombre, suponiendo que ya hubiera tenido nombre, por desconocerlo, correspondía ponerle uno para efectos de poderlo identificar entre todos los demás, para que no se sintiera anónimo, supongo. Cosas de humanos y de nuestra proclividad a estar definiéndolo todo, nombrándolo todo, a nuestro acomodo, a nuestro interés.

Porque batía tanto la cola, a Mónica se le ocurrió que era una baticola, lo que sugirió que por ser macho sería Batman, pero terminó, según consenso como Bruno, por Bruno Díaz. Por estas asociaciones y por haber tenido un nombre previo, como suponíamos pero desconocíamos, me pareció acertado, porque Batman ocultaba un nombre, desconocido para el resto de mundo. Asociación de palabras disociación de ideas y de personalidades.

Y se hizo el trío dinámico de cachorros, porque entre Fiona, el Chapo y Bruno era el trío perfecto para estar de correrías, peleando a su manera, jugando, mordiéndose, retozando entre ellos, parecía un grupo de cachorros envidiable. Aunque el duo dinámico era entre Bruno y el Chapo, los sin hogar, los no invitados, los rechazados pero siempre agradecidos, según traducía el movimiento de colas. También fueron un buen grupo de compañía en nuestras caminatas, siempre a nuestro lado, en los momentos de lectura a nuestros pies, cuando no estaban retozando cerca, o de compañía mientras admiraba el paisaje o que simplemente dejaba que mis pensamientos viajaran con el horizonte, con las nubes, con el viento de montaña.

En este viaje, ya sin Milan a bordo, no hubo pernoctada interna de perros, ya no había razón y debíamos recordar que era perros, perros de campo que debían mantener esa condición porque nuestra estadía sería corta, de unos días y no era conveniente darles unas comodidades que al poco rato perderían por no se sabe cuánto tiempo más. Haciendo símiles, el Chapulín había disfrutado de calor de hogar la ocasión pasada, como lo habría tenido un niño abandonado que es invitado a conocer otros lugares, con estadía de hotel cinco estrellas y acabado el plan, volver a su rutina de abandono. Por eso creíamos mejor que no durmieran dentro de la casa, no creía que fuera justo hacerlo nuevamente.

Curiosamente ni en la primera noche ni las siguientes hubo escándalo por habérseles impedido que durmieran dentro de la casa, no hubo chillidos ni raspar de puertas, tal vez lo intentaron, pero pasaron desapercibidos. A la mañana siguiente, desde la ventana vi  al Chapo y a Bruno durmiendo en el pastizal, uno al lado del otro, dándose calor como acostumbran a hacerlo las personas abandonadas y desechables, si se me permite el término, en esa asociación tácita de interés común, totalmente desinteresada de solidaridad y cariño mutuo. Mientras les miraba dormir un gallo anunció el levante y vi cómo se iban desperezándose, cómo se olían mutuamente, cómo se acariciaban, de una manera natural, como sólo pueden hacerlo los desamparados, cuando unen sus corazones desinteresadamente en medio de su desgracia, de sus tribulaciones.

En la distancia sonreí al verles, el corazón se encogió al saberles unidos, compartiendo una vida, que para ellos sería de perros, de perros de campo, sin ninguna otra aspiración. Me alegró verles en una comunión de mutuo apoyo, me tranquilizó que no pudiendo hacer yo nada por ellos, ellos se apoyarían incondicionalmente, por toda la eternidad.

Ya el día del regreso se presentó una situación en que la manada pasó a ser una jauría contra una oveja, que no quiero recordar, por ahora y a la que debí enfrentar solo.

El dueño de Max y supuesto del Chapulín salió airado, los hizo recoger para amarrarlos, previo desahogo de ira mal tratada –si se me pregunta es un sociópata, pero mi diagnóstico no es profesional-. Una escena que deseo olvidar, dejarla hundirse en las profundidades de mi propia caja de Pandora, porque me dio una razón más para seguir pensando que la humanidad da asco (algún día aclararé este punto, pero no ahora).

Al rato oí que seguía vociferando porque me había encerrado, no estaba yo interesado en hacer parte de esa energía pesada que de él emergía. Entonces miré por la ventana y en la distancia vi al Chapulín amarrado, pensé que era un correctivo que el campesino hacía con sus animales, una soga al cuello, medio colgante. Y pensé, pobre Chapo, inocente que pagó por estar en el sitio equivocado, en el momento equivocado, hasta que lo libere.

Pero algo no funcionaba bien en mi mente, era como si hubiera visto lo que yo quería ver mas no lo que pasaba en la realidad. Tal vez un engaño de mi mente, como freno para no enfrentar una cruda realidad. Varias veces volví a mirar al Chapulín hasta que me tocó aceptar la realidad que mi mente se negaba a reconocer.

Estaba colgado como un cuatrero, simplemente colgaba de la soga, no se veía ningún movimiento, ningún aspaviento. Simplemente yacía con la soga rodeando su cuello, ya sin resuello, sin vida, se había ido, de una manera miserable. Quedé mudo, no había palabras, no tenía lágrimas, solo sentí un dolor muy profundo, solo pude elevar una oración al Dios de los perros, si es que también existe; tristeza por el pobre Chapo; desasosiego por la miseria de la humanidad; no había derecho, simplemente no había derecho.

Se fue en silencio, tal como había aparecido en mi vida, ningún otro perro al parecer supo de su retiro, porque no hubo aullidos de conmiseración, ni fue acompañado en su Gólgota, como suele suceder en las partidas entre congéneres. Esta vez no hubo nada y nadie se dio cuenta tampoco, solo yo. Rogué a los cielos para que el espectáculo fuera retirado, antes que nadie más se diera cuenta. Al rato, fue descolgado, vi como transportaban su pequeño cuerpo inerte hacia la montaña, me imagino que también fue tirado por allí, que ni siquiera tuvo derecho a una sepultura, literalmente fue tratado como un perro, según nuestra versión de vida.

No se lo merecía.

En la tarde, ya para retornar a la ciudad vinieron todos los perros a la despedida, entre ellos Bruno. Nadie notó la ausencia del Chapo, solo yo, que sí sabía en dónde estaba, miraba a los cielos y esperaba verle, ansiaba despedirme de él viendo a través de las nubes.

Y Bruno, quedaba tan solo como yo. Fue muy triste despedirme también de él, no se había dado cuenta que había quedado íngrimo, que ya no tendría al Chapo para cobijarse con su cuerpo en las noches frías, ni como compañero de juegos, mientras crecían. Solo cuando estuviera solo notaría la soledad y la ausencia de compañero de infortunio y ver a Bruno así, sin que él lo supiera, me hizo doler más el alma, porque el corazón ya el Chapo me lo había dejado partio, sin su querer.

Solo pude atinar a decirle: Hermano, a partir de hoy está solo, el Chapulín ya partió y nadie le lloró! A usté… tampoco!   


Foto: JHB (D.R.A.)


[1] Gary Jennings. Azteca.

viernes, 3 de febrero de 2017

ESTOY VIEJO Y PUNTO



Es el maleficio de los viejos,
saber que no controlamos nada.

Serie Netflix Homeland

Me he mirado en el espejo y ya pasando los sesenta veo reflejada una cara arrugada, con bolsas en los ojos, mirada… (flaco, ojeroso, cansado y sin ilusiones, dice la canción aunque no me refiero a eso, por el momento). Es una simple realidad y cuando lo manifiesto es voz alta me salta todo el mundo con las maricadas de siempre (No diga eso! La juventud se lleva en el corazón! Si afirma eso, eso será! Vieja, la cédula. Y mil cosas más. No los culpo, no se han visto en el espejo, pero yo si los he visto, tan viejos como yo).

Hago un paréntesis necesario para este efecto. Voy a decirlo sin eufemismo y si alguien se da por aludido, se siente ofendido, prevé que lo voy a ofender, lo mejor es que suspenda aquí la lectura y simplemente continúe con su vida, no pasa nada y al final no tendrá motivo para ofenderse ni para denigrar de mí.

Continúo. Me emberraca que me critiquen, me regañen y me hagan el feo cuando simplemente manifiesto una realidad, al menos mi realidad, al decir ESTOY VIEJO (en mayúscula sostenida y negrilla de ser posible). Y seguiré manifestándolo cuando se me dé… (sin eufemismo, dijo) está bien: se me dé la gana.

Yo no digo nada, al menos en voz muy alta, cuando veo con su espíritu juvenil a una anciana vestida (con llanta incluida) como quinceañera o a un anciano como pleyboy de bluyín roto –Dios mío, es un atentado al respeto de la tercer edad-; siempre he pensado que cada lora en su estaca. Pero sin embargo, si hago referencia a mi cuerpo senil salen con aquello de que la cédula es la vieja y se equivocan, la cédula envejece con uno (aunque es más nueva que uno!), baste mostrarla para entrar gratis a un museo! (para eso sí no están viejos! Ja!)

Y yo, que ya no puedo levantar una caja de cerveza –vacía o llena- con la agilidad de hace veinte años, que no puedo correr más de dos metros detrás de un ladrón sin fatigarme, que ya no distingo en las mañanas si las medias son negras o carmelitas, que tengo que ponérmelas en varias etapas, que me asfixio subiendo doce pisos, por la escalera naturalmente, que me da ahogo subiendo un puente peatonal, que ya no puedo barrer sin que me termine doliendo la espalda, menos hacer labores de lavar los vidrios del apartamento por temor al dolor del huesito rotador, por todo eso y muchos más, me di cuenta que estaba envejeciendo y al verme en el espejo, sin rubor ni vergüenza me tocó reconocerlo ante el espejo y decidí hacer respetar mi derecho a sentirme como se me dé la gana y de expresarlo en voz alta ante el indeterminado infinito.

Naturalmente mi mente (espíritu, alma, corazón o como quiera decírsele) dice que puedo subir sin mayor esfuerzo al Everest, pero eso lo dice él. En la práctica, cuando le hago caso, la depresión es mayor al saber que ni siquiera me puedo poner con agilidad las botas de ascenso; cómo será mantener el equilibrio en esas alturas.

Mentalmente soy invencible, la edad me ha dado libertad, al menos de decir lo que se me da la gana y a mayor edad con mayor irreverencia, con menos eufemismo. Me siento capaz de muchas cosas, como habrán visto, mi actividad mental se ha agilizado (la lengua también, dirán algunos y tienen razón) y mientras esté entretenido no me siento cansado. Pero eso es mentalmente (de corazón, de espíritu, de alma o como quieran llamarlo), pero en la realidad la edad me ha traído limitantes físicas, materiales que si he de ser sincero, al menos conmigo mismo, he de reconocer que el cuerpo ya está cansado, desgastado y hasta los polvos hay que pensarlos con previsión! Ya no se tiene quince años, aunque yo también tuve veinte años y un corazón vagabundo! (Sonrío al ver la vida en retrospectiva!)

Y a pesar de sentirme invencible mentalmente, también ella me traiciona, las palabras ya no fluyen como antaño (Tan rico que era cuando hablábamos de corrido, dice mi cuñada la Mona, como alusión que hace con sus hermanos paisas, para más detalle). Y tienen toda la razón, ya es imposible hablar sin olvidos momentáneos o duraderos, según edad, hasta los nombres de las pepas que la edad conlleva se nos olvidan y todo termina en aquella cosiaca, esa joda, esa vaina, aquella cosa que está detrás de la puerta, esa vainícula –como diría mi mamá-. Y también olvidos obvios: dónde dejé las gafas? Para qué abrí la nevera? Qué era lo que venía a hacer? A quién tenía que llamar? Todo eso me indica que estoy viejo, a pesar de lo que quieran pensar los demás, para qué mentirse a estas alturas uno mismo? Al pan, pan y al vino, vino, qué más da, es hora de la aceptación, no de la negación.

Y de contradicción, también mis congéneres caen en contradicción, cuando se me ocurre proponer algo, curioso?, me saltan con la respuesta: Deje la bobada que ya está viejo para eso! Quién los entiende, si los columpios están en el parque esperando!

            Por todo esto, tengo derecho a gritar, en silencio o en voz alta, moderada o en grito de desesperada atención:

Váyanse a la mierda y déjenme ser viejo, a mi manera, déjenme disfrutar mi vejez como se me dé la gana!

(De antemano advertí que se podrían sentir ofendidos y helo aquí! Ecce homo!)

Amén!

Pregunta de examen: ¿Cuáles son los movimientos del corazón?
Respuesta: De rotación, alrededor de sí mismo, y de traslación alrededor del cuerpo[1].



Foto: JHB (D.R.A.)


[1] http://www.semana.com/educacion/articulo/respuestas-mas-curiosas-de-estudiantes-a-sus-profesores/468288

miércoles, 1 de febrero de 2017

EXISTE UN OTRO?


Existe un otro? Pregunta que ya ni me acuerdo por qué me asaltó. (Cosa curiosa, el desocupado que no tiene otra cosa qué hacer, me recrimina alguien dentro de la cabeza).

Y estando en eso, pensé en que todo depende y trataré de explicarlo.

El otro puede ser usted, el otro, el desconocido, ese que pasa a mi lado y no lo reconozco, ni lo saludo por lo mismo, ni le sonrío porque no sé quién es, ni qué intenciones tiene, aunque una sonrisa valga más que mil palabras, pero uno nunca sabe.

O puede ser aquél otro, el que pasa a mi lado indiferente, sin preocuparse de mi existencia, como no me ocupo de la de él, porque sabemos que si mantenemos la distancia, ambos somos buenas personas.

El otro puede ser mi par, si es que tengo, aunque bien visto, siempre lo he de tener, si forma parte de la familia humana, aunque hay familia de familias, así como hay pariente de parientes, de los que se saludan de mano o de beso, de los saludados de lejitos y de aquellos que es mejor no saludar.

También está ese otro, el vecino, con el que me cruzo esporádicamente en el camino, ese que inicialmente se negaba a ser saludado, pero que a fuerza de verme quedó obligado a darme una sonrisa tímida como única forma de respuesta a mi saludo y que luego, ya con más confianza, pero sin coger el codo, decía buenos días con voz medianamente audible. Ese que luego saludaba y dejaba aparecer una sonrisa, pero de lejitos, por favor, no me gusta intimar con nadie que sea yo mismo, porque el otro, siempre será el otro.

Y están los otros, esos que me acompañan a diario, en mi cabeza, en mi imaginación, esos que son yo sin serlo, y por eso son los otros, que dan consejos cuando no son consultados, que se ponen iracundos cuando no son llamados, esos que, en últimas, son la única compañía en la soledad (y nos llama irónicos..!).

Y los otros que ya se fueron y nada dejaron, ni siquiera el recuerdo de la lápida, ni el conocimiento familiar por ser lejanos otros, que ya no volverán, esos otros que forman parte de los otros desconocidos, a pesar de la familiaridad.

Pero no me refería a ninguno de ellos, de esos otros. Pensaba en el otro que me resultaba preocupantemente desconocido.

Dicen los que saben que así como es arriba es abajo. A ese otro me refiero, al que puede existir en el arriba si yo estoy abajo y en el de abajo, estando yo arriba. A ese otro yo que puede que sí sea yo pero en otra instancia, en otra estancia, en otra dimensión, ese otro que dicen que hace lo contrario a lo que estoy haciendo yo, en otra dimensión. Lo contrario a escribir es leer? De ser así, ya me agradó ese otro, ese que está en la novena dimensión o en la nonagésima, o está entre las cuerdas, por la teoría que así lo enseña. O como aquél del experimento, el del gato negro, el de la paradoja de Schrödinger (ni idea cómo se pronuncia ese nombre, lo copié textual del sabedor de sabedores, el dotor gugol) y como paradoja que es, puede que ese otro sea yo, o  yo sea el otro, o que no exista ese otro o, es más, que no exista yo, aunque también puede ser que ninguno de los dos existamos, que todo se reduzca a una imaginación momentánea que haya tenido ese Dios que está en todas partes, pero en ninguna, lo que diría que Dios termina siendo entonces una paradoja, aunque no es tema que hoy me ocupa.

Y agrega el citado dotor:

El electrón es al mismo tiempo onda y partícula. Para entenderlo, sale disparado como una bala, pero también, y al mismo tiempo, como una ola o como las ondas que se forman en un charco cuando tiramos una piedra. Es decir, toma distintos caminos a la vez. Y además no se excluyen sino que se superponen, como se superpondrían las ondas de agua en el charco. De modo que toma el camino del detector y, al mismo tiempo, el contrario. El electrón será detectado y el gato morirá. Y, al mismo tiempo, no será detectado y el gato seguirá vivo. A escala atómica, ambas probabilidades se cumplen de forma simultánea. En el mundo cuántico, el gato acaba vivo y muerto a la vez, y ambos estados son igual de reales. Pero, al abrir la caja, nosotros sólo lo vemos vivo o muerto[1].

De allí que puedo ser yo el que está escribiendo o, si lo prefieren, porque no lo conocen como me conocen a mí, si es que me conocen, puede ser el otro el que esté escribiendo este blog, por eso sólo pediría que no abrieran en este caso la caja, para no verme muerto (de la risa?) lo que algunos podrían desear, si me conocieran, o vivo, para desgracia de otros o, tal vez, sólo tal vez, no encuentren nada, porque también puede suceder que en medio de mi santidad, o de la del otro, haya ascendido en cuerpo y alma y el vacío solo rondaría en una caja negra que nunca contuvo nada en su interior, porque

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de älas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra
fina y lángida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!¡y eran una sola sombra larga!
Esta noche
solo, el alma
llena de las infinitas amarguras y agonías de tu muerte,
separado de ti misma, por la sombra, por el tiempo y la distancia,
por el infinito negro,
donde nuestra voz no alcanza,
solo y mudo
por la senda caminaba,
y se oían los ladridos de los perros a la luna,
a la luna pálida
y el chillido
de las ranas,
sentí frío, era el frío que tenían en la alcoba
tus mejillas y tus sienes y tus manos adoradas,
¡entre las blancuras níveas
de las mortüorias sábanas!
Era el frío del sepulcro, era el frío de la muerte,
Era el frío de la nada...
Y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada,
iba sola,
iba sola
¡iba sola por la estepa solitaria!
Y tu sombra esbelta y ágil
fina y lánguida,
como en esa noche tibia de la muerta primavera,
como en esa noche llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella,
se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas!
¡Oh las sombras que se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!...[2]

Foto: JHB (D.R.A.)




[1] http://www.astromia.com/astronomia/paradojagato.htm
[2] José Asunción Silva. Nocturno III