Martin Luther King tuvo uno y mire cómo acabó. Todos también los hemos tenido alguna vez y no sé si alguno se ha cumplido. Esos son sueños despiertos, ilusos o no, sueños son.
Y luego de un sueño medianamente pesado, producto también de una lectura nocturna, más televisión y yo qué más sé, el sueño me dejó ese sinsabor que dejan los sueños que quedan entre la oscuridad y el temor, lindante a pesadilla y al día siguiente se queda uno con él, con ese sinsabor, sintiéndose igualmente pesado hasta que logra deshacerse de esa desazón, infundada por demás, porque fue solo un sueño.
Eso me lleva a pensar en los tipos de sueños. Desde el
de tenerlos despiertos como anhelo, como deseo de vida. Los hay también
tranquilos, reconfortantes, los apacibles, los repetitivos, los inadvertidos,
los intrascendentes.
Del asunto se podría escribir mucho, pero no hay nada más gratificante que despertarse en medio de una carcajada, pues son los que realmente alegran el día.
«No se
puede volver a ninguna parte si uno no se ha ido antes»[1]

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