viernes, 31 de julio de 2026

LA IRONÍA MODERNA

                Hay tanta falsedad en el ciberespacio que ya nos están obligando a comprar programas que determinen si lo que se ve en él es real o no, si lo hizo alguien de carne y hueso o solo es producto de la IA.

                Ya no necesitaremos un antivirus, será su avatar el que nos diga si la imagen, el documento o el sonido son reales (lo que quiere decir que ya estamos próximos a redefinir esta palabra, realidad) y de paso poder determinar el grado de falsedad en la medida en que provenga de la IA.

                Un nuevo reto para la credibilidad, especialmente para los menos perspicaces, por no decir de los más ignorantes que comen cuento a cuanta mentira bien dictada llega a sus oídos.

                Esa es la nueva ironía del avance tecnológico.

                Y ahora nos vienen, a pasos agigantados, con la creación del computador cuántico. Y me preguntaba para qué querría yo un computador cuántico y además, cómo protegerse uno de él. Pensé en la primera pregunta y me decía si el computador que tengo lo uso para maricadas varias (música, videos, usar el Word, preguntarle al doctor Google para salir de tan variada ignorancia que me acompaña) y solo uso el diez por ciento de mi cerebro y el cinco de la funcionalidad de mi portátil, qué haré con uno cuántico? 

               Vaya ironía, me vuelvo a repetir. 

Era cuestión de tiempo, claro. «Hay que darle tiempo al tiempo», había dicho Feliza con una de esas frases que no solía usar: frases armadas que no quieren decir nada, pero que son útiles porque permiten callarse, clausuran una conversación de buena manera y sin que nadie se sienta agredido, pasan a otra cosa y dejan a la gente en paz.[1] 

 

Conforme nos vamos acercando a nuestros días, el ritmo de crecimiento de los conocimientos se vuelve frenético y conduce a una paradoja. ¿Qué es lo que aumenta con más rapidez? ¿El conocimiento o la conciencia de lo desconocido? Las cosas nuevas que vamos descubriendo y que debemos estudiar y comprender parecen cuantitativamente más que las que ya hemos comprendido. Podemos imaginarnos el conocimiento como una fracción matemática (la relación entre lo que ya sabemos y lo que sabemos que existe pero que todavía debemos comprender). Nuestra labor de investigación de los «confines» y de los contenidos implica que aumente el numerador (lo que sabemos), pero también que aumente sobre todo el denominador (lo que sabemos que no sabemos y que debemos comprender). Así pues, la fracción se vuelve cada vez más pequeña. Sin ninguna presunción, como las que alimentaban los pensadores positivistas, podemos en cualquier caso seguir investigando, con la estimulante certeza de que, mientras haya una mente pensante, la conciencia de la ignorancia no dejará de aumentar. Esta es la paradoja del conocimiento.[2] 

Tomado de Google




[1] Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez.

[2] Historia del dónde. Tommaso Maccacaro y Claudio M. Tartari.

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