Llegó una carta.
Un sobre, cerrado y el sobre podría decirlo todo.
Uno totalmente blanco, entregado a la mano, con un determinado destinatario, acompañado luego de el consabido E.S.M.[1], era una invitación, generalmente a un matrimonio, especialmente si las letras estaban escritas en caligrafía palmer fina, de plumilla y tinta china, de especial estilo. No contenían remitente, se consideraba una falta de respeto, supongo.
Y ya que lo menciono, las cartas, las otras, debían tener un remitente y un destinatario. Lo menciono porque creo que nadie sabe que los sobres tenían su etiqueta.
Y en cuanto a los
sobres, éstos también se distinguían además de los en blanco, pues había correo
terrestre (que a su vez podía ser correo urbano, nacional o internacional) y
correo aéreo -nunca supe si hubo alguna particularidad en correo marítimo o si
este fue usado en los últimos cien años, porque antes, está claro que era el
único medio de comunicación-. Y a la vez, el correo podía ser urgente u
ordinario (de entrega corriente, para ser más explícito) y de él dependía
también el importe[2] de
la estampilla eligiendo la rapidez de la entrega.
Y ahora recuerdo que había dicho que el correo podía ser urbano o nacional y cada uno podía identificarse por el sobre, por la estampilla o el matasellos que se colocaba encima de la estampilla, generalmente. Y todos ellos requerían de un remitente (con nombre, dirección y ciudad y el prefijo Rte/), por si no se encontraba la dirección del destinatario era la forma de poder devolver la carta (con un sello que indicaba la razón de la imposibilidad de entrega, recordando entre otras: No se encuentra el destinatario; Dirección errónea; Dirección inexistente; Dirección es un lote).
Y era emocionante ver llegar el cartero, sobre todo cuando se esperaba respuesta, qué noticias traería, de dónde escribirían, a quién se dirigía.
Ahora que me acuerdo casi todas las cartas se escribían a mano, en hoja tamaño carta (de ahí su nombre, supongo), pero también se acostumbraba, al menos en la generación de mi papá, escribirlas en máquina con una copia al carbón (sí, para quienes no lo sabían, existía un papel que se llamaba papel carbón). Y recuerdo también que se solía poner luego de la despedida el nombre manuscrito (época en que se escribía y siempre se tenía a la mano el estilógrafo, ya casi extinto). Y antes de ella se usaba el lenguaje clásico de despedida, de extrema cortesía a fórmulas sacramentales, según el destinatario, como S.s.s. (su seguro servidor), Aftisimo (afectísimo) y otras siglas que solo los viejos recordarán.
Y pensar que ya han desaparecido la cortesía y las costumbres de antaño. Y pensar también que fue sucedido por el correo electrónico, que hoy, igualmente está en vías de extinción porque el WhatsApp y las video llamadas han venido ocupando su espacio.
Y a propósito, se preguntarán, qué decía la carta con que inicié y eso me hace acordar que en aquellas lejanas épocas también había hackers que revisaban el correo. Para la época era muy sencillo, se ponía a calentar agua y con el vapor se pasaba el sobre en la zona del pegante y voilá se abría, se leía y se procedía a pegarla nuevamente, porque la goma de la época permitía esas intromisiones, lo que me hace pensar que en eso no ha cambiado la humanidad.
… un ejemplo tangible de la naturaleza efímera del mundo: sic transit gloria mundi[3].
[1] E.S.M. significa, para quienes no
son viejos, que la carta se entregaba En Su Mano. Antiguamente era muy lúcida
la forma de escribir, especialmente en las despedidas.
[2] Preciso aclara para estos tiempos
que la palabra citada no se refiere al verbo importar (de transacción
internacional ni de tener una afectación) sino al importe
es la cantidad de dinero que corresponde al precio de un bien, servicio, deuda,
crédito o saldo.
[3] Huesos olvidados. Douglas Preston y
Lincoln Child.
Sic transit gloria mundi es
una locución latina que
significa literalmente: "Así pasa la gloria del mundo" y que
se utiliza para señalar lo efímero de los triunfos. El origen de la expresión
parece provenir de un pasaje de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis (1380
- 1471) en la que aparece la frase "O quam cito transit gloria mundi"
(Imitación de Cristo 1, 3, 6) ("Oh, cuán rápido pasa la gloria del
mundo").
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