lunes, 20 de febrero de 2023

COSAS DE VIEJOS. I

 La vida del pensionado puede parecer aburrida, pero es vida; aburridora, tal vez, pero sigue siendo vida, mientras los avatares de ella no lo derriben. Aparentemente sin problemas, pero ellos vienen sin ser invitados, ya no tan fatales como antaño, como, por ejemplo, cuando tambaleaba la estabilidad laboral, ahora al menos ya estaba asegurada en el aspecto económico, bien o mal, con un ingreso constante. Pero sigue habiendo problemas, entre ellos, las dolencias de cuerpo y alma. Ya estamos viejos. No entendemos los tiempos en los que vivimos.[1] Seguimos creyendo que los tiempos pasados fueron mejores, tal vez sea cierto, tal vez no lo sea. Y eso porque Un hombre solo y sin nada que hacer, le había dicho una vez algún colega ya muerto, produce pensamientos peligrosos para sí mismo[2]. Y en efecto, Un hombre ocioso, y con tiempo, siempre es un peligro [3], aún para sí mismo. … había visto el fenómeno en casi todos los ancianos, incluso en sus abuelos (…). Llegaba un momento en que se dejaba de vivir hacia adelante y la vida se convertía en un constante rebobinar. Los viejos parecen «avanzar hacia el pasado»: lo único que conocen del porvenir, que siempre es incierto para todos, es que nada tendrá para ofrecerles. Pensando en esto, (…) sintió cierta tristeza, pero también algo de envidia. La gente mayor no estaba sometida a las ansiedades, incertidumbres y frustraciones de la gente más joven. Ya todo había sucedido, para bien o para mal[4].

 

             Lamentablemente, algunas pesadillas las imaginamos exactamente porque son susceptibles de cumplirse. Hay en nuestros mayores miedos algo de profecía y anticipación[5]. Por eso, las lamentaciones eran mejor dejarlas para mañana, sería otro día, como mucho en la vida de pensionado, siempre decía que lo haría mañana. Mañana era hoy y todo seguía igual[6]. Y eso significaba que otra mañana había transcurrido. Otra mañana (…)  que se le perdió como arena entre los dedos[7].

 

            Pero dejemos los pensamientos insulsos que ya a esta edad son bastante constantes y no llevan a ningún lugar, salvo a deprimirse, aunque también es cierto que A veces las cosas no son ideales ni suceden de la manera en que uno querría, de hecho, casi siempre obtenemos una suerte de copia desteñida de lo que deseamos. (…) somos personas mayores ya. Bah, somos viejos. Mejor digámoslo así, que tampoco vamos a cambiar el hecho al definirlo con palabras más suaves. Me refiero a que usted, que es muy joven, ahora no lo entenderá, pero algún día se acordará de esto que le diré ahora: con los años uno aprende el arte del conformismo, se da cuenta de que la vida no es la gran cosa y de que no se debe exigir demasiado de ella. Con que nos conceda unos días, unas horas, unos minutos, un mísero segundo de dicha, tan largo como una exhalación o un suspiro, con eso ya uno puede considerarse afortunado[8].

 

A menudo queremos que algunos días y horas transcurran velozmente si estamos esperando por algo o alguien que nos satisface. Al contrario, anhelamos que se hagan más lentos en los momentos en que queremos evitar que algo ocurra: una visita indeseable, una prueba difícil o una cita médica. Es entonces cuando descubrimos que el tiempo es inexorable, especialmente cuando se concentra la atención sobre este, deseando que las horas tarden en pasar. La gran y cruel ironía del efecto del tiempo es que percibimos con rapidez el paso del mismo cuando más nos gustaría que se retrasara[9]. Pensamientos de viejo, me dirán, tal vez así sea, pero son pensamientos que, como cuentagotas, pasan inexorablemente por la mente en todas las épocas de nuestra vida, con una precisión propia del decaimiento. Me hace recordar una pregunta obligada en la juventud, tanto como juego como en entrevista laboral, la consabida pregunta de verbalizar el de dónde venimos y para dónde vamos. Nunca lo tuve claro, nunca supe dar una respuesta, salvo la que se esperaba y que los demás querían oír, una buena mentira social, es cierto, Algunos afirmaron cosas no tan apegadas a la verdad y otros se hicieron de la vista gorda. Siempre son pequeñas cosas las que uno demanda y la gente se dice a sí misma que lo que hacen no es tan grave. El autoengaño es una maravilla (…). Es el camino de una sola vía de la especie humana, llenarse de espejismos y olvidarse de lo que se puede tocar[10]. Y el tiempo fue el que me dio la respuesta adecuada, a preguntas que hoy considero innecesarias porque ¿Lo crees realmente útil? ¿Saber de dónde venimos, quiénes somos, cambiaría el presente?[11] Creo que no, hoy, sinceramente creo que no.

 

Una serie de rápidos pensamientos pasó por detrás de sus ojos, pero todos se referían al tiempo que se iba, al tiempo que transformaba las cosas en polvo y que, sin embargo, dejaba un resquicio para la idea de eternidad, la única que sin ninguna prueba habían asumido los hombres. La eternidad… (…) no podía dejar de pensar que la eternidad da sentido a todo aquello que no es eterno[12].

 

            Por andar divagando, el pensamiento se dispersa y al volverse disperso uno olvida el camino que debía recorrer, el cuento no iba por ahí, el cuento era otro, se centraba en un pensionado y una cafetería, en un día cualquiera que pensando que era rutinario, al fin no lo era. Entonces llegó a mi cabeza una sentencia leída: Debes esforzarte más. Pero te recuerdo algo muy importante: no siempre nuestros esfuerzos reciben la recompensa que esperamos[13].  Ah carajo! pensé, eso me pasa por despistado y me consuela pensar que a todos nos pasa, no hay como un mal general para menguar la culpa propia.

 

Quedamos en silencio por un momento que parece intolerable, como si la falta de palabras pudiera revelar algo que estas no podían por sí mismas[14].

 

Superado el silencio que hizo presencia en mi mente y rectificando los pensamientos, me centro en el cuento que inicialmente tenía esbozado en mi cabeza. Un pensionado, una cafetería.

 

            Entonces reinicio.

 

Un día cualquiera, de un mes cualquiera, en cualquier lugar de la ciudad, o de cualquier otra, se ve un personaje, ya pensionado y como se prevé de él, sin mayor cosa qué hacer. El personaje puedo ser yo, tal vez lo sea, o solo sea producto de mi imaginación, que fértil sí es, para bien o para mal, para lo bueno o para lo malo.

 

El sitio, una cafetería cualquiera, aunque por qué no, una cafetería parisina es un mejor inicio, en ese ambiente de cafetería parisina que hemos visto, mas no degustado, pero que gracias a las películas nos hemos imaginado, donde se producen encuentros amorosos, mafiosos o de espías. Así el cuadro cuadra mejor y se ve más elegante. La elegancia ante todo.

 

Sin intención alguna, buscar una mesa estratégica, donde se abarque el paisaje de cafetería lo mejor posible. Sin sentirse intruso, sin estar fuera de lugar. Pedir un expreso con intenciones de pensionado, es decir, para saborearlo sin afán alguno, tan solo contemplando los alrededores, sin esperar nada, solo que pase el tiempo.

 

Ver cómo las mesas se desplazan en su afán por ser llenadas. Algunos con afán alcanzan solo al saboreo, otros en espera -de algo o de alguien- y los contertulios que comienzan a llegar. Por la hora, pensionados, como debe ser. Murmullos por aquí, risas por allá, saludos más acá, silencios intrigantes en uno que otro lugar. Es un mundillo que refleja lo que es el mundo. Y yo, degustando el expreso y tratando de adivinar los pensamientos ajenos, sin intención de parecer intruso. Aunque uno no lo quiera, es obligatorio oír conversaciones ajenas que se generan en una y otra mesa.

 

De las varias ocupadas me centro en mis congéneres, es decir en una mesa de pensionados y me dije: Es excelente ser viejo. Es la mejor edad, es la época en que el entendimiento ve con más claridad[15]. O al menos eso creía.

 

Me llamó la atención una frase que uno de ellos estaba diciendo: Un hombre muerto terminaba por ser un hombre que jamás había existido[16]. No sé el contexto en que lo decía, pero llamó mi atención, por la verdad que escondían esas palabras y de allí que centré mi atención en los contertulios, debían estar hablando de la vejez, lo más seguro.

 

Y uno de ellos continuó diciendo:

 

-… es la misma alegría de no ser el muerto en un entierro. Pero ahora le ha llegado el turno, aunque resulte increíble. Vas a empezar una nueva vida, le dirán. ¿Y qué mierda de vida es esa? La maldita vejez. Una cuesta descendente hasta la muerte[17].

 

            La experiencia lo hizo descubrir el gran poder que las palabras tenían para acercar o alejar a las personas, y que lo importante no era el idioma que se utilizara sino la intención que llevaba el comunicado[18]. Y aún así, parecía que la conversación se centraba en los achaques de la vida, lo que corroboré al oír la intervención de otro contertulio, un poca más viejo que el anterior.

 

            —Uno envejece. —Charles hizo una pausa filosófica antes de continuar—. Con el tiempo, ya deja incluso de anhelar el pasado, como sucede a los cuarenta y pico o cincuenta, cuando no hace tanto todavía que uno dejó de ser realmente joven. A la hora de volverse viejo de verdad, uno se resigna a la repetición. Eso que llaman paz, o sabiduría, no es más que una forma de capitulación vital[19].

 

            Y al decirlo parecía decir que La muerte no lo indignaba, y la de los inocentes no le suscitaba ninguna compasión. Simplemente formaba parte de las cosas. No era un hipócrita. La verdad es que, ante la muerte de los demás, lloramos por nosotros mismos. No es un sentimiento noble, es miedo, porque un día correremos la misma suerte[20]. Y ellos lo sabían, así no lo verbalizaran. Recordé entonces algo leído: A veces debes bailar con el diablo si quieres evitar el infierno[21]. Y así era, la vida despiadada era sólo la vida, porque no ambicionaban una distinta ni mejor. Los otros lo habían perdido todo y ellos nada, porque no se pierde lo que nunca se tuvo ni se quiere tener[22].

 

            Cansado de tanta palabra fúnebre, alcancé a oír en otra mesa, con semejantes contertulios, más que pensionados alcancé a pensar al verles, pues la pinta y las arrugas así lo delataban, una conversación que pareciera tenía otro talante, aunque los viejos solo podemos hablar de la vejez y de todo lo que ello conlleva.

 

-                     Nunca le dijiste cuánto la querías. Lo que se deja de decir también puede ser una mentira[23].

 

Con esta afirmación, inocente pero verdadera Por fin había comprendido que su padre se había ido y que no volvería más, que no escucharía otra vez su voz de tierra y raíces, que no vería sus manos manchadas y ásperas. Entonces, a su pensamiento empezaron a llegar todas las preguntas que alguna vez quiso hacerle, pero que, por una u otra excusa, nunca le hizo; preguntas sobre su madre, sobre el amor, sobre la vida adulta, sobre las cosas que te cambian para siempre. Ahora, (…) se le ocurre que, si estuviera vivo, le preguntaría para qué sirve la culpa[24].

 

Un día, la persona que amas está en tu cama y eres incapaz de imaginar su ausencia. Al día siguiente, ya no está y lo que parece mentira es que haya vivido contigo. ¿Por qué la realidad de la soledad y el dolor te parece más contundente que la de la alegría?[25]

 

            Y olvidando esos pensamientos continué oyendo:

 

            - Siempre me ha resultado extraño conservar todas esas fotos viejas. Pertenecen a un tiempo distinto al de ahora. En mi habitación tengo un álbum lleno de fotos de mi padre. Es un tanto siniestro tener tantas fotos de una persona que ya no vive. También conservamos vídeos suyos, me resulta un poco tétrico oír su voz. Mi padre tenía una voz estruendosa. Quizá debería estar prohibido ver vídeos de personas que ya no existen, o que ya no están entre nosotros, como dice mi abuela. No me parece bien espiar a los muertos[26].

 

-                     Pero lo curioso es, decía otro contertulio que No solemos prestar la debida atención al importante papel que la cama juega en nuestras vidas. Nacemos en una cama y morimos en otra, y la mitad de nuestra existencia transcurre dentro de ella. La cama cobija nuestras enfermedades, es el nido de nuestros sueños, el campo de batalla del amor. Es nuestro espacio más íntimo, la guarida primordial del animal que llevamos dentro[27].

 

Ya cansado de tanta filosofía, propia de ancianos, decidí que tenía suficiente por ese día, con mi propia ancianidad tenía, lo mejor era pedir la cuenta y salir de allí cuanto antes, antes de que el peso de la conversación ajena hiciera mayor meya en mí y era consciente de que eso me pasaba, por estar metido, en la distancia, en conversaciones ajenas.

 

            Y ahora solo restaba el retorno, pero siempre con el eco de las palabras oídas, que de alguna manera quedaban resonando en la distancia.

 

Qué fácil olvidamos cuando crecemos[28].

Foto JHB (d.r.a.)



[1] Suicidas del aspa. Raul Garbantes.

[2] Sombra infernal. Raul Garbantes.

[3] Sombra infernal. Raul Garbantes.

[4] El caso de la familia desaparecida. Raúl Garbantes.

[5] Legado corrupto. Raúl Garbantes.

[6] La vida secreta de Úrsula Bas. Arantza Portabales.

[7] Juegos mortales. Raúl Garbantes.

[9] Detonación inminente. Raúl Garbantes.

[10] Atormentada. Raúl Garbantes.

[11] Avicena. Gilbert Sinoué.

[12] La ciudad sin tiempo. Enrique Moriel.

[13] Legado corrupto.  Raúl Garbantes.

[14] Lealtad y sangre. Raúl Garbantes.

[15] Palabras de George Sand, citadas en Nosotras. Rosa Montero.

[16] Cortafuegos. Henning Mankell.

[17] La buena suerte. Raúl Garbantes.

[18] Tan veloz como el deseo. Laura Esquivel.

[20] El cazador de la oscuridad. Donato Carrisi.

[21] Cacería implacable. Raúl Garbantes.

[22] La multitud errante. Laura Restrepo.

[23] La falsa pista. Henning Mankell.

[24] Fama y muerte. Raul Garbantes.

[25] El silencio de Lucía. Raúl Garbantes.

[26] La joven de las naranjas. J Gaarner.

[27] Nosotras. Rosa Montero.

[28] Avaricia. Raul Garbantes.

viernes, 17 de febrero de 2023

DEL PASADO AL HOY. LAS SALAS DE CINE

                El cine también ha tenido su evolución y me refiero a las que llamábamos salas de cines o cines a secas. La cantidad de salas que antaño había, con decir que hasta la mayoría de barrios tenía uno. Todos con el conocido M-V-N (matiné, vespertina y noche) y los domingos, para el público infantil se agregaba el matinal (de 11 a 1).

 

                A mi mente vienen un sinfín de nombres y de las más variadas pintas, pues hasta en eso había selección de clases, para gente bien y para el resto: Santa Fe, Tirso de Molina, Novedades, Almirante, María Luisa, Opera, Palermo, Teusaquillo, Palermo, Cid y hasta el Olimpia (con su doble sentido de chiste en que estando por los lados de la 26 siempre se preguntaba con rápida entonación: dóndeselolimpia?).

 

                Cada uno tenía también su especialidad: del viejo oeste, policiacas, de amor, últimas novedades, familiares, porno (a estos teatros se les llamaba rotativos, desde las 12 del medio día hasta la medianoche, si mal no recuerdo, se pasaban dos películas porno alternadas y seguidas y uno podía pasar toda la tarde por el valor de una boleta -eso me han contado, no me consta, pensaría alguien-).

 

                Y la tecnología apareció y el internet permitió que el cine de sala pasara a una pantalla familiar directamente o a través de un CD y del DVD, previa pasada de los locales en que alquilaban las películas, como Betatonio, que también fue desplazado por las plataformas de Disney, Netflix, Prime y demás.

 

                Y los teatros se convirtieron en iglesias cristianas, en bares y hasta en billares y los que no, fueron abandonados a su suerte, y con ello, el espectador de antaño fue desplazado y el cine conocido allí se quedó y quedó arrasada por la tecnología, pues ya hasta las sillas se mueven, salen olores, hay tercer dimensión y no sé qué más, lo que sí sé es que llevo algo más de diez años sin pisar una sala de cine, lo veo desde mi cómoda cama, aunque dure una hora o más tratando de elegir la película que quiero ver o la plataforma que mejor ofrece, así pierdo mi tiempo, no como antes que era tener tiempo, coger un bus, buscar el teatro, comprar la boleta, que obligaba la ocasión también a comprar el maíz pira, la chocolatina, esperar a que se apagara la luz, empezara el noticiero y luego, muy luego, centrarse en la película elegida, así fuera del Novedades.

 



 

miércoles, 15 de febrero de 2023

¿MACHISMO O ESTUPIDEZ?

                No me he podido aguantar y a pesar de todos los intentos no me puedo callar. Dos noticias que me han puesto los pelos de punta y que no me dejan en paz, porque veo que la estupidez se hace cada día mayor, especialmente en esta materia de la palabra machismo, que sigo sin entender.

 

                La una, la muchachita que mató un gringo, que era más prepago que las putas de Aguadas. Me imagino la calidad de persona que era -con esto quiero dejar claro que lo que sí está mal es el asesinato-, pero no que vengan ahora a endiosar a la muchachita, lo buena que era, una DJ (no sé qué quiere decir, pero aquí a todos se les titulan paran endiosar), una promisoria, pero que nada más viéndola, se sabía, a leguas que era una prepago, que sabía en qué andaba y estaba detrás de la plata del gringo. Quién sabe qué pasó, el gringo la mató -lo que no tiene perdón de Dios-, pero me emputa que ahora se elevó a crimen machista, sin conocerse las intimidades del crimen y la víctima, inocente palomita. Dios me libre! Me imagino la pelea y por eso debió terminar como terminó.

 

                Y la otra, un conocido exsenador dijo en red social que a la alcaldesa había que pagarle un silenciador para que se callara. Tal cual. Pero no, todo el mundo brincó para decir que era un machista, sexista y yo no sé qué más bobadas, cuando lo único que dijo el exsenador era que era bueno que se callara la alcaldesa de vez en cuando, porque es cierto, a veces no hay quien la calle. Si se lo dice a un hombre, no pasa nada. Ya todo lo que se diga, en femenino, es motivo para ser tildado uno de machista.

 

                Simplemente estamos jodidos! (los hombres, claro está, así seamos realmente machistas).

 

Cuando la estupidez abofetea a la inteligencia, la inteligencia tiene derecho a portarse estúpidamente.[1]

Tomado de Facebook
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[1] Avicena. Gilbert Sinoué.

lunes, 13 de febrero de 2023

SIGUIENTE GENERACIÓN

                Como título de cualquier película de Star Trek, oí un programa en que un anciano abuelo preguntaba a sus nietos cuáles nombres tenían para la vejez. Ellos empezaron a mencionarlos: carroza, anciano, viejo, vejete, abuelo, canica (y el abuelo se rio y señaló que efectivamente porque ya estaban a un paso del hueco) y siguió una larga lista.

 

                Pensaba en la generación que continuaría y en mi propia orfandad  me di cuenta, sin notarlo inicialmente, pero tratando de digerirlo subsecuentemente, que la siguiente generación que debía abandonar este mundo era precisamente la mía, ya que la anterior, mis padres, ya se habían ido.

 

                Y eso, sin consentirlo, pero sintiéndolo, me dejó sin palabras. Soy la siguiente generación.

 

                Una vez más quedaba sin palabras.

 

… aun a sabiendas de que era una pregunta bastante tonta y de evidente respuesta. Pero eso hace uno en estas situaciones… ¿no? En los velatorios se preguntan obviedades.[1]

Tomada de Google
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[1] Juegos mortales. Raul Garbantes.

viernes, 10 de febrero de 2023

DEL PASADO AL HOY. TAPA DE GASEOSA

                Recuerdo las tapas de gaseosa de mis tiempos. Eran metálicas con un corcho y solo era posible abrirlas con un destapador. Los más avezados lo hacían con el filo de un cuchillo o de una mesa y había algún aventurado que lo hacía con los dientes para demostrar… quién sabe qué carajadas.

 

                Pero no servían solo para tapar las botellas de gaseosa y cerveza. Para su nuevo uso se necesitaba que al ser destapadas no sufrieran ningún tipo de imperfección, pues las tapas se convertían en elementos de juego, particularmente para poder correr la vuelta a Colombia, a mediados de año. Para recordar, era preciso tener adicionalmente una tiza, para poder demarcar en el pavimento el recorrido que debía hacerse, con rectas, curvas cerradas, montaña y todo lo que la imaginación infantil permitía y los mayores obstáculos para poder hacer uso de las diferentes modalidades de tapas que se tenía que tener.

 

                Y las tapas sufrían las más variadas transformaciones. Si se les dejaba el corcho, si se ponían dos, si se rellenaban con cera de vela, si se les incluían balines y todo eso influía para el terreno que se debía recorrer. Livianas o pesadas, si el terreno era plano o para montaña, para recta o para curva, para fuerza o para rapidez, materia prima para tan lejanos tiempos.

 

                Además, las tapas servían para los más osados, totalmente aplastada, como instrumento musical, al hacerse en el centro un hueco, claro que con una puntilla oxidada y se atravesaba un alambre para darle la sonoridad deseada. También servía así aplastada de arma mortal, así fuera a nivel de juego o de autodefensa; y hablando de juegos, los costeños la usaban, llamándola checa, para jugar al beisbol armados de un palo de escoba.

 

                Tenían muchas formas de utilizarlas, tal como recuerdo.

 

                Y de la tapa metálica se pasó con el tiempo a la de plástico, allí tal vez se perdió el juego callejero y esas tapas de antaño se transformaron en plástico de diferentes formas, de diferentes colores y hasta el corcho fue reemplazado por una lámina delgada de plástico, perdiendo así su personalidad infantil, y ahora algunos, como uso adicional las usan para hacer figuras y hasta esculturas, pero nada más.

 

                De esa manera las tapas de antaño perdieron su personalidad.

 

No pudo acordarse de nada en concreto, pero sí, dichosamente, de todo en abstracto, y con eso tuvo suficiente para seguir volando en la cálida sensación de vitalidad que le había llegado por el cable del teléfono.[1]

Tomado de Google
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[1] Olor a rosas invisibles. Laura Restrepo.

miércoles, 8 de febrero de 2023

¿QUÉ ES EL ODIO?

                Si me lo pregunta, me explayo elaborando un discurso largo y hasta aburrido explicando el concepto dentro de mi demostrada elocuencia y mi poder de hablar mierd… sí, mucho.

 

                Pero si la pregunta la hace un niño, un inocente niño, como en efecto lo hace una niña a una mujer ofendida, dentro del contexto de una serie coreana, quedé sin palabras.

 

                Ante la inocencia, tanto de la pregunta como de la infante, cuál sería la respuesta?

 

                Darle una cruda respuesta a un niño es hacerle perder la inocencia con un discurso de adulto que no llevaría a ningún lado, aunque también es cierto, el niño no entendería un carajo, lo que es bueno para él.

 

                Eso me lleva a pensar que a pesar de tanta sapiencia, no estamos preparados para asumir responsabilidades ante la inocencia misma.

 

                Ojalá un niño nunca me lo pregunte, porque no sabría qué decirle.

 

.«Los hijos cambian del todo la vida de la gente —pensaba Méndez, quien nunca los había tenido—. Te hacen ver cosas que no habías visto nunca y entender cosas que no habías entendido jamás. Supongo que cuando tienes un hijo, dejas de ser tú para ser el hijo, y curiosamente eso te hace ser más sabio. Es una de las pocas cosas que he aprendido en mi cochina vida».[1]

Tomado de Facebook
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[1] Una novela de barrio. Francisco González Ledesma.

lunes, 6 de febrero de 2023

UNA OSCURA NOCHE

                Era una noche oscura, tan oscura que no se veía nada más allá de las tímidas luces rojas que se desprenden de la luz trasera de un carro. Sucedió después de bajarme del carro para abrir la puerta que daba acceso a la finca en que estaba. No era realmente una puerta como uno se puede imaginar, era una estaca formada con hilos de alambre de púas, lo que la hacía totalmente inestable y difícil de manipular, pareciera haber sido puesta de manera improvisada, lo que hacía que su manejo mereciera especial cuidado para no terminar estacado y con corona de púas.

                 La noche seguía igual de oscura. La maniobrabilidad de la puerta improvisada solo la sabe quien ha tenido contacto con el alambre de púas.

                 En la espesura de la noche y mientras abría paso para que el carro entrara, hizo que mi movimiento fuera dando pasos hacia atrás, cuidando a la vez en no rasguñarme con las púas; no alcancé a divisar una pequeña zanja, de esas que se hacen en carreteras improvisadas para que corran las aguas hacia los lados. Naturalmente perdí el equilibrio y si no fuera porque en el lado en que caía había un montículo, habría terminado como el redentor, con una corona de púas alrededor de mi cuerpo, realmente el montículo me sirvió de soporte a la caída que veía que sucedía en cámara lenta, atento a estirar los alambres para que no tuvieran contacto con mi cuerpo o habría caído cuan largo soy dentro de la zanja y lleno de púas.

                 Como dije y repito, la noche había sido consumida por la oscuridad, por lo que no veían nada a mi alrededor, salvo esas tímidas luces rojas traseras que, si he de decir la verdad, no iluminaban mayor cosa, pareciendo más bien una luz mortecina de un bar o un prostíbulo de mala muerte.

                 De un momento a otro comencé a sentir unas picadas intensas en los pies y los tobillos, supuse que me estaba enterrando unas púas de la puerta y naturalmente el primer pensamiento fue el de maldecir, la situación y el hecho mismo de la caída y sentía picada tras picada como si el mundo entero me estuviera atacando.

                 Hormigas negras, de gran tamaño -y eso no me lo imaginé, luego pude corroborarlo-, negras como la oscuridad que me abrazaba y si una me atacaba por la derecha, mientras me deshacía de ella, otra atacaba por la izquierda y con el tiempo atacaban simultáneamente y yo tratando de quitármelas de encima, para colmo, iba en sandalias. En algún momento corroboré que las atacantes eran hormigas, sentí que una de ellas se atrevía a subir por la pierna, a la que naturalmente ataqué sin compasión, eran ellas o era yo. Brincaba sin ton ni son, en una anarquía de saltos propios de un ataque improvisado y que lo deja a uno más despistado de lo que es.

                 El espectáculo visto desde la distancia podría parecer cuestión de un loco. Ver un viejito saltando o bailando sin ton ni son, sin ritmo, descoordinadamente de un lado a otro, bajando las manos a los pies y golpeándose sin razón alguna, según lo viera cualquier testigo que me viera en la distancia. De aquí para allá tratando de aplacar el dolor, deshaciéndose de las atacantes. Por ello debería verme patético o al menos ridículo.

                 Las cosas como son.

                 Visto desde otra óptica, las hormigas se estaban defendiendo, había caído al parecer en uno de sus nidos, un temible hormiguero de hormigas negras y grandes. Buenas defensas al parecer sí tenían. Y mientras tanto y como es natural en este tipo de ataques el viejito aquél atacado, es decir yo, soltando ayayais a diestra y siniestra, en un ridículo ritual sin explicación, para el observador indiscreto. Quejidos mientras trataba de liberarme del ataque debería hacer que me viera más patético de lo que puedo ser en sano juicio, pero afortunadamente la oscuridad no permitió ver cualquier sonrojo.

                 Y qué me dicen de tener que cerrar la puerta esa de púas, que nadie logra estirarla por más que lo desee, especialmente de un citadino en el campo. Tensar un alambre de púas es inexplicable, se necesita tener experticia, pues de lo contrario es imposible hacerlo, como en efecto terminé de hacer, no cerrarla, dejarla allí tirada luego de unos tres intentos por cerrarla, mientras las hormigas que aún estaban en mi cuerpo seguían atacando sin piedad y a sabiendas que morirían en el intento. Y no podía subirme al carro pues el riesgo era que las hormigas subieran conmigo y atacaran a los demás, por lo que opté por subir a pie el resto de carretera que quedaba hasta la entrada de la finca, en donde había la suficiente luz para hacerme una limpieza completa de esos horrendos bichos. Por ello era risible también el espectáculo de ver subir al viejito por la carretera, espantando hormigas, brincando de aquí para allá y tratando de correr, a la velocidad de viejito, claro está. 

Una proeza de viejito, me digo ahora en la distancia, pero qué jijueputas para picar… 

… nunca deja de asombrarse de la capacidad del ser humano para acostumbrarse a sus circunstancias. Es capaz de acostumbrarse al hambre, a la sed, al sobretrabajo, a la violencia, a la opresión, a la inseguridad, a la guerra. Pero también puede vivir en el desierto o en el hielo, puede vivir en la montaña, hasta en la selva. Su adaptación es el mejor testimonio de sus grandes logros. Y también el de sus mayores fracasos.[1]

Foto JHB



[1] El silencio de Lucía. Raúl Garbantes.