Hay tanta falsedad en el ciberespacio que ya nos están obligando a comprar programas que determinen si lo que se ve en él es real o no, si lo hizo alguien de carne y hueso o solo es producto de la IA.
Vaya ironía, me vuelvo a repetir.
Era
cuestión de tiempo, claro. «Hay que darle tiempo al tiempo», había dicho Feliza
con una de esas frases que no solía usar: frases armadas que no quieren decir
nada, pero que son útiles porque permiten callarse, clausuran una conversación
de buena manera y sin que nadie se sienta agredido, pasan a otra cosa y dejan a
la gente en paz.[1]
Conforme nos vamos acercando a nuestros días,
el ritmo de crecimiento de los conocimientos se vuelve frenético y conduce a
una paradoja. ¿Qué es lo que aumenta con más rapidez? ¿El conocimiento o la
conciencia de lo desconocido? Las cosas nuevas que vamos descubriendo y que
debemos estudiar y comprender parecen cuantitativamente más que las que ya
hemos comprendido. Podemos imaginarnos el conocimiento como una fracción
matemática (la relación entre lo que ya sabemos y lo que sabemos que existe
pero que todavía debemos comprender). Nuestra labor de investigación de los
«confines» y de los contenidos implica que aumente el numerador (lo que
sabemos), pero también que aumente sobre todo el denominador (lo que sabemos
que no sabemos y que debemos comprender). Así pues, la fracción se vuelve cada
vez más pequeña. Sin ninguna presunción, como las que alimentaban los
pensadores positivistas, podemos en cualquier caso seguir investigando, con la
estimulante certeza de que, mientras haya una mente pensante, la conciencia de
la ignorancia no dejará de aumentar. Esta es la paradoja del conocimiento.[2]

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